Seminario de los jueves

29/11/2007
 
 
El recreo de Holmberg
 
por Leonardo Kuntscher
 
 “En nuestro tiempo
las ideas serias no cumplen su destino
sino envueltas en el manto de la fantasía”
 
Eduardo Ladislao Holmberg
 
 
0: juguetes preliminares (1778-1854)
 
Desde la Revolución Francesa a la caída en 1918 de los Habsburgos de Austria, los Hohenzollern Germanos y la Rusia de los Romanov, pasando por dos revoluciones industriales, el parlamentarismo y la centralización de los Estados fundados sobre el principio de nación, el siglo XIX se hace presente en acontecimientos singulares, innovaciones divinas y atrocidades bestiales, entre la prosperidad y la crisis constante, el equilibrio y el desastre, arte y ciencia conviven en una trama de alianzas, invasiones, revueltas y conquistas, donde sólo puede permanecer el cambio, a escala global, derramándose hacia su fin en lo que todos conocemos como la Primera Guerra Mundial.
Pero como no hay mejor manera de empezar a hablar de un siglo que con un dígito del anterior, comenzaremos en 1778, en Trento, Tirol, en un borgo hoy inexistente, donde nace Eduard Ladislaus Kannitz von Holmberg, Barón de Holmberg, miembro de una familia que hasta a los propios alemanes actualmente les cuesta seguirle el rastro[i].
De su temprana vida no se sabe nada, pero sí de los tiempos que la circundan.
La ingeniería estratégica comienza en el momento en que la innovación republicana amenaza al absolutismo con el acto de la decapitación de un rey. Se pronuncia entonces la coalición de Inglaterra, losEstados Alemanes, España, Portugal, Holanda, Austria, Prusia, Cerdeña y Nápoles, que declaran la guerra a Francia, conflicto que se extiende hasta el litoral africano. El siglo XVIII francés y todas sus intenciones republicanas desembocará exactamente un año antes de finalizar, en 1799: el Directorio de la República Francesa cederá su paso al viento que comenzó a soplar desde Egipto y se convertirá en la tormenta napoleónica que durará 15 años, erosionando Austria, Prusia, Saboya, Suiza, Holanda, inundando los dominios de Italia, paralizando la supersticiosa España con truenos y relámpagos, espantando al rey de Portugal hasta su patio trasero, y obligando, hacia su finalización, nada menos que a Rusia a dejar su capital abandonada, siendo el frío y el hambre los verdaderos disipadores de la gran tempestad. Europa había conocido a su primer emperador del desajuste que dejará el tablero del mundo revuelto de fichas, gente, ejércitos y tradiciones.
Tras la muerte de su padre y sus hermanos en la sublevación del Tirol, nuestro Barón salvó su vida al entrar en la legión extranjera en España, llegando a segundo teniente de las guardias de Walonas, bajo cargo que lo mantuvo desapercibido por la Historia en la lucha contra los ejércitos napoleónicos, hasta que, a la edad de 34 años, por una eventualidad biográfica insospechada que nos convoca, se embarcará en una fragata que lo colocará a la altura de los nuevos engranajes que mueven los acontecimientos de la humanidad.
La captura Fernando VII en 1807 paralizó la corona española y posibilitó, junto con las frustradas invasiones inglesas a estas nuevas tierras, la independencia de todos los territorios iberoamericanos. En 1810, el grito de Caracas por la libertad de comercio y de esclavos resonará por toda Sudamérica. Buenos Aires, Quito, Santa Fe de Bogotá, Nueva España, Chile; una a una se fueron emancipando, disolviendo un imperio débil y en decadencia.
Como una novela digna de Salgari, suelten amarras, icen velas y leven anclas para trasladarse a las más lejanas tierras conquistadas por el hombre blanco, la región del globo más idealizada, cautivadora o inhóspita, al sur, al sur del sur, ese gran triángulo dónde los argentinos guardamos la mayoría de nuestras cosas, y dónde nos espera la aventura más digna del siglo: fundar una nación.
En la orilla de aguas pardas, entre la impenetrable selva y el inmenso desierto de la Patagonia, las montañas nevadas y la fosa oceánica, la ciudad de Buenos Aires recibió, el 9 de marzo de 1812 de la fragata Jorge Canning, entre otros, a José de San Martín, Carlos Alvear, José Zapiola, y por su puesto, al Barón de Holmberg, que, por la resolución del año 13, adoptó el apellido de su título al naturalizarse en su nueva patria.
Como Coronel a las órdenes de Manuel Belgrano, Holmberg guerreó en el Combate de las Piedras, comandó la artillería en la batalla de Tucumán, y le fue encomendada, según se cuenta, la misión de capturar a Artigas, presa que no pudo alcanzar.
Sin perder el tiempo, Eduard (ahora Eduardo), un año después de su llegada, contrajo matrimonio con María Antonia de Balbastro, apellido pronunciado en los debates cabildantes y reconocido por poseer un temperamento desbordarte y apasionado. De esta unión nació en 1815 el segundo Eduardo, heredero de la rectitud y la erudición germana de su padre y la fogosidad aragonesa de los Balbastro, sumando el sentido del humor y el desorden a este nueva especie de los Holmberg.
Mientras tanto, entre el 14 y el 15, en Europa, aguados los bríos del 89, el Congreso de Viena da la pauta de un retraso intencionado, y el absolutismo regresa como portador de la paz. El nuevo “equilibrio” se opone a la nociones ilustradas e impone la tradición; la tolerancia deja paso a la autoridad central y la razón a la añeja alianza entre el trono “legítimo” y el altar sagrado. Las potencias se organizan y ningún país debe atacar a otro, incluso con el compromiso de intervenir si es necesario para sofocar revueltas populares. Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra obtiene lo que quieren: territorios y dominio estratégico comercial. Esta Cuádruple Alianza es el árbitro de la situación y poco queda por discutir en voz alta sobre el nuevo mapa de Europa.
La forzosa paz de los fuertes daría el encendido definitivo a una nueva revolución que venía chispeando desde 1750, con sólo tres materiales que ardieron bien con la ingeniería productiva mundial: hierro, carbón y madera.
El alambre de campo, el fertilizante, el telar de patrones de 1801, la conservación de alimentos, la esterilización, la locomotora ferroviaria del 14, el cemento pórtland en el 24, lograron la construcción, transporte, comunicación y producción fabril en serie, avances en medicina, higiene y ciencias aplicadas, posibilitando la división y expansión del comercio, crecimiento demográfico y la falta de trabajo en el campo y la necesidad de mano de obra en la ciudad. Y mientras en Europa se abastecía con materias primas que provenían de los barcos que completaban el circuito comercial para la producción sin freno lubricada literalmente con grasa de ballena, en América, el último refugio de los grandes ideales ilustrados, a partir de 1830, un simple gobernador de provincia, el Restaurador de Argentina, ponía tope a la intenciones francesas y anglosajonas, gran poder que degeneró poco a poco en una solapada dictadura.
El joven de 25 años Eduardo Holmberg y Balbastro, unitario activista de panfletos subversivos, escuchó en 1840 el llamado a las filas de las fuerzas de Lavalle. Los entusiastas en su campaña recorrieron el centro y el norte del país siendo finalmente derrotados por las tropas de Rosas, llevando a Eduardo al exilio en Chile junto a Sarmiento y a gran parte de los intelectuales, esperando el perdón durante 11 años. A su regreso, Laura Correa Morales contrajo matrimonio con su novio, y, en 1852, el Coronel Holmberg vería nacer a su primer nieto, la Argentina, con la batalla de Caseros el fin del período punzó, y Europa escucharía las revueltas fallidas de Portugal, Grecia, España, y Polonia, culminando con el estruendo, en 1854, de la guerra de Crimea, que cancelaría las ilusiones de paz del Congreso de Viena, dando fin a la primera mitad del siglo XIX.
Al pequeño Holmberg, el tercer Eduardo, le restaría, a diferencia de sus antecesores, comenzar sobre los nuevos cimientos de su patria la aventura más grande que puede emprender el ser humano: la intelectual.
 
 
1: juguetes científicos (1855-1874)
 
Pasando de los estallidos de la Revolución a la floricultura exquisita, el viejo abuelo Holmberg invirtió su dinero otorgado por la reforma revolucionaria en comprar varias manzanas en la antigua chacra de Los Recoletos, por Santa Fe, Coronel Diaz, Las Heras hasta Plaza Italia. La quinta de los Holmberg mantuvo un vivero de plantas florales, frutales y de especies caras, desconocidas e importadas, siendo su empresa próspera, bella e insólita en la Buenos Aires de aquella época.
Allí la infancia del pequeño Eduardo se desarrolló solitaria entre esa vegetación y los espacios del Río de la Plata. Su pasatiempo era mirar los grabados de la biblioteca botánica de la familia, sin más paseos que las ruinas de Palermo y la inmensidad de la pampa. Para comprender aquel mundo que lo rodeaba le fue esencial aprender a observar aquella naturaleza.
En esos tiempos el plan del gobierno con respecto al estudio de la ciencias naturales en la República era simple: importarla. Con sus mejores intenciones, la iniciativa impulsada por Sarmiento habían fallado en el cálculo de los humores de estos sabios inmigrantes: su labor era valiosa; su predisposición a que los argentinos la conocieran, nula. Hermann Burmeister fue el ejemplo extremo entre otros, casi amotinado en su museo en la antigua Manzana de las Luces, sin atraer a la gente de la ciudad ni expandir su conocimiento como profesor. Su obra La Descripción Física de la Argentina fue editada por el gobierno nacional en alemán, distribuida en toda Europa, editada también en francés, y recién traducida a nuestro idioma en 1943. En una declaración poco simpática resumió: “Si alguien tiene interés en lo que digo, que estudie el idioma en el que mi obra está escrita”[ii].
Las ciencias naturales no formaban aún un foco de interés en la población o en la educación. Farmacéuticos y agrimensores dictaban sus cursos con libros densos de botánica en materias aisladas de agronomía. El propio Holmberg relata con una frase esencial para una crónica de la educación del país y que genera en cualquier estudiante egresado de Ciencias Naturales una sonrisa de identificación: “(…) era voz corriente, no sólo entre los estudiantes, sino también en todo el país, que la Zoología era propia de carniceros, la botánica de los verduleros y la Mineralogía de los picapedreros, cuando más de los marmoleros”[iii].
Sin más opción para su vocación científica, el joven tuvo que acomodarse a los estudios de la carrera más afín a los procesos de la biología y el examen anatómico: el riguroso estudio de la medicina.
Los docentes de esta facultad eran un conjunto bizarro versado en salud: teatrales, políticos activos y guitarreros, algunos conservando costumbres coloniales, frente a la muerte mantenían la promesa cristiana o, defensivamente, el humor negro. Cortes y perforaciones, sierras de cadena y tenazas como garfios, a cuchillo y serrucho, aquí trabajaban los grandes carniceros con título del momento, enseñando su arte con un convincente instinto medieval. Desde luego, había que aferrar al paciente mientras los estudiantes observaban y tomaban nota (la anestesia no existía), la pérdida de una pierna o un brazo eran curas leves y corrientes, y los diagnósticos rozaban la especulación fantástica; un bisturí empapado era recibido por una devota hermana de caridad, ayudante que limpiaba con empeño con un mismo paño, para volver a ser usado, ya que su fe no incluía los microbios que el mundo aún ignoraba.
A diferencia de nuestro país, el estudio de la Naturaleza en Europa había comenzado tímidamente en sus discusión a fines del siglo XVIII contra la doctrina de la estaticidad de las especies. En 1770, Buffon le atribuyó a la tierra entre 168 mil y 500 mil años de edad, cifra muy distante de los cálculos anteriores. Contraria a esta afirmación, se nos hace imposible olvidar una apabullante verdad descubierta por el arzobispo Usher y el Dr. John Lightfoot de la Universidad de Cambridge basada en la obra literaria más conocida de todos los tiempo: la fecha real de la creación del mundo era las 9 de la mañana del domingo 23 de octubre del año 4004 a.C.[iv] .Luego dos teoría surgieron, dignas de los más afligidos presocráticos: el “neptunismo” o “dilubianismo”[v], que sostiene la primacía del agua en al formación de la tierra, y el “vulcanismo”[vi], que privilegiaba la del fuego. Por su lado, a diferencia de la geología “catastrófica” de Cuvier, que tratará de armonizar ciencia y escrituras sagradas, donde cada cataclismo creaba nuevas especies como en un catálogo de moda reemplazando las anteriores, Lamark se manifiesta como el primer transformista, cuya Filosofía zoológica postula fuerzas de la naturaleza y fuerzas del individuo para modificar el desarrollo de su cuerpo y su herencia, partiendo de una arriesgada concepción de generación espontánea.
En Europa, el péndulo entre fijismo y transformismo comenzó su oscilación con un agresiva polémica, de la cual nuestras tierras no se verían exentas. El rechazo del transformismo había comenzó en 1862 en El génesis de nuestra raza, de un violento José Manuel Estrada, a favor de la creación directa de Dios y la unidad de la raza, como venía sucediendo, según sus palabras, “(…) en armonía hace seis mil años”[vii]. Por el lado de nuestro ilustre sabio, como una tara en los tiempos de la creación, Burmeister desdeñaba el transformismo y el catastrofismo, “pues –escribió en su obra– ni una ni otra pueden traer en su apoyo ningún hecho positivo tomado de los tiempos históricos. Tienen pues sólo un valor dogmático o hipotético”[viii].
Así estaban las cosas con respecto a las ciencias en nuestro país, al menos por el momento.
Hasta 1869, Buenos Aires, sobre la extensa llanura larga hasta la cordillera, era un damero húmedo de veredas rectas, casas bajas de ladrillos adornadas con extensos patios, y calles que nuca lograron librarse de los baches, que contaba con 240 mil habitantes, incluyendo 85 mil extranjeros. Dos años más tarde, la jactancia de los porteños por la pureza del aire aportada por los vientos y la reciente agua corriente desapareció cuando la fiebre amarilla avanzó sobre 20 a 30 mil vidas humanas. Al igual que muchas familias, los Holmberg emigraron zonas más secas, y desde luego, para el joven de 19 años, más aburridas.
Sin encontrar un espacio propio para sus inclinaciones, Eduardo y otros muchachos, como lo indicaba sus ánimos creadores, no tuvieron más remedio que, de no existir, fundarlo. Con el fin de la epidemia, floreció una secuela de efímeras y emprendedoras asociaciones, entre ellas la primera, la Sociedad de Ensayos Literarios, de la que surgieron dos agrupaciones, La Academia Argentina de Ciencias y Letras y el Círculo Científico Literario, ambas existentes del 73 al 79, un período corto pero determinante para la fase inicial de las letras en el país, fomentando el estudio de las ciencias y la creación artística.
El Círculo…, aunque con una política rebelde, consideraba la cultura europea rectora de la nuestra, y dio la Revista Literaria,donde Holmberg publicó sus primeros trabajos sobre arácnidos y traducciones de Dickens y Wells. Opuesta a ésta, la Academia Argentina de Ciencias y Letras fue una amalgama intelectual con espíritu nacional, de la cual Holmberg fue miembro, que, con un reglamento redactado, se reunía en la casa de Rafael Obligado, y cuyos presidentes contaban con apenas 25 años. En su quehacer múltiple, abarcaba científicos, escritores y ensayistas, y los temas variaban desde plantas y animales, lengua y literatura, pintura y escultura, y sus publicaciones fueron de avanzada, siendo la máxima muestra de su labor un curioso Diccionario de Argentinismos (en el que Holmberg participó) que reunía más de 4 mil términos nacionales y que fue donado a la Facultad de Filosofía y Letras donde continúa agrandando su volumen hasta nuestros días. Más aún, tratado de fundar una ciencia y una literatura argentina, como la Nacional Royal Society de Inglaterra o la National Geography Society de Estados Unidos (de 1888), la institución auspició la arriesgada expedición, en 1872, a la Patagonia, de la que, contando con sólo 20 años, Holmberg formó parte, junto a jóvenes exaltados por los misterios del sur. Llegando hasta el Río Negro y cruzando fronteras de los indios, fue éste el comienzo de su labor en el campo naturalista trayendo colecciones para el Museo Nacional, y realizando sucesivos recorridos por todas las regiones vírgenes del país durante 25 años, e inaugurando el novedoso género de los relatos de viajes, donde la observación proporcionaba el material y la literatura su más acabada expresión.
A Holmberg, fiel a las características del siglo XIX, a su floreciente personalidad y al marco aglutinante de la Academia, sólo le restaría dar un paso más para lograr la notable unión entre lo útil y lo entretenido, para la que ni Buenos Aires, ni América parecían estar preparadas, menos aún su propio autor.
 “Sin embargo –cuenta Holmberg–, yo que acababa de pasar mi último examen de preparatoria en la Universidad, no sabía quién era Darwin”[ix].
 
 
2: juguetes literarios (1875-1878)
 
De la geología a la biología, la disputa por la edad del planeta llevaría a tratar de develar el misterio del lugar del hombre en el cosmos de la vida, y más aún, el más duro golpe a ese lugar divino no tardaría en llegar de mano de la teoría que terminaría de dar forma a la idea de cambio en la naturaleza.
Charles Darwin, gracias a su observación directa en América del Sur durante tres años en el viaje por el mundo producto de las inquietudes estadísticas del Imperio Británico, junto a sus lecturas de Principles of Geology de Charles Lyell, y ya en Inglaterra del Essay on the principle of population de Thomas Robert Malthus, innovó en la forma de presentar una nueva red de relaciones de datos del ámbito natural, cuya demostración tenía su foco puesto en la noción de población, cuya realidad se regía por la lucha por la existencia. Las viejas ideas e intuiciones sobre la mutabilidad de las especies habían encontrado su primer guión argumental coherente en la teoría evolucionista expresada en The Origin of Species de 1859, cuya aceptación o resistencia fue generalizada.
Será entonces el turno de los transformistas sobre el tablero de Buenos Aires, cuyo ejecutor fue, ni más ni menos, que un inquieto joven estudiante de medicina de 22 años del que algunos estamos orgullosos.
Holmberg, como lo que mejor lo define, tuvo que abrirse camino como un pionero, no sólo de nuestro país, sino también del mundo, con la astucia de ejecutar varias acciones con un mismo movimiento. Primero: comenzar la primera divulgación de la ciencia al gran público; segundo: criticar la situación del país con respecto a la ciencia; tercero: denunciarla de forma llevadera y atractiva.
Luego de las vísperas de la fallida revolución mitrista ante las elecciones presidenciales, en 1875 las primeras gotas de tinta de una pluma literaria cayeron sobre su hoja en blanco, disipando el vergonzoso olor a pólvora y atrayendo la atención del público con su apodada fantasía científica, Dos partidos en lucha, encargada de introducir formalmente el darwinismo en Argentina.
¡En Buenos Aires los ánimos se exaltan! En la novela de Holmberg un orador desconocido ha llamado la atención de siente mil personas, entre codazos, relojes perdidos y dolores de cabeza. “¿Se iba a pedir acaso una declaración de guerra al Brasil por un quítame allá estas pajas quizás? / ¿Habían desocupado al fin los chilenos los territorios magallánicos? / ¿Había estallado alguna epidemia, y se trataba de restaurar la Comisión Popular ?”[x]. Nada de eso: dos partidos, como en una lucha política, se enfrentan en el terreno de las ideas arrastrando una discusión desde el viejo continente: los darwinistas y los rabianistas. “Los unos –dice el orador frente a su público– pretenden que descendemos de los monos; los otro aseguran que descendemos de nosotros mismos”. “Las señoras arrojaron un grito de horror; algunas niñas se desmayaron (...) y más de un espectador buscó instintivamente en su columna vertebral una prolongación imaginaria”[xi].
Cómo una estrategia de Dante, Holmbeg retrata a lo personajes activos del aquel momento en la disputa por las ciencias, en especial al dogmático director Burmeister, a Francisco P. Moreno, alumno principal del maestro fijista, llamándolo Francisco P. Paleolítez, y al tímido Ameghino que será el Desconocido, como realmente lo era en aquel entonces, un simple librero ignorado. Claramente influenciado por Julio Verne, como un extravagante Capitán Nemo porteño, Holmberg presenta a su héroe, Pascasio Griffitz, un joven visionario que cuenta con tropas expedicionarias que recolectan piezas alrededor del mundo para su museo-hogar subterráneo de maravillas ajenas al público. “Sirvo a una doctrina científica –se excusa–: el darwinismo. Tarde o temprano llegará a ser una doctrina política y necesito cierto misterio en mi conducta”[xii].
 
Presentadas las teorías y los duelistas, se decide formar un congreso científico en el Teatro Colón, donde también acude el pueblo que manifiesta su simpatía por uno u otro partido en la posición del sombrero. ¡Pero en el recinto surge una cuestión que perturba a los científicos argentinos!. El telón “poco apropiado”, con ángeles y mariposas desproporcionadas, debe ser reemplazado por uno “menos mitológico”: tres monos luchando por una zanahoria gigante, con una inscripción: “Struggle for life”, “Lucha por la vida”.
 
El relato del debate, paródico, lleno de interrupciones irónicas, circunlóqueos, gritos, discursos, digresiones y discusiones dignas del parlamentarismo nacional, alcanza su clímax con la llegada de Darwin a la capital. El “ilustre reformador inglés” es recibido con todos los honores, aprecio y admiración, saludado por Mitre, Sarmiento, Alsina y Avellaneda, quien lo caracteriza como “(...) una de las palancas más poderosas del adelanto científico del siglo”[xiii]. La culminación de la contienda se da con la propuesta de Darwin para la vivisección de un pigmeo de la Polinesia que Grifitz posee en su museo, para averiguar si, según los darwinistas, es un eslabón entre el hombre y el simio, o, como se creía, una desviación del hombre en un “cretinismo”. A pesar del planteo moral del acto de matar un ser vivo en nombre del adelanto de la ciencia, al caer las primeras gotas de sangre, la victoria es para los darwinistas.
 
            Sin embargo, aceptada la evolución del hombre, como pocos, Holmberg dejó planteada la cuestión, en el discurso final de Grifitz, de la consecuencia de este hecho, digna de la más profunda especulación filosófica a la que pocos se animaron a adentrarse: “En la formas groseras de los monos que nos precedieron, hay un destello de la forma de los hombres. ¿Existe en el hombre el destello del ser que poblará nuestro planeta cuando se borren las formas de los continentes y de los mares con la nueva época?”[xiv].
 
Dos partidos en lucha, si bien fue leída por el público, apenas llamó la atención de la crítica, con excepción del joven Canné, que sin poder llegar a leerla como literatura, más bien como un ensayo científico inexacto, apreció las intenciones experimentales del autor, ya que, en sus palabras, publicar un libro en Buenos Aires “(…) es lo mismo que recitar un verso de Petrarca en al rueda de la Bolsa”[xv]. Pero a falta de agotamiento, haciendo gala del dicho de Oscar Wile de que “es conveniente ser un poco improbable”, Holmberg publicó dos novelas más ese mismo año.
 
El tipo más original, obra inconclusa de fragmentos brillantes, narra en un primer momento a Ladislao Kaillitz en un expedición de Buenos Aires hasta Konigsberg, y luego a Mittau, una ciudad de Curlandia, en el imperio Ruso, donde vive el profesor Meter Yampol Barañù Burbullus, según él, “el tipo más original que ha conocido”[xvi].
La trama se basa en un desafío: Burbullus se ha impuesto a sí mismo no hablar dos días seguidos el mismo idioma, y la apuesta de Kallitz es hacer equivocar al profesor en menos de una semana por 1.000 talentos. En los cinco día de convivencia, el profesor muestra los más ingeniosos disparates dignos de un personaje de Lewis Carroll: viste con levitón verde, cuello y puños rojos, galera blanca, polainas amarillas, y un termómetro con escarapela; en una mano lleva una escopeta, en la otra un paraguas; carga un morral con municiones y una carpeta de artista; tiene cajones para guardas las cosas que aún no posee, retratos de sabios que desprecia, papel para una magna obra que no ha escrito todavía, duerme con sólo medio cuerpo por vez para poder vigilar sus manuscritos aún inexistentes, y, como si fuera poco, en uno de sus numerosos discursos, proporciona una correcta definición, aunque parezca imposible, del chiste alemán.
En la presentación de este vanidoso simulador, a diferencia de la estrategia de Griffitz, el profesor posee tanto el saber como la chifladura que practica como una forma de vida. En él, Holmberg supo articular un genio creador que la ciencia tildaría de delirio, con un agudo y maniático conocedor del mundo exterior, acuñando así por primera vez la original figura del científico loco.
Como si fuera poco, Holmberg publicó Viaje maravilloso del señor Nic-Nac, la planta más extravagante en el jardín de las letras argentinas, siendo la primer novela del mundo que narra un viaje al planeta Marte, fundando así la novela de ciencia ficción en nuestro país, algo que Mark Twain realizará 14 años después en los Estados Unidos.
A la influencia de Verne, en esta llamada fantasía espiritista, se le suman las teorías del astrónomo Emille Flamarión con su visión espiritista tan en boga en la Buenos Aires de aquella época. Como con un presupuesto argentino, el viajes interplanetario de Nic-Nac es a costa de la separación del cuerpo y del espíritu por falta de ingesta de alimento, creando así una imagen-espíritu, segregada por el cerebro como un átomo del espíritu universal, que facilita la transplanetación, guiada, no por un cuerpo de científicos calificados, sino por un médium extranjero y un gato negro. En el planeta Marte encuentra montañas, bosques, mares, ciudades, místicos sombríos, científicos y sabios, discusiones parlamentarias, censuras y manifestaciones populares, catástrofes e incendios, como bien sabemos que sucedería en cualquier planeta del sistema solar.
Al volver a su país, Nic-Nac es llevado a la casa de orates San Buenaventura (nuestro futuro Borda) diagnosticado con “manía planetaria”. En Argentina declarado loco, cuando tal vez en Europa hubiese sido aplaudido, Nic-Nac decide publicar sus aventuras, con un editor que toma la palabra, aboga por la razón, y plantea una duda: “¿Por qué hemos de sostener que sólo en la Tierra existen seres dotados de inteligencia suficiente para poder contemplar y juzgar las etéreas maravillas del Universo, como si este hubiera sido formado exclusivamente para ellos?”[xvii].
 
3: Juguetes cuestionables (1879-1889)
 
El Segundo Imperio Francés, la unificación de Italia, la unidad alemana y la primera República de España, son algunas de los ejemplos de la formación y organización de las naciones europeas en la segunda mitad del siglo. El ferrocarril y el barco a vapor eficientes, la crisis económica de 1873, el proteccionismo y la población en aumento, sin trabajo ni comida, despertó la urgencia de encontrar oportunidades en nuevos mercados y materias primas. Así, primero de manos de capitales privados, y poco después por parte de los estados que contaban con ejércitos inquietos, ahora entretenidos en servir a su Nación, comenzó la más grande colonización tecnificada de todo los tiempo por parte de Europa, pasando de controlar los márgenes costeros de rutas comerciales a poseer la mayor cantidad de territorio posible en los cuatro continentes restantes, con la promesa de olvidar problemas junto a una nueva “misión civilizadora”.
Donde, con el pretexto de la religión, los luteranos y el Vaticano no habían conseguido más que empeorar la situación, la nueva visión dada por la ciencia proyectaba un nuevo mundo más confortable y eficiente. Será cuestión entonces de trasladar las recién descubiertas leyes sobre la “evolución” a la sociedad, pasar de la ciencia a la política, y desastrosamente, del origen al derecho, del privilegio divino, al resultado de la perfección evolutiva, para proponer nuevamente al hombre blanco como el responsable del avance de la humanidad. Entran así en vigor las nuevas leyes del llamado positivismo, y Argentina no será la excepción.
Tres acontecimientos fueron claves para que nuestro país entre en esta nueva etapa, tres que desde los tiempos de Rivadavia se encontraban pendientes en su agenda, y que serían ejecutados por el máximo exponente de la nueva especie de políticos argentinos, que como ninguno, supo adaptarse a su medio: “el Zorro” Julio Argentino Roca.
El control institucional sobre el espacio nacional “salvaje” y sobre los que en él habitaban es mencionado en los manuales escolares como una simple “incorporación del desierto a la actividad productiva”, ejecutada en 1879 por Roca siendo ministro de guerra. Un año después, la nación conoció tal vez el enfrentamiento más cruento entre las tropas provinciales y las nacionales, liderado por él como presidente electo, a causa de la capitalización de la ciudad de Buenos Aires. Y por último, el gran desafío de su presidencia, frente al debate de la educación, fue el Congreso Pedagógico de 1882, que concluyó con la sanción de la ley 1.420, declarando la instrucción primaria pública, obligatoria, gradual, mixta, laica, gratuita y dada conforme a los preceptos de higiene, ampliada a mujeres, adultos y minusválidos.
En 1881, seis años después de la aparición de Dos partidos en Lucha, por primera vez en nuestro país la Historia imitó a la Literatura: en el Teatro Nacional se celebró una conmemoración al mes del fallecimiento del hombre que había dado nombre a la teoría más importante del siglo, Carlos Roberto Darwin, con un público entusiasmado, llenando todas las butacas, los pasillos, la entrada y la calle, que incluía señoritas, hombres ilustres, orquestas, y sólo dos oradores: “el coloso” representante de la vieja generación, Domingo Faustino Sarmiento, y un joven, Eduardo Ladislao Holmberg, que dejó sorprendida a la audiencia de 3 mil concurrentes. El homenaje quedaría marcado en la memoria de Buenos Aires, y tiempo después, el triunfo definitivo del darwinismo fue la declaración del heredero y discípulo de Burmeister, Francisco P. Moreno, ya director del Museo Antropológico, que se manifestó abiertamente transformista.
Trascendiendo el ámbito académico, el Estado pasó a hacerse cargo de las instituciones científicas y aceptó oficialmente al darwinismo. Ser evolucionista era ser positivista; ser positivista era actualizar el presente mirando al futuro mundial; mirar hacia el mundo era ocupar el lugar que le correspondía a nuestra nación en las nuevas reglas del mercado como modelo agro exportador, que desde luego, sólo se lograban con el lema “paz y administración”. Pero también, por primera vez en la Historia del mundo, la figura del científico estaba en la cumbre, superior en utilidad y prestigio, ya que la acumulación de conocimiento, la clasificación del mundo, incluso la cartografía global, conduciría a una nueva etapa positiva. El compromiso de la ciencia con la humanidad era total, y en nuestro país, la actividad científica se convirtió en una labor patriótica.
Los naturalistas argentinos trabajaban sin tregua con fe en el progreso material y espiritual de su patria. “Hemos creído prestar al país un servicio que, no obstante ser modesto –escribe Enrique Lynch–, pude producir resultados fecundos, porque las ciencias naturales, las ciencias de la observación, deben considerarse como el fundamento del progreso moderno”[xviii]. Y mientras Moreno organizaba su museo con colecciones traídas de sus expediciones, en una de las cuales casi fue sacrificado por los indios, y Ameghino escribía mientras comía sosteniendo su pluma con una mano y el tenedor con la otra, Holmberg, veloz y sin fatiga, directamente no comía, para luego de horas de trabajo poder exclamar: “Hemos encontrado una verdad”[xix].
Holmberg se doctoró 1880 y fue el único de sus contemporáneos con título universitario, si bien su relación con la medicina fue conflictiva y netamente moral: “Nunca podría ganar dinero sobre el dolor de los demás . Me repugna todo lo que venga de los que sufren; sería un gran médico de los felices…”[xx]. Con escasos ejemplos de ejercicio, decidió no cobrar nunca: en una ocasión pidió 20 centavos; en otra exhortó a su cliente, “Cuando tropiece con un pobre en al calle le da lo que pensaba pagarme a mí”[xxi]; incluso rechazó la paga de un rico italiano que lo injurió en una carta que Holmberg, con su prolija letra, contestó: “¿Se curó? ¡Embrómese!”[xxii].
            A diferencia de la medicina, su gran actividad fue la docencia, dictando Historia Natural a los 23 años como profesor de la reciente Escuela Normal de Mujeres, y luego en la de Varones, agregando a los programas Cosmografía, Geografía, Anatomía y Fisiología, funda los cursos de Higiene y Zoología, y más tarde profesor de Botánica, Física y Química, creando el Laboratorio y el gabinete de Historia Natural, los primeros en una secundaria, acercando a los estudiantes el microscopio y nombrando por primera vez a Darwin y su doctrinas subversivas para algunos ojos. Holmberg llegó a ser maestro de maestros, teniendo como alumnos al pedagogo Pablo A. Pizzurno, a su discípulo Cristóbal M. Hicken, fundador del Drawinion y la escuela de jardinería situada en el Jardín Botánico, y de una joven que respondió al porqué descienden las aguas de los deshielos, como a Newton le hubiese gustado, “Porque obedece a la gravedad”, en una clase en que las demás correctas señoritas habían dicho “porque así es la voluntad de Dios”; ella era Cecilia Grierson, la primer mujer doctorada en medicina del país.
Pero su gran obra fue la de dejar una huella patente en la trama de su ciudad. Contando con 18 hectáreas, desde calle Bustamente y Las Heras, entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde, el Jardín Zoológico de Buenos Aires, con sus lagos artificiales, reproducciones de palacios, árboles centenarios y hermosas esculturas, abre sus puertas a quien quieran realizar el paseo favorito de los porteños como lo es desde el 3 de octubre 1888. Holmberg fue su director durante 15 años, publicó la Revista del Jardín Zoológico y presentó los planos para las obras donde estaba contemplado un estilo característico para el hogar de cada animal representando su lugar de origen.
Chinos, griegos, romanos, árabes y egipcios poseían bestiarios con ejemplares exóticos y delicados como muestra de prestigio, y del mismo modo, el zoológico moderno, el Jardin des Plantes de París, el zoológico de Londres y el de Berlín, aportaron un prestigio a estas capitales con la muestra de especímenes traídos por cazadores patriotas desde lejanas tierras, representación simbólica del poder colonial. Pero a diferencia de la “casas de la fieras”, el zoológico público del siglo XIX comenzó a cumplir una función diferente, similar al museo o la galería, de esparcimiento y educación, donde las criaturas pueden ser conocidas, disfrutadas y estudiadas, en una artificiosa relación entre hombre y animal.
Como con las viejas prácticas de Aristóteles, Holmberg daba sus clases caminando junto con sus alumnos, y sin proponérselo, atraía la atención del público a quien agasajaba con sus conferencias eruditas al aire libre, ganándose así la fama de ser el sabio más popular de Buenos Aires, versado también en literatura, manejando a la perfección inglés, francés, alemán, italiano, griego y latín, y sin desconocer ninguna rama de la ciencia ni dejar de opinar sobre ningún tema. Y a pesar de que su obrar refleja el sistema ideológico de la época, su oficio literario, lejos de decaer, le permitió cuestionar, con genialidad y humor, determinados aspectos de la teoría positiva del saber.
Es así como en su cuento Filigranas de cera, expresa una gran teoría de la cera del oído que un Doctor Tímpano concibe en sueños, contraria al saber a posteriori sobre el que se apoya el positivismo y por lo que es rechazada por la comunidad científica. Ésta consiste en reproducir todo los sonidos condensados en el cerumen en forma filigranas. “Todo lo bueno y todo lo malo que la lengua elabora, (…), toda la nobleza humana y toda su abyección, todo, (…) todo hablará por las hebras devanadas”. En la especulación de la posibilidad de que el secreto desaparezca existe la denuncia de que el hombre puede poseer un “arma terrible” en el uso de la ciencia tomada independientemente de todo juicio de valor. En oposición, Holmberg plantea el aspecto de responsabilidad. En su cuento leemos: “(…) el filósofo, rendido, subyugado por verdad tan gloriosa, formulará, protegido por el último baluarte, esta pregunta: ‘¿Son morales las consecuencias de la nueva teoría?’ y ‘¿Qué le importa a la ciencia positiva si lo son o no?’”[xxiii].
Pero tal vez una de sus creaciones más desconcertantes, influenciado directamente por el Sandman de E. T. A. Hoffmannn, fue su cuento más exitoso, Horacio Kalibang o los autómatas, 58 años adelantado a la monstruosa fábrica de robots del checo Karel Capek, y mostrando aún más otra monstruosa realidad. En la farsa de éste mundo, un fabricante es capaz de replicar a la perfección “los fenómenos íntimos de la materia cerebral”[xxiv]. Cuando se es materialista a ultranza, sentimiento y emoción, lo espiritual, se devalúa. Quién es humano y quién autómata; todo queda en duda, hasta el latido mecánico del corazón, y la confusión reina en el mundo de Kalibang…. “Cuando, sumergido en el torbellino de la política –escribe el fabricante–, encuentres algún personaje que se aparte de lo que la razón y la conciencia dictan a todo hombre honorable... puedes exclamar: ¡es un autómata! / Cuando, sumergido en las grandes batallas del pensamiento, tu adversario científico llame en su apoyo los misterios de la fe, puedes exclamar... ¡es un autómata! / Cuando veas un poeta que te pinta lo que no siente, un orador que adula al pueblo, un médico que mata, un abogado que miente, un guerrero que huye, un patriota que engaña, un ilustrado fanático y un sabio que rebuzna... puedes decir de cada uno de ellos: «¡Es un autómata!» Sí, (…) he llenado el mundo con los productos de mi fábrica”[xxv].
 
 
4: Juguetes peligrosos
 
El establecimiento de constituciones liberales y la expansión del mercado mundial, estableció el problema de la participación en el gobierno de la mayor parte de la población, mayoría que era pobre y vistas por los grupos sociales poderosos como incapaces de dirigir los asuntos públicos para asegurar el mayor bienestar para todos los integrantes de la sociedad. Entre la democracia política ideal y la democracia real, durante los primeros años del siglo, los trabajadores ingleses y franceses, y en menor medida de otros países europeos, desarrollaron una gran actividad organizativa. La creación de sindicatos, cooperativas, grupos de agitación y periódicos fueron dando forma a una resistencia organizada que comenzó a elaborar sus propias demandas frente a la explotación.
La modernización económica de la población del sur y este de Europa en el último tercio de siglo, coincidió con la incorporación de América del Sur al sistema del comercio internacional, lo que facilitó un oleaje inmigratorio hacia la Argentina y el Brasil especialmente. Buenos Aires se preparaba para recibir a una clase social formada en su mayoría por trabajadores asalariados provenientes de Italia, España, Polonia y el Imperio Ruso, que no compartía ni el idioma ni la tradición cultural del país, y que modelaron la ciudad con sus construcciones de gusto italiano, pisos altos y balcones elegantes, nuevos vocablos populares, y la agitación de la urbe con la actividad comercial y fabril. Pero ellos no sólo trajeron la capacidad productiva y el incremento del consumo, sino que también ideas de agrupación, socialistas o provenientes del anarquismo principalmente.
El despilfarro, venta de ferrocarriles y abuso de créditos fue lo que provocó el descontento con los continuadores del proyecto de Roca. Desempleo y bajos salarios, las huelgas y protestas masivas probaron la reacción del Estado bajo la forma de la Ley de Residencia, y luego la de Defensa Social, que permitían reprimir y deportar a los extranjeros, aunque los choques con la policía se incrementaron.
En 1890 se planificó y llevó a cabo el último gran levantamiento del siglo en nuestro país, que a lo largo de su vida en el siglo XIX contó con un promedio de una revolución cada 1 año y 7 meses. El complot de la Unión Cívica y la insurrección de algunos batallones en la Revolución del Parque terminó con la renuncia del presidente y la manipulación de ambos bandos por parte de Roca. Se sucedieron querellas y derrocamiento de gobernadores en toda la década, pero a diferencia del estallido del 90, el ejército, ahora leal al Estado, designó como jefe de las fuerzas a nuestro amigo el Zorro en la lucha por la estabilidad contra los revoltosos, que terminaría en la toma de Rosario, y daría en algunos años su regreso a la presidencia frente a partidos disidentes mal organizados.
No se trataba de imponer a un candidato, sino de cambiar el régimen imperante, y para eso se necesitaba un enfrentamiento electoral libre y sin presiones. Lo que no pudieron concretar con el fusil, se hizo con las urnas, y mientras con temor se iban reemplazando diputados y senadores del viejo régimen, en las elecciones de 1896 una lista llamó la atención: se había constituido el Partido Socialista.
            Ese mismo año Holmberg daría una vuelta de página en su quehacer literario, esta vez como un autor maduro, decidiendo inspirarse en, según él, “(…) el talento más grande, y por lo tanto el más lógico y correcto que la humanidad ha producido (…)”[xxvi]: Edgar Alan Poe.
La casa endiablada, el primer policial argentino y el primer cuento de Holmberg ambientado en su ciudad, en una vieja casona de Palermo, con algunos toques sobrenaturales, es también el primero en el que se utiliza el sistema dactiloscópico inventado por el argentino Juan Vicentich en 1891, hoy patrimonio de la criminología mundial para la identificación de individuos por medio de improntas digitales, eficiente ante disfraces y trasvertidos.
Creada por Franz Joseph Gall, la frenología sostenía la posibilidad de determinar los rasgos de carácter y capacidad del individuo por medio de la topografía de la cabeza humana, donde, se suponía, tenían su asiento las diversas facultades intelectuales, instinto y afectos del hombre. Holmberg no fue ajeno a esta doctrina y utiliza la frenología en muchas de sus obras. En esos últimos años del siglo surgían también el higienismo como un preocupación por defender la salud social y moral, la medicina legal y la antropología criminal que se nutrió de la sociología, la psicología y la psiquiatría, que con la aplicación de la tecnología dactiloscópica, hizo posible la identificación de los reincidentes, comenzando con los criminales, y luego extendiéndose a toda la población para construir la nueva ciudadanía, organizando los registros nacionales de las personas, el padrón electoral, el estado civil y de la propiedad, el cumplimiento del servicio militar, y desde luego, el de las leyes. Los policías y porteros aplicaban estas teorías en la vigilancia fisignómica con su mayor destreza imaginativa basad en hechos “científicos”. Esa cabeza está muy grande; Esas cejas muy espesas; en definitiva: Su rasgos no lo vuelven una persona confiable, y quizá, peligrosa.
Holmberg dio este panorama en su trabajo literario más logrado, su excelente cuento La bolsa de huesos, donde las conclusiones, tan lógica como desconcertantes alrededor de unos huesos humanos, guiarán el descubrimiento de crímenes aparentemente inconexos, no a un detective, sino a Don Manuel de Oliveira César, un científico que se valdrá de sus saber y sus sentidos, junto al frenólogo el Doctor Pineal, cuya motivación para seguir las pistas del delincuente no son ni la moral, ni la justicia, ni el dinero, sino la de conseguir datos para una futura novela. “Pero si se trata del escándalo de varios crímenes –le reprocha su compañero– / - No, señor –dice el científico-escritor–; se trata de la aplicación de los principios generales de la medicina legal, que es una ciencia, y de demostrar que la ciencia puede conquistar todos lo terrenos, porque ella es la llave maestra de la inteligencia. La ciencia conquistará al hombre, que no ha conquistado la religión ni la política”[xxvii]. Será cuestión, entonces, no de detener al delincuente, sino de anticiparse a sus acciones mediante el análisis y la predicción de sus comportamientos como la resolución de un problema científico.
Hemos visto el relato de viaje, la fantasía científica, la novela de ciencia ficción, el cuento especulativo y el policial. Nos queda uno de los género más antiguos e interesantes de la humanidad. Entre la utopía filosófica de Platón, la comercial de Moro, la científica de Bacon y la pedagógica de Roussau, Holmberg fundó un nuevo tipo, una utopía política desorganizada, con Olimpio Pitango de Monalia, su obra más querida y desprolija, inédita hasta 1994.
En su extensa muestra de teorías científicas y lingüísticas y abundantes referencias eruditas, entre arcaísmos cultos, regionalismos, dialectos inmigratorios y neologismos inventados por él, se describe la isla de Monalia y a sus habitantes en un complejo tramado de capítulos que no respetan cronologías ni títulos, donde se narra su proceso de modernización con la necesidad de tener una historia, una organización gubernamental, crear ruinas y consagrar próceres para erigir un pasado y fundar una identidad nacional en común, pero al estilo holmbergiano. El fervor patriótico llevó a los monalitas a crear ocho partidos en un día por la discusión de la fecha de independencia elegida el 29 de febrero en año bisiesto. La elección de sistema gubernamental es simple: “¡A la una! ¡a las dos! ¡a las tres! –todos gritan– (…) / - ¡Republicano!”[xxviii]. La creación del pasado histórico es vista como un delirio de Olimpio Pintango y es casi expulsado como embajador a América, pero a su regreso considerado un visionario, ya que, como expone el diplomático, “En el continente, no sólo ya han inventado próceres, sino que están consagrados”[xxix]. (Nada que nos pueda parecer raro en nuestro país).
Olimpio…fue también el reflejo de una época donde Holmberg planteó su opinión sobre los acontecimientos que mostraron la primera guerra mundial. “Aunque de vieja estirpe militar –escribe–, odio la guerra porque es la forma de lucha por la vida más brutal y más injusta que ha podido imaginar el mamífero erguido y con cuatro colmillos que se llama Hombre, y cuya exteriorización más elevada, que es la ciencia, se pone al servicio de las naciones para encontrar los procedimientos más eficaces y más crueles de exterminio y desolación; la física, la química, las matemáticas, que son la gloria del espíritu humano, entregan sus tesoros para ponerlos al servicio de la crueldad. (…) no se trataba de que Alemania se quedara o no con Bélgica y con Polonia, o Rusia con una parte de Austria (…). Se trata del dominio del Mundo entero y en el mundo está Monalia”[xxx].
Pero su lectura crítica del “progreso” no quedó inédita sino expuesta, entre otras palabras, en una conferencia de 1901 en la que se encontraba el presidente, ya electo por segunda vez, nuestro general Julio Argentino Roca: “¿Qué se han de hecho los grandes pueblos que coronaban de guirnaldas la frente de la civilización? ¿Qué nuevas ideas de amor a la patria y honor de las naciones se corporeizan hoy en la lucha monstruosa de la sociedades maculadas por el oro de los mercaderes? (…) El siglo XIX nos ha entregado un tesoro inmenso de proyecciones infinitas, demos forma a ese ideal que nos falta. ¡La justicia! Que pugna por reinar soberana como una aspiración que pasa de siglo a siglo[xxxi].
 
 
5: Juguetes importantes
 
Holmberg dictó clases de Botánica en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad Nacional de Buenos Aires desde 1890 hasta su jubilación en 1915. Fue elegido Presidente de la Academia de Ciencias en 1922, desempeñando su cargo, abriendo las puerta al nuevo siglo, escribiendo una carta a, según sus palabras, “uno de los más eminentes físicos teóricos de la época actual, que con sus doctrinas e investigaciones ha motivado un adelanto considerable en el campo de las ciencias físico-matemáticas”[xxxii], Albert Eisnten, entregándole, en 1925, un diploma de académico honorario y presentándolo ante la sociedad científica del país.
En 1927, al cumplir sus 75 años, al terminar su cargo, el Gobierno, las universidades, todas las academias y numerosas instituciones científicas del país le otorgaron en un acto una medalla y un diploma en su honor, fue declarado benemérito del Museo de Ciencias Naturales nombrándolo “su protector”, el Museo de Historia Natural, la Facultad de Ciencias, la de Medicina y la Sociedad Científica Argentina lo tituló doctor honoris causa, y se lo designó Presidente Honorario de la Academia, única persona que ha ocupado hasta ahora ese cargo “en atención a sus méritos científicos e intelectuales”[xxxiii]. Su apellido dio nombre al aula de Botánica, al gran vivero de Cazón, al Jardín Zoológico de Buenos Aires, su segundo hogar durante 15 años, y al “Cerro Holmberg” en Tandil, donde, al caer de 12 metros al buscar un espécimen, le dedicó a la ciencia sus dos rodillas y la palma de la mano fracturadas. La Nación respondió con honores a su incesante tarea, y él, siempre mantuvo el amor a su patria que resume en una sola frase: “(...) si no fuera argentino, quisiera serlo”[xxxiv].
Eduardo Ladislao Holmberg falleció el 4 de noviembre de 1937 en su ciudad natal, colmada de edificios y avenidas con automóviles. Su merecido reconocimiento por parte de la Municipalidad llegó diez años después de su muerte, creando un premio con su nombre y su imagen que desde la fecha se entrega en la Academia Nacional de Ciencias al mejor trabajo de Historia Natural.
Su obra escrita, constante desde 1871 hasta 1923, fue un recorrido de 52 años de publicaciones en los periódicos e instituciones más importantes de su época, dejando una buena cantidad de material inédito. Fundó La Revista del Jardín ZoológicoEl Naturalista Argentino, primer periódico científico redactado por argentinos, conformó Apuntes de Historia Natural con otros colegas, obra que sigue vigente como material de consulta junto como muchas nomenclaturas creadas por él, y con apuro y maestría, la La Flora… y La Fauna de la República Argentina para el Censo Nacional, únicas obras sobre la completa descripción natural de la Argentina que tuvo el país por décadas.
Su predisposición fue educar al pueblo, alejándose del los círculos científicos y acercándose a la mayor cantidad de personas posibles, y mientras una generación elegante y a la moda tomaba whisky, hablaba de política y apostaba a un futuro imaginario, Holmberg recorría el país, caminaba por los andamios de la construcción de su zoológico, llevaba siempre en los bolsillos de su saco frascos para recolectar arañas, y lograba mantener expectante a su público por horas, en la oralidad y en sus escritos, haciéndonos pensar con sus más insólitas fantasías. “La única escuela literaria que puedo obedecer es la de la espontaneidad de mi imaginación; mi única escuela científica es la de la verdad”[xxxv].
Su proliferación marcó los rumbos de sus dos vocaciones: ciencia y literatura. Los temas de sus escritos varían desde estudios de entomología, poesía, artículos de costumbres de insectos, cuentos, novelas, trabajos sobre arañas, sobre mosquitos, catálogos descripciones de colecciones científicas, artículos sobre actualidad, crítica artística, conferencias, discursos, elogios, medicina, mineralogía y geología, botánica, zoología, arqueología, y láminas litográficas de ejemplares, junto con sus relatos de viajes a la Patagonia, las provincias del norte, el río Lujan, Tandil, Chaco, Misiones, los Andes y el Uruguay. Sus obras naturalistas fueron reproducidas por el instituto Americano de Berlín, forman parte de la biblioteca de Washington y descansan en el inmenso catálogo del Museo Británico.
Lúdicas y activas, a sus obras literarias, no en vano Holmberg las llamó sus “juguetes”, juguetes mentales, juguetes del pensamiento, de la historia, de la ciencia y la literatura. Ellos dieron la pauta indiscutible de un acto inaugural, en nuestro país y en el mundo, imposible de asimilar en su tiempo como lo hacemos hoy, simplemente porque el término para hablar de ellas no era el correcto: la palabra no era fantasía, sino ficción.
Si la ciencia es la encargada de suministrarnos la verdad, la ficción, el acto de fingir un como sí, no se opone necesariamente a esa verdad, y lejos de tergiversarla, se aparta de la necesidad de ser verificable, no por capricho, sino para brindarnos el carácter complejo de una situación, proponiéndonos una estimulante ganancia al incorporar tanto lo imaginado como la verdad dada de antemano. Para nosotros, ya no podrán ser meras fantasías atrevidas. Lo que se juega en la ficción es un verosímil tratamiento del mundo, y Holmberg nos recuerda que, como en la ciencia, para escribir bien un texto, hay que saber formularse buenas preguntas, sobre la naturaleza, sobre la evolución, la locura y la razón, sobre nuestra condición en el mundo, sobre la responsabilidad de nuestras creencias y actos, sobre el sentimiento, sobre el progreso, en definitiva, sobre la realidad que nos rodea.
 “Siento la satisfacción –dijo en un Congreso de Historia Natural de Tucumán en 1916– de ser el primer argentino que ha enseñado Historia Natural, y el primero también que dentro de sus clases se ha valido de ejemplos argentinos”[xxxvi]. Hoy nosotros, con la misma satisfacción, entre todos los nombres que hemos mencionado del siglo XIX, (Darwin, Lamark, Lyell, Malthus, Hoffmann, Flamarión, Verne, Wells, Dickens, Poe…) podemos decir que lo tenemos a él para valernos del ejemplo de un gran sabio argentino, en el que todos esos nombres y su tiempo se conjugan.
Por último, en su obra, dejó su más sincero consejo a quienes quieran seguir sus pasos expresada en unas pocas líneas: “Observe, estudie, sea modesto, forme su carácter, eduque su voluntad hasta darle el temple del acero, guiado por la razón, y sea siempre justo. / Ya la verdad se hará camino”[xxxvii]
 



BIBLIOGRAFÍA:
 
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Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica (introducción y selección de apéndices Sandra Gasparini), Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005.
 
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Holmberg, Eduardo L., Olimpio Pintando de Monalia, Buenos Aires, Ediciones Solar, 1994.
 
Holmberg, Eduardo L., Viaje Maravilloso del Señor Nic-Nac / En el que se refieren las prodigiosas aventuras de este señor y se dan a conocer las instituciones, costumbres y preocupaciones de un mundo desconocido, Buenos Aires, El Nacional, 1875.
 
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VV.AA., La buenos aires ajena / testimonio de extranjeros de 1536 hasta hoy (compilador Jorge Fondebrider), Buenos Aires, Emece Editores S.A., 2001.
 
VV.AA., Literatura Argentina: Perspectivas De Fin De Siglo (compiladoraMaría Celia Vázquez), Pérez Rasetti, Carlos, “La locura lúcida / Ficción, ciencia y locura en las fantasías científicas de Holmberg”, Buenos Aires, Eudeba, 2001.
 
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Deulofeu, Venancio, Eduardo L. Holmberg (1852 - 1937), http://www.ancefn.org.ar/institucional/presidentes/holmberg.htm .
 
Rumpler, Ursula, Baron Eduard Ladislaus Kaunitz (auch Kailitz, Kannitz) von Holmberg (= le Baron de Holmberg), http://members.kabsi.at/familienforschung/holmberg.html .


 
AGRADECIMIENTOS POR SU COLABORACIÓN EN ESTE TRABAJO:
 
 
Pablo Somonolof, editor, transcriptor y prologuista de Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac en la edición de 2006, que me recibió en su ciudad de Rosario para conversar sobre Holmberg y contestó todos mis comentarios por carta.
 
Luis Pestarini, trabajador incansable de la Biblioteca del Congreso y director de la revista de ciencia ficción Cuasar, que me proporcionó la única biografía completa sobre Holmberg, Holmberg: el último enciclopedista y con el que habitualmente expreso mis inquietudes sobre la ciencia ficción argentina.
 
Sandra Gasparini, profesor de Literatura Argentina I en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, compiladora, crítica y estudiosa de la obra de Holmberg, que preparó la edición de El tipo más original de 2001 y Dos partidos en lucha en 2005,y contestó mis interrogantes por mail.
 
Horacio Reggini, miembro de la Academia de Letras, que aportó muy recientemente nuevos estudios sobre la obra de Holmberg en Eduardo Ladislao Holmberg y la Academia / Vida y obra de 2007, cuya predisposición a contestar mi dudas por carta fue inmediata.
 
Marcela Liliana Díaz, médica veterinaria y Gerente del Jardín Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires, del que me abrió sus puertas para permitirme conocer todas sus dimensiones y anécdotas.
 
Carlos Pérez Rasetti, con su artículo La locura lúcida / Ficción, ciencia y locura en las fantasías científicas de Holmberg, fue una primer guía en la ciencia ficción argentina y la obra de Holmberg, constando a mis cartas desde la Universidad Nacional de la Patagonia.
 
Alejandro Parker Holmberg, bisnieto de Eduardo L. Holmberg, que me proporcionó su teléfono y contestó todas mi llamadas.
 
Oscar Blanco, que me presentó a Holmberg en el comienzo, y Tomas Abraham, que me dio el espacio para presentar este trabajo en el presente.


NOTAS:
 


[i] Toda su documentación fue quemada en 1852. Ver en http://members.kabsi.at/familienforschung/holmberg.html (en alemán).
[ii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag, 138.
[iii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 49.
[iv] Hoy en día ampliada un poco, digamos, sin temor a equivocarnos, entre 5 mil a 7.500 millones de años. MONSRP653
[v] A. G. Werner y los geognosistas
[vi] J. Hutton y J. Playfair
[vii] Montserrat, Marcelo, “La recepción del darwinismo en la Argentina: la etapa positiva”, en revista Criterio, Buenos Aires, Nº 1656 año XLV, 22 de noviembre de 1972, pag. 655.
[viii] Montserrat, Marcelo, “La recepción del darwinismo en la Argentina: la etapa positiva”, en revista Criterio, Buenos Aires, Nº 1656 año XLV, 22 de noviembre de 1972, pag. 656
[ix] Montserrat, Marcelo, “Holmberg y el darwinismo en Argentina”, en revista Criterio, Buenos Aires, Nº 1702 año XLVII, 22 de noviembre de 1974, pag. 592.
[x] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 56.
[xi] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 104.
[xii] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 89.
[xiii] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 158.
[xiv] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 182.
[xv] Holmberg, Eduardo L., Dos partidos en lucha / Fantasía científica, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2005, pag. 201.
[xvi] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 70
[xvii]188VMDSNN
[xviii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 67.
[xix] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 74.
[xx] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 12.
[xxi] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 12.
[xxii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 58.
[xxiii] Holmberg, Eduardo L., Filigranas de cera / y otros textos, Buenos Aires, Ediciones Sigmurg, 2000, pag. 101.
[xxiv] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 161.
[xxv] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 166.
[xxvi]Holmberg, Eduardo L., Filigranas de cera / y otros textos, Buenos Aires, Ediciones Sigmurg, 2000, pag. 196.
[xxvii]Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 233.
[xxviii]Holmberg, Eduardo L., Olimpio Pintando de Monalia, Buenos Aires, Ediciones Solar, 1994, pag. 122.
[xxix]Holmberg, Eduardo L., Olimpio Pintando de Monalia, Buenos Aires, Ediciones Solar, 1994, pag. 196.
[xxx]Holmberg, Eduardo L., Olimpio Pintando de Monalia, Buenos Aires, Ediciones Solar, 1994, pag. 238-239.
[xxxi]Reggini, Horacio C., Eduardo Ladislao Holmberg y la Academia / Vida y obra, Buenos Aires, Ediciones Galápagos, 2007, pag. 44-46.
[xxxiii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 162.
[xxxiv] Holmberg, Eduardo L., Filigranas de cera / y otros textos, Buenos Aires, Ediciones Sigmurg, 2000, pag. 194.
[xxxv] Holmberg, Eduardo L., Cuentos Fantásticos, Buenos Aires, Edical, 1960, pag. 240.
[xxxvi] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 70.
[xxxvii] Holmberg, Luis, Holmberg: el último enciclopedista, Buenos Aires, talleres de Don Francisco A. Colombo, 1952, pag. 127.


Seminario de los jueves