Clase inaugural de tomás abraham para el seminario 2006: El siglo XVIII, La Ilustración.La IlustraciónSiempre se trata de comprender un mundo. De 1750 al 1800 podemos encontrar los parámetros para delinear una forma histórica. Marcar un período exige recortar una unidad, remitirnos a una discontinuidad radical, a una mutación cultural. Aislar un fragmento histórico, para que no sea anodino,- al estilo del último libro de Félix Luna sobre un año cualquiera del gobierno del presidente Alvear, un año en el que no sucede nada especial y da un libro en el que tampoco sucede nada especial – debe inscribirse en un momento de extrema densidad histórica. Es lo que veremos en las postrimerías del siglo XVIII. Lo analizado durante el último seminario – 2005 - , el siglo XVII, nos situó en el nacimiento de la modernidad. Entre 1580 y 1680 hemos presenciado un cruce desde un sinnúmero de perspectivas. Fue una época signada por la guerra de religiones y las conquistas coloniales. El mapa del mundo se modificó trasladando del Mediterráneo al Atlántico los límites del poder de naciones que fueron irremediablemente marítimas. Colón, Lutero y Galileo, son los prohombres de una mutación de la que derivaron líneas de transformación en todos los campos el quehacer humano. Los tiempos se aceleraron. Vimos como la historia adquiere una intensidad y una variabilidad que nos muestra que los nuestros no son los únicos tiempos en que las crisis, los desarraigos, las incertidumbres y la violencia, azotan a las poblaciones. Realidad combinada con el descubrimiento de nuevos mundos en el cielo y en la tierra, nuevos productos, sabores, texturas, lo que configura una ampliación del espectro de la experiencia humana como quizás nunca se había visto hasta ese momento. La cantidad y la velocidad de los acontecimientos de aquella época sólo puede sorprender a los que creen que la era de la velocidad recién comienza con Internet. Lo que vivimos nosotros es una era de la información, que nos hace testigos de una comunicación instantánea con los acontecimientos planetarios en el instante en que se producen y de la posibilidad de acceso a una enorme fuente y bancos de datos que han transformado la idea misma de educación. La información ya no es algo que se tiene como una propiedad sino algo que se aprende a usar según técnicas de procesamiento. Imaginemos una CNN en el siglo XVII que abarque lo que se desarrolla en sociedades que van desde Bathavia hasta el Alto Perú, que siguen los cambios de sociedades de Amsterdam, a Sevilla y Ciudad del Cabo, de Londres a Tenochtitlán, es probable que no alcancen las 140 horas semanales de noticias que nos entrega la televisión abierta y por cable hoy en día. No se trata sólo de la extensión geográfica, sino de la intensidad temporal, de lo que llamábamos densidad histórica, la velocidad de los tiempos que alteran las existencias. Con sólo seguir los avatares de la comunidad judía, y de toda la población de Amsterdam que duplica su población en décadas, que cambia su forma de gobierno, que cambia la religión de sus ciudadanos, descubre nuevas fuentes de materias primas, que innova en la tecnología de transporte, todo esto en menos de un siglo, de un bisabuelo a sus descendientes, tres o cuatro generaciones, o en Inglaterra en la que la población sufre la pérdida debido a las matanzas intrarreligiosas de enormes masas de su población, todo esto nos habla de un mundo inestable, incierto, temible, al mismo tiempo que de un aventura abierta y asombrosa. Son épocas de transformaciones en la que la percepción que los hombres tienen de la vida, de su propio cuerpo, del amor, del poder, cambia hacia nuevas modalidades fuera del control de los saberes que siguen el proceso de conversión como pueden, mezclando lo viejo con lo nuevo, tratado de hallar un sentido y una dirección a lo que se presenta la mayoría de las veces como un caos. No es casual que una de las preocupaciones mayores del siglo XVII de parte de los filósofos haya sido el problema de la soberanía, el régimen de gobierno adecuado, los sistemas de obediencia y de autoridad, los límites del poder, la necesidad de la coacción, el contenido de la libertad. Es el siglo de la constitución de los Estados, como es también el siglo de una nueva imagen del universo. La filosofía política como la metafísica intentarán darle una respuesta a lo nuevos enigmas que resultan de los descubrimientos científicos y de la aparición de las nueva fuerzas sociales. El tratamiento de los materiales históricos es una labor delicada. La historia trata de la conversión de los sistemas de creencia, de los cambios en los modos de percepción de los habitantes de otras épocas. No basta con la acumulación de datos que en sí nada dicen, salvo una serie insípida de referencias agolpadas, si al mismo tiempo no incursionamos en el mundo en el que éstas irrumpen y se desarrollan. La dificultad del análisis de los sistemas de pensamiento es que no sólo son construcciones estéticas en los que vale la imaginación teórica y la enunciación de nuevos problemas, sino de su inscripción en un nuevo territorio, en el que las necesidades, los peligros, la composición de fuerzas y la lucha por la supervivencia y la dominación cambian de configuración. Entender a otros hombres de otros lugares y tiempos es una tarea fascinante, en el que la necesidad de llegar a una verdad choca con los anacronismos automatizados de nuestra cultura, las recurrencias facilistas, la indiferencia hacia las formas de vida y los juegos de lenguaje, frutos de una pedagodía que refuerza el sistema de ignorancias que protege a los aparatos de saber y educación. Se pretende compensar esta falta con la necia palabra de “ contexto histórico”. Es cierto por otro lado que son mundo muertos de gente muerta. Leer un texto de Kant o de Rousseau no es lo mismo que leer un comentario de un estudioso brillante que habla nuestro propio idioma y vive nuestro tiempo. De ahí que debamos hacer un esfuerzo para rescatar del olvido la pericia, la inteligencia, la profundidad de una visión que corresponde a otra cultura. Ver como los hombres pensaban, vivían y trataban de arregláserlas frente a los cambios, la confusión del presente, lo incierto del devenir, es un juego que Freud llamaba de fort da, un carretel epistémico que rediagrama el espacio de nuestro presente, nos ayuda a pensar. La historia es un auxiliar del pensamiento, compuesto, finalmente, por disciplinas auxiliares. El siglo XVII fue la era de la seguridad. El Leviathán es el monstruo protector de un mundo en que los hombres tienden a exterminarse entre sí. Las artes de gobierno toman en cuentan las pasiones. Desde Maquiavelo la política debe tomar en cuenta la presencia de diablo en la tierra. Este diablo se llama egoísmo. La transvaloración del egoísmo en motor positivo de las relaciones humanas, desde La Rochefoucauld y los moralistas del siglo XVII hasta Adam Smith y los precursores de los utilitaristas, le da un nuevo horizonte moral y epistemológico a la organización de las sociedades humanas. El siglo de la Ilustración profundizará la reflexión sobre las formas de gobierno pero le agregará una insistente inquietud acerca del despotismo y las formas opresivas de su manifestación. “Todos los hombres son iguales y libres” es una frase jurídico- política que no podía ser pronunciada siglos antes ( hay excepciones como los lewellers en Inglaterra durante la época de Cromwell), ni siquiera por un cristianismo que se había convertido en imperio y luego en monarquía. La concepción monárquica del universo, la misma teología de la creación ex nihilo ya atacada por la inmanencia spinozista y el pliegue de las metafísicas del infinito, tienen ahora su contraparte política en el contrato social y la voluntad general de Rousseau. La naturaleza no sólo es la inmensidad del universo sino un estado en el que los hombres se miden entre sí para cooperar o destruirse. Los dos hitos políticos decisivos del período que vamos a abarcar tienen el nombre de “revolución”: la revolución francesa y la revolución norteamericana. Respecto de los antecedentes de estas gestas me llamaron la atención la importancia que tuvieron en las rebeliones tanto en Francia como en la Nueva Inglaterra, las cargas fiscales, los impuestos, y los derechos aduaneros, tanto de las exteriores como en el caso francés de aduanas interiores. Es un aspecto de suma importancia, muestra en el caso francés una crisis fiscal de la monarquía que se sobrelleva con dificultad desde los tiempos de Luis XIV hasta su eclosión con Luis XVI y que herederá la revolución. Los propietarios de las áreas rurales, los comerciantes, la pequeña nobleza, se resisten a ajustarse los cinturones para satisfacer los requerimientos de una corte cada vez más dispendiosa compuesta por una población de miles de parásitos que de Versailles a París administran su ocio y aburrimiento. Es el rococó en la pintura, en Watteau por ejemplo, en el que puede percibirse la vida de estos gentilhombres en las campiñas, en sus fiestas galantes, adornados con sus inmensos peluquines empolvados, las mujeres ceñidas y pechos salientes, un mundo nacido de Rubens y ahora pintado de rosa y crema con cuerpos algo más entallados. Es el mismo Wateau que en su maravilloso libro Les fatigues de la guerre, Arlette Farge, ha dado testimonio por sus detalladas descripciones de los contados grabados del pintor, de los desmanes de la guerra, de la ambivalencia del siglo respecto de sus soldados. Desprecio al soldado raso y encomio al héroe mítico de las batallas. Las ambiciones territoriales de dinastías codiciosas, están presentes en el cansancio de esos cuerpos que deambulan por los campos añorando una vida normal. Hay un ambito de imágenes que transita y se aclara en su paso del Barroco dramático e imperial con sus alegorás bíblicas sus apariciones teatrales de héroes y mártires, sus púrpuras y negros, a este mundo versallesco de una monarquía que desfila ante espejos que los reflejan como muñecos de porcelana. La literatura se manifiesta en obras divertidas al menos por sus temas libertinos. Para los que les gusta la literatura romántica, la novela inglesa de Henry Fielding y Jane Austen, les da una idea de los amores combinados con patrimonios que se pierden, dotes que no se tienen, la energía de las damas de una nobleza que custodia su linaje de las ambiciones de los “parvenus”, y el baile palatino de herederos afortunados y doncellas hermosas. Pero sin duda la figura del marqués de Sade importa por lo que escribió y por todo lo que se ha escrito sobre lo que escribió. Recomiendo de aquella bibliografía el trabajo de Jacques Lacan: Kant con Sade, además de los trabajos de Klossowski y las señalizaciones de Foucault en Las palabras y las cosas: Entre el rococó y el neoclasicismo de David, a Goya y los inicios del romaticismo, hay un trayecto que los aficionados a la estética podrán recorrer. De la filosofía hay dos figuras que retienen mi atención por ciertos rasgos y talentos que creo especiales. Son figuras contrastadas. Pero antes debemos situar la producción filosófica en las zonas de su emergencia que son Inglaterra, Francia y Alemania. Es extraño que en una Alemania absolutamente al margen de la dinámica que inicia la modernidad política, que está alejada de los movimientos revolucionarios, que tampoco ha participado del centralismo monárquico, ni de los triunfos de la burguesía y de sus alianzas con la nobleza de vanguardia partícipes ambos del mundo de los negocios mercantiles como en Inglaterra, que en una sociedad dividida en decenas de principados, cantones reales en el que vegeta una nobleza provinciana que imita a los franceses, y un estilo de vida bucólico que mantiene su diferencia casi feudal de castas, una burocracia clausurada para otros que no sean nobles, que en una sociedad así surja un filósofo tan impresionante como Emanuel Kant. Kant tiene una obra tan monumental, de un virtuosismo conceptual y una capacidad para crear espacios de reflexión diversos sobre todos los tópicos, que me lo imagino comparable a Juan Sebastián Bach, más allá de escuelas, géneros y épocas. Es el filósofo virtuoso, alguien que dedujo todas las consecuencias de la saturación epistémica de las pretensiones metafísicas, quien hizo de Dios, el mundo y el alma, ideas reguladoras, consuelos racionales que hacen de la desesperación trágica por el alejamiento de los dioses un esperar sensato, fruto de la condición natural del hombre. Kant sin duda es burgués, es la anatomía más perfecta de la filosofía burguesa, la de la armonía de las facultades, la del conocimiento limitado pero preciso, la de la moral contenida y rigurosa, la de la conformación de un conocimiento fundado en la experiencia bajo la guía de una administración categorial universal y axiomática. Kant es la poesía del contador, del perito contable que tiene encomendado ordenar el todo de un modo armonioso y que sabe adonde va cada expediente, que tiene un conocimiento vasto y detallado de todos los trámites por los que tiene que pasar un juicio para llega a tener sustentabilidad. Es el mejor empleado de planta de la burocracia epistemológica. Fundamentalmente Kant es un “ todo terreno”, un filósofo que no le teme a nada, que puede llegar a plantearse todos los problemas que se proponga o que se nos ocurra, y tranquilizarnos ante la duda de que si existe una respuesta para los pedidos desmedidos de la inabacable curiosidad humana, él la tendrá, siempre nos va a sacar de apuro, algo nos va a cocinar. El resultado es un conjunto impresionante de conocimientos que abarca el tema del conocer, del deber y del gustar, las relaciones entre el derecho y la historia, la paz y el progreso, lo bello y los sublime, la experiencia y el delirio, que configura una majestuosa danza estelar que se ordena de acuerdo a su batuta. Kant, a pesar de los kantianos, es el mayor exponente del relativismo, del escepticismo burgués, es quien rompe con lo real e invierte toda la fuerza de la verdad en el discurso. Ni la cosa en sí, ni el mundo, ni Dios, nada de eso podemos conocer, son nombres necesarios para que no desesperemos, para que la vida tenga sentido, una finalidad. Kant es la filosofía de “como si”, la ficción ilustrada que lleva el nombre de verdad, y que Kant la hizo puritana y Nietzsche la convirtió en vicio. La trascendencia en Kant es una pregunta, es el que qué puedo esperar, interrogante que no tiene respuesta, salvo el como si. Es lo que no soportaron los kantianos que barrieron el nominalismo y el escepticismo kantiano bajo la alfombra y se mostraron como los hijos del rigor y del universalismo axiológico. Comencé a leer las confesiones de Rousseau. En las primeras páginas nos dice que para dar fe de la autenticidad de su relato y de la veracidad de su testimonio, está dispuesto a contar lo que nadie contaría, un episodio que lo muestra como un ser débil, perverso, tramposo, mendicante. No hay como exhibir el secreto de nuestra vergüenza, mostrar nuestro cuculeito enrojecido por el latiguillo de una matrona, mostrarnos a nosotros mismos intentando que la escena de la golpiza se repita porque nos excita que nos castiguen, que nos humillen, que nos puedan. Esa escena de su infancia en que una vez vejado se da cuenta del placer que ha tenido, y que aquella imagen y sensación determinará su conducta durante su vida, nos da la imagen de quien se confiesa como de alguien que no escribirá para seducirnos, que no le interesa imponer su imagen de poder porque ha mostrado por donde sangra. Todo lo que dirá de ahí en más, no debería ser puesto en duda porque poco tiene para resguardar quien ha entregado sus armas y se ofrece para la bofetada. Jean Jacques es un niño a merced de la adultez de sus lectores de los que pide un voto de confianza. En este período la Ilustración no es un fenómeno cultural que se exprese sólo en libros. Es una época en que los periódicos tienen un rol fundamental. Hay decenas de los mismos, se los consulta y se los discute en lugares que ofician de instituciones para la discusión política. Los cafés, los cabarets, salones literarios, palacetes y petits hotels, las logias, la masonería, hay zonas privilegiadas en las que reunen la gente y los notables que configuran un nuevo ágora citadino. De la Corte de Versailles al Palais Royal de París. Habermas ha dedicado hace cuarenta años un libro a la emergencia de la opinión pública, voz que resulta de una actividad incesante y que poco tiene que ver con lo que hoy en día se llama así, en el sentido que en la actualidad se mezclan las impresiones inmediatas que tiene el ciudadano consultado por encuestas con cuestionario programado, y aquella opinión pública estaba mediada por discusiones que avanzaban sobre la actualidad. Sin embargo, en otro libro, la mencionada Arlette Farge, coautora con Foucault del El desorden de las familias, remite el fenómeno de la opinión pública a la calle, a las zonas abiertas de la ciudad, articulado a un pelotón de buchones enviados por el poder monárquico para espiar lo que decía la gente. Kant en su Antropología Pragmática, libro traducido al francés por Foucault, nos habla de la importancia de los cafés en la construcción del discurso público, y sabemos lo que escribe en Qué es la Ilustración, trabajo publicado además en un periódico. Recordemos la pregunta que rescata Foucault de la Ilustración: cuál es la diferencia del hoy respecto del ayer. La actualidad se mide por esta diferencia que implica la novedad específica. En qué no somos parecidos a nada ni nadie del pasado. Ya no importan los profetas ni Tito Livio, ni Roma ni Jerusalem ni el sueño imperial ni una utopía en una isla del Pacífico. Hay algo radicalmente nuevo que se gesta y que hay que comprender: la mayoría de edad de la humanidad y la obligación de pensar por sí mismo. Las “Luces” constituyen la tradición a la que siempre remite la modernidad cultural y política para identificarse en el mundo en el que hoy se dice que chocan civilizaciones. Estas luces no son sólo del siglo XVIII ya que se prendieron un siglo antes y se incorporaron a la filosofía de Hobbes y Locke, para hacer una enumeración arbitraria. La idea de que el individuo es una categoría central, que no se lo puede vejar en su cuerpo, silenciar en su palabra y enajenar su propiedad, nos da lo atributos principales ideados para una filosofía de la libertad. Esta distinción con la que al menos pretende identificarse occidente constituye la últma tradición legitimadora, a pesar de todas las críticas que ha recibido en el siglo XX. Por supuesto que el comunismo y el anarquismo son parte de esta tradición que no se agota en el liberalismo político. La idea de igualdad, la de que todos los hombres nacen semejantes en sus derechos, que en nada se distinguen por alcurnias y privilegios de nacimiento, no tiene relación con la distribución de la riqueza y sí con la distribución equitativa y unánime de las garantías jurídicas. Recién a mediados del siglo XIX se incluirá lo social, las “condiciones de la existencia”, como decía Marx, el modo en que se ejercen efectivamente los derechos en la sociedad que determinan la definición misma de la igualdad. De estas referencias al siglo de las Luces es usual invocar a la escuela de Frankfurt por su elaboración y distinción entre razón instrumental y razón dialéctica, su denuncia a la traición de la ilustración. La razón liberadora fue reconvertida en contra de ella misma presa en el universo del mercado, el consumo y la técnica en la versión de Adorno y Orkheimer, Ampliemos estas referencias a los textos de Habermas sobre la relación entre comunicación y racionalidad universal, y a los de Foucault que interroga sobre nuestra contingencia y sobre lo que no es “ necesario” y sí arbitrario en la organización de la vida colectiva. En todos estos casos no deja de discutirse sobre lo alcances de lo que se entiende por libertad. Se me ocurre pensar en dos personajes que se modelan en la Ilustración y que la filosofía de los padres de la Ilustración no los habría imaginado. No hay duda de que Napoleón y Goethe interpretaron de modo diferente su siglo de Las Luces. Napoleón y su sueño imperial, fue por otro lado un moderno en lo que concierne a sistemas de organización, disciplinamiento y legislación. La tentativa enmarcada en un sueño anacrónico de pretensiones imperiales mostraron que las formas democráticas y el asambleísmo popular no estaban preparadas para resistir, aunque fuere mediante el terror, las embestidas del antiguo régimen, y que la recurrencia al marco romano le permitía superar dialécticamente la antítesis entre monarquía absoluta y república, con una síntesis delirante y feroz. Por otro lado Goethe, el hombre ilustrado, es el emblema del que salió de la minoridad como lo requería Kant, el hombre de ciencia y artista que entendió que en el campo de saber no hay tutelas ni padrinazgos, y que el hombre libre de la enciclopedia y de la libertad podía ser el Fausto de la modernidad. Me pregunto si Goethe no realizó otro acto anacrónico y nos presenta en los principios del siglo XIX a un hombre redivivo del Renacimiento, el hombre que al saberlo todo lo puede todo, un ideal alquimista. Es necesario llenar ciertas lagunas por parte de quienes entienden con mayor facilidad el romanticismo francés, el ideal libertario rousseauniano, o el espesor del nuevo lenguaje filosófico alemán. Ya que lo menciono, sería estimulante ( Alexandre Rússovich dixit) estudiar la conversión estilísitica en la filosofía alemana que hará de la práctica filosófica una lengua casi secreta y que en Hegel adquiere su máximo poder laberíntico, es un asunto interesante y podemos interrogarnos hasta que punto se debe a una reacción contra la difusión de ideas en el periodismo naciente y pujante que restaba complejidad al enunciado de las ideas. La laguna a la que me refería es a la filosofía inglesa en los tiempos modernos. Hay una tradición escocesa, nombres que van de Duns Scoto, Ockam, y luego Bacon, que digamos es una tradición dura matizada por Ockam que sienta las bases de una concepción del lenguaje, el nominalismo, que limitará el mundo nombrable a la artificiosidad del hombre, el lenguaje como artefacto. Hay un asunto de flexibilidad en la filosofía inglesa que hoy se hace llamar pragmatismo que sería buen rastrear desde cierto momento, quizás desde Locke y su crítica a la noción de idea innata, y que en la era de la Ilustración se expresa en Hume. Que Hume sea divertido y liviano, bueno, hasta ahora no ha sido ésta la sensación de mi breve incursión, pero hay un contenido referido a la experiencia, al sentido común, al ritual de la conversación y a formas de sociabilidad pequeña y agradable, que marca una línea de pensamiento que hay que tomar en cuenta. Uno de los textos fundadores de la revolución norteamericana es el Common Sense de Thomas Payne. En la actualidad las Luces de siglo XVIII constituyen una reminicencia repetida aunque fuese pour la gallerie. Kant ha vuelto desde una derecha antimarxista y antinietzscheana en Francia en los libros de Renaud y Ferry, Kant, como lo dije antes, les sirve a algunos para desmarcarse y criticar lo que llaman posmodernidad en la que ven anomia de valores; Rousseau ha sido relegado a desván del populismo ideológico, el hombre que descree de las asociaciones parciales, el de la voluntad general y unánime; Hegel, heredero algo psicótico de la Ilustración, hijo de las luces y nieto de lo grandes sistemas metafísicos-precríticos, es usado en la lectura que de él hace Kojeve en la versión de Fukuyama y de Sebreli que lo hacen epígono del pensamiento republicano y de un Estado universal originado en las luces; es actual el tema de la racionalidad ilustrada en su relación a la avanzada religiosa que se impone en el islamismo, en las iglesias evangélicas, religiones que progresan, y en el encono de la defensa de sus intereses de la iglesia católica y el judaísmo mesiánico y ortodoxo, religiones en retroceso; el tema de las luces se hace presente en la identificación que busca occidente en su historia para situarse frente a otras culturas en auge como las de las sociedades asiáticas. La discusión de las luces se hace notar en los bostezos de la bioética, salvo cuando toma la pluma alguien como Sloterdijk en sus discusiones con Habermas y con Heidegger, in ausentia. El tema de la muerte del humanismo y de su definición como cultura libresca y valores literarios, una moral del hombre cultivado y gramatizado, que pretende protegerse de nuevas amenenazas y erigirse como un último bastión contra la razón instrumental, esta vez informatizada, y que, para Sloterdijk, manifiesta una clara incomprensión de los rumbos de la nueva racionalidad de la comunicación y de la información. Y Voltaire, que ha sido pintado con una frase de Fernado Savater, su admirador, dijo: Voltaire tuvo el tino y el buen gusto de buscar el éxito en lugar de la gloria. En suma, el siglo XVIII está lejos, pero como ocurre con los materiales de la historia del pensamiento, quizás no tanto. |