|
La vigilia perpetua por Sebastián Opacak Quisiera comenzar con algo de precaución, al hablar sobre Immanuel Kant. Porque sabemos que su filosofía es cuando menos, completamente sofocante, como decía Gilles Deleuze, “es una atmósfera excesiva, pero lo importante ante todo, no es comprender, lo importante es tomar el ritmo de este hombre. Si lo resistimos, toda esa bruma del norte que nos cae encima se disipa, y debajo hay una asombrosa arquitectura”. Y una vez que accedemos a esta arquitectura y nos disponemos a escuchar la cadencia rítmica de los conceptos, y dejamos que otras melodías se dejen oír, retumbará un eco desde cada rincón del edificio: es la ley moral. Es la “voz de bronce” que resuena en mí, es el dictamen rationis, en palabras de Kant. Inmediatamente nos percatamos, que todo este sistema no consiste sólo en operaciones lógicas de aspiraciones epistemológicas, sino de pasiones. Kant quiere al hombre, le preocupa, le demanda que haga uso de razón “sin la dirección de otro”.
Quisiera ahora que prestemos oídos por un rato a cierta rítmica, que nos situemos en atención a cierta preocupación que podríamos rastrear en los últimos 2500 años desde el nacimiento del animal diurno-metafísico. Entre Heráclito en Éfeso bajo un cielo azul sin interrupciones, sin posibilidad de nubes, hasta Immanuel Kant en Königsberg, envuelto en la densidad gris de la bruma invernal, subyace una alianza común para la conformación de una ontología política del espacio de vigilia
Esto no es tan extraño si prestamos atención a una especie de concordancia, cierta resonancia entre la doctrina heraclítea del koinon, y el imperativo categórico kantiano. Hay una ley que obedecer, la voluntad de lo Uno, como miembro del koinon, y la ley moral en mí, más allá de mí, como miembro residente del mundo inteligible. Hay pues una exigencia de membresía al espacio de vela de comunidad ciudadana. Esto implica un deber hacia el koinon, lo colectivo, el espacio público, a la cuidad. Es decir toda una doctrina válida sólo para el ágora y el templo, en contraste con los jardines de sectas y eremitas en general. En este punto quisiera traer a cuento la batalla que libera Kant contra los mistagogos de su época, cuando denuncia un modo de estos filósofos de darse aires de importancia, practicando el misterio, induciendo al misterio, lesionando el derecho inalienable de la libertad y la igualdad en todo lo tocante a la razón
Algo parecido advierte Heráclito “hay que apagar la hibrys más que un incendio”, alerta contra demonios privados, contra los peligros del pensamiento privado, que poseen el germen de pretensiones dirigentes. Dirige su desprecio contra los chamanes, aprendices de brujos, toda esa “sabiduría particular” que da la espalda al koinon, son los “magos, bacantes, ménades e iniciados en misterios”, que “merodean en la noche”. Y es que la noche amenaza la apertura del koinon, enturbia lo común hallado en el claro discurso público. Porque la noche es cuando los hombres dejan de ser ciudadanos, abandonan el koinon, para replegarse en su propio mundo. Los durmientes son anónimos, apolíticos, alógicos. Cada cual para sí, nadie para la ciudad.
“Cada hombre en su noche”, es motivo de alerta política, en última instancia, quién va vigilar la muralla si todos duermen. El ágora, el templo, todo aquello que significa la ciudad, en definitiva el mundo, sólo mantiene su forma mediante un tránsito del velar al saber. Vigilar se convierte en saber. Podríamos decir que se despierta el hábito del animal metafísico de asegurarse un interior seguro de sí mediante abstracción del exterior: mundo sensible, mundo inteligible nunca fue tan sensato. El espacio estético, tanto en Kant como Aristóteles es una especie de casa en la que habitamos de una forma más o menos segura. Hegel, siente algo similar: “lo que nos hace sentirnos en casa entre los griegos es que encontramos que han convertido al mundo en su patria; el espíritu comunitario del sentimiento patrio nos vincula (…) como los griegos en su casa, así viene a ser la filosofía justamente estar en sí en casa, que el hombre esté en casa en su espíritu, como en su patria consigo”. Ahora bien, una metafísica de la alarma sucede en virtud de una metamorfosis de la vigilia animal, de una “autoatención”. Se podría hablar de un nacimiento del hombre a partir de un espíritu de vigilancia
Ahora quisiera ilustrar algunos ejemplos de esta metafísica de estados de alerta, como estilos del existir en vela. Decía más arriba algo acerca esos cielos azules abrumadores, perpetuos, privados toda posibilidad de nubes. Quizá no sea superfluo observar que las religiones más virulentas tuvieron origen bajo esos cielos. El punto álgido del turismo anacoreta tuvo lugar bajo estos cielos de azul extremo. Hubo toda una literatura anacoreta que a partir del siglo IV sumergió a toda Asia Menor en una desiertomanía. Tenemos noticias espeluznantes por ejemplo del sirio Simeón el Jóven, del siglo VII. Se comenta del santo, que habiendo recibido el bautismo a los dos años de edad, entró en un trance, que a lo largo de siete días, recitó las palabras: “Tengo un padre y no tengo ninguno, tengo una madre y no tengo ninguna”, habiendo negado así cualquier relación filial en esta tierra, no sorprende que este niño prodigio se marchara al monte con siete años de edad y que, apenas pierde los dientes de leche se instale ya en lo alto de una columna orante. Luego la gente empezó agolparse alrededor de la columna, y llegó a ser tan agobiante que Simeón, durante diez años se ocultó de todo ser humano en los montes, hasta que se hizo erigir una nueva columna de veinte metros de altura, sobre la que aguantó otros cuarenta y cinco años.
También tenemos registros de Simeón el Viejo. Hijo de pastores pobres, tras su ingreso en la comunidad monástica, no tardó en llamar la atención con su extrema ascesis. Su indiferencia ante un silicio podrido en su propia carne provocó el espanto de sus hermanos. Después de dejar el monasterio, se emparedó al pie de los montes de Antioquia en una estrecha cueva (porque la narcosis lumínica no sólo se encuentra a cielo abierto). Más tarde se encadenó a unas ruinas en la cima de un monte. Así prosiguió su ruta de ascensión, en columnas de cada vez mayor altura. Al principio, sobre la plataforma de una columna, a no más de unos cinco metros, debió velar, orar ayunar, sostenerse sobre una sola pierna y dormir sentado momentos increíblemente breves. Según se dice, tomaba un poco de alimento una vez por semana, oraba a lo largo de días con las manos levantadas bien alto y dominaba el arte de mantener los ojos abiertos, sin parpadear, día tras día. Esta ascesis la practicaba en el mismo lugar, más tarde sobre una columna de seis y, posteriormente, sobre una de once metros de altura, hasta que por último, en el año 459, murió a los setenta años, sobre una columna de veinte y cinco metros de altura, rodeado en todo momento por un “mar humano” de admiradores de todo el mundo, que presenciaban absortos al gran atleta del desierto. Cualquiera que pasaba por allí y lo observaba un par de días, se persuadía totalmente que hay otro estado
Estar en vela es todo, quien resuelve a ir al desierto eleva su vida, no sólo en una columna, sino a un estado de alarma metafísica, a estados de euforia a una forma de sobriedad ebria cada vez más vacía y sublime. Los santos en constante lucha contra el sueño, en posición vertical, a veces hasta colgando de sogas, como sacos de huesos y los ojos resecos por el sol, trabajan en su cuerpo luminoso. Es como si se incendiaran, iluminando con su vigilia las noches del desierto, convirtiéndolo en el día eterno. En este sentido, es más que sugestivo un verso del Apocalipsis de Juan 21, 23-25: “ni sol ni luna que la ciudad iluminen pues la gloria de Dios la alumbra y su antorcha es el cordero(…) Sus puertas no cerrarán durante el día, no habrá allí más noche (…) y no necesitan luz de antorcha ni luz de sol”.
En este sentido, vemos cómo las metafísicas del pensamiento sin noche, tienden a suprimir la noche en el día, la ausencia en la presencia, el no-mundo en el mundo, Quiere reformar el día e impedir que sea el intervalo entre dos noches. Se sabe que toda escatología apocalíptica se afirma en nombre de la luz. No es difícil en este punto, ver cómo el pensamiento moderno ha surgido de impulsos antimonásticos, antiascéticos. Pues se busca la posibilidad de reorientar esas energías fugitivas del mundo, hacia el mundo mismo. En cierta manera es también, un intento de aleación de impulsos de huída, con una dinámica del progreso. Se trata quizás de direccionar, todos los modos de vida exasperados, resignados, eufóricos, embriagados, en neocosmopolitas autosatisfechos, universales y semidepresivos.
Recordemos que el horizonte insuperable de vidas urbanas, desde la polis, hasta aquí, es la ciudad. Siempre se trata de la ciudad, ya que representa el símbolo político para la fuerza integradora de la sociedad y del pensamiento. La modernidad está comprometida con ella. Allí tendrá que arreglárselas en un mercado totalmente diverso, todo un panteísmo del dinero, que va de salvaciones por éxito, pasando, por existencialismo experimental, y filosofías de todo tipo, sectas, criptopolítica y clonación. Los impúlsos monásticos y fugitivos, los de evadirse del mundo, no pueden, en ningún momento, esfumarse del mundo. Este potencial de fuga, siempre encontrará nuevas rutas, siempre estará el animal poliescapista, dispuesto, a salirse del camino, de abrirse una vía de escape salvaje, ante el más mínimo sentimiento de sobrecarga de “realidad”. El hombre es también, en cierta forma, el animal que no puede irse, que tiene que hacer algo para soportar su falta de salida, es como si hubiese un desarrollo progresivo en la conciencia de la imposibilidad de escapar
Del inconveniente de estar sitiados, se trasluce un vago fastidio permanente como la situación básica de la vida en sociedad. Decía que Kant se preocupa, y con razón se pregunta en silencio, cómo logro sin ser asceta, siendo un simple ciudadano, acatar el imperativo categórico (obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal), sin que sea una autortura idealista. ¿Cómo fundamento?; porqué “la validez universal de nuestra máxima considerada como ley, tiene que ser la condición limitativa de nuestras acciones en que fundamos el valor que atribuímos a tal modo de obrar, valor que tan alto es”, son palabras de Kant, “que no puede haber en ninguna parte un interés más alto, y cómo ocurre que el hombre cree sentir así su valor personal, frente al cual el de un estado agradable o desagradable nada significa”. Por ello, frecuentemente no logramos comprender porqué la ley moral obliga. Y digamos que Impostura obliga. La única posibilidad de hacer creer a una dama de sociedad que se es una de ella, consiste en comportarse como una tal. Es decir, como sólo podemos llegar a conocer los fenómenos, pero nunca las cosas en sí mismas, la “inescrutabilidad de la idea de libertad, dice Kant, impide cualquier intento de representarla de forma auténtica”, pero funciona como noción, como causa eficiente a priori. Kant sabía que la ficción de la libertad es capaz de poner a nuestro alcance la libertad real, así como la ficción de uso de razón, nos prepara para el auténtico uso de razón. Si no, no sería posible una educación civil. Y es que ya no se trata de una educación sacro-ascética, sino de una educación estética. Acaso toda una tradición ha nacido en Alemania, de revalorizar lo estético como una categoría ejemplar, unificadora, como modelo de educación incluso para el estado.
Hay en Kant una inquebrantable propensión al futuro
Éstos se dan aires de importancia con analogías, probabilidades, se basan en lo empírico, cuando en realidad hay que basarse en los principios que dicta la razón, que han de tener su origen totalmente a priori. Todo aquel que aspire a verdades por tacto, intuición, visión inspirada, da la espalda a cualquier intento de construir el mundo, se sitúa con su cabeza exaltada sobre las demás cabezas de sus congéneres lesionando el derecho a la igualdad en todo lo que es conforme a la razón. El embate es contra la apocalíptica, contra una expresión dinámica de la voluntad de no ser, contra los que proclaman el fin de la historia, de la filosofía, y de cuántas cosas más, que se refinarán en el tiempo. Kant se alarma y trata de evitar que estos impulsos incendiarios se rearmen teóricamente. El imperativo categórico es por ello también, una exigencia de ciudadanía del ser.
Es una tarea ardua. Si además consideramos al ser vivo, en su más honda estructura, como cambiante de elemento, como el ser que lleva a cabo un tránsito más o menos catastrófico de lo mojado a lo seco, y del agua al aire. Pensemos en el drama de las primeras bocanadas de aire. Cuando Baudelaire, dice “soy tomado por la pipa”, está confesando algo entre el pánico y la satisfacción. No sabe si debe mantenerse en vigilia lúcida, o abandonarse y ser absorbido, y disolverse en esa bóveda oscura estrellada, rítmica, cálida y húmeda
Cuando Platón decía que antes había auténticos sabios que hoy en cambio nada más que aficionados a la sabiduría, hablaba en realidad del secreto del oficio. Estamos hablando del oficio en los albores del animal metafísico, aquel de hábitos crepusculares, que bajaba del monte por la noche a la ciudad. Podríamos entender el nacimiento de la metafísica como una especie de desajuste entre individuo y mundo. El impulso filosófico no cobra fuerza sin la dislocación del sujeto, sin que sobrevenga una fractura interior que lo posicione en una excepcional situación iluminada. “Sin arrobamiento, no hay primera filosofía”. No son pocos los filósofos que fuera de sus secuencias argumentativas recuerden en silencio, que en su temprana edad fueron atravesados sin motivos aparente por una violenta extrañación, comos si hubiesen sido arrojados al mundo sin previo aviso:
“Pertenece a los últimos secretos del hombre y la vida de libre movilidad en general que el nacimiento del Yo y el miedo al mundo son uno y el mismo” (Oswald Spengler)
Si nos fijamos en Aristóteles, que no era precisamente un exaltado entre las cabezas antiguas, cuando habló del pensamiento pensante por sí, aún había alguna resonancia, algún eco en el ámbito de las experiencias sublimes. Lógica y éxtasis no estaban del todo alejadas. Por supuesto prevaleció la sobriedad en la comunidad argumentadora. Hay toda una “clasificación de las exaltaciones”, que llevó desde Aristóteles hasta acá, una prohibición del entusiasmo. Desde entonces la filosofía es más ciencia que inspiración. Por ello una “segunda filosofía” trata de la desembriaguez de una iluminación inicialmente inexpresable.
Esta iluminación inexpresable, es lo que encoleriza a Kant, cuando detecta en sus adversarios, esos estados elevados, de “cabezas que se exaltan”. Digamos que Kant se previene del entusiasmo , de la exaltación, pero sabe lo que son estados elevados en la contemplación. No ha perdido el olfato para percatarse del hondo correlato entre sentimiento elevado y autopercepción (algo que los contemporáneos ya no distinguen).
Kant sabe perfectamente donde ataca y porqué, trata de interpelarlos en su propia escatología, en el límite, y desde el límite Kant propone una alianza de paz:
Pero, ¿para qué sirve todo ese conflicto entre dos partidos que comparten en el fondo la misma buena intención: hacer a los hombres sabios y honestos? Es un ruido para nada, un desacuerdo basado en un malentendido que requiere menos conciliación que explicación recíproca para concluir un acuerdo, haciendo para el futuro la concordia aún más profunda.
La diosa velada ante la cual los unos y los de otro lado nos ponemos de rodillas, es la ley moral dentro de nosotros mismos en su majestad invulnerable. Ciertamente percibimos su voz e incluso escuchamos muy bien a sus mandamientos, pero al escucharla dudamos si proviene del hombre, si proviene de la omnipotencia de su propia razón, o si emana de algún otro ser cuya naturaleza le es desconocida, y que le habla según su propia razón. En el fondo quizás, haríamos mejor en prescindir de esta investigación, ya que ella es simplemente especulativa y lo que nos incumbe (objetivamente) hacer sigue siendo lo mismo, lo basemos en uno u otro principio.
Dicen que estamos en la era de la falta de albergue metafísico, que “la falta de mundo que se instituye en la modernidad no tiene parangón” (Arendt). Y sí, hace falta claridad, pero existen las luces, y también la locura del día. Y nosotros no podemos no heredar esas luces, es nombre de una Aufklärung que Kant emprende su desmitificación. Además no podemos, no debemos, es una ley y un destino no renunciar a la Aufklärung
Para Kant, los locos de totalidad, los que preparan la ruta de lo firme a lo fluído, sean sus enemigos, sus adversarios, pero también quizás, sus cómplices de siempre. Para Kant el verdadero misterio es la ley moral. La quietud en el ojo del huracán del mundo es la una de las formas más iluminadas del acosmismo. Acaso lo sublime dinámico, en su desnuda aparición, que me vislumbra la facultad de representarme lo infinito, ¿no es también la aspiración de elevar lo intempestivo al rango de categoría? El instinto inmunológico deviene en el deseo enigmático de claridad en medio de la tempestad que desborda y fractura el límite de la imaginación. Algo estalla. Habito en la espacialidad de la fractura. No es suficiente que sea animal racional, y alguna vez, haber diseñado una arquitectura como vector de los desplazamientos humanos. Aún así, he de resguardarme frente a lo que me avasalla y desborda. ¿Acaso no está desquiciado el tiempo, que tuve que haber nacido yo para hacerlo enderezar? Y es que el tiempo ha devenido el límite del pensamiento. El tiempo es la forma bajo la cual me afecto a mí mismo. El pensamiento está astillado por dentro del pensamiento, por la línea del tiempo, y es él, el tiempo fuera de sus goznes, el límite interior del pensamiento, lo impensable en el pensamiento. Y es que la tarea siempre por venir, el deber que resuena en Kant, la inquebrantable propensión al futuro, es pensar lo impensable.
|