Seminario de los jueves


 Un día en la vida de Kant (Ernesto G. D´Amico)

 

 En este trabajo se ponen en relación dos cosas: lo que Kant hacía con regularidad y los principios que sustentarían esas acciones. Para ello he recurrido a dos tipos de fuentes. Las acciones las extraje de la biografía de L. Borowski, Relato de la vida y el carácter de Immanuel Kant, y de la de E. Wasianski y T. De Quincey, Vida íntima de Kant, que recomiendo. Borowski y Wasianski fueron sus discípulos; Wasianski fue su amigo. Los principios los extraje de las obras de Kant, principalmente de un texto intitulado Sobre el poder de las facultades afectivas para dominar los sentimientos patológicos mediante el simple propósito. También utilicé la Antropología, la Pedagogía y Qué es la Ilustración?
 
 Sobre el poder de las facultades afectivas es en la literatura de Kant un texto menor. Además es breve; está mal escrito, o mal traducido, y sus temas son poco “filosóficos”. Empecé a entender algo más después de algunas relecturas. Ese mismo lenguaje oracular lo hizo atractivo, y descubrí que este libro, que tenía desde hace mucho, habla de cosas que me interesan.
 Accedemos por él al cuerpo del último Kant. Allí confiesa, por ejemplo, una dificultad para pensar. Es un embotamiento, una dispersión involuntaria que impide el enlace de las ideas; una impotencia para unir, para retener en el cambio de las ideas sucesivas la unidad de la conciencia de las mismas. Por eso a cada rato tiene que preguntar: ¿dónde estábamos?, ¿de dónde partimos? La causa de este incidente patológico sería un “catarro epidémico unido con opresión de cabeza”, “una artritis que en parte se ha fijado en el cerebro”, “un estado espástico involuntario del cerebro”.Esta dificultad -dice- constituye la invalidez de un metafísico, que siempre debe tener a la vista el todo del sistema. Esta confesión relativiza la afirmación principal del libro según la cual los incidentes patológicos pueden ser dominados voluntariamente, en tanto que demuestra precisamente que no todos ellos pueden serlo.
 Los principios que se postulan allí no son indubitables ni tienen un alcance universal. Son presentados como sugerencias. Están forjados a partir de la experiencia personal de Kant, y son sometidos modestamente a la consideración de los demás, al contraste con las experiencias de otros. Este Kant ya no tiene aquel tono seguro de sí de la Crítica de la razón pura, donde dice su metafísica es la única entre todas las ciencias que puede prometerse perfección, y a la posteridad sólo queda arreglarlo en la forma didáctica que más convenga a sus ideas, sin poder por eso aumentar en lo más mínimo el contenido.
 Kant se pone como ejemplo a sí mismo; habla en primera persona, “me veo obligado a hacer oír mi Yo”, dice. En la narración de las sensaciones personales, esto es absolutamente necesario, aunque denota inmodestia en la exposición dogmática, que se refiere a la experiencia común. La experiencia propia se dice en el lenguaje de la confesión que el paciente hace a su médico.
 Este es un Kant distinto.
 
 El cuerpo de Kant era de constitución débil, de naturaleza enfermiza. Kant decía sentir un dolor, una presión bajo el pecho, en la boca del estómago, que no cesaba nunca. También decía que nunca había necesitado de cuidado médico. Entendía que su salud y su ancianidad eran el producto de sus propios y continuos esfuerzos. Entendía su “salud” no como una ausencia de dolor, sino como una alegría nacida de la conciencia de sus actividades vitales. Porque –dice- se siente alegría más con aquello de que se hace libre uso que con aquello de que se goza. Así el trabajo intelectual opone una sensación vital a dolores que sólo importan al cuerpo; se puede sentir una constante e intensa opresión de pecho, mientras en la cabeza reina la serenidad. Algo similar decía Epicuro a Idomeneo: los dolores de mi estómago y vejiga son extremos, pero a ellos se opone el gozo del alma por el recuerdo de nuestras pasadas conversaciones filosóficas.
 Kant dice tener una predisposición natural a la hipocondría. Lo presenta sólo como una tendencia que además tendría causas reales: un pecho estrecho y liso que deja poco espacio al movimiento del corazón y de los pulmones. La razón por la que no se incluye dentro del grupo de los hipocondríacos es que él habría podido vencer esa tendencia mediante el firme propósito, en tanto que el hipocondríaco no puede curarse mientras padece esta enfermedad. No puede exigírsele que domine sus sensaciones patológicas, pues si pudiera no sería hipocondríaco. La hipocondría es un producto de la imaginación; es la enfermedad “poética”: el paciente cree notar en él mismo todas las enfermedades que lee en los libros.
 El hipocondríaco busca en vano la ayuda del médico, busca fuera de sí. Es débil o, lo que es parecido, cómodo. Es cómodo no estar emancipado, dice Kant en ¿Qué es la Ilustración? Este “atormentador de sí mismo” es un buen candidato a la categoría de “menor de edad”.
 Pero no sólo el hipocondríaco es cómodo sino cualquiera que se coloque bajo la tutela de alguien. Por comodidad nos colocamos, por ejemplo, bajo la tutela de un médico que prescribe las dietas. La pereza nos hace menores; culpables de la incapacidad de servirnos de nuestra propia razón. No es que el médico quiera, como el sacerdote, ejercer tutela; “en lo que atañe a las ciencias y las artes los que mandan no tienen ningún interés en ejercer tutela sobre sus súbditos.” El problema no son los médicos sino ir a buscarlos sin tomarse el trabajo de pensar. El saber médico no es rechazable en sí. Kant lo consideraba críticamente. Como estaba permanentemente preocupado por su salud, se interesaba mucho en los nuevos descubrimientos médicos, pero los enviaba al tribunal de la razón. Ser “ilustrado” en cuestiones de salud significa que la última palabra la tiene uno. Pensar por sí mismo es, aquí, curarse a sí mismo. Kant conocía la obra del físico escosés Brown -la teoría brunoniana-, los “Ensayos” del Dr. Beddoe sobre la curación de la tuberculosis, el método curativo de Reich para las fiebres, el descubrimiento de Jenner sobre la vacuna. Se interesaba también por las consideraciones antiguas, como el libro de Agustín sobre el galvanismo.
 
 Tanto Descartes como Kant pensaron cuáles serían las mejores condiciones de vida. Era para ellos una preocupación personal, relativa a la vida cotidiana. En esto son pensadores antiguos. Se refieren a los antiguos o hablan como ellos. A veces retoman sus enseñanzas, y no pretenden ninguna revolución fundamental. Para ellos, la filosofía no es una terapéutica –como sí lo era para Sócrates, los epicúreos o los estoicos-, pero no dejan de averiguar acerca de la salud o la serenidad.
 No obstante, es original de los filósofos modernos la idea de que las condiciones óptimas de vida son aquellas que garantizan la actividad, entendida por ejemplo -aunque no exclusivamente- como producción de pensamiento. El modo de vida tiene que estar en función de un poder hacer. Dice Nietzsche que los filósofos tienen una predilección por el ideal ascético, el cual está en función de alcanzar un máximo en el sentimiento de poder. Ni Descartes ni Kant se casaron. El matrimonio sería un obstáculo en el camino hacia ese óptimo.

 Pero Descartes y Kant no piensan el problema de la misma manera. Porque para Descartes, el modo de vida es sólo un medio, nunca un fin. El retiro, la soledad, son medios cuyo fin es el ejercicio del pensamiento. Kant creía que una vida saludable es medio para una mayor actividad intelectual, pero creía, además, que la actividad intelectual es uno de los medios para una vida larga y saludable. Ésta es, en Kant, fin en sí mismo. Él no se casó, y una de las razones es que la experiencia –según dice- da relativamente pocos ejemplos de aquellos que han llegado a bastante viejos viviendo juntos.
 Por otra parte, en Descartes, las óptimas condiciones de vida dependen de una correcta distribución de los espacios. El “retiro” es, en definitiva, un problema espacial. Todo consiste en hallar el sitio cómodo para recluirse y pensar; un espacio convenientemente separado del espacio de las distracciones, las perturbaciones y los riesgos. Descartes encuentra ese espacio en un país extranjero, en una ciudad, en la casa propia, en el cuarto, en el yo. En Kant, en cambio, las óptimas condiciones de vida dependen de una economía del tiempo. Todo el problema consiste en repartir exactamente las acciones en el día y repetir ese día infinitamente; ajustar el cuerpo a los tiempos del reloj para que pueda durar. El tiempo es la diferencia que introduce Kant. Quizás por esto la anécdota más recordada sea aquella que dice que la regularidad de sus salidas servía a los burgueses de Königsberg para poner el reloj en hora.
 
 Conocer un día en la vida de Kant es tener una vida bastante aproximada de cómo vivió. Porque ese día se repite infinitamente.
 Las acciones se inscriben en una rutina. Sólo algo demasiado importante puede alterar esta “regularidad matemática”: sólo dos veces dejó de hacer su itinerario habitual: una para quedarse leyendo el Emilio de Rousseau; otra para recibir anticipadamente la prensa francesa que traía noticias de la revolución. La repetición alcanzó incluso los gestos mínimos en los últimos días de Kant: se aflojaba y ataba el pañuelo del cuello o el cinturón de la bata veinte veces en un minuto.
 Kant vivía según principios. Toda acción, dice, se origina en principios. Los principios dan lugar a los hábitos de conducta, aunque en algunos casos la tarea de los principios no es producir sino borrar una costumbre. Un ejemplo lo mostrará. Kant se había habituado a Lampe, su criado durante cuarenta años. Éste se había vuelto negligente cuando Kant se volvió débil, llegando a abusar del dinero o –según confesó Kant con humillación- tratándolo una mañana en una forma que sería vergonzoso explicar. Kant tuvo que despedirlo, pero nunca se adaptó a su nuevo criado, Kauffman. Extrañaba el “viejo rostro familiar”. Tuvo que hacerse de un principio. Escribió en su libro de notas: “el nombre de Lampe ya no debe ser recordado más”.
 
 Los principios según los que vivía Kant no son morales. Son principalmente dietéticos. Tienen una función higiénica. Tienen que ver con el cuerpo, con la enfermedad, más que con las inclinaciones. Apuntan a la actividad, o sea, a la salud, y en consecuencia a la longevidad. Estos principios conforman una dietética, que piensa cosas como el frío y el calor, el sueño, el trabajo o el pensar, el descanso, la comida y la bebida, el paseo, la respiración, la soledad y las compañías. Se trata de conocer el qué, el cuánto y el cuándo.
 La dietética –definida como el arte de prevenir las enfermedades- no debe estar calculada sobre la comodidad. Hay comodidad cuando se busca ayuda fuera de sí, en la farmacia o la cirugía; o sea, en una medicina simplemente empírica y mecánica. Esto es una “falta de ejercicio” cuya consecuencia es la debilidad, el agotamiento paulatino de la fuerza vital.
 La dietética debe fundarse en una medicina filosófica, es decir, en el “estoicismo”. Esto implica el esfuerzo, el uso de la razón y la regularidad. El “estoicismo” del que habla Kant significa que el modo de vida esté determinado por el poder de la razón; que se dominen los sentimientos patológicos mediante una máxima dada a sí mismo. De aquí surge el título del libro. El “estoico” encuentra los medios en sí mismo y no fuera de sí. El estoicismo enseña lo que es un “deber en sí”, lo conveniente, y esto difícilmente coincida con lo más cómodo. Es así que no conviene dormir mucho ni repetidamente (como en la siesta de los españoles), pues la cama es nido de gran cantidad de enfermedades. Es cómodo lavarse los pies con agua tibia en invierno, pero es conveniente mantenerlos fríos, para no resfriarse. Es cómodo cuidarse o dejarse cuidar en la vejez o, en general, dejar a otros el trabajo que podría hacer uno mismo; pero esto ocasiona el envejecimiento prematuro y la abreviación de la vida.

 
 En las lecciones conocidas como Pedagogía Kant habla de la importancia de la disciplina. Y hay que tener en cuenta la importancia de esta palabra, disciplina, también en su vida. Kant decía que una cama dura es mucha más sana que una blanda, y asimismo, que una educación dura (que impide la comodidad) hace fuerte al hombre. No son buenos los cuidados excesivos ni abrigarse demasiado. Incluso en invierno, la habitación ha de ser fresca, frías las bebidas y fríos también los baños.
 La disciplina es una coacción; es la sumisión de la animalidad, esto es, de la independencia respecto de las leyes. Su función es negativa: borrar del hombre (individual y social) la animalidad. Bárbaro –y no libre- es quien sigue todos sus caprichos. La disciplina impide que el hombre, llevado por sus impulsos animales, se aparte de su destino, la humanidad. La barbarie o falta de disciplina es peor que la falta de cultura (necedad), porque la cultura puede adquirirse más tarde, pero la barbarie no puede corregirse nunca. La disciplina no es esclavitud, o no debe convertirse en esclavitud. En esta coacción, la libertad debe sentirse siempre. El hombre debe sentir que así se lo conduce a un buen uso de su libertad. La disciplina es el plan de conducta que ha de construirse el hombre a partir del hecho de que no tiene ningún instinto.
 
 Kant se dormía a las diez y se levantaba a las cinco. El sueño no debía durar más de siete horas. Kant adapta al sueño un principio turco sobre la predestinación en relación con la comida: desde un comienzo le fue atribuido a todo hombre su cantidad de sueño, por lo tanto aquel que haya consumido demasiado sueño durante su vida (más de una tercera parte) no dormirá mucho tiempo, o sea, no vivirá mucho tiempo.
 Cinco minutos antes de las cinco escucha la voz militar de Lampe: “!Señor profesor, es la hora!” Lampe había servido en el ejército prusiano y al licenciarse entró al servicio de Kant. Kant se levantaba a las cinco. Desayunaba con dos o tres tazas (a veces más) de té muy flojo. Luego fumaba una pipa de tabaco, la única que se permitía en todo el día. A las siete daba sus lecciones. Regresaba a las nueve. Entre las nueve y la una se ocupaba de sus trabajos.
 Creía que la filosofía o el simple filosofar combaten las sensaciones patológicas. Recarcen muy bien, por ejemplo, de las debilidades corporales de la vejez. Las facultades afectivas se agitan, adquieren interés en su propia actividad; se hacen fuertes e íntimas, no permitiendo que se estanque la fuerza vital, y esto es un medio de defensa contra ciertos sentimientos desagradables -mediante una apreciación del valor racional de la vida. Lo mismo ocurre con toda actividad que ofrezca perspectivas nuevas para la ampliación de los conocimientos. Por ejemplo, las matemáticas. La idea de progreso rejuvenece y prolonga la vida.
 También las mentes limitadas pueden vivir bien y mucho, mediante los “simples jugueteos”, o sea, quehaceres que llenen el tiempo, para no morir de aburrimiento. Un hombre ya muy viejo, tenía gran interés en que los muchos relojes de sobremesa que había en su habitación sonaran siempre uno detrás de otro, pero nunca dos al mismo tiempo. Otro se mantenía ocupado con el mantenimiento y cuidado de sus pájaros. Una anciana llenaba el tiempo en la rueca hablando insignificancias.
 El reposo después del trabajo es el mayor goce sensible, dice en la Antropología. No se confunde con la pereza, que es la propensión al reposo sin trabajo anterior. Es preciso engañar la natural inclinación a la comodidad, matar el tiempo conversando, interviniendo en algún juego pacífico y sin finalidad, cultivando las bellas artes o el espíritu. Porque la comodidad, por el aburrimiento, es causa del sentimiento de repugnancia de la propia existencia.
 
 Kant almorzaba a la una. Una menos cuarto en punto se levantaba de su sillón y tomaba una copa de vino de Hungría o del Rhin, un cordial, o el compuesto inglés llamado “Bishop”.
 En 1798 Kant tuvo su casa propia e invitaba diariamente a su mesa a algunos amigos, tres, cinco, nueve. Por principio debían ser diez, sin contar al anfitrión. La compañía no debía estar por debajo del número de las Gracias ni por encima del de las Musas. ¿Para qué? Para que no se estanque la conversación. El anfitrión -y a Kant le gustaba serlo- debe hacer que la conversación se mantenga en marcha constante, remediando cualquier contingencia desagradable que pueda surgir y que hace que nadie se atreva a proponer algo nuevo.
 La sobremesa se prolongaba desde la una hasta las cuatro o cinco de la tarde. La mesa constituía los placeres sensuales y los sociales. Dice en la Antropología que una buena comida en buena compañía concuerda con la humanidad. La humanidad es la combinación, en la práctica, del bien físico y el bien moral; une el bien vivir con la virtud en el trato social. La combinación proporcionada de ambos bienes proporciona una felicidad pulida. Es así que en la mesa puede insinuársenos cotidianamente nuestro destino.
 En cuanto a lo sensual, Kant exigía carne tierna, buen pan y buen vino, en los primeros años tinto, posteriormente blanco. La vejez –creía- exige comidas fuertes y bebidas estimulantes.
 Después de comer, venía el café. En el momento de ser avisado, el sirviente debía echar el café en el agua, y para eso ya tenía que estar molido y el agua hirviendo. Porque, decía el viejo Kant, el café debía ser traído “en el mismo instante”. Se le hacían interminables esos instantes que había que esperar para darle el tiempo de hervir. Había perdido por completo la medida del tiempo, lo que se tradujo en impaciencia. Un breve lapso tenía para él una duración excesiva. Los amigos le decían: “Querido profesor, van a traer el café al momento”. Kant respondía: “!Van a traer! Eso es lo malo, que van a traerlo.”
 De todos modos, había una prioridad de los placeres sociales por sobre los sensuales. La “pequeña sociedad de la mesa” ha de tener por fin el deleite social. La satisfacción corporal es sólo un medio. La sociabilidad es una virtud, y se distingue de la inclinación al trato social, del goce del trato social que se realza fastuosamente con prodigalidad, que es una falsa sociabilidad, una pasión, un bien vivir que quebranta la humanidad.
 Es importante estar acompañado en la mesa, además, por razones de salud; para no pensar. El tiempo de la comida está dedicado a la restauración. En una comida sin compañía, el estudioso tiende a ocuparse con un pensamiento determinado o con la lectura de libros. Es una de las formas del “pensar a deshora”. Cargar la cabeza y el estómago con dos trabajos al mismo tiempo produce hipocondría. La fuerza vital se desvía del estómago, al que se molesta, por el trabajo de la cabeza. Es preciso una dieta en el pensar. Ésta prescribeparalizar, mediante el firme propósito, el pensamiento intencionado, y dejar que la fantasía actúe libremente. Y la compañía lo favorece.
 
 Después de la mesa, iba Kant de paseo. El paseo es un momento dedicado a la restauración y al ejercicio. Caminaba una hora, despacio y solo. No es tiempo de compañías, ni de pensar. Ocuparse con un pensamiento determinado al andar es otra forma del pensar a deshora. Produce mareo. La fuerza vital es desviada, ahora, de los pies. Los estudiantes no pueden evitar entretenerse con la meditación en paseos solitarios; “pero he experimentado en mí mismo y oído a otros a quienes pregunté, que pensar de firme paseando debilita rápidamente.” Igual que al comer, hay que dejar que la fantasía actúe libremente. “El paseo al aire libre tiene precisamente la misión de relajar la atención sobre cada objeto particular mediante el cambio de los objetos.” El paseo es saludable, además, porque se puede beber el aire atmosférico a grandes tragos, lo que refuerza la sensación de vitalidad. Pero esto se produce sólo si se inspira por la nariz con los labios cerrados, y no aspirando con la boca abierta. Por eso es de la mayor importancia dietética habituarse en el paseo a respirar por la nariz.
 

 Al regresar Kant se sentaba a su mesa de trabajo hasta la noche. En su vejez, no cenaba. Si en la juventud conviene consultar el hambre y la sed, en la edad avanzada, en cambio, no es conveniente tomar más de una comida en veinticuatro horas. El estímulo a cenar después de una comida suficiente a mediodía es una sensación patológica, dominable. La vejez rehúsa las comidas sólidas en cantidad y los líquidos en cantidad –sopas o demasiada agua. Además, no se duerme bien con tanta agua porque con ello se reduce el calor de la sangre. Se trata, entonces, mediante el firme propósito, de no ceder inmediatamente al acceso de sed.  

 Kant esperaba la llegada del sueño –decía- empaquetado como un gusano de seda en su capullo, porque se envolvía en una manta, y cuando el frío era intenso usaba dos o agregaba un edredón. El sueño debía llegar precisamente a las diez, sin dilación. Kant había comenzado a padecer insomnio. Tres, por lo menos, eran las causas: sostener un pensamiento excitante, la tos y la sed. Estas últimas se presentaban poco después de apagar la luz y echarse en la cama. El sentimiento patológico del insomnio fue vencido. El consejo dietético general contra el insomnio es desviar la atención del objeto en cuestión y fijarla, con esfuerzo y mediante el firme propósito, sobre cualquier otro. Un cuarto de hora antes de dormir procuraba apartar todo pensamiento. Si se desvía la atención de todo pensamiento excitante, y se la fija sobre cualquier objeto (Kant lo conseguía fijando sus pensamientos, por ejemplo, sobre las muchas ideas que contiene el nombre “Cícero”) brota paulatinamente una confusión de las imágenes; la conciencia entra en el juego involuntario de la fantasía, o sea, en el ensueño. De igual modo había conseguido desviar la atención del estímulo de la tos. Y en cuanto a la sed, en vez de ir a oscuras a otra habitación buscando a tientas la jarra y el vaso, consiguió, con gran esfuerzo, beber aire por la nariz, respirando fuerte varias veces elevando el pecho, y en pocos segundos la sed desapareció completamente. De todos modos, si por la noche tenía necesidad de levantarse y salir de su habitación, tenía para guiarse una cuerda que ataba cada noche a uno de los barrotes de la cama y conducía a la habitación contigua. Y así cada pequeña acción, cada pequeño gesto, respondía a un plan. 

 Aquí termina un día en la vida de Kant.


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