Seminario de los jueves

    
Romanticismo inglés del siglo XIX y construcción del Imperio Victoriano: Thomas Carlyle (1795-1881)
 
1. ¿Espontaneismo o planificación en el desarrollo del Imperio Británico?:
a. Sobre los modelos de legitimación del Imperialismo inglés
 
La afirmación de Sir John Seeley de 1883 de que “los británicos conquistaron y habitaron la mitad de la tierra en un rapto de distracción”[1] parece contradecirse bastante con lo que nos dice Joseph Conrad sobre el imperialismo en Corazón de las tinieblas:
 
“La conquista de la tierra, que en mayor medida significa la desposesión de aquellos que tienen una diferente complexion o narices levemente más chatas que las nuestras, no es algo bonito cuando uno se adentra en ello un poco. Lo que lo salva es solamente la idea – una idea que puede configurarse, que uno puede reverenciar, y ante la que puede ofrecer un sacrificio”.[2]
 
Tiendo a inclinarme por las palabras de Conrad. Y pretendo rastrear el derrotero de esa idea que estuvo por detrás de la conquista británica de la tierra. Me concentraré, en primer lugar, en el cambio del modelo de justificación del imperialismo británico ocurrido durante el pasaje del siglo XVIII al XIX (1790-1830).
 
En el siglo XIX, los británicos dejan de representar su Imperio como un producto accidental de aventuras marítimo-comerciales fundadas en un interés por la ampliación de mercados y comienzan a construir el British Raj. Se trata de un nuevo imperio “patriótico” o “político” que surge de sentimientos nacionalistas y conservadores en Inglaterra radicalmente opuestos al liberalismo de un Smith o mismo a un Bentham. Un nuevo imperio que se centra en la legitimación de la posesión de la tierra por parte de la Corona Británica, que privilegia la recaudación de impuestos sobre la tierra sobre la recaudación de impuestos sobre los bienes del comercio marítimo y que centraliza el gobierno del Imperio en el Estado quitándole los derechos de administración sobre Oriente a la Compañía de Indias. Uno cuyo punto cúlmine fue la coronación de la Reina Victoria como “Emperatriz de India”-- acontecimiento que podría verse como el intento más elaborado que presenció la era moderna de recrear el antiguo imperialismo romano (1858).
 
Pues sí, en el siglo XIX, los ingleses abandonan la imagen de que su Imperio era bien diferente del español al estar básicamente modelado por el de la Liga Aquea. De acuerdo al modelo imperial de la Liga Aquea, los intereses marítimo-comerciales tenían precedencia sobre los intereses políticos. Recordemos que hasta el siglo XVIII, el imperio británico estuvo constituido por una comunidad de grupos con intereses bien distintos: había colonos en América que eran disidentes, corporaciones comerciales dirigidas por elites capitalistas y republicanas, especuladores, campesinos… y que todos ellos gozaron de cierta libertad económica y política frente a la metrópolis que se expresaba en iglesias separatistas y asambleas coloniales que se resistían a los impuestos sobre los bienes y otras restricciones comerciales que pretendían implementar los gobernantes que representaban a la Corona. Ese débil control por parte de la metrópolis sobre las colonias tanto de América como de Oriente fortaleció el desarrollo de un capitalismo colonial y local. En fin, todos estos elementos fomentaron la imagen británica de que su imperio funcionó. desde sus inicios, como un plateau para el ascenso hacia el liberalismo, que su imperio fue desde los inicios un Commonwealth– figura política bien diferente de la de los imperios de las otras potencias europeas. Podríamos decir que esta visión del imperio británico fue la que le sirvió a Sir Seeley para despolitizar la aventura imperial británica tal como lo manifestó en esa célebre frase de 1883 que les mencioné al principio del trabajo.
 
Sin embargo, a partir de 1790, los británicos comienzan a adoptar el modelo romano de imperio – ese que antiguamente había sido legítimamente heredado por la unión del Papado y la corona española – y que justificaba el ius imperii, el derecho al gobierno de los territorios distantes, en una misión moral o religiosa transformadora de los habitantes nativos de las colonias. Cabe aclarar que este cambio ideológico e institucional del imperialismo británico se debió a un cambio de la escena política doméstica: a la disidencia de los campesinos católicos de Irlanda, al surgimiento del radicalismo de la clase trabajadora en Inglaterra y al ilimitado temor de los ingleses frente al republicanismo francés. En el siglo XIX, comienza a haber una fusión entre el Protestantismo, el comercio y la gloria nacional.
 
Los colegios Haileybury y Fort William empiezan a entrenar a una nueva raza de funcionarios coloniales protestantes leales a la Corona que nada tenían que ver con los antiguos funcionarios de la Compañía. Su objetivo era educarlos en una atmósfera bien alejada de la “habitual disipación y corrupción de la gente de India”. A diferencia de la administración de la Compañía, que tendía a establecer gobiernos compartidos con los Rajas y Pashas, el nuevo gobierno central rechaza la participación criolla y la nativa en el gobierno colonial. El Imperio británico del siglo XIX se vuelve aristocrático, autocrático y concentrado en valores agrarios. Alrededor de él, aparecen nuevas nociones de jerarquías raciales que fueron tomando cuerpo en instituciones y leyes. (Recordemos la novela Pasaje a la India de Forster, que creo representa muy bien este nuevo modelo de Imperio)
 
b. El papel de los intelectuales en este proceso de construcción imperial
 
El caso del juicio a Edward John Eyre, gobernador de Jamaica en 1862-5 es otro punto de inflexión en este derrotero de la idea imperial británica hacia la  exaltación del poder por sobre las libertades locales y hacia la integración cultural del imperio británico bajo la rúbrica de un “patriotismo agrario” que reuniría y fortalecería la comunidad moral de grandes y pequeños terratenientes ingleses más allá de los confines de la política doméstica. Tras la revuelta de los ex esclavos de las plantaciones de azúcar de Jamaica, Eyre ordena una fuerte represión que culmina en la matanza de más de 600 negros, otros 600 azotados y más de mil hogares destruidos. Rápidamente, los grandes de la Era Victoriana se alinean en dos grupos. Curiosamente, al comité de investigación liderado por John Stuart Mill – que intentaba destituir a Eyre de sus funciones y juzgarlo por sus crímenes contra la Humanidad – lo apoyaron fundamentalmente los escépticos hombres de ciencia: Charles Darwin, T. H. Huxley, Charles Lyell, Herbert Spencer entre otros; mientras que al comité de defensa de Eyre liderado por Thomas Carlyle – quien veía a Eyre como a un heroico hombre de fuerza – lo secundaron los hombres de letras: Charles Dickens, Alfred Tennyson, Charles Kingsley y John Ruskin entre otros.
           
Cabría preguntarnos entonces qué pasa con el romanticismo y el imperio?  Dada la curiosa agrupación recientemente mencionada, me gustaría pensar en lo que significó para este nuevo proyecto imperial este viraje de la conciencia que – en palabras de Isaiah Berlin – abandonó los valores universales de la Ilustración y la prédica del capitalismo y se vio afectada por el culto al talento, por esa precipitada invasion del emocionalismo, por ese repentino desorden y turbulencia que inundó al mundo de Occidente:
 
“Una conciencia para la que no tenía lugar el sentido común, ni la moderación, que creía en la necesidad de luchar por sus creencias incluso con el último suspiro. Que creía en el valor del martirio como tal, sin importar cual fuera el fin de dicho martirio. Que consideraba a las minorías más sagradas que a las mayorías, que tenía al fracaso por algo más noble que el éxito, pues éste último tenía algo de imitativo y vulgar”.[3]
 
2. Dos teorías de la Historia en la base del pensamiento político inglés:
a. Teoría escocesa ilustrada versus concepción heroica de Thomas Carlyle
 
 
Intento analizar el modo en que Thomas Carlyle contribuyó a este nuevo proyecto imperial. Para eso me ocuparé de su concepción romántica de la historia que definió como “la esencia de innumerables biografías”. En “Sobre los héroes, el culto al héroe y lo heroico en la Historia” nos dice lo siguiente:
 
La Historia Universal es “la historia de los Grandes Hombres que han trabajado allí. Los líderes, los grandes, los modeladores, los configuradores, y en sentido amplio los creadores de todo aquello que la masa de los hombres consiguió o intentó hacer. El alma de toda la historia del mundo, puede considerarse con justicia, como la historia de los grandes.”[4]
 
Se trataba de una visión de la historia radicalmente diferente de la concepción ilustrada elaborada por sus predecesores escoceses. La de Carlyle era una concepción francamente opuesta a aquella teoría de estadios del “progreso de la sociedad” hacia las instituciones políticas y comerciales representadas por Inglaterra. La teoría ilustrada sobre la historia de un John Millar, de un James Mill e incluso aceptada por un John Stuart Mill, planteaba un juego entre las determinaciones de las leyes de la naturaleza humana y las determinaciones de la providencia para explicar el cambio de las instituciones de la sociedad. El historiador realizaba estudios comparativos de las diferentes culturas, elaboraba explicaciones conjeturales de períodos enteros de la historia, los jerarquizaba en función de la evolución de la naturaleza humana planteando a la vez que las instituciones de la sociedad de cada época reflejaban un balance y equilibrio determinado providencialmente y terminaba concluyendo que las instituciones presentes de las sociedades no-Europeas eran la imagen de las de sus ancestros.
 
 Esta era una visión de la historia que mucho le había servido tanto al torismo como al liberalismo del siglo XVIII para fundamentar el ius imperii, el derecho al gobierno de territorios distantes en la superioridad de las instituciones europeas. Me animo a decir que la historia está en la base de la teoría política inglesa, de ahí la gran sensibilidad al conocimiento histórico que caracteriza incluso hoy a los ingleses. Más aún, con la excepción del hedonismo radical de un Bentham, diría que la teoría ilustrada escocesa sobre la historia está en la base del pensamiento político del siglo XVIII inglés. Tanto el torismo, el wighismo e incluso discípulos de Bentham como James Mill recurrieron a la teoría de estadios del desarrollo de la sociedad planteada por los historiadores conjeturales escoceses para elaborar su teoría política. Las diferencias entre sus teorías políticas y en consecuencia, entre sus políticas respecto de la administración del imperio—pues el Imperio les servía como una especie de laboratorio donde ponían a prueba sus posiciones divergentes—la diferencia entre sus teorías políticas descansaba en el acento que le ponían a determinados aspectos de la teoría ilustrada de la historia. El torismo, por ejemplo, destacaba el carácter providencial de la teoría histórica escocesa, lo que le servía para plantear el balance natural de los poderes, el equilibrio que caracterizaba a las instituciones de cada época y justificar así la ley en la precedencia, justificar así el “common law” la falta de necesidad de contar con un sistema de leyes escrito.  En cuanto a la misión civilizadora destacaban el gradualismo por sobre el cambio histórico que pudiera ejercer la intervención individual o institucional gracias a la imitación, de ahí que promovieran gobiernos duales y compartidos con los pashas y rajas de la zona, que respetaran las lealtades nativas a las propias instituciones y que promovieran los estudios orientalistas del sanscrito y el hinduismo. El liberalismo, en cambio, destacaba el carácter evolutivo de la naturaleza humana, la función de las leyes de la naturaleza humana en la historia, de ahí que vincularan a la economía política inglesa al pleno desarrollo de las facultades humanas, que equipararan a las culturas no Europeas a estadios del desarrollo humano comparables a la niñez y así, en cuanto a la misión civilizadora, destacaran que era posible acelerar la marcha hacia el progreso de dichas culturas gracias a la capacidad imitativa de los nativos y a la intervención de agentes o instituciones extranjeras en su gobierno.
 
Pero en la teoría de la historia de Carlyle no cabía hablar de Humanidad, y mucho menos de la función de las leyes de la naturaleza humana en la historia. El nos habla de caracteres individuales, de héroes: de Odín, de Mahoma, de Dante, de Shakespeare, de Lutero, de Cromwell… y del culto al héroe. Los representa como “una luz natural que brilla por el don del Cielo: una fuente de luz, de visión original, de hombría y de nobleza heroica – bajo cuyo halo todas las almas consienten”.[5] En lo que se asemejan es en que le han dado orden al caos: “en que han penetrado en el misterio sagrado del universo, en ese misterio divino que abarca a todos los seres y que está a la base de toda apariencia o simulacro”. [6]
 
Pero para Carlyle también eran únicos. Mientras que Mahoma fue “ese salvaje león del desierto árabe que habló claramente con voz de trueno y no mediante palabras sino mediante la acción,”[7] mientras que fue “esa ardiente masa de vida surgida de las mismas entrañas de la naturaleza para  encender al mundo”[8]; Dante, el hombre italiano, vino a nuestro mundo para darle cuerpo musicalmente a la religion del Medioevo, para darle a la religión de la Europa Moderna su vida interior. Y Shakespeare encarnó la vida exterior de esa misma Europa--su mundo gentil, su caballerosidad, su gracia, su ambición, ese modo de pensar, de actuar y de ver al mundo que en ese entonces tenían los hombres. Así como Dante le había dado a Europa su fe y su alma, Shakespeare le había dado su práctica y cuerpo. [9]
 
Para Carlyle, la diferencia entre los héroes descansaba en el culto al héroe, en la condición espiritual de la época que los recibía. No obstante, cualquiera fuera la época histórica, su condición espiritual era siempre frágil. Y en esto se distingue francamente de la teoría de estadios del desarrollo de la sociedad planteado por sus antecesores, en donde cada estadio alimentaba al siguiente. Carlyle nos dice que “siempre es difícil saber lo que el héroe es, cómo explicarlo o cómo recibirlo.”[10] No reconocía la posibilidad de identificar algún criterio que sirviera para explicar el acontecer histórico: ya fueran las leyes de la naturaleza humana o la determinación de la Providencia--uno que le permitiera justificar el avance de la condición espiritual del hombre y que lo llevara a colocar el culto al héroe de las diferentes épocas en una jerarquía.
 
b. Lo contingente y lo necesario en la concepción de la historia
 
Si bien por momentos parecía sugerir que el acontecer histórico señalaba una marcha hacia el progreso:
 
“El héroe como divinidad, el héroe como profeta, son producciones de épocas pasadas que no han de repetirse en la nueva. Presuponen cierta rudeza de concepción, a la que el progreso del mero conocimiento científico les da fin”.[11]
 
En seguida se desmarcaba de esta visión al mantener que “siempre en un tiempo diferente, en un lugar diferente, se ha desarrollado algún otro aspecto de nuestra naturaleza humana común. La verdad presente es la suma de todas ellas, y ninguna de ellas refleja por si misma el desarrollo de la naturaleza humana logrado hasta el momento.”[12] (mi énfasis)
 
Para Carlyle la historia no enseñaba nada, en oposición a la tradición escocesa. El campo histórico era visto literalmente como un caos, uno que no era siquiera concebido a la manera de Herder—es decir, como un caos aparente que presumiblemente trabajaría en dirección a la total integración de sus innumerables componentes. La condición espiritual de una época no era simplemente heredera de la etapa anterior, ella estaba enmarcada en un caos carente de dirección:
 
“Todo acontecimiento particular es producto no de uno sino de todos los otros acontecimientos, previos o contemporáneos, y a su turno se combinará con otros para darle lugar a uno nuevo: se trata de un caos del Ser siempre vivo, siempre en funcionamiento, que se configura en forma tras forma a partir de innumerables elementos”[13]
 
Carlyle ejemplifica esa carencia de dirección cuando nos dice en “Sobre los Héroes” lo siguiente:
 
El catolicismo sublime del Dante, increíble hoy en teoría y aun peor, desfigurado por la duda incrédula y la práctica deshonesta, ha de ser roto por un Lutero, el feudalismo noble de Shakespeare por bello que pareciera y lo fuera alguna vez, debe finalizar con la Revolución Francesa. Podría decirse que la acumulación de ofensas ha explotado, que ha producido una erupción volcánica; y que habrá largos periodos turbulentos antes de que las cosas se vuelvan a asentar. “[14]
 
No importaba cual fuera la verdad, lo que importaba era la sinceridad con la que se creía en ella. No importaba si el catolicismo del Dante fuera o no verdadero, lo que importaba era que había sido un gran movimiento, que había tenido su tiempo y que ahora algo igualmente poderoso, convincente, sincero y conmovedor tomaría su lugar. 
 
En definitiva, todo lo que podía darse en la historia era la creencia sincera, que se manifestaba bajo la forma de lealtad, sumisión y obediencia al héroe. El punto fijo que Carlyle llegaba a discernir en ese continuo naufragio de la Historia, en esa continua caida de la creencia sincera en simulacro y fetiche era la indestructibilidad del culto al héroe. Y esa indestructibilidad se fundaba en la relación religiosa del hombre al mundo—la que no consistía en el credo que el hombre pudiera profesar--sino en el hecho de que podía creer sinceramente, llegar a saber con certeza sobre sus relaciones vitales con el universo y por eso sobre su deber en él. Esto era lo primario en el hombre, lo que determinaba todo lo demás: “la religión tal como lo es ahora y lo será siempre, es el alma de la práctica, el hecho vital primario en la vida de los hombres.”[15]
 
 Frente al modelo escocés ilustrado de la historia que se centraba en la marcha de la Humanidad y se esforzaba por encontrar el significado de la vida humana en algún lugar que estaba fuera de la vida misma: ya fuera en las leyes de la naturaleza humana o mismo en la providencia,  Carlyle ofrece una concepción estética y moralmente comprometida de la historia. Carlyle nos plantea que la vida humana en sus encarnaciones individuales es el valor supremo.
 
Como dijimos, Carlyle, no nos habla de la humanidad ni del desarrollo de la sociedad en la historia. Nos habla del héroe y de la masa indefinida de hombres. La historia era un proceso que representaba la lucha sin fin de la masa contra el hombre excepcional. Y la tarea del historiador consistía en convertir las voces de los grandes hombres del pasado en advertencias o fuentes de inspiración para los vivos. Tampoco cabía hablar de providencia. Pretendía describir la variedad de los acontecimientos particulares poniéndolos a todos en un mismo plano, reconstruyendo el pasado en su integridad y evitando la noción de destino o providencia que sirviera como base o escena para evaluar la significatividad o no significatividad del hecho histórico. Su objetivo era destacar el compromiso de la acción individual y revocar el “edicto del destino, de manera que el tiempo no ejerciera por varios siglos un dominio sobre nosotros.” La tarea del historiador consistía en internarse en ese “caos del ser” para determinar los momentos en que aparecieron ciertos individuos excepcionales que impusieron su voluntad sobre una masa recalcitrantemente indolente. Así, la aparición del héroe--y la aparición del mismo Carlyle--representaba una “victoria” del libre albedrío humano sobre la necesidad.
 
 
 
3. Historia o héroe? Derecho o poder?
 
Esta posición romántica sobre la agencia y el sentido de la historia puede servirnos para sacar algunas conclusiones sobre la contribución que el romanticismo de Carlyle ejerció sobre la visión del derecho y el poder y en consecuencia, sobre la representación inglesa de las culturas nativas y de su misión imperial.
 
Basándome en la tesis de Edward Said[16] sobre el modo en que Europa fue configurando al “Otro” de modos propicios a sus propias necesidades intelectuales, políticas y culturales, es posible deslindar las dos formas en que los conservadores y los liberales ingleses concibieron el derecho y terminaron legitimando el imperialismo en la superioridad institucional europea y planeando una misión civilizadora que, sin embargo, asumía dos formas diferentes.
 
En efecto, fueron pocos los pensadores ingleses que concibieron al derecho separadamente de la historia: es decir, como una construcción artificial que intentaba conciliar intereses individuales en pugna. Fueron pocos los pensadores políticos ingleses que concibieron que cualquier mundo común, social o político debía surgir de una armonización entre intereses individuales en competencia a los que cada hombre llegaba por su propio entendimiento. Este es el caso de un Bentham, por ejemplo, que construia el derecho aplicando el principio de la mayor felicidad para el mayor número sobre los multiples intereses individuales.
 
Gran parte del pensamiento político inglés del siglo XVIII—tanto el de los conservadores como el de los liberales—concibieron que las instituciones formaban parte integral de la vida social de los pueblos y que no podían ser separadas para su reforma del resto del material social históricamente condicionado. Para Hume, para Smith, y para Millar, la historia era esencial para la teoría moral y política pues la conciencia moral, el juicio moral y las instituciones se formaban por un acomodamiento alcanzado gradualmente en determinado estadio del desarrollo de la sociedad.
 
El pensamiento político inglés del siglo XVIII recurrió fundamentalmente a la sociología histórica escocesa para hablar de jurisprudencia—para hablar de derecho. Edmund Burke, por ejemplo, decía que la representatividad era el producto de la acumulación de la experiencia histórica de la sociedad: “tal vez el juicio justo por jurado sea el alma del gobierno, y todo el debate legislativo, administrativo y parlamentario se ha venido desarrollado para conseguir colocar a “doce hombres imparciales en un estrado”.[17]
 
Recordemos que la teoría histórica escocesa se centraba en el desarrollo de las instituciones de la sociedad y planteaba un juego entre las determinaciones de las leyes de la naturaleza humana y las de la providencia para explicar el cambio histórico. En suma, que describía los acontecimientos históricos como consecuencias no-intencionadas que, sin embargo, marcaban gradualmente la marcha hacia el progreso.
 
Ahora bien, los liberales buscaban reformar las leyes e instituciones políticas de Inglaterra, por eso, se distanciaban de esta noción providencial que planteaba la teoría escocesa sobre el balance de las instituciones políticas de cada época que tan bien fundaba el “status quo” de la política inglesa. Los liberales se concentraban en el aspecto de las historias conjeturales vinculado al cientismo, al carácter evolutivo de la naturaleza humana. El liberalismo progresista de los Mill, por ejemplo, suscribió al derecho histórico a gobernar los pueblos no-europeos descartando los hábitos, las creencias y lealtades nativas respecto a sus propias instituciones considerándolos simplemente como expresiones del despotismo oriental propio de su inmadurez sicológica. Así, promovió como misión civilizadora la anglización y asimilación de los pueblos a la cultura inglesa mediante leyes y déspotas ingleses.[18]
 
Pero para el torismo conservador, los hábitos, las creencias y las formas de lealtad que caracterizaban a cada cultura tenían un valor fundamental.  La tesis del balance providencial de las instituciones existentes en cada época le servía al torismo para justificar el “status quo” de la política inglesa. De ahí que, en cuanto a la misión civilizadora, el torismo fuera sensible a las costumbres y lealtades políticas de las culturas nativas. Con respecto a India, promovía el estudio del sánscrito y del hinduismo entre los hindues y los agentes de la metrópolis y proponía para la administración del imperio un gobierno dual o compartido entre los padshas, los rajas y los ingleses. La misión civilizadora tal como la entendían los conservadores ingleses no suponía esa asimilación cultural tan defendida por el liberalismo.
 
Pero qué conclusiones podemos sacar de la teoría heroica de la historia de Carlyle respecto al derecho y a la misión imperial?
 
Podríamos decir que la valorización romántica de ese andar errante en lugares remotos como el Oriente, y en tiempos remotos, como el Medioevo, esa sensación feliz de formar parte de una Iglesia, de una clase, de un partido, de una tradición, de una jerarquía de caballeros y dependientes, de rangos eclesiásticos, de una unidad mística, de una región, de una misma sangre le debe mucho al conservadurismo y orientalismo inglés del siglo XVIII. En particular, Carlyle compartía con los orientalistas del siglo XVIII la valorización, hasta cierto punto, de las culturas no-Europeas. Por lo pronto rechazaba esa ceguera del liberalismo respecto al conjunto de emociones y sistema de lealtades que caracterizaban a cada grupo.
 
Pero a diferencia del liberalismo y mismo del torismo, para Carlyle no cabía hablar de derecho imperial. Esa idea de la que nos hablaba Joseph Conrad, esa idea que está tras la expropiación y conquista de la tierra no podía consistir en la justificación histórica de la superioridad de Europa. Carlyle rechaza la tesis del progreso histórico, y por ende, el eurocentrismo, diciendo lo siguiente:
 
Que noción más melancólica es aquella que ha de representar al hombre de todos los países y de todos los tiempos excepto al de la propia como a alguien que se ha pasado la vida condenado al error, como a un pagano perdido: los escandinavos, los mahometanos. Sólo nosotros hemos encontrado el verdadero y último conocimiento. Todas las generaciones de los hombres estaban perdidas y equivocadas, sólo esta pequeña sección de la generación presente podría salvarse y estar en la verdad. Todos han marchado hacia adelante, todas las generaciones desde el comienzo del mundo. Como los soldados rusos cayeron en el pozo, y colmaron el pozo con cuerpos muertos, sobre los que hemos de marchar y tomarles el puesto. Se trata de una hipótesis increíble!!![19]
 
Frente a ese equilibrio de las instituciones políticas y sociales sostenido por la experiencia histórica en el que tanto creía el conservadurismo y el liberalismo inglés, Carlyle propone la desmesura. A la convicción de Burke de que la representatividad política era el producto gradual de la marcha progresista de la historia, a su creencia en el balance o equilibrio providencial de las instituciones políticas existentes para cada época, Carlyle opone el culto a la autoridad como elemento cohesionador de la sociedad:
 
Así como Burke decía que tal vez el juicio justo por jurado era el alma del gobierno, y que todo el debate legislativo, administrativo y parlamentario se había desarrollado para colocar a “doce hombres imparciales en un estrado”, por una razón de mucho más peso yo diría que encontrar al hombre capaz e investirlo de los símbolos de la capacidad, de la dignidad, del culto, de la realeza, de la caballerosidad, de forma que tenga de hecho lugar para guiar de acuerdo a su capacidad ejecutora, esa es la tarea, bien o mal lograda de todo proceso social en este mundo! [20]
 
Para Carlyle, “la lealtad es el aliento vital de toda sociedad, una efluencia del culto al héroe. La admiración sometida por el verdaderamente grande. La sociedad se funda en el culto al héroe. Todas las dignidades del rango en la que descansa la asociación humana son lo que podríamos llamar una heroearquía.”[21] Hay un remplazo del derecho por el poder. En “Sobre la cuestión negra” Carlyle llega a decir: “Nunca pensé que tuviera mucho valor la discusión acerca de los derechos de los negros, ni tampoco la de los derechos de cualquier hombre. La gran cuestión es el poder de los hombres” [22]
 
Y esto le trae consecuencias al proyecto imperial. Como no hay progreso providencial, como no hay historia que justifique el derecho, sino que hay heroicidad que instaura poder, el imperio podría legitimarse en el poder de algún héroe capaz de someter-- podría legitimarse en el poder y la visión de un Oliver Cromwell por ejemplo. Sin embargo, al no haber derecho que legitime su permanencia, el imperio podría también perderse en cualquier momento:
 
Renunciaríais a vuestro Imperio Indio o a vuestro Shakespeare, vosotros, ingleses? Preferiríais no haber tenido nunca un Imperio Indio o no haber tenido nunca a un Shakespeare?El Imperio Indio se irá, en cualquier momento, algún día, pero este Shakespeare no se va, permanece entre nosotros para siempre, no podemos renunciar a nuestro Shakespeare.[23]
 
 
En suma, Carlyle abandona la doctrina del derecho a la apropiación y a la explotación de la tierra que el pensamiento inglés tanto había apoyado en la teoría de los estadios de la sociedad humana. Según esta doctrina del derecho natural, todos los hombres tenían el deber de preservar la humanidad y el derecho al uso de la naturaleza. Pero se les negaba a las culturas que pertenecían a estadios de desarrollo inferiores al comercial el derecho al uso exclusivo de la tierra, pues esto últimos, eran incapaces de hacer de la naturaleza una fuente de prosperidad: al no cumplir con el deber universal de preservar la Humanidad perdían el derecho exclusivo al uso de la tierra.  Pero Carlyle abandona la teoría historicista del derecho.  La reemplaza por la ley del más fuerte. Con este instrumento llega a hacer una apología de la esclavitud, llega a considerar a John Edward Eyre como a un heroico hombre de fuerza por sofocar la revuelta de los ex esclavos. Carlyle legitima—en  palabras de Joseph Conrad-- la desposesión de aquellos que tienen una diferente complexión o narices levemente más chatas del modo siguiente:
 
Hasta el momento, han sido los Sajones Británicos fundamentalmente, los que han cultivado la tierra con cierta hombría: y cuando aparezca una clase de cultivadores, más fuerte, más digna de poseer dicha tierra, más capaz de producir frutos de ella,-- ellos, no lo dudéis, por guerra u otras vicisitudes o negociaciones confusas, serán declarados, por Naturaleza y de hecho, como los más dignos y se volverán propietarios—tal vez, también sólo por un tiempo. Esa es la ley, así lo veo; última y suprema, para todas las tierras y para todos los países bajo esta esfera celeste. [24]
 
 
                                                                                                  Silvina I. Marí
                                                                                                  Buenos Aires, agosto 2007
 
Bibliografía consultada:
 
Bayly, C. A. Imperial Meridian. London: Longman, 1989.
 
Berlin, Isaiah. Las raíces del romanticismo, Madrid: Taurus, 2000.
 
Carlyle, Thomas. On Heroes and Hero Worship and the Heroic in History, Hardpress.net.
------------. The Nigger Question and The Negro Question, ed. Eugene August, Kessinger Publishing, www.kessinger.net
 
Conrad, Josehp. Heart of Darkness (London: Penguin Books, 1995).
 
Haakonssen, Knud. Natural Law and Moral Philosophy. Cambridge University Press: 1996.
 
Harlow, Vincent. ‘The New Imperial System, 1783-1815.’ In The Cambridge History of the British Empire. Vol. 2. Cambridge University Press, 1940.
 
Knorr, Klaus E. British Colonial Theories: 1570-1850. Toronto: The University of Toronto Press, 1944.
 
Pagden, Anthony. Lords of All the World: Ideologies of Empire in Spain, Britain and France c. 1500-c. 1800. Yale University Press, 1995.
 
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Mill, John Stuart. On Liberty in Collected Works of John Stuart Mill, ed. F. E. L. Priestly et al. (Toronto, 1963- )
 
White, Hayden. Metahistory. The Historical Imagination in Nineteenth-Century Europe, (London: The John Hopkins University Press, 1973)
 
Zastoupil, Lynn. John Stuart Mill and India. Stanford: Stanford University Press, 1994.


[1] Sir John Seeley, Expansion in England (London, 1883), p. 8 en Klaus E. Knorr, British Colonial Theories: 1570-1850 (Toronto: The University of Toronto Press, 1944), p. 250.
[2] Joseph Conrad, Heart of Darkness (London: Penguin Books, 1995).
[3] Isaiah Berlin, Las raíces del romanticismo, ed. Henry Hardy, trad. Silvina Marí, (Madrid: Taurus, 2000) p. 28.
[4] Thomas Carlyle, On Heroes and Hero Worship and the Heroic in History, Hardpress.net, p. 2. De ahora en adelante On Heroes y número de página.
[5] On Heroes, p. 2.
[6] On Heroes, p. 47.
[7] On Heroes, p. 65.
[8] On Heroes, p. 27 .
 
[9] On Heroes, p. 58.
[10] On Heroes, p. 25.
[11] On Heroes, p. 45 .
[12] On Heroes, p.25.
 
[13] Thomas Carlyle, “On History” en A Carlyle Reader (New York: Modern Library, 1969) p. 59-60 en Hayden White, Metahistory. The Historical Imagination in Nineteenth-Century Europe, (London: The John Hopkins University Press, 1973) p. 147.
[14] On Heroes, p. 69
[15] On Heroes, p. 3.
 
[16] E. Said, Culture and Imperialism, (New York: Vintage Books, 1994)
[17] On Heroes, 112.
[18] En On Liberty John Stuart Mill nos dice lo siguiente:
“Tal vez sea innecesario destacar que esta doctrina sobre la libertad ha de aplicarse solamente a los seres humanos maduros. No hablamos de niños ni de jóvenes. De aquellos que por su estado precisan de cuidados, que deben ser protegidos de sus propias acciones así como también de cualquier daño exterior. Por la misma razón, deberíamos excluir de nuestras consideraciones a todos esas etapas atrasadas de la sociedad en los que cabe considerarse a la raza como en una no edad. La libertad como principio no tiene aplicación en ningun estado de las cosas anterior al momento en que la humanidad se haya vuelto capaz de progresar mediante la discusión libre e igualitaria. [Mi traducción] John Stuart Mill, On Liberty, p. 78.
 
[19] On Heroes, p. 69 .
[20] On Heroes, p. 112 .
[21] On Heroes, p. 8 .
[22] Thomas Carlyle and John Stuart Mill, The Nigger Question and The Negro Question, ed. Eugene August, Kessinger Publishing, www.kessinger.net. P. 26. De ahora en adelante, Nigger Question y número de página.
[23] On Heroes, p. 65.
[24] Nigger Question, p. 27.


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