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LA CAJA DIGITAL
Nro. 13 - Año 9 - julio de 2014
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    Disertación en la Jornadas en homenaje a León Rozitchner organizadas por la Biblioteca Nacional (12/8/2014)

     

    Los dos Rozitchner

    Para mi Rozitchner son dos, uno se llama León y el otro Alejandro. Al primero lo conocí en mi adolescencia cuando en un trolebús bajé en la esquina de Puerredón y Azcuénaga y toqué el portero eléctrico de un piso alto en un edificio coqueto para asistir a mi primera y quizás última experiencia de un grupo de estudio. Aún estaba en la secundaria cuando supe que había un profesor de filosofía que enseñaba de acuerdo al pensamiento de mi ídolo Jean Paul Sartre.

    No pude contener mi ansiedad y llegué casi media hora más temprano, así que cuando me abrió la puerta me encontré con un señor malhumorado, despeinado y con el pulóver fuera de su pantalón. Lo había despertado de una supongo reparadora siesta previa  a la llegada del resto de los alumnos.

    Al segundo lo conocí al ser nombrado profesor del CBC cuando el hijo de mi antiguo referente se presentó veinte años después. En este caso se trataba de un joven de excelente humor que había leído la Gaya Ciencia y disfrutaba de la lectura de Gilles Deleuze, antecedentes más que satisfactorios para ser ayudante  de primera.

    Y a los dos los reuní un mismo día en el Colegio Argentino de Filosofía, cuando invité a Rozitchner padre apenas vuelto del exilio a dar una conferencia sobre lo que le preocupaba en el momento mientras su hijo lo escuchaba en silencio; y en otra oportunidad al organizar un ciclo llamado “por qué no soy…”, en el que Alejandro debía disertar sobre el tema: Por qué no soy León Roztchner”: Recuerdo que comenzó con la frase: porque escribo mejor.

    Vuelvo a la calle Pueyrredón. Recuerdo que León hablaba rápido y con energía mientras el grupo escuchaba y anotaba. La palabra “situación” se repetía con frecuencia y con eso me bastaba para corroborar que me hallaba en un espacio sartreano en el que la libertad, el compromiso, la revolución y la burguesía, tenían su lugar en la cadena argumentativa.

    La continuidad de este primer encuentro se dio poco después al ingresar a la carrera de sociología en donde tuve mi primera y también última experiencia de militante en el MLN o Malena, organización revolucionaria formada por un grupo de intelectuales entre los que estaba León junto a los hermanos Viñas y Ramón Alcalde entre otros. 

    Esto es todo en cuanto a recuerdos de juventud.

    En pleno alfonsinismo me tocó compartir un panel con León, invitados por no recuerdo quien, solos nosotros dos, para hablar y fundamentalmente debatir sobre política.

    La gente quería rosca entre dos supuestos contestatarios, y creo que León tenía más ganas de provocarla que yo. En esos tiempos quien les habla era alfonsinista inorgánico y no estaba de acuerdo en concentrar todas las energías sobre el tema del terror y del sometimiento de los argentinos, cuando tenía la ilusión de que podía haber un presente y un futuro promisorio en el marco de la socialdemocracia y el progresismo.

    En un momento León me lanzó una invitación a algo así como un duelo al interrogarme sobre cuál había sido mi actividad durante los años del Proceso. Hubo un murmullo de desaprobación entre el público que si bien quería un debate, no le parecía que la reunión daba para una averiguación de antecedentes.

    Cuando todo terminó nos dimos un fuerte apretón de manos, y el único comentario que escuché de parte de una de las organizadoras, una psicoanalista prestigiosa, fue que había sido una competencia entre dos egos.  

    En otra oportunidad me encontré con él en el aeropuerto de San Pablo, yo volvía de un viaje y él creo que iba a dar esos cursos privados a psicoanalistas con mal de individualismo burgués. Nos saludamos y recuerdo que después de un breve intercambio sobre nuestras recientes actividades, me dijo que la filosofía no era todo lo que ocupaba nuestro tiempo. Nunca entendí a qué se refería, pero tenía razón. La filosofía es una parte de la vida.  

    Nos volvimos a ver en Rosario cuando dábamos clase en la Facultad Libre y compartimos una cena. Charlamos, tomamos buen vino, y me dijo que estaba contento con esos cursos no académicos después de sentirse tan poco acompañado por los alumnos de ciencias sociales.

    Nos encontramos alguna vez en otro ámbito ya que él era un viejo amigo de Cacho Vázquez, el fundador del Club del Vino, y yo un nuevo amigo, y los dos estuvimos cerca de Cacho cuando necesitó apoyo por un transitorio desbarajuste financiero.

    Lo vi por última vez en el aeroparque cuando esperaba a mi mujer de Córdoba, y antes de que ella apareciera León sale como despedido por un tobogán con esa energía que muy poco después se fue apagando en un sanatorio cuando ya se enfermó penosamente.

    Por último, como parte de estos recuerdos, hubo dos ocasiones en que León fue motivo de mi atención. En un texto sobre los dos Rozitchner manifesté mi indignación ante una artículo de Horacio Verbitsky que llamaba a Alejandro “la desgracia” de la familia Rozitchner, y, finalmente, en la presentación de un libro de poemas de Alejandro, en el que hablaba de sus hijos y de su padre.

    Moral y moralismo

    Esto respecto de mi escasa pero recordada relación con la persona de León. Ahora sus libros. En la misma época en que participaba de las actividades del Malena leí “Moral burguesa y revolución”, un texto del que no tengo recuerdos, salvo la sentencia que declaraba que había un modo de ser burgués y otro revolucionario, con sus correspondientes pensamientos. Pero, en realidad, de lo que leí de León, extraigo unas pocas y no muy sugerentes conclusiones.

    León Rozitchner es un filósofo moral, y, a veces moralista. Por lo primero es un teórico que se interesa por las doctrinas morales de la historia de la filosofía, de ahí su primer libro que es la tesis sobre Max Scheler, filósofo influyente en la época en que Francisco Romero era decano de la facultad de Filosofía y Letras.

    En lo que respecta a su papel moralizador, lo interpreto por su tema predilecto que es la subjetividad. Cuando se refiere a la misma, me pregunto qué es lo que entiende por tal término. En principio no es el Yo, aunque fuere por su fuente de inspiración psicoanalítica por la que esa instancia es permeable a fuerzas que no domina. Sin embargo, este sujeto parece definirse por su conciencia.

    La conciencia es el libro en el que se escribe la letra de la subjetividad. Es un texto escrito por los poderes dominantes que van desde el padre a la burguesía. Ningún proyecto revolucionario es posible si la escritura subjetiva que moldea nuestra conducta no es el objeto de una reescritura revolucionaria.

    Rozitchner combate la interpretación marxista basada en un sentido de la historia cuyo orden es objetivo, determinado por una causalidad que desestima la transformación de nuestra conducta.

    La conciencia es plausible de una conversión, de una “metanoia”, una especie de salto que da vuelta al sujeto como si fuera un guante. Por eso para ser verdaderamente revolucionarios debemos hacer un trabajo, una “ascesis” purificadora, que saque a la luz de cada rincón de nuestra conciencia, las semillas de la maldad de clase que hacen de nuestro ser un individuo burgués, es decir egoísta y mezquino.

    Es menester desapropiarnos de ese pequeño yo que conservamos como nuestra primera propiedad privada, la unidad mínima del individualismo burgués, que de un modo inverso al promocionado por John Locke, lejos de establecer la dignidad del hombre, lo hacer servidor de la opresión de clase. Empleo las palabras “metanoia” y “ascesis” a raíz de la semejanza que encuentro entre el mensaje teórico de Rozitchner con los análisis que hace Michel Foucault del paradigma monástico.

    Se trata de la verbalización de los pensamientos, hasta los más ocultos en nuestra conciencia, afín de combatir un mal del que no tenemos plena conciencia hasta que la presencia de un otro permita su extracción y eliminación.

    Este procedimiento corresponde al trabajo de la ascesis, es decir de la praxis, a los ejercicios prácticos destinados a una reeducación corporal que puede completarse con reglas que establecen la serie de penitencias depuradoras.

    Hablamos de un orden sacrificial o martirológico que Rozitchner denuncia en “La cosa y la cruz”, pero no en cuanto método y horizonte moral, sino como fundamento de un cristianismo represor de la figura materna. Para León hay un ser suprimido por la civilización occidental y cristiana: la Madre generosa, arcaica, aplastada por la dominación de un Padre celestial descorporizador que vacía a la mujer y la somete a la virginidad.  

    Encuentro en Rozitchner el lenguaje de la culpa, el de una conciencia dolida por una traición difícilmente de saldar. Es como si hubiera en su pensamiento una omisión o un  silencio nietzscheano – al menos en los textos que leí -  del filósofo que analizó la  genealogía de la moral, la que desmonta el sistema anímico para mostrar las astucias de la casta sacerdotal y la acción de un pater seraficus que no sólo es celestial, y que nos inscribe la deuda infinita del dios sin imagen a la vez que emisor de sonidos.

    La moral es una Voz.  

    Hablo de la imagen del gran sacerdote Moisés, cuya investidura es la de un guardián tal lo describe Kafka en sus cuentos y novelas, y que Miguel Ángel inmortalizó en el mármol.

    León Rozitchner también nos habla en su libro sobre el cristianismo de esta escultura que convierte al hacedor de los mandamientos en un sátiro, pero cruel, sádico e insaciable. Esta omisión de Nietzche no por eso deja de lado, por el contrario, el espíritu trágico, el sinfondo del volcán, el abismo de Empédocles, el dolor de ser uno y separado. Lo que falta es la fiesta, esa singularidad que Nietzsche hace brotar de la labor del artista, cuya voluntad de poder, residen en el poder hacer, en la fecundidad, en la fertilidad, en el Prometeo liberado.

    Es ahí en donde creo que se diferencia un Rozitchner de otro, el hijo del padre, en la doble cara de Diónisos, quien por un lado desdeña el mundo de las apariencias en nombre de la profundidad, y por el otro convierte la decepción en juego, en el niño heraclíteo que hace y deshace las formas barridas por el océano de la nada. Devenir y eterno retorno anunados en un mismo movimiento.

    Lo que se puede hacer con la fiesta nietzscheana y con el gay saber es variopinto y no materia de esta presentación, porque puede llegar a ser un tanto deprimente. Hay pocas filosofías alegres y de ninguna manera considero que en el caso de la familia de filósofos que me convoca, el padre tenga un pensamiento triste y el hijo otro alegre.

    Por el contrario encontré similitudes en ambos respecto del modo en que se relacionan con sus propias verdades, la forma del relleno de cualquier tipo de fisuras que pudieran provocarse en sus creencias y aserciones, la fuerza militante de sus posiciones, ya sean respecto de la revolución cubana o del entusiasmo proactivo. En suma, la conexión entre pensamiento y humor, o la poca distancia de ambos respecto a determinadas veridicciones y la tendencia a la canonización de las ideas.

    Por eso no se trata de optimismo ni de creatividad, ni de calificar al espíritu crítico de negativo, ni de acusar de posmoderno, frívolo y pedante a cualquier intento de análisis del discurso en el último medio siglo.

    Quizás en uno está más presente la muerte y en el otro la vida, sin que en nada esto implique grados de vitalidad garantizada por la retórica elegida.

    Si recordamos a Deleuze, en su “Lógica del sentido”, el filósofo francés traza circuitos paralelos entre las profundidades devoradoras de Antonin Artaud y Mélanie Klein, y el recorrido de superficies de Lewis Carroll. Aquello que carcome el orden significante hasta la fragmentación corporal, y el desplazamiento del sentido por diversidades conectivas y disyunciones inesperadas una vez roto el espejo.

    No existe este Nietzsche ni este sendero en León Rozitchner por el que se pasea el esquizo deleuziano, y sí existe Marx, pero ni es el Marx humanista ni el científico, sino un Marx trágico, o, al menos, un marxismo inalcanzable sin por eso diagramar una utopía.

    Los maravillosos Sesenta

    Hay una generación de intelectuales que rechazaron la renovación de la filosofía francesa de la década del sesenta. Aquella que cometió el parricidio del emblema mayor de la filosofía francesa, Sartre, y que se constituyó como crítica al tandem entre fenomenología y marxismo.

    Sebreli, Correas, y Rozitchner, representan el repudio a una filosofía de la estructura y del sistema en nombre de una filosofía de la conciencia. Ni Althusser y su lectura de Marx, ni el Foucault del saber, del poder y de las tecnologías del yo, ni el rizoma de Deleuze, el campo de la palabra en Lacan, o la obra de Derrida, fueron considerados aportes válidos para pensar el legado filosófico y la problemática de nuestro tiempo.

    En realidad, el concepto eje del pensamiento que invocaban Rozitchner y Correas corresponde a la dialéctica totalizadora en la que la conciencia realiza un proceso destotalizador. Totalidad fisurada en sus determinación y necesidad por un sujeto, que a partir de la praxis y de la asunción de su libertad, decide su destino. Sebreli eligió la tradición ilustrada en nombre de la vigencia de ideas universales de acuerdo a la idea de Absoluto de Hegel y a los argumentos de Habermas.

    Es posible que haya una desesperanza en León, si no una desesperación, pero no soy quien para bucear tan profundo. Puede ser que se trate de una intransigencia, de una no claudicación ante ciertos principios o valores, que hace a lo que llama una “coherencia”, como lo subraya en su texto sobre la guerra de las Malvinas en el que critica un supuesto saber del grupo de exilados que apoyó a la Junta por su decisión de intentar lo que se llamó “recuperación” de las islas.

    Para Rozitchner lo que definió aquellos años del Proceso fue el terror militar, y sus consecuencias se marcaron en los cuerpos torturados y en las consciencias amedrentadas de los argentinos que fueron domesticados con la represión. Esta represión no ha sido sólo política, ideológica sino que la encuentra en zonas primarias que hacen a la historia del país, canalizadas por los peronismos, los aparatos comunistas, el liberalismo, el neoliberalismo. y la Iglesia. Hay una corriente milenaria que va desde la cruz al capital, y un aplastamiento de una figura mítica que Rozitchner llama Madre cuya presencia no deja de ser fantasmal. Y a los fantasmas no se los refuta, o se los exorciza, o se los ignora.

    No voy a discutir ni confrontar mi punto de vista sobre la política argentina y sus antecedentes, con un polemista que no puede responder, al menos creo que le debo ese respeto. Sólo quisiera agregar que hay una palabra que a mi entender refleja mejor que “terror” lo que pasó en los setenta en nuestro país, y es “horror”, un espanto que estimo no hemos sabido aún calibrar para que una comunidad de lengua y territorio no derive en prácticas abominables en nombre de la justicia de clase o en la defensa de una supuesta civilización cristiana.

    Tampoco me referiré a su permanente preocupación sobre el ser judío y el problema de la política israelí. Pero creo que, en este caso, el pensamiento de León admite alguna grieta que en otras ocasiones parece mostrarse en bloque. Reconoce la legitimidad y el derecho de la existencia del Estado de Israel, o sea de la partición de Palestina en el año 1948, y la consecuente expulsión de los árabes de su territorio, pero condena el expansionismo y la política del terror de la derecha israelí. 

    Sabemos que la mayoría de los frentes políticos palestinos y sus aliados no reconocen al estado judío.

    No sé si León etiquetaría de genocida la política de un Estado en el que viven cientos de miles de árabes con sus representantes en la knesset o congreso israelí, y menos aún agregar su firma a quienes legitiman las acciones en Gaza como operaciones en defensa propia de un estado democrático.

    Sólo quisiera agregar que son los que se llaman sus compañeros de ruta, a esa familia que se llama “la izquierda”, quienes me permiten cerrar esta ponencia.

    He leído textos en los que se le rinde homenaje a León Roztichner reconociendo sus valores, a la vez que confiesan su incomodidad ante un intelectual que no callaba sus críticas hacia quienes compartían con él la misma trinchera. Porque León no ahorró ciertas críticas que molestaron a quienes lo suponían de su lado. Es decir, no practicaba la moral del vestuario, por la cual una causa común debe ser prioritaria en la distribución de silencios y denuncias, para no favorecer al enemigo.

    Mi postura se emparenta con la del intelectual británico Tony Judt, quien reinvindica la actitud tangencial que un intelectual debe tener respecto de sus grupos de referencia en contraposición con la figura del intelectual orgánico que  fomenta la idea de que el compromiso y la honestidad intelectual sólo se deciden en la lucha contra un enemigo o adversario. Una actitud tangencial significa no callarse nunca ni deformar o amoldar críticas en nombre del ideal, de la causa o del fortalecimiento de la organización. Y hacerlo a la intemperie. Más aún cuando la palabra “revolución” se ha convertido gracias a los clubes de izquierda en un sombrío epitafio, un sectarismo reactivo, antes que un llamado a la emancipación.

    En ese sentido, por su intransigencia y frontalidad,  considero que León Rozitchner, fue, o es – para usar un término con el que posiblemente no haya estado de acuerdo - : un librepensador.

     


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