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DEBATE 11- 03
ESTAMOS MEJOR
 
Matrimonios y algo más
Hay quienes están muy preocupados por la falta de oposición en Argentina. Pero es al revés, la oposición es excesiva. Nunca resaltan más las trabas políticas que en los momentos de cambio. Los gritos, los quejidos, las amenazas, las recriminaciones, el miedo, todo el abanico emocional se pone en juego cuando se quiere hacer algo distinto  en nuestro país.
 
El optimismo y el pesimismo son dos ríos que cruzan la Argentina espiritual. No existen el uno sin el otro, son el Tigris y el Eufrates de nuestra Babilonia del alma. Los optimistas viven la euforia de sus cargos; trasmiten cifras ascendentes y cajonean las descendentes, hacen comparaciones con la peor de las épocas para decirnos que estamos mejor, odian a los escépticos.
 
Los pesimistas son de dos tipos. Existe el oportunismo pesimista que por resentimiento o ambiciones de poder quiere que la cosa política salga mal para hacerse del mando y de los negocios. Hay por otro lado un pesimismo orgánico de los que miran a vuelo de águila y ven a una república destrozada por décadas de necedad, corrupción y desmadre.
 
Es mejor no mirar a nuestro país desde un avión. Resulta evidente que pasó un tifón. En los últimos treinta años afloraron una camada de dirigentes que rompieron de todo sin pausa. Antes de eso las fallas fueron múltiples, pero se compensaban con  logros dispersos y con lo que quedaba de un mundo más suave y más rico. Hasta el 70 el país aún disfrutó de su proyecto fundacional, parecía que le quedaba resto. Después la autofagia.
 
En la década del 90 existìa el poder y la hegemonía política para aprovechar un descanso financiero después del plan Brady. Un 25% del PBI de deuda externa permitía pensar una estrategia política con relativa autonomía. Hoy se ha cuadruplicado esta  relación con un país mucho más pobre. Sin embargo, ha mejorado el ánimo de la gente. A pesar del hambre, de la desnutrición infantil, de la escolaridad tumbada, de la mafias activas, de la deuda infinita, de la protesta de acreedores de todo el mundo, de una juventud sin trabajo, de un éxodo de cientos de miles, ha mejorado el estado de ánimo de la gente.
 
No existe la sensación de impotencia de la época de de la Rúa, aquel estilo de poder en el que los que mandan lloran más que los gobernados. A pesar del estado de las cosas se ha corrido el telón negro del fatalismo en nuestro país. Parece que algo es posible y  una buena nueva puede suceder. Dije algo, adverbio modesto, insuficiente para muchos, ingrato para ambiciosos, inútil para charlatanes. 
 
Habituados a ser gobernados por matrimonios, estimo que el matrimonio Kirchner representa el mejor gobierno que se ha visto en años en nuestro país. Mejor desde el punto de vista político, desde el coraje de las decisiones, desde la ética. ¿Que no hay oposición? ¿Y qué me dicen del matrimonio Duhalde? ¿Podrá soportar una estancia en la salita de espera unos ocho años?¿Quien asegura que esta pelea entre matrimonios no termine como el melodrama de Albee con nuevos Burtons y Lices derrumbados alcoholizados sobre la alfombra? Me refiero, por supuesto, a nuevos derrumbados argentinos bajo la línea de pobreza.
 
Claro, dicen muchos, más allá del imprevisto desenlace entre nuevos swingers, es un peligro que en una democracia las tensiones y las alternativas políticas se diriman en el exclusivo ámbito de un único partido. Es cierto, y no es cierto, porque hasta la fecha, y ha habido ya demasiados ejemplos, ha sido más peligroso aún que se hayan resuelto fuera de su intimidad.
 
La gente está mejor
Es una suerte que existan los estrategas y los geopolitólogos. Gracias a ellos podemos alejarnos de la letra chica de la política doméstica y echar un vistazo al mundo y al futuro. En las alturas los vientos soplan con furia, las imágenes de lo que vendrá superan los sueños de Aladino, nuestros biznietos serán protagonistas de un mundo de chinos ricos, norteamericanos siempre gordos, hindúes con celulares, brasileños bailando desde Venezuela a la Argentina. ¿ Y nosotros? ¿Qué lugar tenemos vistos desde su alfombra voladora? ¿Cuál será el matrimonio que gobierne nuestro futuro?
 
Pensar, nos recuerdan, que hubiéramos podido tener el nivel de vida de Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Alfonsín nos decía que con la  democracia con la que se come y aquella casa ordenada, estaríamos viviendo como los españoles y los italianos. Menem nos prometía que si lo seguíamos seríamos parte  en el 2000 del pelotón de vanguardia de los países ricos. Unos nos prometían Norteamérica, otros Europa, hasta Oceanía, pero basta, aterricemos.
 
El país es un desastre y la gente está mejor. Intentemos explicar este fenómeno a uno de los millones de turistas que vienen a nuestro país. Hay tanto que explicar. El ahorrista italiano, me refiero a un jubilado ferroviario de Génova que puso veinte lucas verdes en un bono del Estado argentino, que confió y arriesgó en una entidad financiera llamada Argentina,  no quiere entender que hizo mal. Pero nosotros se lo podemos explicar. Lo hemos explicado a los ahorristas argentinos y han entendido. ¿Por qué le hizo caso a las consultoras que los convencieron que confíe en Argentina? Hay que ser ingenuo para confiar en nosotros les decimos nosotros. Qué duros de cabeza son! Si nosotros mismos no confiamos en nosotros mismos, a quién se le ocurre creer las palabras de mitómanos, delirantes, pícaros y tránsfugas. ¿Cómo no se dan cuenta que les mentimos cuando les decimos la verdad? ¿No saben lo que es la emergencia económica?
 
Somos el mejor ejemplo del fracaso de la globalización financiera y del triste rol de los operadores de fondos de inversión que ignoran las historias locales. Fuimos emblema de éxito y ahora el mayor síntoma de fracaso. Con nuestras heridas hemos desnudado una realidad y permitimos que el mundo repiense su destino, es una nueva contribución nacional al orden mundial.
Estamos mejor, mal que les pasa a López Murphy, Carrió, Zamora y Menem. En nuestro gabinete tenemos a poetas rosarinos y puritanos del Opus Dei, y están haciendo un trabajo digno.  Merecen nuestro apoyo. La soja es nuestro maná. Ojalá que el mundo, los seres vivos del planeta, mamíferos de todas las especies y posturas, hasta los peces, coman soja, leche de soja, café de soja, milanesa de soja, pizza de soja, cerveza de soja, faso de soja.
 
El último puritano
El país gira alrededor de tres temas recurrentes: piqueteros, secuestradores y barras bravas. Los dos últimos conciernen al poder judicial, el primero es social y económico aunque algunos pretenden incorporarlo al ámbito de los otros dos. Este orden de prioridades determina  que Beliz sea el personaje principal de la actualidad política. Hay quienes quieren echarlo. Otros interpretan su tarea como demagógica, muchos recuerdan sus adhesiones pasadas. Pero sucede que el haber sido convocado para la función ministerial de la justicia puede haber sido un verdadero hallazgo. Porque es un puritano, y los puritanos han sido columna vertebral del capitalismo exitoso y de las sociedades basadas en gobiernos austeros y confiables. Ha sido un logro no nombrarlo en ministerios que tienen que ver con la felicidad de la gente para que su puritanismo no se invierta en nuevas campañas contra el aborto, por una sexualidad con guante y no con forro, y por tantas cosas que la Santa Iglesia administra en pos del infierno universal. El hacerse cargo del poder judicial lo muestra en una campaña que necesita apoyo porque remueve todo el aparato político de décadas. Su función es la que más tiene que ver con el “se vayan todos” y con el entramado de corrupción que asocia al
Estado con la sociedad civil.
 
Por eso hay intendentes bonaerenses que ya piden su cabeza, por eso también su estabilidad es aún más importante que la renovación de la Corte Suprema.
 
Este intento de democratización es visto por muchos con escepticismo. Hay una versión ilustrada de este escepticismo que sostiene que un país como el nuestro siempre tuvo la cultura del cacicazgo. Que a diferencia de países vecinos no ha tenido un clase “ notabiliaria”, es decir una aristocracia espiritual y política. Es lo que ha dicho en un reportaje reciente el académico de historia Tulio Halperín Donghi. No hemos tenido un grupo de notables después de la generación del ochenta. Otros llaman a este notabilismo, elite. Es el punto de vista de la concepción liberal y conservadora de las sociedades. Una elite social ilustrada con una idea de Nación.
 
Uno de nuestros lugares comunes es sostener que en nuestro país no hubo un partido político de derecha, que ése ha sido una de las raíces de nuestro mal.  Marcelo Sanchez Sorondo en sus memorias habla de la “gente principal”, a la que él pertenecía. No lo sé, no repasé la materia castas 1 y castas 2. Quizás gracias una dirigencia ilustrada y distante habría más respeto a los valores y a los “principales”. Menos chusma gritona y más limpieza. Más civilización y menos barbarie; quizás con el genio de un Churchill, con el humanismo de Hiroshima y el exotismo atraído por los West Indies... Pero basta nuevamente, aterricemos.
 
Estamos mejor, el país nunca estuvo peor pero nosotros hemos mejorado. Puede ser que muchos no lo entiendan en el exterior o en los polos o entre economistas desplazados. Pero estamos mejor porque este gobierno después del terremoto en el que murieron decenas de personas, se vaciaron bancos y quebraron empresas, no sale a la calle a robarse lo que queda y a tranquilizar  “principales” sino a reconstruir con lo que hay.   
 
 
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