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“El retiro del mundo. Descartes” (Ernesto G. D´Amico)
Hay un modo según el cual Descartes piensa cualquier cosa, un modo de pensar en general, que atraviesa las diferentes zonas expresivas de su producción. Recorto algunos textos, y distingo tres niveles de discurso. Uno realista, conformado por pasajes autobiográficos en Preámbulos y Discurso del método, donde Descartes relata su itinerario vital. Otro más bien ficcional, conformado por ciertos pasajes -comienzo y final de la primera meditación, comienzo de la segunda- que ambientan el pensamiento, que sitúan al pensador. Y un tercer nivel de prosa filosófica que conserva todavía mucho de la autobiografía y de la puesta en escena: me referiré particularmente a las Meditaciones metafísicas. Un poco de autobiografía, un poco de literatura, un poco de filosofía. Es por ese “pensamiento general” que las distintas obras se conectan, las expresiones repercuten aquí y allá, o las soluciones a problemas distintos se parecen. Hay continuidades entre los tres niveles. No sólo porque cada uno aparece a continuación del otro, o sea, porque en la lectura pasamos de nivel imperceptiblemente, y no sabemos exactamente dónde comienza y acaba cada uno; continuidades, también, porque los términos, los conceptos, las distinciones y hasta los giros de frase que aparecen en un cierto nivel reaparecen indiferentemente en el otro, o bien, encuentran en el otro una especie de traducción. Con casi las mismas palabras Descartes puede escribir una carta y un texto filosófico. Con casi las mismas palabras describe su vida y construye la escena del meditante. A su vez, toda esta narrativa trabaja con distinciones similares a las que luego establece la filosofía. Los recursos narrativos resultan inescindibles del pensamiento filosófico. Por ejemplo, la soledad es biográfica: situación real de René Descartes; es literaria: situación ficcional del meditante, personaje singular y con cuerpo cuyo nombre desconocemos; es finalmente filosófica, momento gnoseológico y metafísico “vivido” por un yo universal, puro espíritu: solipsismo. Asimismo, el encierro y la soledad están planteados como condición del ejercicio del pensamiento: en Discurso del método Descartes dice que “permanecía todo el tiempo encerado solo en una estufa, con todo el ocio necesario para entregarme a mis pensamientos”; en Meditaciones dice haberse “procurado descanso seguro en una tranquila soledad” para aplicarse a destruir todas sus antiguas opiniones. (Un texto como Las pasiones del alma ya no establece este tipo de continuidad con los demás.) En Franeker, Descartes habita un pequeño castillo que un foso o zanja separa del resto de la ciudad. Se abre un abismo entre el yo y el mundo. Descartes inventa el par yo-mundo como dos instancias opuestas, separadas, excluyentes, por más que el yo pueda salir al mundo y el mundo entrar en el yo. Se sirve de ese par para narrar su vida, darse unas reglas de conducta, o distribuir filosóficamente el ser: separación entre sustancia pensante y sustancia extensa. Tanto la vida como la filosofía cartesianas presentan un movimiento, un ir y venir entre esos dos polos, un movimiento del yo al mundo y del mundo nuevamente al yo. Establecida la zanja, Descartes no cesa de cruzarla en una y otra dirección. Descartes dice que apenas pudo dejar la sujeción de sus preceptores abandona las letras y comienza a buscar la ciencia. Entonces se encuentra ante la alternativa de buscar la ciencia “en mí mismo” o “en el gran libro del mundo”. Buscar la ciencia en el mundo es salir, frecuentar personas, adquirir experiencia. Buscarla en sí mismo es encerrarse, solo, en un cuarto. Descartes oscila entre los dos extremos. Se distinguen cuatro momentos, según la serie mundo – yo – mundo – yo. El primero concierne al mundo. Descartes dice emplear su juventud en viajar, ver cortes y ejércitos, personas de índole y condición diferentes, recoger diversas experiencias. El segundo momento es una primera reclusión. Decide estudiar en sí mismo y elegir qué caminos debía seguir. En un pueblo de Alemania, permanece todo el día encerrado solo en una estufa. Es entonces cuando crea una moral provisional. En un tercer momento, una vez hecho con esas máximas, sale nuevamente al mundo, ahora con el fin de deshacerse de todas sus antiguas opiniones, y espera conseguirlo frecuentando personas. El cuarto momento es una segunda reclusión. Es el retiro del mundo. Descartes dice haber resuelto alejarse de todos los lugares donde podía tener conocidos y retirarse a Holanda, donde ha podido vivir “tan solitario y retirado como en el más lejano desierto”. En las Meditaciones tenemos una resonancia de este ir y venir. Se articularía en tres momentos, según la serie mundo – yo – mundo. En el primero, la existencia del mundo se da por sentada a nivel de la dóxa. El meditante y sus opiniones son elementos de ese mundo y, a la vez, la existencia del mundo es parte de las antiguas opiniones. En el segundo, la existencia del mundo es objeto de duda, e inmediatamente se conforma el yo. Como en la autobiografía, la afirmación en el yo mantiene una relación de causalidad con el apartamiento del mundo. En el tercer momento, hay una recuperación del mundo: el mundo existe y puede ser conocido. Los dos polos no tienen el mismo peso. El yo tiene mayor atracción. Si, biográficamente, sale al mundo no es para perderse en él, sino para pensar: descansar, distraerse para volver a recluirse, corroborar lo pensado. Y filosóficamente, el conocimiento de la existencia del mundo es deudor del conocimiento de la existencia de un Dios veraz, que a su vez es deudor del conocimiento de la existencia del yo. Algo diferente ocurre en el pensamiento moral. Supuesto el mismo par, aquí parece pesar más el polo del mundo. Hay un recostarse en el mundo en tanto que las convicciones del yo permanecen en suspenso: obedecer las leyes y las costumbres, la religión, ciertas opiniones (primera máxima); “cambiar mis deseos más que el orden del mundo” (tercera máxima). El Discurso del método es una historia: la historia de los pensamientos de Descartes, que se conectan en un relato y no sólo en un sistema. En las Meditaciones, hay pérdida y hay recuperación del mundo, y ambas son paulatinas. En primer lugar se pierden las cosas compuestas: primero las cosas sensibles alejadas o poco sensibles, luego las cosas sensibles próximas. En segundo lugar, se pierden las cosas más simples y universales, que también son mundo y que son objeto de la geometría (primera meditación). Se recuperan primero estas esencias (quinta meditación) y luego las cosas materiales en tanto materiales (sexta meditación). El solipsismo nace y muere, también paulatinamente. Se insinúa ya en la primera meditación, a partir de que la existencia del mundo se torna dudosa; estrictamente nace en la segunda (el yo es la única existencia de la que hay evidencia), y dura sólo hasta la tercera meditación, donde se demuestra por primera vez la existencia de Dios. Las Meditaciones no son un tratado. En lugar de un compendio de enunciados cuya verdad queda establecida de una vez y para siempre, tenemos posibilidades abiertas que duran más o menos. Por eso siempre es importante saber en qué momento estamos, qué escena observamos, a qué combinación de posibilidades asistimos. Pues lo que vale ahora puede que no valga después. Las Meditaciones son una historia; presentan un recorrido, un itinerario, y en esto se unen vida y filosofía. La vida pasa literariamente a la filosofía, y la filosofía deviene vital en virtud de su literaturización. Como texto, las Meditaciones constituyen algo maravilloso, una perla en la historia de la filosofía. Una ficción cuya fuerza gravó para siempre la imagen de lo que es un pensador. Una construcción blanda, con sus idas y vueltas, nacimientos y muertes, pérdidas y recuperaciones, en donde todo finalmente cierra. Un “edificio”. Una lección de que se puede ser sistemático en un relato. Y la idea de que la filosofía más estricta es también un juego. El método de exposición es la vía analítica. El análisis muestra el camino a través del cual una cosa ha sido encontrada metódicamente. Es el “orden del descubrimiento”. Este movimiento del espíritu es propio de la ascesis. Una meditación es una ascesis, un ejercicio espiritual. La ascesis metafísica procede lenta y fatigosamente al “alejamiento del espíritu del comercio de los sentidos”, y a la liberación de la mente de prejuicios recibidos a través de los sentidos. Las “primeras nociones” se alcanzan como el fruto de una larga meditación. Una meditación es la exposición del propio viaje de descubrimiento, traspuesto a lo más profundo de la interioridad. Es la aventura del sujeto en camino, que busca. Itinerario activo. Descartes no intenta ni siquiera persuadir a los demás –tiene dificultades para comunicar sus resultados. Está solo. Y el lector, por su parte, no debe sólo leer, sino meditar las cosas de que se trata. Todo ese ir y venir culmina en el retiro –como la duda (oscilación) termina en el yo. El retiro del mundo es una figura de la época que tiene en el texto cartesiano su propia especificidad. Es una separación del mundo, un aislamiento y, a la vez, un recogimiento. El espacio del retiro cartesiano no es la montaña, el monasterio, el desierto, pero tiene un encierro de monasterio, una lejanía de montaña y una soledad de desierto. Es la casa, la casa propia, y más específicamente el cuarto, la habitación. Una casa en medio de la ciudad; ciudad de un país civilizado, preferentemente del extranjero: Alemania, fundamentalmente Holanda (“lejano desierto”). Las ciudades del norte de Holanda son la tierra del exilio voluntario. Siempre es bueno tener casa, pero hay casas que es preferible no habitar. Las antiguas opiniones son una mala casa. El filósofo destruye el “edificio” de las antiguas opiniones, derribando sus “cimientos” (fundamentos): los sentidos y la razón. Dudar es la intemperie. Mientras está sin casa (irresolución en los juicios) se provee de otra en otro terreno (resolución en las acciones). La moral provisional es una casa provisional en donde se puede estar “alojado cómodamente” mientras se trabaja, mientras se viaja. En tanto, el filósofo no deja de planear la construcción de una casa definitiva en el primer terreno, que esta vez tendrá un cimiento seguro: el pensamiento. El retiro es la condición del ejercicio del pensamiento, porque trae una serie de factores que lo favorecen, que tienen en el pensamiento su fin. Retiro significa soledad, ocio, tranquilidad, seguridad, paz y libertad. Todo esto es estar cómodo. Lo que tiene que ofrecer el espacio del retiro (la casa, Holanda, Holanda como casa) es una comodidad que favorezca el trabajo, es decir, el pensamiento. No se piensa en el mundo. El mundo es espacio de diversión, distracción, conversaciones. Pero también es fuente de perturbación. No se puede pensar divertido. No se puede pensar perturbado. Distintas clases de cosas pueden perturbar: las pasiones, la persecución ideológica, las visitas de conocidos, la curiosidad de desconocidos, el clima (calor, demasiado frío), la inseguridad, el desorden. Descartes aprecia de Holanda el orden: “la larga duración de la guerra ha hecho que se establezcan tales órdenes, que los ejércitos que se mantienen parecen no servir más que para lograr que se gocen los frutos de la paz con tanta mayor seguridad”. Aprecia la seguridad. Si puede aplicarse con libertad a destruir todas sus antiguas opiniones es porque se ha “procurado descanso seguro”. La seguridad de los Países Bajos contrasta, por ejemplo, con la inseguridad de Italia, donde “la oscuridad de la noche oculta robos y asesinatos”. El pueblo holandés es un pueblo muy activo, más cuidadoso de sus propios negocios que curioso de los ajenos. Descartes aprecia esto. Por lo mismo, prefiere en general la ciudad al campo. En la ciudad, cada cual está cogido por sus propios intereses, de modo que podría pasar allí toda la vida sin ser visto por nadie. En el campo, no se puede evitar que “gente humilde” de la vecindad venga a importunar, y sus visitas son más incómodas que las que se reciben en París. En el campo, la soledad no es perfecta. Además, por muy bien equipada que esté una casa de campo, siempre faltan las comodidades que no se encuentran sino en la ciudad. Descartes quiere vivir aislado, pero cerca de las comodidades de la ciudad. No da lo mismo cualquier ciudad. Prefiere las ciudades del norte de Holanda a París, porque en París “hay infinitas distracciones que no se pueden evitar”. Pasea cada día en medio de la “confusión” de la “gran población” holandesa. Así puede salir sin perder la condición del retiro. Se confunde, anónimo, en el gran número de un pueblo discreto. Siente paz. Pues el rumor de su tráfico no interrumpe el curso de su imaginación más de lo que lo haría el murmullo de un arroyo; mira a los hombres como miraría a los árboles, o a los animales de los bosques. Ningún otro país donde pueda gozar de una libertad tan completa. Descartes aprecia el clima de los Países Bajos, donde “una estufa y un gran fuego te librarán de tener frío”. Contrasta con el aire de Italia, donde el calor del día es insoportable y malsano el fresco de la tarde. El frío invernal es el clima propicio para la aplicación al estudio y a los pensamientos. Cierta vez Descartes se lamenta de un invierno “tan caliente que no se han visto ni hielo ni nieve”. Otra, escribe a Mersenne que se propone un estudio para el resto del invierno “que no tolera ninguna distracción”, y agrega “mientras no tengáis noticias mías, creeréis siempre, os lo ruego, que vivo, que estoy sano, que filosofo”. El filosofar tiene lugar “en una estufa”. En Alemania, dice en Discurso del método, permanecía todo el día encerrado solo en una estufa; en las Meditaciones, “estoy aquí, sentado junto al fuego”. Apreciada en Alemania, la “estufa” es la habitación caldeada por un gran fogón medianero con la cocina, por donde se le echa leña para no molestar al huésped. Montaigne loa ese “calor constante”, “tibieza de aire grato y moderado”, sin el humo y sin el viento que trae la abertura de las chimeneas a la francesa. Descartes ama el frío de los países donde saben defenderse de él. Es por eso que Holanda sí, Suecia no. El invierno lo mata. Es Descartes mismo quien propone la temporada que le será fatal: “pasar el invierno en Estocolmo”. Elige ir a Suecia justo antes de un invierno terrible. “Hacía mucho frío”. Dice en su última carta: “aquí los pensamientos de los hombres se hielan como las aguas... aquí no estoy en mi elemento”. Madruga mucho. Antes de las cinco, tiene que salir de la carroza y cruzar el puentecito que da entrada al palacio. Seis o siete semanas de lecciones “todas las mañanas”, o quizás sólo dos o tres veces por semana. Descartes muere a las cuatro de la madrugada. La muerte misma es un retiro (“Se retiraba contento de la vida...”) según lo viera Chanut. Cuando el yo decide salir, se transforman el afuera y él mismo en instancias complementarias. Surge un marco común. El mundo deviene teatro, y el yo un elemento al interior del teatro: actor, espectador. El mundo es un teatro en el que se representan comedias. En relación con él, Descartes se piensa de manera doble: ya como actor (comediante), ya como espectador. Luego de concebir las máximas abandona su cuarto; entonces –dice- “no hice más que rodar de aquí para allá por el mundo, tratando de ser espectador más que actor en todas las comedias que se representaban.” Mucho antes, dice un Descartes joven: “Como los comediantes llamados a escena se ponen una máscara para que no se vea el pudor en su rostro, así yo, a punto de subir a este teatro del mudo en el que hasta ahora sólo he sido espectador, me adelanto enmascarado.” Descartes tiene pudor. Tiende a esconderse. En 1640 frece asistir a las discusiones públicas de sus tesis con la condición de que pueda permanecer escondido en el palco. Pero ¿qué es la máscara? ¿La apariencia de creyente o de bienpensante siendo un libertino? ¿La condición de militar anónimo ocultando las aspiraciones científicas? La oposición actor-espectador tiene un lugar en la filosofía. Sus resonancias se hallan en la oposición entre “actuar”, en sentido moral, y “meditar y conocer”. Cito un pequeño pasaje de la primera meditación. Al introducir la hipótesis del genio maligno, Descartes dice que no es excesiva la desconfianza que demuestra, “ya que ahora no es cuestión de actuar, sino solamente de meditar y de conocer”. Se trata de dos actitudes divergentes en relación con la duda. En la meditación la duda es omnipresente: abarca todo, y lo dudoso es falso. En la moral casi no se duda, más bien se obedece, y lo dudoso es verdadero: seguir con constancia las opiniones más dudosas como si fuesen seguras (segunda máxima). Quiero decir que encuentro una continuidad entre las significaciones teatral y moral de actuar. Infiero, paralelamente, una conexión entre ser espectador (asistir a la representación teatral) y conocer (asistir a las representaciones mentales). El que conoce es aquel para quien el mundo deviene representación. Un espectador de teatro se ubica a la misma distancia que el filósofo respecto de la vida social o que la sustancia pensante respecto de la sustancia extensa: también entre escenario y espectador hay un foso. Mundus est fabula, dice Descartes. Léase “mundo” como vida social. Vanidad del mundo y de la vida mundana, se decía. O bien, en términos metafísicos: la realidad natural no es autónoma ni suficiente; el mundo no se sostiene a sí mismo; la física no es metafísica. El mundo es el ámbito del engaño. El yo reside auténticamente fuera del mundo. Allí el yo no aparece, es. Se recluye en la certeza de sí mismo al tiempo que se sustrae al engaño que está afuera, y que el yo puede presenciar, padecer y también ejercer. Pero la escritura no es sino un modo de salir al mundo y, como tal, de ejercer el engaño. Un libro puede ser una máscara: Mundus est fabula, léase mi “Mundo” es una fábula. (Es cierto que la verdad no deja de aparecer suficientemente a través del engaño; éste es un recurso para buscar o para decir la verdad. El “Mundo”, falso, es verdadero en comparación con el relato bíblico.) Nada en Descartes se sustrae al teatro. Ni siquiera ese ser que se pretende fuera del mundo. Adentro, hay un yo retirado, sin ropajes, casi desnudo, “vestido con una bata”: ¿cómo saberlo si no se nos ofreciera? El yo comienza por mostrarse. Descubrimos que el retiro no es, en esta instancia, más que un teatro. Las Meditaciones comienzan siendo un texto eminentemente teatral. El meditante es un actor en escena que se ofrece a un espectador-lector. Lo vemos de cuerpo entero, allí, en un cierto espacio, sentado junto al fuego, vestido con una bata, con un papel en las manos, tomando decisiones en voz alta. (¡Cuánta imagen!) Otros recursos hacen al efecto teatral. El uso del tiempo presente y de la primera persona, (“Hace algún tiempo que me he dado cuenta de que…”), el tono confesional, la mención de la edad (“he aguardado a alcanzar una edad que fuera tan madura que no tuviera que esperar otra posterior…”), de la situación doméstica (“mi espíritu está libre de toda clase de cuidados…”, “me he procurado descanso seguro en una tranquila soledad…”), la periodización de las meditaciones, como si cada una se llevara a cabo en el transcurso de un día, se escribiera en el mismo momento en que se realiza, y continuara al día siguiente (“La meditación que llevé a cabo ayer me ha colmado el espíritu de tantas dudas…”, “Me esforzaré, con todo, y seguiré de nuevo el mismo camino que había empezado ayer…”), la dramatización. El individuo privado es trágicamente reconducido a lo público en la misma medida en que pretende sustraérsele. Es la figura de quien se sustraería a toda representación al tiempo que es efectivamente quien se ofrece para la representación de todos: alguien cuya intimidad (¡aún ella!) es alcanzada por lo público. A medida que las meditaciones avanzan va quedando cada vez menos de todo esto hasta que ya no queda nada. El meditante se constituye en un yo que habla un discurso conceptual. Ha pasado de ser actor a ser espectador, o bien, más aún, se ha ido del teatro. Se ha retirado en serio. Simultáneamente nosotros hemos pasado de verlo a él a ver como él. Las cosas de que se habla se han vuelto también para nosotros representaciones. Se ha pasado de la representación teatral al problema filosófico de las representaciones mentales. Entonces el yo es una película transparente: vemos a través de él, pero no lo vemos. Quedamos adheridos al devenir de los pensamientos, mimetizados con el decurso conceptual. Quizás sea sólo esto último lo que se espera en todo tiempo de la filosofía. Pero Descartes se resiste. |