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- HISTORIA CLÍNICA DE LA DIFERENCIA -
UN DELEUZE CLÍNICO
Cuando aparece lo nuevo, el mundo cambia, pero reclama en un segundo tiempo, un lector atento, capaz de un punto de vista original, que permita hacer evidente lo que de otro modo resulta invisible por esa tendencia tan humana a reencontrar continuidad en la diferencia. Dos momentos, como los dos tiempos del trauma, para el resonar del acontecimiento.
En 1789 la toma de la Bastilla se convierte en un ícono de los tiempos que se desatan y comienzan a cambiar el rostro de Europa y del mundo. En los años siguientes al terror, las tropas de Napoleón trastocan algo más que el mapa europeo; serán portadoras de una marca definitiva para el siglo XIX y aún para buena parte del XX. Las consecuencias de estos acontecimientos en la vida cotidiana son incalculables; entre muchísimas otras novedades, nace el metro patrón que reemplazará las variadas unidades de medida que dificultaban el comercio internacional, las tropas napoleónicas numeran las casas en los poblados que ocupan, facilitando su identificación para la expansión del correo, recrudecen con fuerza los movimientos independentistas en las colonias de ultramar, cambiando el mapa geopolítico del planeta y al mismo tiempo la cabeza de los hombres. Todo está en revisión. Se respira un clima nuevo en el mundo. La burguesía ha alcanzado la identidad con su proyecto.
En 1807 Hegel publica “La fenomenología del espíritu”, primera de sus grandes obras pero que ya encierra su sistema filosófico completo. La Santísima Trinidad toma forma lógica y “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”, la realidad comienza a ser concebida “no sólo como Substancia, sino también como Sujeto”, es decir, como relación. La locura incomprensible de la historia ha devenido teatro del despliegue del Espíritu Absoluto.
Poco antes ha escrito refiriéndose a Napoleón en una carta personal dirigida a un amigo: “Hoy he visto al espíritu del mundo pasearse a caballo por las calles de Jena”.
Hegel refiere en Napoleón la representación del mundo y se yergue como el gran lector de su tiempo, construye su Concepto correspondiente y se constituye en la Autoconciencia de occidente, el “YO” que se reconoce en su identidad con el mundo.
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En el año 1972 el mundo vive la atmósfera de la guerra fría y los europeos temen la posibilidad de una devastadora tercera conflagración mundial en su territorio. EEUU está perdiendo la guerra en Viet-Nam, China y la URSS se miran de soslayo con desconfianza, y Nixon es el primer presidente de los EEUU que visita la URSS. Se realizan las primeras pruebas de detonaciones nucleares en el Pacífico. El gesto hippie ha influenciado en la juventud con su violenta actitud de resistencia pacífica contra la forma de vida imperante, cunden jóvenes con melenas desafiantes y los panteras negras alcanzan su esplendor en EEUU. Hay una importante crisis monetaria. La guerrilla urbana es un fenómeno generalizado, no sólo en América Latina, donde el movimiento de sacerdotes para el tercer mundo complica a la Iglesia, y Chile tiene un gobierno socialista; sino también en Europa, especialmente desde la muerte de Guevara en Bolivia en octubre del 67. Las huelgas sacuden gobiernos y a veces los derriban. El mayo francés del 68 ha conmovido no solo a Europa sino al mundo, con un eco resonando todavía, cuatro años después; y los partidos comunistas europeos se visten con ropajes socialdemócratas sin sentirse incómodos.
El cine y la música reflejan un espíritu contestatario, el psicoanálisis se ha instalado en la cultura de las capas medias y por doquier se extiende la experimentación con todo tipo de drogas. El mundo se sacude en convulsiones y la palabra mas insistente es: Revolución.
Ese año Editions de Minuit publica en Paris “L’Anti-Oedipe. Capitalisme et schizophrenie”
que sería traducido y publicado al año siguiente en varias lenguas, reflejando su éxito editorial. Un libro desconcertante que arremete por izquierda contra el psicoanálisis, en un mundo desconcertante, en el que se venden para consumo masivo, posters de Einstein, Marx, y Freud, en las estaciones de subte, junto a los de Guevara y Gandhi.
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¿Qué significa la publicación de esa llamativa detonación que sigue aún estallando?
Probablemente un punto de inflexión en el pensamiento occidental por presentar una alternativa efectiva a la lógica dialéctica para pensar la diferencia sin dialectizarla en la identidad. Si un intelectual tiene la necesidad fundamental de estar a la altura de su tiempo, y un filósofo en particular, la tarea de construir conceptos como herramientas que den cuenta de ese tiempo; Gilles Deleuze parece haber sido quien mejor captó las espesas raíces de la atmósfera del siglo XX. También parece merecer por ello la elogiosa reflexión pública de Foucault cuando afirma el probable reconocimiento futuro de ese siglo como deleuziano.
¿Qué relación existe entre estos dos momentos y estas dos publicaciones?
Hoy tenemos la sensación de que el mundo atraviesa un cambio profundo. No sabemos qué vendrá, pero parece uno de esos cambios que arrasan casi todo pariendo un mundo nuevo. Momentos fecundos, de producción de producciones, flujo y corte, según Deleuze, regidos por la legalidad de las síntesis conectivas o acoplamiento. Esas dos publicaciones serían producciones de registro que operan como superficies de inscripción, y establecen dónde y cómo cortar. Su legalidad constituyente serían las síntesis disyuntivas. Se oponen como se oponen los dos mundos de los que emergen y a los cuales registran. Momentos que producen resonancia. Deleuze ha sabido reconocer e interpretar cabalmente al adversario. Ambos son los legítimos lectores de las marcas de su tiempo: la autoconciencia y el deseo.
¿Por qué Deleuze despliega esa crítica frontal contra el psicoanálisis?
La estrecha relación de la obra de Gilles Deleuze con ideas psicoanalíticas es conocida. Desde su revisión crítica de conceptos psicoanalíticos en “Lógica del sentido” y en “Diferencia y repetición”; y aún antes, en pasajes rápidos; Deleuze, hasta el final de su obra, no deja de tomar al psicoanálisis como objeto privilegiado de sus proposiciones.
Baste el título de “El Anti Edipo - Capitalismo y esquizofrenia”, libro que catapultó su nombre internacionalmente, más allá de los círculos académicos, para sopesar el definido interés prestado por este pensador al psicoanálisis.
Probablemente se puede objetar que, no más ni menos que a la literatura, la filosofía, el cálculo diferencial, la naturaleza, la política y el lenguaje. Sin embargo, es evidente que su preocupación por construir un concepto de la diferencia, encuentra en esta disciplina peculiares elementos valiosísimos, junto con otras tantas conclusiones que le resultan peligrosas, y que mantienen su interés particular sobre el psicoanálisis.
Pero a pesar de ello, no resulta tan evidente en un comienzo que, metodológicamente, su trabajo tiene una proximidad asombrosa con la tarea misma del psicoanalista.
I) -¿Cómo hacer de la historia de la filosofía una Historia Clínica de occidente?-
Abordemos esta proximidad metodológica con una comparación puntual, esperando que de esa convergencia disyuntiva emerjan elementos nuevos, producciones, que desnuden y revelen conexiones ocultas y permitan un registro de esas producciones. Comparación que habilite un consumo para nuestros fines. Procederemos así, como Deleuze gustaba hacerlo.
¿Qué hace un psicoanalista? ¿O qué pretende hacer, aunque no siempre lo logre?
1) Escucha a la letra, rompiendo la identidad discursiva para rastrear la diferencia, la peculiaridad, en el discurso oral del analizante, pero también en sus gestos y sus actos. Permite de ese modo la emergencia de lo que denomina sujeto del inconsciente. Escucha, absteniéndose de suposiciones previas basadas en un saber constituído, pero desde un presente problematizado por el analizante, sin el cual no hay interrogación posible. A esas diferencias de estructura paradojal las llama formaciones del inconsciente.
2) Mapea, cartografía, la historia libidinal del analizante registrando ciertos puntos de intensidad pulsional que producen formaciones del inconsciente, donde se revela la inconsistencia del yo y se cuestiona su identidad imaginaria. Alcanza así el registro de conflictos reprimidos, perdidos para la conciencia; y productores de síntomas actuales.
3) Construye, o reconstruye, una historia singular de deseos infantiles vigentes aún en ese analizante; para dar cuenta de su situación vital presente. Desmiente así la novela familiar, la historia oficial, cuya función es velar, ocultar, esa producción deseante bajo las máscaras de una identidad acorde a las necesidades de lo políticamente correcto.
4) Interpreta el deseo inconsciente, rompiendo la fija identidad de los síntomas, que se conciben como enigmas a resolver, síntomas que cifran una política, es decir, una conflictiva ética. Freud gustaba definir los síntomas como “Solución de compromiso”, señalando no sólo su estructura sino también la dimensión ética del conflicto en juego.
5) Capta, gracias a ese mapa construido, la repetición en transferencia de lo mismo, siempre diferente, aquello que escapa a la posibilidad de registro simbólico del analizante. Es decir, bordea el límite de lo representable hasta ese momento y registra la insistencia de aquello que Lacan refiere como “lo que no cesa de no inscribirse”. Una diferencia pura.
6) Inscribe lo que puede sustraerse a la repetición, habilitando un nuevo sentido en esa historia, un acontecimiento. Nuevo sentido que trastoca todo, aún el pasado construido. Se dice entonces que opera una inclusión en lo simbólico capturando un trozo de real y habilita la inscripción en lo simbólico, produce letra. En esa operación se reestructura ese universo.
7) Inventa sus conceptos que presentan una estructura paradojal y no son asimilables a la identidad. Por ejemplo: “Realidad psíquica”, “objeto parcial”, “objeto transicional”.
El psicoanálisis mitologiza en términos de pulsiones esas huellas intangibles, incorpóreas, del deseo. Ha construido y reconstruido sus propias herramientas una y otra vez. Lo sigue haciendo sin arreglo a otra referencia que lo que encuentra en su clínica.
¿Qué hace Deleuze?
1) Lee a la letra en el discurso escrito del pensamiento, (pero también en sus más variadas manifestaciones, incluyendo el arte), rompiendo identidades. Lo hace desde una problematización presente de la historia de la filosofía; desde la cual interroga. Permite de ese modo la emergencia de la diferencia y la conceptualiza rompiendo su subordinación a la identidad.
2) Mapea, Cartografía, las intensidades que registra en su lectura como huellas de la diferencia con las que da cuenta de un universo de singularidades que se sustrae a la identidad, dibujando un plano de esas diferencias distribuidas en una superficie oculta a la mirada de la identidad, la cual se revela entonces abstracta. Tal como la identidad del Yo.
3) Construye, o reconstruye, otra historia soterrada u olvidada de la filosofía y el pensamiento. Revela por contraste una historia no exenta de deseos, es decir, de políticas, guiando las grandes construcciones metafísicas. Deseos que se desnudan en la entrelínea del texto filosófico y explican la situación presente del pensamiento y sus impases.
4) Devela así, es decir, interpreta, una dimensión ética de esas construcciones, siguiendo los pasos de Nietzsche y de Freud, quienes persiguen la finalidad escondida, tras el acto aparentemente objetivo, inocente, aspirante a la idealidad de las identidades imaginarias. Despliega así una batalla ética y por lo tanto política contra la trascendencia, el idealismo y la representación.
5) Capta la estructura paradojal del sentido, y en el límite, la diferencia pura en la repetición. Aquello no advenido aún, y que escapa a la lógica imperante de la identidad, de la negación y de la representación, propias de la lógica formal y aún de la dialéctica.
6) Inscribe lo que registra operando relaciones que instauran un sentido nuevo para un acontecimiento generador de un linaje de pensamiento que filia otro origen y otra ética. Una novedad que en el límite trastoca todo Uno en multiplicidad.
7) Inventa conceptos nuevos, cuya estructura paradojal corroe la posibilidad de la representación y la dialéctica. Lo hace llevando al límite el concepto que recoge y trabaja, sacándolo así del universo lógico de origen, para dar cuenta de los conflictos políticos escamoteados en esa historia, que impiden comprender los síntomas actuales en la cultura.
Aquí terminan las similitudes. La empresa analítica se lleva a cabo en el extraño encuentro dispar de trabajo que constituyen el analista y el analizante, con las herramientas de la atención flotante y la asociación libre, respectivamente.
Deleuze, en cambio, encara una tarea clínica desde los síntomas actuales del pensamiento y sobre la producción de la cultura occidental. Su analizante es múltiple y despliega su dimensión histórica, pero tiene un punto de condensación que produce síntesis, conciliación absoluta, y se yergue firme y sólido. Hegel ha sabido organizar la historia misma de la filosofía como su necesario antecedente. Aún Spinoza surge entonces como un Hegel incompleto, carente de la dimensión histórica. Deleuze enfrenta y sufre los síntomas que atraviesan su presente y subsumen la diferencia en la identidad. Los lleva al límite.
II) -Desde Hegel y el psicoanálisis hacia una ontología del deseo inmanente-
Deleuze nunca puede ser el nombre de una identidad, designa una producción múltiple que escapa por metonimias y siempre debe abordarse sesgado. Para un recorte condensado de este Deleuze clínico, podemos leer en “Diferencia y repetición”, el segundo párrafo del prefacio. Luego de enumerar exhaustivamente los síntomas que él encuentra y que recorren el pensamiento contemporáneo, adelanta su hipótesis a desarrollar en el libro:
...“Todos estos signos pueden ser atribuidos a un anti-hegelianismo generalizado: la diferencia y la repetición ocuparon el lugar de lo idéntico y de lo negativo, de la identidad y de la contradicción. Pues la diferencia no implica lo negativo, y no admite ser llevada hasta la contradicción mas que en la medida en que se continúe subordinándola a lo idéntico. El primado de la identidad, cualquiera sea la forma en que ésta sea concebida, define el mundo de la representación. Pero el pensamiento moderno nace del fracaso de la representación, de la pérdida de las identidades y del descubrimiento de todas las fuerzas que actúan bajo la representación de lo idéntico. El mundo moderno es el de los simulacros. Un mundo en el que el hombre no sobrevive a Dios, ni la identidad del sujeto sobrevive a la sustancia. Todas las identidades son sólo simuladas, producidas por un efecto óptico, por un juego más profundo que es el de la diferencia y de la repetición. Queremos pensar la diferencia en sí misma, así como la relación entre lo diferente y lo diferente, con prescindencia de las formas de la representación que las encauzan hacia lo Mismo y las hacen pasar por lo negativo.”...
Se trata de todo un programa anti-hegeliano de comienzo a fin. Cada palabra está escrita pensando los conceptos hegelianos y atacándolos en el corazón de la “Ciencia de la lógica”, es decir, en “la identidad de la identidad y la diferencia”. Concepto clave que subordina la diferencia a ser el valet complementario de la identidad y que es posible gracias al papel motor otorgado a la negación como fundamento de la superación inclusiva (Aufheben).
Sólo al final asoma, además, un golpe oculto para el psicoanálisis. Sin nombrarlo, es veladamente acusado de “formas de representación que encauzan las diferencias (que el mismo psicoanálisis descubre)hacia lo Mismo y las hacen pasar por lo negativo”. Esta crítica tomará virulencia en El Anti Edipo, cuatro años después.
Sin embargo, no hay verdaderamente conceptos nuevos en “El Anti-Edipo”(EAE), todas las herramientas conceptuales están ya en “La lógica del sentido” y “Diferencia y repetición”, libros que precipitan las conclusiones de un trabajo clínico de años sobre la filosofía, la literatura, el psicoanálisis, la lingüística y la pintura. La novedad la constituye la extensión de algunos conceptos y fundamentalmente un fuerte cambio de posición frente al psicoanálisis, al cual vislumbra como un grave peligro por incluir en el centro de su teorización una lógica de la carencia y en consecuencia traicionar su radical descubrimiento sobre el deseo. Según Deleuze, la inclusión de la carencia en la estructura del complejo de Edipo, por vía de la representación, produce una reducción del potencial del deseo a la trascendencia, y en consecuencia una idealidad que restituye el imperio de la identidad.
Pero a fines de los años 60, cuando publica “Diferencia y repetición” (DyF) y “Lógica del sentido” (LdS), Deleuze ya tiene una clara posición tomada, aunque no se expresa de manera tan provocativa como en El Anti-Edipo, y en sólo unos pocos años publica tres libros densamente conceptuales, llenos de ideas, que constituyen el núcleo duro de su obra.
¿Cómo ha llegado a estas hipótesis? y ¿cómo hace para ser escuchado en su novedad?
Este trabajo intenta contestar estas preguntas trazando líneas de correspondencia tanto de convergencia como de disyunción entre los conceptos sobre los que Deleuze edifica su obra y los conceptos a los que se opone e intenta demoler. Obra profundamente anti-hegeliana, que se nutre y ancla en buena medida en la crítica al psicoanálisis, al cual filtra, desmenuza y valora. Pero también contrastaremos con los conceptos tal como los entiende el psicoanálisis, en un ejercicio que intenta dar cuenta de esa difícil y polémica relación.
No abordaremos la producción posterior cifrada fundamentalmente en “Mil mesetas” y en “Crítica y clínica” donde revisa y atempera la radicalidad de algunas afirmaciones de esta etapa. Nos interesa auscultar el momento de la producción de lo nuevo.
Entiendo que la preocupación de Deleuze es fundamentalmente política, es decir, ética. En el mejor sentido del término, en su sentido noble. Desde esa perspectiva su obra es Política, con mayúscula, pretende incidir sobre los hombres en lo que llamamos hoy el tallado de la subjetividad, a pesar de que en su ontología no hay lugar para una concepción estricta de sujeto, a menos que se logre des-territorializar esta categoría de análisis y re-territorializarla nuevamente sin rastros de trascendencia ni representación. Su preocupación es la misma que la de Baruj de Spinoza y Wilheim Reich:
¿Por qué los hombres luchan por su esclavitud como si lo hicieran por su liberación?
Hay entonces una estrategia y una táctica en juego, que forman parte de su clínica de lectura y ordenan metodológicamente sus pasos.
En el origen, la clínica hipocrática, nacimiento de la medicina racional, se funda en la lectura junto al lecho, de los signos patognomónicos de la enfermedad, leídos con mirada atenta sobre el cuerpo del enfermo y sus fluidos, estableciendo relaciones impensadas para un lego en la materia. De allí surgirán el diagnóstico y el pronóstico.
La clínica moderna multiplicará los recursos profundizando el conocimiento físico-químico en términos de causas y efectos sobre un cuerpo concebido como partes extra partes de una materia extensa, pero no abandonará aquel punto de vista esencial.
La clínica psicoanalítica tampoco traicionará ese origen, pero tornará la mirada en escucha para develar en el cuerpo enigmas traducibles, cifrados interpretables en términos discursivos, concibiendo una materialidad incorpórea, pero no por ello falta de eficacia sobre el cuerpo extenso. Descubrirá un universo nuevo y extraño a la mirada positivista de raíz cartesiana. Lleno de raros objetos que escapan a las categorías temporo-espaciales y presentan estructura paradójica que atenta contra la identidad clara y distinta de partes extra partes.
Deleuze practica su clínica, un método de lectura sobre el texto o la producción cultural muy similar al analítico, atento a los pequeños o grandes derrapes, que producen donde menos se espera, un desgarro en la continuidad, y la paradoja que habilita la posibilidad de un nuevo sentido, el cual trastoca la percepción dominante, y revela un acontecimiento ya producido pero oculto. Persigue el deseo velado en las paradojas de la producción cultural.
Allí donde la paradoja sienta sus reales, no importa si es en la literatura o en la pintura, en el psicoanálisis o en la expresión de la psicosis, en las matemáticas o en el lenguaje, en una teoría estoica de los incorpóreos, o en la concepción platónica del simulacro; Deleuze es capaz de sacar petróleo, combustible para sus máquinas de guerra.
III) -Los síntomas de nuestro tiempo y sus raíces según Deleuze-
¿Por qué Hegel es el adversario que hay que enfrentar y cómo desarticularlo?
Porque es el pensador que ha logrado construir la metafísica más acabada de lo Uno pero incluyendo la multiplicidad en una conciliación que superó el mecanicismo de la metafísica cartesiana restaurando los dominios de la especulación después de Kant.
Su lógica dialéctica, obra colosal, cierra la brecha dualista que hunde una raíz en la identidad parmenídea y la otra en la Multiplicidad sin exclusión de lo Uno en Heráclito. Brecha cuya consecuencia en el platonismo se expresa en la dualidad jerarquizada de los mundos, que continúa rindiendo tributo a una identidad trascendente, denigrando la vida ante la idealidad y fundando el deseo como carencia. Nietzsche desenmascaró este origen.
Las secuelas de esta operación hegeliana se trasladan al marxismo que conserva el motor de la negación por medio del cual lo nuevo solo puede provenir de lo viejo porque ya está en ciernes en éste y no hay lugar para reconocer la producción deseante, aplastada por las fuerzas de la historia.
Desde Hegel en adelante la conciliación es absoluta y la contingencia no se opone a la necesidad sino que la expresa, impidiendo toda verdadera novedad o azar.
Pero, ¿qué problema acarrea esta concepción?
Que la contingencia individual queda subsumida a la necesidad social, trascendente. He aquí un problema ético ya señalado por Nietzsche, pero antes por Spinoza: la moral somete y sacrifica al individuo obligándolo a actuar contra sí mismo; desata pasiones tristes, genera resentimiento, dominio, es útil a los tiranos y atenta contra la vida y su potencia.
Ninguna antipatía personal opone a Deleuze contra Hegel, y éste no pretende atentar contra la vida y su potencia. Se trata de una manera de concebir un problema vital contemporáneo que Hegel ni siquiera imaginó.
Por eso Deleuze no discute con Hegel, opera sobre sus consecuencias oponiéndole en acto a su metafísica de “la identidad de la identidad y la diferencia”; una concepción de la diferencia en sí misma, sin identidad. Sólo le reprocha ignorar el elemento real del que proceden las fuerzas y su naturaleza y quedarse en términos abstractos.
Desarticular a Hegel es pensar la diferencia y para ello es útil reconocer todos los síntomas que produce esa metafísica, para poder construir una alternativa.
¿Por qué es el psicoanálisis el blanco de su ataque manifiesto?
La tendencia a la totalización en identidades que desconocen el movimiento fuera de la negatividad, subsumir las partes en totalidades superadoras, privilegiar la trascendencia sobre la inmanencia, la primacía de la representación sobre la producción vital, de lo orgánico sobre la superficie, de la identidad sobre la diferencia, de la negatividad sobre la repetición, de lo Uno sobre lo múltiple, de la ley sobre el deseo; son, para Deleuze, los pesados síntomas cuyas raíces se nutren fundamentalmente de una fuente con antecedentes que se remontan al platonismo, pero contamina a otra fuente más cercana que enmascara la diferencia revelada, hundiéndola en un fondo de identidad por vía de la carencia. Ambas son peligrosas:
1) La dialéctica Hegeliana. (o la diferencia subsumida en la identidad).
2) El psicoanálisis freudiano (o la diferencia impura por concesión a la representación). [y aún el lacaniano, a pesar de tener una lógica de la diferencia muy próxima a la suya. Deleuze dispensa una actitud muy diferente a Klein]
¿Cómo rescatar la diferencia que el psicoanálisis descubre y piensa, limpiándola de las formas de representación que restituyen identidad sometiendo al deseo a la legalidad edípica? Ésta es la preocupación de Deleuze.
Para construir una alternativa al hegelianismo ha perseguido sus síntomas pero los encuentra también en el psicoanálisis, a pesar de que esta disciplina es la que más ha contribuido en el siglo XX a la elaboración de conceptos de la diferencia, aunque renegando de construir una ontología, una “Cosmovisión” (Weltanschauung), en los términos de Freud, que recusaba la tentación de construir tal “cosmovisión” psicoanalítica por el riesgo de convertir en ideología lo que pretendía sostener como ciencia.
Surge de la obra de Deleuze una implícita ontología inmanente del deseo, de allí su particular interés por el psicoanálisis que se ocupa del deseo en su praxis y lo teoriza.
Ontología que desnuda los supuestos lógicos del pensamiento occidental del siglo XX.
Deleuze comprende que la materia de que se ocupa el psicoanálisis es “el elemento real del que proceden las fuerzas y su naturaleza”, (reproche a Hegel) y que la concepción edípica, central en el psicoanálisis freudiano, comporta una lógica de la carencia que le resulta peligrosa.
Por eso escribe El Anti-Edipo con Guattari, para combatir con virulencia una concepción del deseo que atenta contra su comprensión de la diferencia, y restituir al deseo su carácter estructural productivo, de trasgresión de toda norma, ya que el edipo, según Deleuze y Guattari, enchaleca el deseo en la concepción patriarcal de la burguesía y colabora con la represión capitalista de la potencialidad deseante de los hombres.
Intenta ofrecer una herramienta para la liberación subjetiva, tanto individual como social, una liberación respecto del capitalismo, de Edipo, y de todo sistema reglado que somete a las máquinas deseantes. Liberar la potencia creadora presa de las cadenas lógicas de la carencia.
El lugar de enunciación de El Anti-Edipo es el de la provocación escandalosa y resulta heredero del mayo francés del 68 con sus consignas estrepitosas: “la imaginación al poder”, “seamos realistas, exijamos lo imposible”. La sorprendente terminología levanta obstáculo inicialmente a la comprensión, por conectar lo imposible y por el lastre metonímico que carga para el lector, pero también le da la fuerza bestial de la disrupción paradójica. Por el estilo, y no sin esfuerzo puede inferirse la pluma de cada uno de los autores, pero el libro no resulta un encastre forzado de ambos.
Es un texto político desafiante, ambicioso, que pretende conectar herramientas conceptuales de Marx, Nietzsche y Freud para producir una lectura de la subjetividad en la cual no resulte disociado lo social de lo singular. Primer tomo de “Capitalismo y Esquizofrenia”. Máquina de guerra complementada con una teoría del lenguaje en “Mil mesetas”.
Aunque Hegel apenas es mencionado en un par de pasajes, toda la obra combate sus ideas y sus consecuencias presentes en el psicoanálisis. Si bien Freud no es hegeliano y está más próximo a Kant, el pensamiento dialéctico no le es una herramienta ajena y toma de Platón su concepción del deseo como carencia. Parte de una unidad que se divide y complejiza, conservando sus productos sin disolverlos, en un juego de fuerzas donde el conflicto es motor. Hay lógica dialéctica en su pensar, pero al encontrar objetos paradójicos y atemporales debe operar con diferencias irreductibles a la identidad. Su lenguaje no resulta acorde a su descubrimiento y debe esforzarse para dar cuenta de esos objetos irreductibles. Por eso Lacan revisará desde la diferencia la teoría freudiana acuñando otra lengua.
IV) -¿Cómo hace Deleuze para desarticular a Hegel sin retornar a Descartes y Kant?-
En la “Ciencia de la Lógica” de Hegel se puede observar en cada una de las tres esferas en que está compuesta - La doctrina del Ser, La doctrina de la Esencia y La doctrina del Concepto - que hay puntos que resultan a la vez equivalentes en su sistema y en los cuales se toma una decisión cuya alternativa desechada también resultaría lógicamente válida, pero por la cual se saldría del sistema.
Kant ya había señalado esta peculiaridad lógica de la especulación por la cual la recusaba como alternativa para alcanzar alguna construcción que pretendiera una verdad. Sin embargo advertía que el afán especulativo seguiría empujando a los hombres a esa inútil tarea. Pero para Hegel, el horror de Kant a la contradicción le impedía reconocerle legítimos derechos propios en la realidad y la reducía adjudicándola al universo discursivo. Asignando la contradicción al plano de lo real, Hegel afirma la negación como motor de lo real en su despliegue temporal, que entonces se torna racional y hace posible una historia que no se reduzca a una mera cronología.
Dos puertas, válidas ambas, frente a las cuales el deseo de Hegel lo conduce a elegir la conciliación. Hay en ello una política legítima aunque no la única posible y una ética en juego. Por ejemplo en la Doctrina de la esencia, la conciliación, ya referida, de la contingencia y la necesidad, por la que resulta anulado el verdadero azar, y permite el pasaje a la lógica del concepto.
Para Hegel, lo necesario se vale de lo contingente para realizarse; Napoleón y su ambición son los elementos contingentes de los que se valen las fuerzas de la historia para expandir la revolución necesaria. Lo contingente es succionado por lo necesario, por lo tanto no hay lugar para lo verdaderamente azaroso y nuevo. Todo lo que efectivamente ocurre ha estado en ciernes esperando desplegarse en el momento oportuno valiéndose de lo contingente que lo posibilita. Pero debemos observar que no toda contingencia es útil a la necesidad, y por lo tanto podríamos decir que hay algo así como una contingencia desperdicio, plus inútil. El 25 de mayo de 1810 pasaron en el Río de la Plata muchas cosas que no tienen nada que ver con lo necesario de ese hecho histórico que fue la revolución, pero estos sucesos intrascendentes para la revolución no son tema que le interese tomar a Hegel.
Decíamos que hay puntos estrictamente indecidibles desde el punto de vista lógico y frente a los cuales hay que optar por inclinación personal, ya que es tan posible uno como el otro, y esta decisión determina el destino de la construcción hegeliana.
De ahí en mas, los opuestos son lo mismo, aunque se manifiestan como momentos diferentes del proceso. Así, la identidad “es” la diferencia, pues ésta, en su límite, constituye nuevamente identidad: la identidad de la diferencia en sí misma. Por lo tanto hay una tensión propia del proceso, la negación, entre la identidad y la diferencia, que empuja hacia una estabilización relativa, su momento positivo, que contenga a ambas; esto es la identidad que reúne a la identidad y la diferencia en la conocida fórmula de la lógica de la esencia.
Podríamos decir que Deleuze elige la puerta contraria en su concepción de la diferencia y presenta una alternativa rotunda y nueva respecto de la identidad que engloba y subsume a la identidad y la diferencia, es decir una alternativa positiva a la dialéctica.
Desde la perspectiva de la lógica formal, propia del entendimiento según Hegel, la lógica dialéctica es un verdadero disparate pues transgrede el principio de identidad y, en consecuencia, el de no contradicción y el de tercero excluido (A=A).
Hegel inventa transgrediendo, al incluir la diferencia en la identidad. (A= -A). Diferencia que Parménides excluyó rotundamente del Ser, afirmando la identidad, en una concepción que heredará la lógica formal.
Desde la perspectiva de ambas lógicas, la formal y la dialéctica, el concepto deleuziano de la diferencia es otro verdadero disparate pues no sólo transgrede el principio de identidad y sus sucedáneos complementarios, sino que transgrede también el principio de la negación hegeliana que garantiza una identidad relativa, y permite subsumir la diferencia a la identidad. Deleuze inventa transgrediendo, al llevar la diferencia a un límite sin retorno apelando a la paradoja y excluyendo definitivamente la identidad.
Deleuze desanuda la diferencia de la identidad, y la afirma en sí misma, ajena a la representación y al concepto. Diferencias no unidas sino separadas por una distancia, es decir, sin mediación entre ambas. Distancia que afirma en sí misma esas diferencias como irreductibles, es decir imposibles de ser reunidas en una totalidad que las subsuma. Esta afirmación es paradójica y escapa a la lógica formal tanto como la lógica hegeliana lo hace, pero también escapa a esta última negándole la procesualidad, propia de la dialéctica, e indispensable para restituir identidad.
Deleuze se sirve para ello, entre otras herramientas, de un uso peculiar de los conceptos psicoanalíticos, como las pulsiones parciales y los objetos parciales. La clave es la temporalidad, imprescindible en la lógica dialéctica y ausente en el inconsciente freudiano.
Por eso Deleuze no discute a Hegel ni podría discutirlo, ya que hacerlo implicaría un terreno común que requiere restaurar identidad; sino que lo deja de lado simplemente pues presenta una alternativa a la dialéctica.
Una clave de lectura fundamental del “Antiedipo” consiste en relevar el tratamiento dispensado a la representación conceptual de la identidad y la diferencia, apoyándose en la paradoja. La crítica explícita a Hegel en el texto es que éste produce una reducción de la diferencia a la identidad convirtiéndola en su complemento. Se impone entonces desbordar la representación por lo que implica, al anular el azar, y en consecuencia la diferencia, tras el afán de la conciliación. Los autores afirman que Hegel ignora el elemento real del que proceden las fuerzas y su naturaleza; (el deseo) y que se queda en términos abstractos. Para afirmar esto deben oponer una legalidad alternativa a la negatividad hegeliana.
En este sentido la clave alternativa deleuziana para romper la dialéctica hegeliana es fundamentalmente la legalidad que constituyen las síntesis disyuntivas y el cuerpo sin órganos. Su complemento son las síntesis conectivas y las síntesis conjuntivas.
Es importante destacar que para dejar de lado a Hegel debe resolver de otra manera aquello que éste resolvía en el concepto dialéctico: el dualismo y el mecanicismo cartesianos.
Aunque no es un pensamiento de la conciliación, como Hegel, debe incluir conciliaciones fundamentales indispensables para poder salir de la metafísica cartesiana dualista y su lógica de partes extra partes que Hegel superó con su dialéctica. La conciliación entre hombre y naturaleza, hombre y máquina, es resuelta, (como alternativa a la dialéctica), a través de las síntesis productivas, especialmente las disyuntivas, como motor de una ontología del deseo productivo contra toda ontología basada en la carencia porque ésta conduce a la dialéctica irremediablemente.
“El deseo tiene poder para engendrar su objeto y desear es producir, por lo tanto las necesidades derivan del deseo y no al revés.” El campo social está atravesado por el deseo, potencia creadora y no necesidad de adquisición, “no hay otra cosa que máquinas deseantes y lo social”. Todo lo demás es duplicación de la realidad por la realidad psíquica, es decir, producción de objetos fantasmáticos y por lo tanto la introducción del deseo como carencia.
V) - La discusión con el psicoanálisis sobre la concepción del deseo –
La crítica frontal de Deleuze al psicoanálisis estalla en “El Anti-Edipo” (EAE)-(1972). Aunque se esboza una crítica en “Diferencia y Repetición” (DyR)-(1968) es muy tenue y circunscripta a la concepción de la repetición; y en “Lógica del sentido” (LdS)-(1969) no hay crítica y su concepción es extremadamente próxima a la de Lacan, refiriendo significante y significado a series simultaneas distintas enlazadas por el falo. Sin embargo, podemos rastrear ya en este último libro, la raíz de la diferencia con el psicoanálisis en su concepción del deseo.
Hasta entonces su reflexión parece extraer materia prima de la cantera bibliográfica del psicoanálisis y aportarle una lectura enriquecida al mismo, sin conflicto. Pero en esos pocos años su posición cambia en coincidencia con su sociedad con Guattari.
El punto de discusión se cifra en la concepción del deseo. Lacan le otorga una particular relevancia conceptual en su lectura estructural de Freud. Para el psicoanálisis pulsión no es deseo, pero en (EAE) se aproximan hasta la confusión. Las pulsiones pregenitales encuentran un ordenamiento en la legalidad edípica que permite la constitución subjetiva y el deseo propiamente dicho. Lacan volviendo a Freud, subraya el carácter estructurante del complejo de Edipo y la castración para instaurar el deseo. La función del fantasma será velar la falta estructural, y el objeto (a) será postulado como causa del deseo.
En “Lógica del sentido” la palabra “serie” posee un lugar central. La estructura del libro se organiza en treinta y cuatro series de paradojas que se encabalgan, complejizando el universo que describen y explican. Pero además, la trigésimo segunda serie se titula “Sobre las diferentes clases de series”. El largo recorrido hasta aquí ( paradoja, superficie, serie, acontecimiento, sentido, serialización, singularidades, univocidad, lenguaje, oralidad, sexualidad, fantasma, etc. ) ha preparado esta lectura compleja que comienza a cerrar el libro y en la cual establecerá la legalidad que rige la producción deseante que nace de la sexualidad. Pero una sexualidad comprendida toda como una sublimación “menos lograda”, (una superficie intermedia), entre los síntomas de la profundidad corporal y la sublimación de la superficie incorpórea, organizada en tres clases de series. Cito a Deleuze recortando párrafos de esa serie con objeto de rastrear la diferencia que estallará en El Anti-Edipo:
[...]“La serie comienza con la sexualidad, es decir, con la liberación de las pulsiones sexuales, porque la forma serial es una organización de superficie.” [...] “debemos distinguir clases de series muy diferentes. En primer lugar las zonas erógenas en la sexualidad pregenital: cada una se organiza en una serie, que converge alrededor de una singularidad representada por el orificio rodeado de mucosa.” [...] “en segundo lugar, es evidente que el enlace fálico de las zonas erógenas viene a complicar la forma serial: sin duda las series se prolongan unas a otras, y convergen alrededor del falo como imagen sobre la zona genital. Esta zona genital también tiene su propia serie. Pero no es separable de una forma compleja que subsume ahora series heterogéneas, al haber sustituido la homogeneidad por una condición de continuidad o convergencia; esta forma da lugar a una síntesis de coexistencia y coordinación y constituye una conjunción de series subsumidas. En tercer lugar, sabemos que el enlace fálico de superficies se acompaña necesariamente de iniciativas edípicas que, a su vez remiten a imágenes parentales.” [...] Además, esta o estas series edípicas entran en relación con las series pregenitales. [...] En esta relación entre imágenes de origen diferente, edípicas y pregenitales, es también donde se elaboran las condiciones para una “elección de objeto” exterior. [...] Bajo una segunda forma, los dos acontecimientos se presentan mas bien como dos series, una pregenital, otra edípica, y su resonancia como el proceso del fantasma.”
Esta cita muestra sólo una diferencia relativa de lenguaje con la concepción psicoanalítica de la constitución sexual subjetiva. Implica seguir la lectura analítica, pero con un esfuerzo de explicitar su lógica para una construcción ontológica. Pero más adelante encontramos:
[...]Así pues, únicamente nos quedaría el falo como instancia de convergencia y coordinación; pero él mismo se inscribe en las disociaciones edípicas. Y, sobre todo, está claro que se sustrae a su papel si nos remitimos al otro extremo de la cadena, no ya al origen de las imágenes, sino mas bien a su disipación común en la evolución de Edipo.
Porque, en su evolución y en la línea que traza, el falo no cesa de señalar un exceso y una carencia, de oscilar entre ambos e incluso de ser los dos a la vez.”...(el subrayado es mío)
Aquí vemos ya el esfuerzo de Deleuze para centrar el carácter paradojal del falo, y la raíz aún no brotada de la ruptura con la concepción edípica. Denota una limitación en el psicoanálisis al concebir el falo como significante de la falta. Y más adelante leemos:
[...] Por ello, en la tercera clase, la forma serial se presenta bajo una forma irreductible a las precedentes: síntesis disyuntivas de series heterogéneas, ya que las series heterogéneas son ahora divergentes; pero también uso positivo y afirmativo (ya no negativo y limitativo) de la disyunción, ya que las series divergentes resuenan en tanto que tales; y ramificación continua de estas series, en función del objeto =X que no cesa de desplazarse y recorrerlas.*”...(esta vez el subrayado es de Deleuze)
En este punto hay una llamada a pie de página en la cual leemos:
*“Por el contrario en el origen de la cadena, mientras las disyunciones no son remitidas sino al objeto bueno de la posición depresiva, la síntesis disyuntiva tiene solamente un uso limitativo y negativo.” (nuevamente el subrayado es mío)
Esta será la base del desacuerdo futuro, una acusación de uso limitativo y negativo del falo como significante de la falta, que inscribe una concepción del deseo como carencia. Deleuze señala en ese otro extremo de la serie lo que llama el ídolo, que localiza en lo que denomina la altura, para señalar lo que en (EAE) atacará como trascendencia promovida por la representación. Denuncia un uso ilegítimo trascendente del falo y que lo propio del registro edípico radica en introducir ese uso ilegítimo trascendente, que tiene carácter exclusivo, limitativo, negativo de la síntesis disyuntiva; allí donde sostiene que la producción deseante nos revela en la fuerza de la síntesis disyuntiva un uso legítimo inmanente, no exclusivo ni limitativo, sino plenamente afirmativo, inclusivo e ilimitativo.
La cuestión es discutible y no está exenta de importancia
Deleuze prefiere rescatar como modelo del deseo, el papel creativo de la pulsión en Freud con la mítica experiencia de satisfacción por alucinación primordial, en la cual la pulsión crea su objeto. Este valor positivo de la pulsión es tomado como modelo del deseo en lo que denomina máquinas deseantes. Mientras que para el psicoanálisis la pulsión directa, es decir, no regida por la legalidad edípica, conduce al goce, de carácter mortífero; Deleuze postula una liberación del deseo de las limitaciones que el Edipo le infringe.
VI) - El nudo de la crítica en El Anti-Edipo -
La concepción freudiana sigue una idea nietzscheana, el ser humano está poco dotado para tolerar la realidad. El aparato psíquico freudiano está diseñado para digerirla, es decir, para transformarla en egosintónica en la medida de lo posible. Pero la primera realidad que debe transformar son las pulsiones mismas. El psiquismo es una excrecencia necesaria brotada de la presión pulsional para procesar las pulsiones y dotarlas de un circuito, desde la fuente (somática) hasta el objeto para alcanzar la satisfacción sin arrasar al débil “YO”, que en el comienzo de la vida está totalmente a merced de las pulsiones.
En (EAE), Deleuze y Guattari despliegan una crítica al mecanicismo y al vitalismo clásicos por su incomprensión de las relaciones parte-todo y a Melanie Klein por su supuesto fracaso en la comprensión de la lógica de los objetos parciales por pensarlos como fantasmas y desde el punto de vista del consumo y no como producción real. Se le reprocha asignar a los objetos parciales mecanismos de causa, de efecto y de expresión que imponen una concepción idealista de los mismos; y partir de un todo originario y postular una totalidad ulterior.
Sin embargo, Klein no tiene la más mínima preocupación ontológica ni epistémica y se ata exclusivamente a la clínica, lo que le permite encontrar los objetos parciales y teorizar lo que observa de sus mecanismos. Es absolutamente cierto que parte de una unidad originaria fragmentada (el rudimentario yo) y postula una integración “relativa” ulterior, a ser alcanzada en la posición depresiva en la cual se integran no sólo el yo, sino también en correspondencia, el objeto, pero nunca subsume totalmente los objetos parciales.
A diferencia de Freud no postula una duplicidad de la realidad y una realidad psíquica. Desconfía de todo intelectualismo y para ella no hay mas real que el universo de los objetos, tanto internos como externos, que encuentra. Pero que lo son respecto de la percepción del yo, constituyendo ambos el único universo que es el fantasmático. Por lo tanto no hay duplicación y su despreocupación ontológica impide que se pregunte por un estatuto material o ideal de estos objetos parciales.
En este sentido es más kantiana que Kant, sin proponérselo, pues la cosa en sí le resulta tan incognoscible que ni vale la pena considerarla. Por lo mismo, también es cierto que desde el punto de vista de los autores se ocupa de lo que estos llaman la producción de consumo, es decir el sujeto que se registra al lado de los objetos parciales que lo constituyen y a partir del registro de una intensidad privilegiada: la ansiedad, cuyos matices descubren la posición. La escuela inglesa es la concepción más estética en el psicoanálisis.
Resulta absolutamente incorrecto sostener que “los objetos parciales parecen extraídos de personas globales” ya que éstas sólo pueden surgir de la integración fantasmática, siempre de carácter interno y relativo, ya que el padre y la madre reales no son determinantes, tienen escasísima incidencia en el mundo fantasmático del sujeto. Para Klein las causas siempre son internas al sujeto y se fundamentan en la intensidad pulsional y su destino.
En este sentido, las afirmaciones de los autores de que “El inconsciente ignora las personas.” y “Los objetos parciales no son representantes de los personajes parentales ni de los soportes de relaciones familiares...”; serían seguramente suscriptas por Klein, porque para ella sólo hay objetos y relaciones, de las que surgen personajes que no son duplicados de los reales. También podría quizás, paradójicamente, aceptar el final de esa misma frase: “son piezas en las máquinas deseantes, que remiten a un proceso y a relaciones de producción irreductibles y primeras con respecto a lo que se deja registrar en la figura de Edipo.”; ya que el edipo temprano ordena relaciones de la producción que produce a los padres y las relaciones con estos. También podría quizás aceptar que “el niño es un ser metafísico”, pues éste es sólo mayor o menor integración de objetos y pulsiones parciales.
La importancia de desplegar estas precisiones radica en la necesidad de valorar justamente la relación del todo y las partes pues la clínica evidencia los procesos esquizo-paranoides como defensa frente a la amenaza de fragmentación del yo, presente en cuadros mucho mas graves. Las pulsiones parciales evidencian ser creativas pero también destructivas y el problema de la totalidad no se plantea mas que como proceso de integración relativa. Edipo es un complejo circuito para hacer frente a deseos incestuosos pero sobre todo agresivos.
Pero Deleuze sostiene que las representaciones reprimidas según Freud, no son tales, sino que son representaciones reprimentes, y que el deseo no es consumar el incesto sino que esta es la carnada con la que se escamotea y deforma, en la representación, la represión de la producción deseante. Para Deleuze y Guattari la estructura de la representación como sistema de represión-represión, comprende:
a) “la representación reprimente” que opera la represión”, y que son las síntesis en su uso trascendente, objetos fantasmáticos.
b) “el representante reprimido”, sobre el cual la represión lleva realmente a cabo la represión, esto es sobre la producción deseante; y
c) “el representante desplazado”, que da de lo reprimido una imagen aparente trucada, es decir Edipo y la prohibición del incesto.
Así, las críticas al psicoanálisis pueden resumirse en lo siguiente:
1) Edipo imaginario, mítico (Freud) y estructural (Lacan) reprimen la producción deseante
2) La producción deseante es sometida a la representación, con la tragedia y el mito.
3) Aplasta las máquinas deseantes con Edipo por medio de la re-presentación, represión.
4) La producción deseante ya no es mas que producción de fantasma, o sea, expresión.
5) Edipizar es Capitalizar: la libido no es político-social-histórica sino sexual y familiar.
6) El psicoanálisis desmiente el ateísmo y la orfandad del inconsciente.
7) Introduce el “falo”, significante de la falta, carencia, para ordenar las series exclusivas.
8) Se acusa al psicoanálisis de inyectar la castración en el inconsciente.
9) Se critica el fantasma individual como dimensión imaginaria del grupal.
10) Se critica que se sostenga entre los factores cualitativos de la economía deseante que obstaculizan la cura: 1) la roca viva de la castración, 2) la cualidad del conflicto: crea oposiciones irreductibles entre homo y heterosexualidad, 3) resistencias no localizables; libido viscosa o muy líquida; son efectos del análisis. Resistencia deseante y no del ello.
Es interesante recortar aquí una afirmación tan importante como sorprendente de los autores en la página 78 del texto castellano:
“Todavía no sabemos que fuerzas determinan esta triangulación que se inmiscuye en el registro del deseo para transformar todas sus conexiones productivas.”
Es decir que Edipo no es un invento del psicoanálisis sino que aparece allí sin que se pueda determinar de donde procede pero es recusado a pesar de esto en nombre de la ontología postulada como no dado. Se recrimina al psicoanálisis reconocerlo y no combatirlo sino favorecer su asentamiento allí donde algo ha escapado a la legalidad edípica.
VII) - Una discusión Vigente -
La discusión teórica tiene implicancias prácticas y por lo tanto éticas. No se trata en consiguiente de mera especulación. Sus implicancias se despliegan en la clínica pero también en lo social, esa dimensión conflictiva que no siempre ha sido debidamente atendida por el psicoanálisis desde una perspectiva concreta.
La práctica del psicoanálisis como herramienta técnica, producto de la investigación, otorga un poder a quien la emplea. Pero además, en este campo que implica tan directamente la dimensión social, es muy posible la contaminación ideológica tanto en el plano teórico como en la práctica.
En el primer caso, el paternalismo freudiano y sus consecuencias teóricas han sido puestos en tela de juicio hace tiempo aún dentro del movimiento analítico. Pero a pesar de esto, nada desmiente en la práctica clínica que un ser humano que no alcanza la clausura psíquica del Edipo, presenta mayor debilidad y sufre padecimientos psíquicos mucho más graves e inimaginables para aquellos que sí la alcanzan. Los analistas que trabajamos con psicosis podemos dar fe de ello.
Pero otra cosa muy distinta es, para aquellos que sí han atravesado el complejo de relaciones edípicas con diversa suerte pero con clausura, que el psicoanálisis se convierta en un proceso de sometimiento a las figuras de autoridad o tome el camino opuesto, de liberación del sujeto. Lo que se espera de un análisis logrado es esto último, incluso la liberación de la figura del analista con la disolución de la transferencia.
El poder que confiere la transferencia en una cura es altísimo y necesariamente debe ser disuelto al final del tratamiento. Las dificultades en esta meta constituyen un problema serio con consecuencias sociales muchas veces observables, fundamentalmente en las instituciones formadas por analistas. Allí, las transferencias que no resultan definitivamente disueltas producen estragos sociales, personales y políticos.
Edipizar no es la tarea del analista, sino ayudar a resolver el drama edípico para liberar las capacidades hipotecadas por éste. Sin embargo, en los estragos arriba mencionados pueden evaluarse los fracasos de esta noble tarea y habilitar, al menos como duda, la fuerte crítica deleuziana sobre la concepción del deseo como carencia y de sus consecuencias para pensar la estructura edípica.
Desde esta perspectiva es posible encuadrar el valor y sentido de esa polémica instalada por Deleuze al concebir dos usos de lo que denomina la síntesis disyuntiva, en lo referente al falo. Un uso legítimo inmanente y uno ilegítimo trascendente.
El psicoanálisis como movimiento no ha dado lugar a ese debate ni importancia a esa crítica. Su poder social y prestigio en esos años era superior sin duda al actual y desdeñó lo que provenía de la especulación sin clínica, siguiendo la clásica desconfianza freudiana al respecto.
No es falso que el psicoanálisis puede ser utilizado, pero a condición de desvirtuarlo, como una herramienta de control social tanto como es posible lo contrario. El debate actual en Francia sobre un control estatal de su práctica amenaza disparar ese peligro.
También es cierto que cualquier analista experimentado sabe que para que se inscriba la falta, y por lo tanto el deseo como carencia, primero es necesario que se constituya la presencia; a pesar de que hay escuelas que no le otorgan la debida importancia. De lo contrario, cuando ésta ha sido defectuosa, estamos en un terreno mucho más grave y peligroso, de fragmentación psíquica ajena a la libertad.
La identidad relativa del YO es una ficción necesaria, indispensable para la vida, según el psicoanálisis, y esa ficción necesaria se puede leer con comodidad con las herramientas de la dialéctica hegeliana, pero esas mismas herramientas oscurecen la comprensión de los procesos desiderativos en lo inconsciente.
Esta identidad relativa y procesual desarrollada primero en relación al espíritu en su manifestación individual, permitió a Hegel fundamentar el estado y el derecho como instancias subjetivas superiores y objetivadas. Modelo para Deleuze de un uso ilegítimo trascendente de la productividad deseante, por derivar en la producción de objetos fantasmáticos que duplican los objetos reales inmanentes.
El rastreo de la diferencia y su estrecha relación con una concepción positiva de la repetición y del deseo le han permitido a Deleuze construir una verdadera historia clínica de la diferencia y señalar la identidad como la patología contemporánea. Una historia clínica que, relevando otros datos que aquellos a los que estábamos acostumbrados, ha permitido surgir una visión radicalmente nueva y distinta que invade todas las áreas del pensamiento y nos obliga a reconsiderarlas. Una nueva clínica social.
Pero en relación al psicoanálisis el problema señalado por Deleuze radica en lo siguiente:
¿Es la concepción del deseo como carencia un uso teórico limitado de las posibilidades que tenemos para concebir el deseo? - En caso de respuesta afirmativa:
¿El psicoanálisis coadyuva a la represión del deseo, resultando funcional al capitalismo? ¿Hay posibilidades de desarrollar una clínica concomitante con otra concepción del deseo, que basándonos en su potencia creativa, permita investigar en aspectos aún no explorados por el psicoanálisis y en la dirección que Deleuze señala?
Este es un desafío para analistas y no analistas que Deleuze ha dejado para nuestra inquietud y aún no ha tenido una respuesta definitiva pertinente.
Sin duda, la originalidad de su pensamiento es poco común y su construcción de la diferencia una respuesta contundente a Hegel que habilita no desdeñar a priori sus críticas observaciones sobre la concepción del deseo en el psicoanálisis.
El uso legítimo o ilegítimo plantea en sí mismo la dimensión de una decisión y por lo tanto el ejercicio de un poder. El ejercicio del poder en el seno de la transferencia no está suficientemente trabajado teóricamente. Siguiendo la idea nietzscheana de lo activo y lo reactivo en el hombre; es posible pensar en una pulsión de dominio que busca reducir al otro, desde la perspectiva de la carencia; y una pulsión de potencia que se afirma en un despliegue positivo que no necesita oponerse al otro, desde la perspectiva productiva.
La obra deleuziana se perfila como una palanca formidable para remover las anquilosadas fórmulas de un pensamiento oxidado. De hecho su marca está presente también entre ciertos analistas. Aunque mucho más entre los no institucionalizados que entre los miembros de las corporaciones analíticas.
¿Pero acaso sería posible que un pensamiento de estructura paradojal como el de Deleuze soportara esas instituciones, y éstas soportaran ese pensamiento? Tal vez sería más fácil imaginar corporaciones de cultores practicantes del Crack up, o cofradías de Artauds que se contaran por docenas, es decir, sin duda un disparate equivalente a una empresa destinada a clonar moralmente la singularidad de una posición ética. Sólo podría producir parodias.
Sin embargo, algo de eso se puede ver hoy en algunas instituciones analíticas.
“Dios ha muerto pero los hombres seguirán viendo su sombra en las paredes de la caverna por mucho tiempo”; nos advirtió Nietzsche hace más de un siglo.
Álvaro Gabriel Vives
Buenos Aires marzo de 2005
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