Seminario de los jueves

Los enemigos de Votaire
por Leonardo Kuntscher

 


 
“La paciencia sea con vosotros.
Marchad siempre a carcajadas
por el camino de la verdad”
Voltaire, Carta a D´Alambert, 6 enero 1761
 
 
 
0: Estilo y sensatez
 
¡Bienvenidos al siglo XVIII! ¡Bienvenidos, les guste o no, al siglo de Voltaire!
¿Y cómo es esto posible? En el siglo de las luces, si bien Francia, entre sus salones, modas, cartas y folletines, fue la voz de toda Europa, la firma de Voltaire lo será de la sensatez y la razón.
Contando con 21.221 cartas en su epistolario, de las cuales 15.000 se deben a él (publicadas casi en su totalidad), pero que sólo son una parte entre sus poemas, cuentos, novelas, folletines, obras de teatro, ensayos históricos, tratados de ciencias y publicaciones filosóficas, Voltaire construye su vastísima obra: ni más ni menos que 70 tomos. Cómo dijo el mismísimo Balzac, Voltaire tenía “universidad de conocimientos que hacen de un hombre el verbo o la figura de su siglo”[i].
Pero Voltaire, lejos de amedrentarnos con tanto volumen de caracteres, más que una obra maestra definitiva, le debemos múltiples muestras de su inmenso talento, estilo ágil y poco ornamentado, claro y directo, con las descripciones más cruentas, elogios más perfectos y el ingenio más agudo. Su actitud, su actuar y parecer siempre movieron la misma pluma: nada de máximas o frases herméticas, sino un conjunto de agudezas y sarcasmos que, sin dejar de ser serios y llevaderos, no pueden evitar la explicación o perder el foco de su finalidad.
Hablar de su obra es hablar de su vida; hablar de su filosofía sin mencionar sus acciones es como dar cada paso sin tener claro un rumbo; hablar de Voltaire es hablar de su tiempo. Si Kant fue el más grande filósofo del siglo XVIII, Voltaire será su más grande ideólogo.
Entre la gloria y la bastilla, cada tropiezo es seguido de un resurgir distinto e hiperactivo. A Voltaire, si algo no lo mata, al menos lo vuelve más extraño. Y sintetizando su convicción gigantesca en un epigrama desnudo, en un dicho que es digno de repetirse cada mañana, Voltaire propone: “Querer y actuar es precisamente lo mismo que ser libre”[ii].
Hoy presentaré en sus múltiples nombres al “sabio errante”, “el promotor”, “el artífice”, el “genio de la burla y la expresión”, “el pensador de mil caras”, “el Mefistófeles intelectual”, el “jefe”, “el rey de los filósofos”, a éste “bufonesco anticipador de la tempestad”. Espero que no se pierdan en el trayecto de esta travesía por más de 8 décadas y casi un siglo de historia, y para eso creo necesario recordarme que, invocando la frase del propio Voltaire, “Todos los estilos son buenos, menos el aburrido”[iii].
 
 
1: Teatro y poesía (1694 a 1726)
 
¡Bienvenidos a París! ¡Bienvenidos a la tierra de las bellas letras!
Y como no hay mejor manera de empezar a hablar de un siglo que con un dígito del anterior, comenzamos con 1694, año del inicio, hace no más de 311 años y 363 días, de François Marie Arouet, demostrando que Voltaire no fue exactamente el más viejo de los pensadores del siglo XVIII (existe la única excepción de Montesquieu) sino que fue al que más le rindió la existencia y su vitalidad mental.
Quinto y último hijo de una familia de clase media, heredó de su padre, notario de cuentas, el sentido práctico de la justicia y de su madre una escritura leve. A pesar de su origen jansenista, fue mandado al colegio Jesuita Luis le Grand, en donde, en vez de invertir el tiempo en discusiones teológicas, conoció a los clásicos y el amor por lo literario. Rimaba con facilidad y contestaba con rapidez e ingenio a los condiscípulos que lo burlaban por un deplorable estado físico con un “cada uno salta y se divierte a su modo”[iv]. Antes de cumplir once años, los profesores lo extorsionaban para que les compusieran versos, y en una ocasión sus líneas llegaron a Monseigneur, hijo de Luis XIV, a raíz de un petitorio de pensión para un soldado, comenzando así a llamar la atención[v].
Pero el pariente más relevante fue su padrino, el Abate Châteauneuf, de dudosas costumbres libertinas, que aplicó sobre el chico una “cínica” influencia, presentándolo a los 12 años a la Sociedad du Temple que La Fontaine había frecuentado.
“¿Ha visto usted..?”, “¿Ha oído usted..?”. Mundano, retórico y libertino, el salón literario reflejaba la sociedad en la que vivió: complaciente, limitada y satisfecha; las inquietudes profundas eran inexistentes; el modo del orgullo era el lujo y la elegancia; el vino y los rituales de danza un instrumento hacia amores superfluos o placeres y declaraciones sin prejuicio alguno[vi].
Demasiado inteligente para dejarse llevar, demasiado débil de cuerpo para el exceso, entre diversiones y comentarios, si bien fue la atracción principal del salón, Voltaire aprendió el escepticismo y la irreverencia de algunas letras, y descartó los disimulos, las cortesanías y el sensualismo. En aquel cínico plan de vida, dio las primeras señales del espíritu inquietante y sincero, haciéndose verdadero amigo, no de los gozadores de espíritu fino, sino de la mismísima conversación.
El Rey había muerto y el Regente, hasta que asumiera Luis XV, sería el blanco de poemas y panfletos anónimos. El padre del joven Arouet intentó alejarlo de ese tipo de vida consiguiéndole trabajos que no tardaría en desperdiciar escribiendo sátiras de hombres famosos. Sólo logró hacer que cambiara de círculo, uno más tranquilo y más mediocre, que no sólo utilizó a Voltaire como adquisición para su prestigio, sino que fue usado como arma contra su enemigo público. El Estado intentó desterrar a Voltaire fuera de París, pero el padre intercedió nuevamente y logró que residiera en el castillo del Duque de Sully, regalo del rey Enrique IV de Navarra.
Sin la ciudad y alejado de los grupos sociales, comenzaría una trashumancia que no encontraría descanso hasta dentro de 40 años.
De castillo en castillo, conoció la historia de su país a través de testigos, no centrales, pero relevantes, y desarrollaría un inevitable magnetismo por sus bibliotecas, adoptando así una costumbre que lo acompañaría toda su vida: la recopilación de datos, testimonios y anécdotas, que, a diferencias de las fuentes y documentos oficiales, eran accesibles y confiables.
En este momento daría lugar a sus tres primeros proyectos más importante: desafiar a la dramaturgia clásica, indirectamente a Sófocles y directamente a Corneille, ni más ni menos que con una reescritura de Edipo; dar a Francia, como lo hizo Virgilio a Roma, el poema épico que le faltaba, con su Henriade, inspirado en Enrique de Navarra, el más galo de todos los reyes; y, como no podía ser menos para su trabajo, comenzar lo que sería la primera obra histórica moderna del mundo, El siglo de Luis XIV.
Con unos versos no del todo halagadores al Regente en donde pedía “justicia, no clemencia”, Voltaire logró volver a París, pero las sospechas infundadas sobre la autoría de algunos poemas políticos le ganaron el arresto y la Bastilla, sin proceso y a merced de la Corona.
No lo trataron mal: tenía su habitación y sus libros, y comía en al mesa del gobernador con la compañía menos frívola de Francia, y, como buen hombre de letras en formación, mandó traer lo imprescindible: los dos volúmenes de Homero, un frasco de esencias y rapé, y su gorro de dormir[vii]. Pero lejos de ser una desgracia, con el tiempo y el aislamiento para leer y componer, logró finalizar Edipo y La Henriade, y a los 23 años su voluntad terminó de forjar su espíritu de escritor. Once meces después, la indignación de Arouet por la injusticia dio lugar al entendimiento de lo que sucedía, y ese entendimiento necesitaba un nuevo nombre para un nuevo ser, aquel que sonría como el desenvaine de una espada pero que provenía de su pluma: V-O-L-T-A-I-R-E. [voltaire].
¿De dónde lo sacó? Un anagrama, una finca heredada, un personaje de teatro, un apodo de “voluntarioso”... Nunca lo dijo.
Voltaire terminó de cumplir su condena en el exilio por otros once meses más mientras se estrenó su tragedia Edipo en la Comedia Francesa durante 45 noches seguidas, uno de los más grandes éxitos teatrales de la época. En Edito todos querían escuchar las palabras “incesto” y “parricidio”, y entender entre líneas lo que se podía decir del Regente y sobre las autoridades eclesiásticas. El escenario se transformaba en un acontecimiento político, y mientras los policías redactaban sus informes ocultos entre las butacas, el pensamiento de Voltaire se convirtió por primera vez en acción y su venganza en arte.
No sólo Francia sino toda Europa lo reconocía como el gran dramaturgo de su tiempo, siendo el primer poeta entre los vivos. La gente decía: “Hacía cree que Racine había regresado del infierno y que Corneille había corregido su obra”[viii]. Voltaire, lejos de ser el héroe de una revolución, construyó su trono conquistando un público, un público del antiguo régimen, siguiendo la reglas del teatro y difamando a las autoridades.
Pero con Edipo no ganaría solamente la fama momentánea que lo ayudaría a sobrevivir a la Regencia, ni el reconocimiento de las autoridades con el brillo de una medalla, ni el orgullo propio, ni mucho más ilustre, transmitir un mensaje; sino, algo mucho más importante para todo intelectual en general, algo que Voltaire supo entender desde el comienzo y de lo que mucho renegaron: la unión inseparable y realista entre el dinero y las letras, su total y definitiva independencia económica. “¿Avaro? – diría su secretario al final de su vida – Sí, pero sólo con su tiempo”[ix].
De los halagos a la indignación, y de la indignación a la revancha, estar en la cima más alta implica también el vértigo de la caída más peligrosa. En sus propias palabras, “La carrera de las letras y sobre todo la del genio es más espinosa que la de la fortuna. Si tenéis la desdicha de ser mediocre (...) tendréis remordimientos durante toda la vida; si triunfáis, tendréis enemigos: hay que avanzar sobre el borde de un abismo, entre el desprecio y el odio”[x].
Se hace aquí presente el primer enemigo de Voltaire, representante de una clase, de los celos de muchos y desencadenador de la segregación de toda una sociedad. El rival más corporal de todos, cuyo enfrentamiento es digno de una obra de teatro en cuatro actos y que, paradójicamente, marcaría el camino de Voltaire hacia el contacto con la más elevada práctica del pensamiento humano: la mismísima Filosofía.
El personaje es el Caballero de Rohan.
Primero, en una cena donde Voltaire era el centro de atención cruzaron dos líneas muy tensas: el Caballero preguntó: “¿Quién es este joven que habla tanto?”; Voltaire contestó con su particular estilo: “No arrastro gran nombre, pero sé como honrarlo”. Acto segundo, el escenario es el propio teatro donde el Chevalier insistía con sus dificultades de identidad: “¿Monsienor Arouet? ¿Aroute de Voltaire? ¿cómo se llama usted?”; Voltaire declaró: “Yo empiezo a tener un nombre. Quizá esté el caballero de Rohan terminando el suyo”, y un bastonazo reprimido y la mano de Voltaire sobre el puño de su espada terminó la contienda.
Tercero; primera parte: cenando en la mansión de Sully, una falsa invitación para hablar sobre un asunto de caridad condujo a Voltaire a la puerta de calle donde lo esperaba Rohan con su manada de secuaces. Lo golpearon salvajemente, pero con una restricción impartida por el genio malhechor: “No le hagáis daño en la cabeza. Es posible que produzca algo bueno”. Segunda parte: Voltaire pidió ayuda a Sully y a sus amigos y acudió a la justicia sin resultados. El escritor, hijo de un notario, no era uno de ellos y la ley no podía ayudarlo. Los amigos poderosos desaparecerían para dar lugar nuevamente a la acción. Se puso en manos de un maestro de esgrima, y el 19 de abril de 1726, Voltaire fijó la fecha para un duelo con Rohan a las 9 de la mañana del día siguiente, pero el representante de la caballería medieval, por influencia familiar, logró que lo detuvieran en su segunda estadía en la Bastilla antes de esa hora. El método efectivo no enorgulleció al clan y fortaleció la simpatía sobre el poeta que quiso dar “satisfacción al honor”.
Luego de 16 días, con un exceso de visitas, el Teniente de policía dejó libre a Voltaire con la expresa intención del Rey de que se embarcara a Inglaterra.
La obra termina con el cuarto y último movimiento, y no por eso menos importante: Voltaire partió hacia las islas, pero regresó de inmediato a París como Monsieur Sanson. Sabía el riesgo que corría, pero cuando recordaba lo “intolerable”, Voltaire borraba su sonrisa y se volvía “peligroso”. Vigiló los lugares donde frecuentaba el caballero de Rohan para forzarlo a un duelo veloz. En mitad de una representación de una obra de Racine, envuelto en una capa, buscó entre el público, donde se encontraban el Rey la Reina, pero no pudo hallarlo. Fracasó en su intento, pero de todas formas, Voltaire comprendió que existía un procedimiento más lento y efectivo para conseguir su propósito que ya no sería un duelo frontal. “¿Por qué vérmelas con Rohan y evitar que se las vea con mi estatua?” [xi].
Al final de la anécdota, Voltaire aprendería a actuar más sutil y fatalmente. El blanco ya no sería el corazón de un noble, ni su arma la espada de esgrima. El soplo del otro lado del canal llamaría a su pluma a un ataque que terminaría con todos los caballeros de Rohan y transportaría su nuevo nombre de un extremo al otro del mundo.
 
 
2: Ciencia y Filosofía (1726 a 1729)
 
¡Bienvenidos a Inglaterra! ¡Bienvenidos al festejo de la alegría y la abundancia! El país es una fiesta y Voltaire ha caído en mitad de ella.
El día que llegó a Greenwich era el cumpleaños del Rey y el lunes de Pentecostés. La procesión con orquestas, barcos, flores y bellas mujeres por el Támesis dieron a Voltaire una fuerte impresión.
Montesquieu llegó unos meses después de que Voltaire partiera de Inglaterra y luego de tres años escribiría Sobre el espíritu de la leyes, y Rousseau, que no hablaba inglés, se encontró a disgusto y se sintió acosado. Pero a diferencia de ellos, Voltaire experimentaría los cambios más marcados de su vida, uno que terminaría por unir 34 kilómetros de distancia y siglos de tradición en cada extremo del trayecto.
De inmediato aprendió el idioma, leyó literatura, ciencia, historia, poesía, e incluso sermones, comenzó a llamarse a sí mismo “republicano” y la economía del país contagiaría la economía de su tiempo en su trabajo; abrazó el Deismo, la creencia en la divinidad sin dogma alguno, y aprendió los beneficios de la especulación monetaria.
En el país se gozaba de libertad de imprenta y las tres ediciones de La Henriade, con la dedicatoria a Sully cambiada por una hacia la Reina, incluso con prólogo de Swift en la edición irlandesa, le dio la suficientes ganancias como para mantenerse y hacer crecer su fama internacional de ser el autor del poema épico de Francia. Enseguida fue presentado al mundo de letras, desde las cortes antagónicas de Jorge I y del Príncipe de Gales, hasta los hogares de clase media, y sobre todo, al círculo literario de su amigo Bolingbroke, donde charló tranquilamente con Swift, Pope y Gay en un ambiente más conservador que el epicureista salón Du Temple, pero que albergaba a los hombres más radicales que existieran en ese momento en toda Europa. Encontraron a Voltaire algo picaresco y “agradablemente shocking”, y Voltaire afirmó muy a gusto en una carta a un amigo, “Aquí (...) puede uno usar su inteligencia noble y libremente sin temor ni bajeza. Si siguiera mi impulso permanecería aquí, al menos para aprender a pensar”[xii].
Comenzaría, ahora sí, la primer obra por la que sería recordado en todo el mundo que, a diferencia de sus anteriores dardos de bromas contra las injusticias del Estado y la Iglesia, caería como la primer bomba arrojada por los filósofos a las instituciones del otro lado del canal.
Sus Cartas Filosóficas, o Lettres anglois, resumen sus experiencias en las islas, sus convicciones personales sobre el contraste entre las dos grandes naciones de Europa, y la adopción moral contra el fanatismo de cualquier tipo.
En primer lugar, la convivencia en la diversidad cultural del cosmopolitismo es lo que sorprende a Voltaire. En Inglaterra, dice en sus cartas, “Se puede comer con un obispo y cenar con un cuáquero, ir a la sinagoga el sábado y a San Pedro el domingo, oír sermón a la mañana e ir al teatro en la tarde, pasar por el juzgado a la bolsa”[xiii]. Según su diagnóstico, la tolerancia parece absoluta, y eso se debe a la conjetura de que “el baño de sangre” de la historia de este país ha logrado un gobierno representativo con sus senadores republicanos que pisotean la corona si es necesario; como escribe él mismo, “La libertad ha nacido en Inglaterra de la disputa de los grandes”[xiv].
Pondera la paz que ha logrado el comercio y la organización política. “Un hombre, porque es noble o porque es cura – observa –, no está aquí exento de pagar ciertas tasas (...)”[xv]. La clase ociosa está descartada en su visión. Pero aún más, con un toque de ironía, describe todo tipo de sectas y sus procedimientos según la creencia en la misma deidad. “Este es el país de las sectas – concluye –. Un inglés, como hombre libre, va al Cielo por el camino que más le acomoda”[xvi]. La pluralidad de sectas logra evitar enfrentamientos entre grandes facciones, y sospecha, no sin un dejo burlón, que los sentimientos económicos son más fuertes que los religiosos. La Iglesia Anglicana, dice Voltaire, “ha conservado muchas de las ceremonias católicas, y sobre todo la de recibir los diezmos con escrupuloso cuidado. Tiene también la pía intención de ser los patronos, porque, ¿qué vicario de aldea no quisiera ser papa?”[xvii].
Pero la tolerancia no sólo es deseable porque es útil a la economía o la convivencia. Voltaire termina de convencerse de que no hay cultura sin libertad, y la tolerancia es la clave de su desarrollo.
Pero la nación anglosajona le reservaba más sorpresas aún. Descubriría tres nombres que resonarían a lo largo de la Historia occidental y darían a su país la modificación del pensamiento que necesitaba para concretar el cambio: Newton, Locke, y Shakespieare.
Asistió a la representación de Hamlet, del “bárbaro genio”, quien copiaría y daría conocer en su país, no sin arrepentirse: “(...) fui yo quien antaño habló (...) de ese Shakespeare, fui yo el primero que mostró a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme basurero”[xviii].
El espíritu sensato, metódico y exacto de Locke, cautivó a Voltaire, que lo consideraba como “el único metafísico razonable”[xix], y siguiéndolo, reemplaza el supuesto de las ideas innatas por el valor de la duda para la corrección. “Locke – dice Voltaire – ha esclarecido al hombre la razón humana, como un excelente anatomista explica los resortes del cuerpo humano. Se ayuda constantemente de la antorcha de la física; a veces, osa hablar afirmativamente, pero también osa dudar; en lugar de definir de golpe lo que no conocemos, examina por grados lo que queremos conocer”[xx]. En sus Cartas... expone, desde la Grecia antigua (“cuna de las artes y los errores” [xxi]) hasta Descartes (quién mostró esos errores), que la “novela del alma”, si ella es o no real y donde se encuentra, ha causado las matanzas por silogismos.
Pero Voltaire advierte que “La filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha física nos falta”[xxii].
Aparecería en escena por primera vez la interpretación clara y atractiva de la física del hombre que, según Voltaire, “(...) ha visto la mecánica de los resortes del mundo” y “En la geometría, ha doblegado lo infinito al cálculo”[xxiii].
Voltaire llegó unas semanas antes de que Newton se extinguiera, pero el entierro con que honraba su nación al físico impresionó al francés proveniente de un país que rechazaba y ridiculiza su sistema, y donde abundaban las fosas comunes para los artistas y los investigadores[xxiv].
Sin embargo, sí conoció a Samuel Clarke, el amigo y comentarista de Newton, del que escribió: “(...) yo dije a uno de los más cultos miembros de la sociedad: el señor Clarke es más grande metafísico que Newton. Puede ser, –me respondió fríamente– pero es como si se dijera que uno juega a los globos mejor que otro. Esta respuesta me hizo recapacitar. He osado, luego, pinchar algunos de esos globos de la metafísica, y he visto que no salía de ellos sino aire”[xxv].
El empirismo, la ciencia, la tolerancia, circunscriben al nuevo enemigo que pululaba en su patria y en gran parte de Europa: la metafísica, el atraso científico y el fanatismo; y el nombre representante de todos ellos es el propio filósofo de su tierra, el “viejo mago” que expedía un rancio olor jansenista, la secta de seguidores de San Agustín que imponen al hombre la necesidad del auxilio de la gracia divina en sus acciones... nada más alejado del pensamiento de Voltaire.
El Suplemento a las acotaciones sobe los «Pensamientos» de Pascal al final de las Cartas Filosóficas casi le cuestan una tercera estadía en la Bastilla, incluso suprimió párrafos enteros por precaución. En ellos, escoge fragmentos que le parecen errados y desde luego no ataca su obra científica.
La crítica es a su forma de ver la vida. “¿Por qué horrorizarnos de nuestro ser? – reprocha Voltaire – Nuestra existencia no es tan desdichada como se nos quiere hacer creer. Mirar el universo como una celda y todos los hombres como criminales a los que se va a ejecutar es una idea de un fanático”[xxvi]. La visión de Voltaire considera a toda la humanidad como una gran familia y el amor propio como un don. “Es este amor propio – afirma –, que cada animal ha recibido de la naturaleza, el que nos advierte que respetemos el de los otros”[xxvii]. Del auxilio al don, a diferencia de Pascal, en Voltaire, todo está por hacerse y descubrirse; Pascal apuesta y Voltaire pide comprobaciones y precisión; asegura que la razón humana puede decirnos más de lo que admite Pascal, y traza una distinción entre lo que puede ser conocido y lo que jamás lo será[xxviii]. El parecer de Pascal, según Voltaire, “Es el triunfo de la teología sobre la debilidad humana”[xxix], o como dice, “Los supersticiosos son en la sociedad lo que los cobardes en un ejército: tienen y provocan terrores pánicos”[xxx].
Las Cartas Filosóficas se encargaron de introducir en Francia y en el resto de Europa, en ediciones clandestinas, las ideas de las formas de organización política y económica, las letras y los descubrimientos en las investigaciones científicas (entre ellas la medicina empírica) y las convicciones filosóficas de toda la nación inglesa. No son un mero panfleto de propaganda subversiva, ni tampoco una sátira de la religión, mucho menos una exacerbación sajona o un insulto a los galos; son la presentación de un mundo nuevo, una función de divulgación de una estado deseable, con el fin demostrativo y general, para esclarecer ciertos criterios de orientación hacia una verdad, hacia una verdadera revolución, una revolución en la observación, en el método, y por lo tanto, de la manera de pensar el mundo. Una mundo tal vez idealizado, pero como afirmaría el propio Voltaire con el principio de toda crítica objetiva: “Para asegurar irrefutablemente que una cosa está mal, hay que considerar al mismo tiempo cómo podríamos hacerla mejor”[xxxi]; y si Inglaterra no era tan real como sus cartas, al menos Francia parecía estar mal, y ellas eran la ejemplificación de un principio a seguir.
La prosa como arma; las ideas como municiones; el objetivo serían la mentalidad de su público. Si en esta etapa se le reprocha filosóficamente a Voltaire que no dijo nada que ya hayan dicho otros, al menos Voltaire fue quien lo dijo mejor y a quienes era necesario.
Al cabo de tres años en Inglaterra, el ímpetu de esa primera fiesta terminó de diseminarse. “(...) me empezaba a afectar el clima y descubrí estupefacto que no podía reírme”[xxxii] comenta. Voltaire descubrió que existía también el cinismo, laconismo, el humor cruel de los ingleses y su partidismo político confuso, que le hicieron ver el momento de su regreso a Francia.
 
 
3: Historia y Literatura (1729 a 1749)
 
De nuevo en Francia, entre la compañía de París y el retiro. ¡Bienvenidos a la paz Cirey!
El clima de Francia estaba cambiado y el amor de los franceses por Locke y Newton crecía, las experimentaciones y conocimientos en ciencias se expandían a los sectores de clase media, y eran frecuentes los grupos de mujeres Haut Monde guiadas por escritores o filósofos. Entre ellas estaba Emilia, marquesa de Châtelete, mujer joven e independiente, con ideas propias y liberal, versada en álgebra y matemática, inteligente y curiosa, posesiva y enérgica, se sabía parte de La Henriade de memoria y adoptó de inmediato a Voltaire como su “amigo”, título poco definible hoy en día. A raíz de la confiscación de las Cartas Filosóficas, Voltaire fue invitado a convivir junto a ella, el marques, sus dos hijos y un sacerdote en Cirey, un castillo abandonado y situado en la estratégica frontera de Lorraine, por si los vientos de París empeoraban.
El espacio nunca estuvo separado de la actividad intelectual de Voltaire, y con su instinto arquitectónico, hizo al castillo habitable, diseñó una galería para la biblioteca, un laboratorio de física experimental, incluso, por encargo de Emilia, renovó la capilla para la educación de los hijos y para dar misa a jóvenes científicos que venían a estudiar, y como no podía ser menos, toda un ala para sus trabajo.
Entre las múltiples visitas de pensadores de diversos ámbitos, Emilia y Voltaire cultivaban todas las artes, preparaban libros de divulgación científica, apadrinaban pensadores, e incluso participaron en un concurso de la Academia con un ensayo sobre fuego, a pocos pasos de descubrir el oxígeno. Voltaire compuso sus obras de teatro más importantes, y su correspondencia era copiada y reproducida en salones y en la prensa extrajera. “Tenía en la mano – nos cuenta – a los cuatro reyes – los de Prusia, Suecia, Dinamarca y Rusia – sin mencionar las cartas, más pequeñas, de los príncipes, grandes duques y margraves”[xxxiii]. Voltaire había logrado conquistar a todos los reyes, menos al suyo.
            El gran aporte de este período sería la artillería pesada del trabajo histórico, y más aún, su método historiográfico en clara oposición con la tradición providencial y anecdótica. Su Historia de Carlos XII, el Siglo de Luis XIV, su menor Luis XV, su prohibida Historia del parlamento francés, la Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el grande, y la primer Filosofía de la historia que se hay escrito en la historia, que sería la primer parte de su extensísima historia universal, su acorazado, el Ensayo sobre las costumbres y los espíritus de las naciones,son el corrimiento hacia un nuevo marco. Este movimiento es doble: la instauración de la Historia como ciencia y el de sitiar y conquistar el último refugio que influenciaba la religión en el saber.
Voltaire utilizó para su método no sólo la aceptación de fuentes basadas en material de primera mano, de memoradums inéditos y de cartas escritas por personajes menores y entrevistas hechas por él mismo, la negación de los monjes anónimos y el alejamiento de justificación bíblicas, sino que concibió una nueva forma de compilar y sintetizar esos datos.
Primero, la introducción moderna de la categoría de casualidad: el azar en la Historia, contrario a la providencia, un conjunto de acontecimientos que no responden a leyes o principios racionales, que puede conectar los más diversos ámbitos con la misma relevancia, pequeñas causas para explicar grandes acontecimientos.
Luego, la mirada amplia: abarcar otras culturas, por ejemplo la de Turquía, India, Japón, y sobre todo las árabes y chinas, de las que tenía la convicción de estar más avanzadas en las épocas oscuras y a las que los occidentales les debían gran parte de su desarrollo cultural y científico, al mismo tiempo que redujo la importancia de la tradición judeo-cristiana que le parecía sobrestimada.
Con el pluralismo del Hombre, delimita la naturaleza humana con el concepto de costumbre, con el que terminaría de forjar la idea de progreso, si bien nunca bosquejó una fórmula para el mismo.
La narración, como en toda su obra, no es menos y es también un aporte doble. En primer lugar el “qué”: lo que se elige contar; afirma Voltaire, “(...) los grandes hombres son los sabios, benefactores de la humanidad, no los héroes ni los conquistadores”. Es por eso que la Historia, es la Historia la de Civilización, o cómo él la definía, “de la inteligencia”[xxxiv], que debe ser escrita por filósofos, y ser un testigo, nunca un adulador. “Los generales y los ministros – continua en su tono particular – vendrán cuando les toque su turno”[xxxv].
El segundo aspecto narrativo es el “cómo”: roce con lo literario, las imágenes y acentuaciones son utilizadas como instrumentos de una caracterización, desde luego totalmente contraria a la búsqueda de un universal, y con el ornamento conceptual de su lado y nunca como fin. Voltaire se opone a la historia como un gran teatro, pero no puede evitar usar un poco de su talento: escribe de Mazarino, con una frase envidiable, “fue culpable de todo el bien que no hizo”[xxxvi], y a Luis XIV le atribuye “el estado soy yo”[xxxvii].
La opinión intencionada es el fraude y hay que derribar los chimes, milagros, heroicidades, adivinaciones y especulación sobre la providencia. A diferencia de eso, su grandes intuiciones, no siempre certeras pero sí admirables en la mayoría de los casos, llegaron a un esbozo de una teoría general sobre la cultura y la sociedad humana que adjudicaba a todas sus manifestaciones orígenes comunes a pesar de sus diversidades. No hay tal edad de oro perdida ni discusiones válidas sobre la locación del paraíso. Sí, quizás, una edad de oro para alcanzar en el futuro, y en cuanto al paraíso... dirá: “El paraíso terrenal está donde estoy yo”[xxxviii].
La Historia es entornes una rama de la ciencia y de la literatura, pero a la que Voltaire le sumó la búsqueda de causas auténticas e instauró un trabajo crítico sobre ellas.
Aquí, una gran diferencia con sus camaradas, con los más jóvenes que no se dedicaron a la Historia, como Diderot (que sentía un desprecio por el pasado), y una pequeña discrepancia y querella con el más anciano Montesquieu (que realizaba más bien ensayos de interpretación que Historia), quien pone como una de las causa principales del desarrollo de la humanidad al clima y no a los factores económico. “Es cierto que el clima tiene alguna influencia – dice Voltaire –, pero no es menos evidente que el gobierno la tiene mucho mayor (...)”[xxxix]. . Según Voltaire, la sociedad es movida y afectada por la economía, cuestiones que no desarrolla, tal vez porque la considera demasiado obvia[xl]
Y si bien Voltaire comenzaría a usar la palabra “civilización” que Rousseau tildaría de “decadencia”[xli], y aunque chocaría en casi todos sus conceptos de ver la Historia (en Voltaire los salvajes son feos, la apología es del lujo y el progreso), ambos se encuentra en el mismo terreno, no por influencia, sino por deducción, en la idea de que las dimensiones del tiempo habían sido reducidas según la tradición, y más cabría contar los primeros tiempos por milenios[xlii].
El retiro de Voltaire en Cirey, siendo acusado de ateo, inmoral, libertino y rebelde, junto a la prohibición de sus textos, no hacían más que llamar aún más la atención de su público, en especial La historia de Carlos XII. De utilidad filosófica para otros príncipes, merece ser llamada un correctivo a los hombres estado con ambiciones de conquista. “El que es un buen patriota – plantea Voltaire – debe odiar al resto de la humanidad”[xliii]. Y su opinión contra el poder monárquico arbitrario y personal lo harían transitar por terrenos inestables.
En este momento Luis XV volvió de la muerte, resurgió como el “bien amado” y adoptó a Pompadur como amante, la que se vio complaciente con el filósofo. Sus obras de teatro le hicieron llegar hasta la Corte, para la que escribiría obras sencillas de entretenimiento que cautivarían a toda Francia. “Concluí – escribe en sus memorias – que, para hacer la más pequeña fortuna, más valía decir cuatro palabras a un amante del rey que escribir cien volúmenes”[xliv]. En Versalles se sentía, dice él, “una ateo en una iglesia (...) un pobre diablo que a los 50 años se ha convertido en bufón del rey”[xlv]. Pero la recompensa sería llegar a cumplir su máximo deseo: ocupar un asiento en la Academia Francesa que tanto tiempo se le había negado. Y cuando todas las miradas, incluso desde la Corte, señalaban a Voltaire, todos sus opositores se condensaron en un enemigo. “Un viejo imbécil – comenta –, preceptor del delfín, antiguamente teatino y después obispo de Mirepoix (...)”[xlvi]. El obispo condenó su obra, evitó que el dramaturgo consiguiera el asiento y lo tomó para él, e incluso en dos ocasiones consecutivas.
¿Qué pudo hacer Voltaire?... Voltaire... el negador de todos los milagros, el sinónimo del Gran Diccionario Francés de “espíritu de incredulidad ridiculizadora respecto al cristianismo”[xlvii], el enemigo más citado contra todo dogma y superstición... no tuvo mejor idea que escribirle, ni más ni menos, que al mismísimo Papa.
Benedicto XIV, digno de su siglo, el más culto de todos los papas, que usaba su tiempo libre en cultivar las artes, ciencias y la historia, recibió una carta en italiano, con el tradicional salutio en latín romance del filósofo. La respuesta fue a favor de Voltaire, y con Benedicto, Pompadur, Federico, Catalina y muchos de los demás integrantes de la Academia de su lado, el Rey no pudo más que terminar el conflicto de una forma algo insatisfactoria. “Los honores y los bienes – cuenta – llegaron al fin sobre mí por una farsa de feria” [xlviii]. Voltaire consiguió su asiento, pero fue como “historiador de la Corte” y un nombramiento de “gentil hombre”.
La culminación de la caída fue un incidente en una partida de cartas con Pompadur y los selectos, en la que Emilia perdió 84 mil francos, y al pedirle a Voltaire más dinero, él le advirtió en inglés que la estaban estafando. Las palabras fueron entendidas y suscitaron el peligro de un apuñalamiento por la espalda. Apresurados, ambos, se retiran a pie del palacio.
Voltaire logró ocultarse en la residencia de Madame Maine que echó a todos los sirviente por temor a un atentado.
Allí, sin preocuparse por la posteridad de estos trabajos, como un ejercicio de Las mil y una noches, para evitar la muerte pero para agradecer la hospitalidad de forma recreativa a la Señora, escribió nuestros títulos favoritos: Babouc, Memnon, Scarmentado, Micromégas, Zadig... En ellos, su método y convicciones se exaltaron en la ficción y su imaginario: Platón enseña con sus sueños, los viajes estelares son gracias a principios newtonianos aplicados, en Memnon el Paraíso son planetas y los ángeles extraterrestres, el dios de Zadig existe en su debido sitio y a su debido tiempo, duplica a París con el espejo de Asia Menor, y, si Voltaire es ciudadano del mundo, Micromégas lo será del universo.
Son fábulas o parábola que expresan una verdad universal o principio general, pero también una novedosa fusión entre lo fantástico y lo riguroso, la paradoja tan atractiva entre la ciencia y la ficción. Todas aquellas pequeñas obras a las que no les prestó la menor atención o seriedad, e irónicamente, por las que sí sería en gran parte recordado, a diferencias de sus obras dramáticas morales, a las que le dedicó tanto tiempo y tanto esmero, con éxito en su época, hoy sin gloria. En el estilo de la razón, ha demostrado, en lo absurdo, delirante y mágico de sus cuentos, ser más sensato que aquel mundo en el que su autor vivía.
Pompadur y sus hijas llevaron al Rey a firmar el destierro de Voltaire de París, uno que duraría 28 años, y la cancelación de cualquier publicación de su obra. El fallecimiento de la marquesa de Châtelet es la ruptura total con la corte francesa, y Voltaire, anímicamente destruido y sin rumbo, terminaría por aceptar la invitación de Federico a su reino, lo que le valdría la cancelación de su puesto en la Academia[xlix].
 
 
4: Ética y Política (1750 a 1754)
 
“¡Voltaire! ¡Voltaire!”. Comenzaron los primeros gritos al llegar en mitad del agasajo en su honor. ¡Bienvenidos a Potsdam! ¡Bienvenidos a los muros de Sans Souci!
Voltaire se instaló como huésped en el castillo entre 15.000 hombres de las tropas prusianas, en una corte heterogénea y radical de especímenes de Francia y Europa, junto a un hospitalario Federico y sus costumbres.
Con un itinerario de maestro, hablaba dos horas en francés con el Rey y corregía sus versos, y Federico le daba un pensión para él y su sobrina en París. El amor coqueto entre ellos había nacido desde su primer encuentro diplomático, y ambos compartían gustos, charlas y risas, conversaban vía carta estando los dos en el mismo castillo, entre elogios, rimas, consejos y complicidades.
Las comidas no eran menos filosóficas y en ellas la cabecera estaba siempre donde se sentaba Voltaire[l]. “Un recién llegado que nos hubiera escuchado – recuerda–, al ver esta pintura, habría creído oír a los siete sabios de Grecia en el burdel. Nunca se habló en ningún lugar del mundo con tanta libertad de todas las supersticiones de los hombres, y nunca fueron tratadas con más bromas y desprecios. Dios era respetado, pero todo los que habían engañado a los hombres en su nombre no quedaba a salvo ”[li].
En su estadía sin límites comenzaría a desarrollar la que sería tal vez su obra más eficaz: más liviano y versátil que la posterior Enciclopedia, conformado de prácticos y pequeños ensayos en orden alfabético, de “Abad” a “Zoroastro”, entre narraciones, entradas múltiples y hasta diálogos internos, el Diccionario Filosófico Portátil ametralla todos los principios útiles, desde la biblioteca del maestro hasta el bolsillo del caballero, que Voltaire consideraba esenciales. Fue la herramienta intelectual de toda una clase y a la que le debemos el comienzo de la idea más reconocida y enigmática entre todas las del pensador: “Si Dios no existe habría que inventarlo”[lii].
Pero pronto todo se volvió un juego delicado de contrarios irreconciliables. Alumno y monarca; maestro y sirviente; Filosofía y obediencia; libertad e inmovilidad.
Federico iba más allá que Voltaire en escepticismo, acidez y cinismo, y aunque del único que temía sus sarcasmos era de su maestro y se mostraba complaciente, Voltaire no mordía el anzuelo. Decía del monarca, “(...) su carácter le llevaba siempre a hacer lo contrario de lo que decía o escribía”[liii]. Intramuros se vivía de una manera relajada, de burlas y de algarabía, mientras que afuera, la rutina diaria era la doctrina militar. En una frase genial, Voltaire resume: “Estoy en mi habitación, escribiendo pacíficamente al son del tambor”[liv].
Su admirador real había editado La Henriade con ilustraciones y un prólogo suyo que la colocaba en un lugar superior que La Ileada y La Eneida. Inspirado en el poema, el “Salomón del norte” mandó construir teatros, laboratorios y observatorios, y fundó  la Academia Prusiana, a la que Voltaire recomendó para organizarla y presidirla a uno de sus colegas de Cirey, y el que sería uno de sus más escandalosos enemigos.
Maupertuis, el “Júpiter de las ciencias”, había concretado con éxito la expedición a Laponia, una sin par en la época, para verificar el achatamiento de los polos según las teoría newtoniana. Voltaire lo conocía bien, pero en Potsdam, cuando dejaría de ser la estrella del firmamento de la corte prusiana y los celos lo volverían “malo”, lo conocería mejor. “Rasgos torpes; más bien triunfantes; jactancioso, aunque deliberadamente complaciente; (...) aplastando cómodamente la tierra y sus meridianos (...) con la mano izquierda, y estirando un dedo de la otra para preguntar a la humanidad: ‘¿no se habéis dado cuenta?’”[lv].
Rara vez Voltaire se quedaba quieto, y el conflicto entre ambos comenzó entre un tropiezo de éste y la malicia de Maupertuis quien lo denunció al anfitrión sobre un conflicto acerca de un litigio por una transacción, no sin agregar que al filósofo no le gustaban sus versos. El Rey pensó en echarlo, pero las cenas se reanudaron y Voltaire volvió a ganar a Federico, aunque la sensibilidad poética del monarca se vio afectada.
El enfrentamiento prosiguió con la, no menos graciosa que relevante, publicación de una obra de Maupertuis que hoy sería digna de formar parte del más elevada del género fantástico: las Cartas para el progreso de las ciencias. En ellas, el Júpiter presentaba un conjunto de magníficas locuras, cómo exhortar a los filósofos a la búsqueda de la piedra filosofal, curar apoplejía con la fuerza centrífuga “haciendo que el enfermo haga una pirueta” [lvi], prolongar la vida obturando los poros con un barniz de pez, abrir una inmensa galería hasta el centro de la tierra para observaciones científicas,[lvii] la propuesta de disecar cabezas de gigantes de diez pies de altura de la Patagonia para conocer la naturaleza del alma, y lo más certero de todo,“(...) que no existe otra prueba de la existencia de Dios que en Z igual a BC dividido por A más B”[lviii].
Hemos visto a lo largo de la vida del filósofo el enfrentamiento con una clase de un sistema del que él formaba parte (el Caballero de Rohan), la crítica y la corrección a los pensamientos de un antecesor confeccionando una propuesta nueva (el filósofo Pascal), la mirada hacia la construcción de un espacio y una nueva ciencia contra los prejuicios y envidias de una sociedad y la intolerancia del poder (el obispo de Mirepoix). Ahora nos queda el aspecto de la ética de su filosofía y de su forma de sentir, una característica que Voltaire tuvo antes y mantendría después, y que no siempre le trajo beneficios y comúnmente trae desgracias: su inevitable espíritu de disputa en defensa de un tercero, cuando él creía que la verdad era innegable, más allá de las autoridades involucradas (incluso en algunos casos en que el defendido se pronunciaba en su contra).
Koenig y Maupertuis comenzaron un disputa a la que Voltaire no podía quedar indiferente. La cuestión era un problema de geometría, pero para Maupertuis lo era de orgullo, para Federico, de credibilidad política, y para Voltaire, desde luego, de principios. “(...) tenía el gusto de defender a la vez a los hombres de letras con la causa de un amigo y el de mortificar a un enemigo que era tanto el enemigo de la modestia como el mío”[lix].
En poco tiempo, de la cabeza del escritor no tardaría en surgir la réplica rabiosa del personaje que daría nombre al libelo más lacerante que haya escrito. La Historia del doctor Akakia, cómo ninguna, cumplió su objetivo con la dureza de los golpes de un atleta que destruye con ingenio, gracia y maestría una a una la proposiciones absurdas de su raquítico oponente, advirtiendo las desgracias de llevarlas a la práctica, no sin destacar la única virtud posible de Maupertuis: dice el Doctor médico del Papa, “Pero si nuestro autor es ignorante, debemos reconocer que tiene en compensación una singular imaginación”[lx].
Lo más relevante aquí, entre la broma y la represalia, es su forma de ver una ética profesional del trabajo intelectual. La sentencia de los profesores del Colegio de Sapiencia dictamina al nativo de San-Malo: “Que no trate de prohibir a nadie la libertad de una justa defensa; que piense que un hombre que está equivocado y que pretende deshonrar al que tiene razón, se deshonra sí mismo. (...) Terminamos exhortándole a que sea dócil, a que haga estudios serios y no vanas cábalas: porque lo que un sabio gana en intrigas lo pierde en genio, lo mismo que en mecánica lo que se gana en tiempo se pierde en fuerza” [lxi].
Antes que nada, Voltaire mandó una copia a París y guardó otra para él. Mostró el manuscrito a Federico que leyeron juntos entre carcajadas a puertas cerrada, y Voltaire luego quemó en la chimenea, no sin mandar su copia, con un permiso falso, a la imprenta real. Cuando el libelo se hizo público, Voltaire tuvo que dar la retractación y Federico buscó y quemó todo los ejemplares de Berlín, e hizo prometer a su huésped no escribir nada más contra él o contra aquel que había puesto en la cumbre del conocimiento de su Academia. De todas formas, la diatriba cumplió su objetivo como un sarpullido en París que hizo de su enemigo el foco de las risas de todo Europa, y a Prusia ridícula al defender al presidente de su reciente institución.
Tres meses después, Voltaire consiguió el permiso del rey para retirarse por salud, y decidió huir de la capital, no sin ser detenido un tiempo en Frankfurt. Y aunque su amistad se rompió, tardarían algunos años en volver a escribirse el, según Federico, “Loco Malvado” de Voltaire, y, según Voltaire, “la respetables, singular y amable puta”[lxii] de Federico.
 
 
5: Arquitectura y Sociedad (1754 de 1777)
 
¡Bienvenidos al antiguo país de Gex! ¡Bienvenidos a la culminación de Voltaire! ¡Bienvenidos a la frontera! ¡Bienvenidos a Freney!
En 1755, a los 61 años, Voltaire se estableció en Freney, sobre cuatro feudos contiguos comprados por él, con cuatro casas, y que se extendía al mismo tiempo por dos reinos y dos repúblicas: Francia, Ginebra, Saboya y Suiza.
En este espacio, Voltaire no se limitaría a sus trabajos ni a su correspondencia. “Como seguramente no podía hacer a los hombres más razonables – cuenta –, ni al parlamento menos pedante, ni a los teólogos menos ridículos, continuaba siendo feliz lejos de ellos”. En aquel momento, era hora de comenzar a construir. “Oigo hablar mucho de libertad – continua –, pero no creo que haya habido en Europa un particular que se haya forjado una como la mía. Seguirá mi ejemplo quien quiera y pueda”[lxiii].
Voltaire puso manos a la obra, dejó definitivamente la peluca y se puso el sombrero (literalmente): expone claras y valientemente la manifestación sincera de sus ideales aplicándolos no sólo en las letras o en la crítica, sino también en ladrillos y con habitantes de familias ginebrinas, de campesinos y artesanos, sin hacer distinciones religiosas, contra las corruptas autoridades locales, e incluso yendo más allá.
Al patrono de Freney no se le escapa ser objeto de ninguna metáforas que un deista daría al Creador. Primero, el “obrero”, constructor del mundo: Voltaire edificó casas, fábricas que parecían castillos, un teatro donde recrear sus obras y actuar en papeles de viejo, una cárcel llamada Justice, y desde luego, un bonito jardín. Luego, el “arquitecto”, planificador de todo orden universal: “Deos eretix Voltaire” podían leer todos en la inscripción que colocó en su capilla; “Voltaire la erige para Dios”; el primer, y quizás el único santuario del mundo dedicado al ser Supremo. Y por último, el “relojero”, que da cuerda al orden divino: su fábrica de relojes y medias de ceda de calidad mantenía el mecanismos de toda la comunidad activo y autosuficiente. “Después de haber vivido con los reyes – dice –, me he convertido en rey en mi casa”[lxiv]. Al terminar, Deos Voltaire descansa, cambia la casaca francesa por la bata floreada, pero siendo sólo una nueva forma para su vieja armadura de guerrero: “(...) no estar ocupado y no existir es lo mismo para el hombre”.[lxv]
Su trabajo intelectual no sería menos. Es el momento del estallido de las ediciones de muchos de sus trabajo, entre ellos el Ensayo... y La Puncelle (que había guardado durante tanto tiempo bajo llave en Cirey), ambos, la ciencia de la Historia y la parodia de la Historia, en franca oposición con la firma del mismo autor. Su vida tranquila empezó a atraer la atención de toda Europa, y las visitas de gente intelectual y admiradores no tardaron en llegar, sobre todo los colaboradores de la Enciclopedia, Dedirot y d´Alambert[lxvi]. Voltaire, en un día recibía cartas de 6 reyes diferentes sin proponérselo. No tener correspondencia con Freney era la mayor prueba de barbarie que se podía citar contra un monarca o un príncipe. Los jóvenes ginebrinos acudían a su teatro, y todos esperaban ansiosos el último escrito que saliera de sus tierras.
El acontecimiento que terminaría de formar a Voltaire fue el que le valió parte de sus epitafios: “El vengador de Calas”.
Un padre protestante había sido condenado por un jurado parcial de haber asesinado a su hijo por, según el jurado, querer convertirse al catolicismo. El resto de la familia y amigos habían sido exonerados de culpa. El caso llamó la atención a Voltaire que aplicó su conocimiento, fortuna, influencia e inteligencia en ayudar a la familia, pidiendo la revisión del caso al propio Rey. Su movimiento fue tan simple como elegante: aplicó un principio argumental de no contradicción al veredicto siguiendo las pruebas evidentes y aceptadas. Si el padre era culpable, lo tenían que ser todos los involucrados; si los demás eran inocentes, como se había dictaminado, el jurado se había irrefutablemente equivocado. Todo apuntaba al simple prejuicio religioso, y luego de tres años, se revocó la sentencia de Juan Calas limpiando su nombre, la ola de casos similares no se hizo esperar, y Voltaire ya había escrito su Tratado sobre la tolerancia.
Voltaire da una vuelta más de página sobre la idea de tolerancia entre la naciones de Locke, aplicándola a una escala individual y expandiéndola al plano universal. Escribe en su tratado: “Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando perturban a la sociedad: perturban a la sociedad si inspiran fanáticos; es preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia”[lxvii]. (Para Voltaire, a lo largo de la Historia, “fanático” sólo se puede decir en plural).
Junto con El Contrato Social de Rousseau, el Tratado... formó la integridad de un siglo, ambos autores en contra del fanatismo, no sin marcadas diferencias.
Si bien el primero plantea al Hombre como naturalmente bueno (salvando la simplicidad), el segundo dice que desde el comienzo fue un ser sociable y su estupidez debe ser denunciada y corregida por la razón; y si bien ambos difieren en 180 grados hacia lo que se debe estimar, lo originario o el progreso, el verdadero punto de encuentro entre los dos pensamientos será el Poema sobre el desastre de Lisboa / o examen de este axioma: / «todo está bien». En él, Voltaire expone, al igual que en Cándido pero con un tono trágico, una mirada moral hacia la Providencia como denuncia contra las opiniones de que la voluntad de Dios había castigado a la ciudad por sus pecados, y contra la indiferencia humana frente al sufrimiento humano.
Voltaire escribe en su poema sobre el terremoto: “Gritarías: «Todo está bien» con tono lamentable, / Pero os desmiente el mundo y hasta el corazón mismo / Refuta a vuestra mente cien veces el error”[lxviii]; Rousseau le contesta que en Lisboa se deberían haber construido casas más bajas y menos amontonadas, que es el propio Hombre quien hace daño al Hombre. Sin embargo Voltaire escribe “Lisboa está destruida, y se baila en París”[lxix]; el alumno lo pasa por alto, ni siquiera lo lee como poesía. Entre el “todo está bien” de Pope, donde el Todo se abraza con el Todo, y lo melancólico del poema de Voltaire, que a simple vista parece condenar al Destino, Rousseau rechaza formular juicio alguno a una responsabilidad divina, procura no confundir desgracia particular con acontecimiento general. Rousseau fabrica un sistema, aceptable o no, armado; Voltaire no asume ni pretende hacer un sistema filosófico alguno. Rousseau busca reflexiones; Voltaire demuestra actitud. Rousseau tiene una monstruosa verdad; Voltaire empatía. Y, paradójicamente lo contrario que reprocha el ginebrino cuando afirma, al final de su primer carta histérica, “(...) usted disfruta mientras yo espero, y la esperanza lo embellece todo”[lxx], Rousseau, tranquilo, tiene fe, y Voltaire, perturbado, corona su poema en su último verso con la palabra “esperanza”.
Todo en esta discusión se repite en cartas y folletines con la salvedad de ser en incremento absurdas. Ambos cambian los sables del primer encuentro por molestos alfileres, y cuando estos no sirven, pasan directamente a los escupitajos; tal vez haciéndonos reír y pensar, pero sin entender que la respuesta está en la misma ironía de Cándido[lxxi]: una discusión entre Panglos y Santiago, entre la teodicea y la sensibilidad benéfica de Voltaire, entre lo lógico-necesario y lo social, es inexistente: Laibniz tiene razón, porque hasta el más necio no puede negar que éste es mejor de lo mundos posibles ya que nos ha dado a Voltaire para marcar sus errores.
El optimismos de Voltaire es de un tono particular, no como el ingenuo de otros iluministas mucho más materialistas. En su obra, saber e ignorancia, prudencia y fanatismo, se mezclan en la Historia que son la base para sus reflexiones. Su Hombre es uno que sí reconoce la existencia del mal pero sin caer en un enfrentamiento maniqueo, más bien lo distingue y puede suprimirlo usando su inteligencia y su humanitarismo para hacer del mundo algo mejor. Nuestra pasión dominante debe ser por el bien público. El optimismo en su pensamiento es precisamente hacia una instrucción que garantice las libertades y derechos individuales; es el peso que discrimina los entusiasmos para igualar la balanza que el azar o los intereses personales han inclinado.
Pero la guerra ya había sido declarada, el filósofo envejecía, y no hubo tiempo que perder. “Dios no está del lado de los batallones numerosos, sino de los mejores tiradores”[lxxii], y Voltaire y su partido terminarían por disparar su tiro de gracia.
 
 
6: Corrección y finalidad (1778-1791)
 
“¡Paso a Voltaire!”, “¡Abrid paso a Voltaire!”.
El filósofo decidió volver a su ciudad natal y los nuevos reyes querían demostrar que no le han negado su deseo ante un pueblo que decididamente lo admiraba. “Sé lo que es” fue lo único que declaró sobre él el nuevo monarca.
            Fu imposible hacer que viajara de incógnito. En cada pueblo lo reconocían como el vengador de Calas, el maestro de todos, el verdadero campeón de su pueblo; pobres y ricos por igual, si no podían tocarlo acariciaban sus caballos, y si no podían hablarle, se hacían pasar por sirvientes. Al llegar a la puerta de la gran ciudad, el guardia de la barrera le preguntó si llevaba algo prohibido por ordenanza del Rey, y él contestó tranquilo y sorprendiéndolo: “Creo que el único contrabando que llevamos soy yo”[lxxiii].
Nunca en al historia un filósofo tuvo tal acogida y honores. Recibió innumerables visitas por día, cada una a su tiempo, de príncipes, artistas, amigos y admiradores, entre ellas la de Franklin, que le acercó a su nieto para que lo bendijera con un: “Hijo mío, dios y libertad, recuerda estas palabras”[lxxiv]. Inauguró el primer embotellamiento de París frente al Palacio Real, y antes de ir al teatro para estrenar su nueva obra Irène, Voltaire pasó por el gran templo de la Academia Francesa, donde, por primera y única vez, un pensador, por unanimidad en una jornada de apoteosis, fue elegido su presidente. En la representación de su última obra ocupó el palco reservado para la familia real, y sin precedente, en silencio y expectante, todo el santuario aguardó que el telón se levantara con un gesto de la mano de su autor. La coronación al concluir fue exorbitante. “Honor al filósofo que enseña a pensar”, “Gloria al hombre universal” “Gloria al defensor de Calas”, “Es el público quien le corona”, a lo que Voltaire contestó “Después de tantos honores no me queda más que morirme” [lxxv].
Propuso a la Academia el augusto proyecto de conformar un diccionario francés donde se expresaría el valor y sentido de todas las palabras del idioma que tanto le había dado, y, para dar el ejemplo, Voltaire tomaría la iniciativa con la letra “A”. En su última carta, su último sarcasmo: “Mi muy querido secretario y maestro perpetuo: les recomiendo a usted y a mis dignos colegas las 24 letras del alfabeto”[lxxvi].
La gran obra de este último año de su vida fue... su vida; y su vida, sin duda, una gran obra maestra.
Voltaire dejó éste mundo en 1778, terminando un memorando para la Academia cayendo enfermo con delirios y fiebre durante días, no sin producir leyendas sobre su causa, y entre todas ellas, la que la modernidad adoptó como representante de todo su incesante trabajo intelectual, de aquel espíritu que en vida no encontró descanso ni aburrimiento: una sobredosis de café[lxxvii].
El acontecimiento desencadenó discursos y cartas con el tema de su partida en toda Europa, y quizás, en el mundo. Su carroza tirada por doce caballos blancos con la inscripción “Poeta, filósofo e historiador, prestó alas a la humana inteligencia y nos preparó a ser libres”[lxxviii] llevó su cuerpo en una procesión de 250.000 seguidores que cantaban el himno de una de sus obras de teatro “Pueblo, rompe tus cadenas. La libertad para la cual naciste te llama”. A un lado de su cajón, una placa lo citaba, “Si el hombre ha sido creado libre, debe gobernarse”, y al otro lado continuaba “sabemos demasiado bien que nuestros tiranos son nuestros vicios”[lxxix]. “A los 17 años escribió Edipo” dice en el Teatro de la Comedia, en el Teatro de la Nación, “A los 84 años escribió Irène”, y en la fachada de su casa de Freney, “Su ingenio está en todas partes, y su corazón está aquí”[lxxx].
En 1791 sus restos fueron transportados para descansar junto a su más diestro enemigo Jean-Jacques Rousseau en el Panteón de los hombres ilustres de Francia, ambos reunidos por la nación entre las cenizas de Descartes. Más tarde sería su nombre el que resonaría tras los muros del palacio cuando Luis XVI planeaba su huida, y el que Napoleón no podía escuchar pronunciar, ni siquiera leer, mandando retirar sus dos últimas letras del edificio donde descansaban sus restos. Influenció directamente a Talleyrand, Nietzsche, Victor Hugo, Darwin, Marx, entre muchos otros, y a un pueblo entero, no como una antorcha contenida, sino como miles de chispas que comenzaron un incendio que ya fue imposible de apagar y de recuperar lo que en el se consumió.
Por último, su más grande e importante enemigo fue, quizá, como el de todos, el más invisible y peligroso, porque parece inexistente ya que coincide con uno mismo: el propio Voltaire. “Hay que seguir corrigiendo aunque tenga uno ochenta años. No me gustan los viejos que dicen: ya tengo esa costumbre. ¡Pues bueno, viejo chalado, cambiala por otra, rehace tus versos si los has escrito y tu mal humor si lo tienes! Combatamos contra nosotros mismo hasta el último momento”[lxxxi].
Al final de su recorrido, Voltaire, fue, es y será, como la Filosofía, divertido, peligroso, y desde luego, inmortal.


Cuadro:
 

Cap
Tema
Lugar
Período
Obra
Enemigo
Obra contr
0
Estilo y sensatez
 
SXVIII
 
 
 
1
Teatro y Poesía
París
1694-1726
Henriade
Rohan
Edipo
2
Ciencias y Filosofía
Londres
1726-1729
Car Fil
Pascal
Suplem
3
Historia y Literatura
Cirey (Lorena)
1729-1749
CarlosXII
Mirapoix
Carta Papa
4
Ética y Política
Potsdam (Berlín)
1750-1754
Dic Filo
Maupertuis
Dr. Akakia
5
Arquitectura y Sociedad
Freney (Gex)
1754-1777
Trat de Tol
Rousseau
Peoma Lis
6
Corrección y Finalidad
París
1778-1791
Letra A
Voltaire
Carta Acad

 
 


BIBLIOGRAFÍA:
 
Labriola, Arturo, Voltaire / y la filosofía de la liberación (traducción Alberto S. Bianchi), Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944.
 
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Voltaire, Sarcasmos y agudezas (selección de textos, traducción y presentación Fernando Savater), Barcelona, Edhasa. 1999.
 
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Voltaire, Filosofía de la Historia, (estudio preliminar, traducción y notas Martín Caparros), Madrid, Editorial Tecnos S. A., 1990.
 
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Maurois, André, El pensamiento vivo de Voltaire (traducción Luis Echávarrí), Buenos Aires, Editorial Losada.S. A., 1946.
 
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Rousseau, Jean-Jacques, Escritos Polémicos / Carta a Voltaire / Carta a Malesherbes / Cartas a Beaumont / Carta a Mirabeau (estudio preliminar José Cariacedo, traducción y notas Quintín Calle Carablas), Madrid 1994, Tecnos.
 
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Voltaire, Cuentos (traducción y notas Carlos Pujol), Buenos Aires, Hyspamérica, 1996.
 
Pomeau, René, Voltaire según Voltaire (traducción Francesc Cusó), Barcelona, Editorial Laia, 1973.
 
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Saul, Hohn Ralston, Los bastardos de Voltaire / La dictadura de la razón en occidente, Barcelona, Editorial Andres Bello, 1992.
 
Voltaire, Diccionario Filosófico, edición digital, librosdot.com (http://www.librodot.com).
 
Voltaire, La Henriada, edición digital, librosdot.com (http://www.librodot.com).
 
Voltaire, El Siglo de Luis XIV, edición digital, librosdot.com (http://www.librodot.com).
 
 


NOTAS:
 


[i] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 350.
[ii] Voltaire, Sarcasmos y agudezas, Barcelona, Edhasa, 1999, pag. 111.
[iii] Prefacio de L´Enfant Prodigue, 1736, citado en Saul, Hohn Ralston, Los bastardos de Voltaire / La dictadura de la razón en occidente, Barcelona, Editorial Andres Bello, 1992, pag. 18.
[iv] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 34.
[v] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 39.
[vi] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Ernestina, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag.15-16.
[vii] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Ernestina, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 17.
[viii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 76.
[ix] Mon séjour auprés de Voltaire, París, 1807, pag. 182, citado en Labriola, Arturo, Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 60.
[x] Voltaire, Sarcasmos y agudezas, Barcelona, Edhasa, 1999, pag. 112.
[xi] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 111-113.
[xii] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 30.
[xiii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 139.
[xiv] Labriola, A., Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 67.
[xv] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 49.
[xvi] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 31.
[xvii] Labriola, A., Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 65.
[xviii] Voltaire, Sarcasmos y agudezas, Barcelona, Edhasa, 1999, pag. 145.
[xix] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 48.
[xx] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 67.
[xxi] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 67.
[xxii] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 79.
[xxiii] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 109.
[xxiv] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 38-39.
[xxv] Labriola, A., Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 59-60.
[xxvi] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 162.
[xxvii] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 165.
[xxviii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 201.
[xxix] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 203.
[xxx] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, Altaza, 1993, pag. 68.
[xxxi] Voltaire, Sarcasmos y agudezas, Barcelona, Edhasa, 1999, pag. 116-117.
[xxxii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 139.
[xxxiii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 226.
[xxxiv] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 66.
[xxxv] Voltaire, Cartas Filosóficas, Barcelona, 1993, Altaza, 59-60.
[xxxvi] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 89.
[xxxvii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 472.
[xxxviii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 255.
[xxxix] Si bien la discusión directa en el Diccionario Filosófico es con Chardin y Dubos Bodin, Voltaire siempre tuvo ficciones con Montesquieu al que nunca le tuvo simpatía y le reprocha el mismo punto de determinismo. Voltaire, Diccionario Filosófico, edición digital, librosdot.com, pag. 300.
[xl] Incluso establece una relación entre el dinero, el Estado y las milicias muy avanzada para su época. Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 82.
[xli] Labriola, A., Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 155.
[xlii] Voltaire, Filosofía de la Historia, (estudio preliminar, traducción y notas Martín Caparros), Madrid, Editorial Tecnos S. A., 1990, pag. LV.
[xliii] Brailsford, Henry Noel, Voltaire, Mexico, Fondo de la Cultura Económica, 1941, pag. 95.
[xliv] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 69.
[xlv] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 328.
[xlvi] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 53.
[xlvii] Litt´r, en su gran Diccionario de la Lengua Francesa usa estas palabras para voltairianisme. Labriola, A., Voltaire / y la filosofía de la liberación, Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944, pag. 26.
[xlviii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 342.
[xlix] Existe la versión de que el puesto fue negociado, pero Voltaire nunca prestó mucha atención a ese nombramiento más que como un título honorífico.
[l] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 391.
[li] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 59.
[lii] Si bien ésta frase fue escrita en una carta a Federico-Guillermo príncipe de Prusia el 28 noviembre 1770, la idea ya se puede ver en su artículo “Dios”, del diccionario filosófico. Voltaire, Sarcasmos y agudezas, selección de textos, traducción y presentación Savater, Fernando, Barcelona, Edhasa, 1999, pag. 65.
[liii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 299.
[liv] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 398.
[lv] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 286.
[lvi] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 187.
[lvii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 401-402.
[lviii] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 185.
[lix] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 78-79.
[lx] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 183.
[lxi] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 189.
[lxii] Federico acusó directamente a Voltaire de “loco malvado”, pero si bien Voltaire no pronuncia a Federico en la carta, la situación sólo puede dar a conclusión de que la “puta” a quien se refiere es el Rey. Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 14.
[lxiii] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar, 2004, pag. 103.
[lxiv] Voltaire, Memorias / para servir a la vida de Voltaire escritas por él mismo, Barcelona, Valdemar 2004, pag. 20.
[lxv] VVAA, Presencia de Voltaire, compilación e introducción Sazbón, José Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras UBA, 1997, pag. 91.
[lxvi] Voltaire apoyó el proyecto de la Enciclopedia aunque con sus reservas. Le parecía algo general y desde luego no se engañaba con la idea de conocimiento definitivo, si bien elogiaba la intención. Dicen que la entrada “Historia” se debe a él, pero algunas ideas, como sobre la estética, se ven contrarios en su Diccionario Filosófico, casi contemporáneos en edición, sin mencionar que en el cuadro de la división del conocimiento, el trabajo histórico de Voltaire no encontraría lugar. Ver el ensayo “Ut pintura poesis. Un principio estético y un criterio historiográfico en la perspectiva de Voltaire” en Presencia de Voltaire, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras UBA, 1997.
[lxvii] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 76.
[lxviii] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 213.
[lxix] Voltaire, Voltaire / opúsculos satíricos y filosóficos, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1978, pag. 207.
[lxx] Rousseau, Jean-Jacques, Escritos Polémicos / Carta a Voltaire / Carta a Malesherbes / Cartas a Beaumont / Carta a Mirabeau, Madrid, Tecnos, 1994, pag. 23.
[lxxi] Cándido o el optimismo nació precisamente de esta querella Voltaire-Roussau, escrito en 1758 y publicado el año siguiente. Es, desde luego, la obra más conocida del filósofo.
[lxxii] Saul, Hohn Ralston, Los bastardos de Voltaire / La dictadura de la razón en occidente, Barcelona, Editorial Andres Bello, 1992, pag. 19.
[lxxiii] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 579.
[lxxiv] Noyes, Alfred, Voltaire, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 579
[lxxv] Noyes, Alfred, Voltaire, Pedro, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 66.
[lxxvi] Noyes, Alfred, Voltaire, Pedro, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 612.
[lxxvii] Existen demasiadas leyendas para nombrar, pero básicamente se atribuye a su muerte automedicación de opio por nervios, una imposibilidad de alimentarse, una medicina con mercurio, o posteriormente, un cáncer de próstata.
[lxxviii] Noyes, Alfred, Voltaire, Pedro, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 634.
[lxxix] Noyes, Alfred, Voltaire, Pedro, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 633.
[lxxx] Noyes, Alfred, Voltaire, Pedro, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1942, pag. 641.
[lxxxi] Voltaire, Sarcasmos y agudezas, Barcelona, Edhasa, 1999, Pag. 55.


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