Seminario de los jueves

 
SEMINARIO de los Jueves 2008
Los historiadores argentinos
 
1) Enumero tres modos de pensar a la historiografía. Llamamos historiografía no a lo sucedido en el pasado sino a lo relatado del pasado.
  • a- La historia: política del pasado (Tulio Halperín Donghi). Desde su punto de vista – el de Halperín - la conformación histórica de los acontecimientos muestra las luchas por el poder entre los grupos y facciones, los sistema de alianzas que varían de acuerdo al cambio de las relaciones de fuerza, las situaciones estratégicas que rodean a la toma de decisiones, las determimaciones indirectas e inmediatas del contexto económico.
  • b- Política: historia del presente ( Foucault). La genealogía muestra el uso táctico de los discursos de la política, la resignificación de las tradiciones que se invocan, las políticas de la memoria que dan autoridad moral a grupos en pugna. El pasado es presentado como una virtualidad de legitimación del poder vigente.
  • c- Historia: política del presente (revisionismo, positivismo, liberalismo, nacionalismo de izquierda). Los discursos hegemónicos de la historiografía argentina funcionan como grandes relatos hagiográficos. Panteones de malditos como de héroes epónimos configuran un entramado alegórico en el que priman las semejanzas y los anacronismos: Mariano Moreno es un desaparecido, Rivadavia es Martinez de Hoz, Juarez Celman es Menem. La historia a la manera imperial y monárquica se presenta como un relato fundante de la nacionalidad.
2) Ha habido una avanzada mediática y política desde el 2001 respecto del pasado cercano y remoto. La conquista del “atrás” en pos de una recodificación de la historia como fuente de legitimación del poder.

Para que el poder se convierta en un factor de credibilidad, es decir en una autoridad, necesita de valores. En épocas fueron proporcionados por las religiones que instituyeron la sacralidad de las fuentes del poder, en otras la historia secular cumple este papel cultural e ideológico en los que el totemismo – el factor inmaculado y la gama de los intocables - cambia de dirección.

El menemismo se caracterizó por un discurso futurista y de una ruptura con el pasado; alianza con Alsogaray y abrazo con el Almirante Rojas. Invocaciones al tercer milenio y a la integración en el primer mundo.

El gobierno actual luego del 2001, invierte las energías culturales simbolizadas por el monumento a la “memoria”, devolviendo los 70 en versión idealizada y desenrollando la alfombra temporal hacia los cimientos del origen y de la identidad.

La ideología emancipatoria argentina se basa en el lucha contra el cipayismo y la intromisión de agentes externos que han frustrado la promesa de la gran nación. A falta de intervenciones coloniales directas, se ha centrado el esquema patriótico de “liberación” en la opresión de genocidas como grupo cerrado y autónomo de los cuales fué víctima la parte restante y mayoritaria de la sociedad argentina.

Este tipo de ideologías así como se sostiene en la “justicia y la verdad”, predica y necesita a los representantes de la inocencia absoluta, de las que forma parte el personal gubernamental de turno.

La década del 90 fue la de la eclosión editorial de la novela histórica, el pintoresquismo. María Esther de Miguel, García Hamilton, Pacho O’ Donnell, Dalmiro Saénz, mostraron la domesticidad y la intimidad de los Intocables. Luego del 2001, la historia se hace denuncia de las mentiras y de los mentirosos, de los sospechosos y sospechados de la historia, de los verdugos y de las víctmas silenciadas. Lanatta y Pigna se han especializado en el tema del que “se vayan todos” los que nos dañaron, y que se queden los dañados, entre ellos, los mismos que escriben la historia y sus lectores. La historia se convierte en un botín político de legitimación, fruto de una posición ideológica tácita y no elaborada como tal, pretende convertirse en una nueva tradición y participar del riego de un sembradío de bellas almas. Es un intento de homogeneizar nuestra historia con la consigna de que “siempre pasó lo mismo”, de aportar pruebas para condenar a lo demonios del presente y diseñar un prototipo de identificación para el ciudadano con falta de héroes.

Es la historia como una derivación del resentimiento.

3)
Los historiadores se dividen en jerarquías y se identifican de acuerdo a casilleros: los profesionales, los militantes, los académicos, los mediáticos, los divulgadores, los científicos, los ensayistas.

Hay una delgada línea roja y un dificultad de la que hay que tomar consciencia en el nuevo trayecto de nuestro Seminario. El intento es pensar el pensamiento de los historiadores, acercarse a ellos como si fueran filósofos, reflexionar sobre sus sistemas de pensamiento. Esto supone que el historiador no es un acopiador de documentos, un recolector de hechos, un apologista de héroes epónimos, un autenficador de la veracidad de documentos, o un descubridor del detalle que faltaba. Pero que los hay con estas características, los hay.
Suponemos que un historiador organiza el material que reúne y selecciona, que le da un sentido, que tiene pulsión antropológica. Por la misma puede, debe y sabe tomar distancia y hacer uso del extrañamiento para salir de sí y no obturar la función crítica que le permita sorprenderse ante la novedad y la complejidad del suceder histórico.

La alternativa del historiador no es ser objetivo o subjetivo, sino honesto o deshonesto. Es deshonesto el que busca lo que le conviene encontrar, es honesto el que encuentra e informa aquello que no buscaba.
¿Debemos buscar la verdad de los hechos o trabajar sobre la interpretación del historiador? Ésa es la delgada línea roja sobre la que vacilaremos. Es posible detenenerse en un único acontecimiento, por ejemplo la Guerra del Paragüay, o La Conquista del desierto, y presentar un conflicto de interpretaciones, o abocarse a leer y reflexionar sobre la concepción de la historia argentina de un historiador singular.

Sin embargo, no es indispensable recaer en nombres propios, ya sean la de grandes hombres de la nacionalidad, ni la de un autor en particular, se pueden analizar los trabajos de la historia cuantitativa, el interés por las políticas poblacionales, la inmigración, los cambios climáticos, los ciclos de producción regionales en determinadas épocas, etc. Señalar lo mutante e inesperado reencauzan también al modo convencional de interpretar nuestro pasado.

Pero este no es un seminario de pensamiento argentino en general, que ya hicimos en años anteriores, hablamos de historiadores, es decir de escritores eruditos que se dan a la Argentina como objeto teórico. Aún cuando partan de una perspectiva singular, de un acontecimiento puntual, o de un recorte parcial de la realidad, es la visión de la nación la que se juega, la de su procedencia, su trayecto, su destino, su fracaso o su promesa.

4)
Nuestro país son varios países, no es el mismo que se repite a sí mismo. Entre 1880 y 1910 cambió su idioma, sus costumbres, su cocina y su población. El censo de 1914 divide a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires en dos mitades iguales, los nacidos en el país y los que llegaron del extranjero. De lo nacidos aquí muchos tenían padres inmigrantes. En Santa Fé de cada cuatro chacareros, tres eran extranjeros, en especial italianos. No era sólo una broma cuando un poeta tucumano me dijo en Tucumán que nosotros lo italianos teníamos una particular visión del país, se refería a los porteños.

Millones de italianos volvían a sus tierras a gozar de sus dineros y volver luego unos meses al año para ahorrar nuevamente. Eran los temporarios. Otros ya no volvían, otros, los más, se quedaban. Esa epopeya de los primeros años del siglo XX constituye una caricatura grotesca, inmensa, majestuosa, un crisol apucherado con todo lo que se ofrecía, con las “sobras” de otros lugares, del gobernar es poblar de Alberdi. Ese grotesco nos ha hecho nación, y a muchos de nosotros sus habitantes.

“ Una nación para el desierto argentino” decía Tulio Halperín Donghi, el historiador que yo elegí para disertar el año que viene, un pensador de temple shakespeareano, auscultador de las tragedias del poder, el inventor de lo que he llamado la “dilemática”: la ciencia de los costos personales y colectivos de las decisiones políticas. Halperín Donghi es también quien recuerda la cita de Marx: “los hombres hacen la historia, pero no saben qué historia están haciendo.”


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