Vidas filosóficas
1999

PRESENTACION

1- Una vida filosófica implica una disciplina, disciplina que también exige una vida de artista o la vida de un santo. Una vida filosófica no es la distinguida vida de los filósofos, porque los filósofos no tienen ni más ni menos vida que cualquier ser mortal. La vida de un filósofo no es una vida especial. La condición de filósofo no exime de ninguna de las vulgaridades de la más común de las existencias terrestres.

La filosofía es una meditación sobre la vida. Meditación es mirada, contemplación; modelo visual que compone la percepción con la inteligencia y la memoria. La meditación filo sófica es una mirada a la condición humana.

Cuando se dice vida se dice condición humana, porque es desde esta única condición que se medita sobre lo inmediato y lo más lejano. El universo del que hablan los filósofos es el que aparece para la posición, el ángulo y la mirada del hombre. El hombre es, entonces, un elemento de los sistemas vivientes del que depende la filosofía.

Vale decirlo: la filosofía es una invención humana, y depende de los límites de la posibilidad humana. Un filóso fo no tiene ninguna relación con un más allá, ni con el núcleo central del mundo de los mundos. El conocimiento de la totalidad no es una operatoria filosófica sino un sueño teosófico.

Filosofar es plantear la condición humana desde su radicalidad. La raiz indica despojamiento, es raiz por su desnudez, pero no es raíz de origen, ni de algún punto cero de una historia posible. La raíz no es la génesis de una historia sacra o ejemplar sino la figura más común de la Verdad filosófica, botín no atesorable.

Todo origen se pretende espiritual, supone la inmaterialidad.La dimensión de esta inmaterialidad es expresada en el mito, la religión, y en los variados dispositivos consoladores. Pero no digo opio del pueblo, porque decir consuelo, no implica necesariamente una actitud despreciativa al que lo practica. Consolar es amar; cuando se dice que el

consuelo - en el sentido filosófico del término- es el momento final de toda visión comprensiva, de toda sabiduría, entonces no sólo se pretende compensar el dolor. La filosofía no puede ser sólo un antídoto del dolor de existir, no lo es porque falla por la fisura de su fe.

Creer, para un filósofo, es una coordenada de la acción, no un sistema autoafirmativo y excluyente de adhesión.

Creer - desde la filosofía - se da por añadidura o por elección. La creencia es un rezago o una voluntad, pero jamás establece ni impone la realidad de lo creído.

Si la filosofía es consuelo, lo es porque inquiere sobre el dolor de vivir; toda vida tiene un rostro doliente, y la filosofía medita sobre él. El filósofo es un hombre dolido, dice Fernando Pessoa.

Pero la filosofía no es sólo consuelo ya que transforma un malestar en un ejercicio, es decir un juego, entendido como tensión entre el propósito de controlar y el deseo de perderse. Es, además, una práctica, meditación material, porque debe ser dicha. De aquí que la filosofía no tenga origen sino historia. La filosofía es una huella simbólica en la historia de las materialidades.

La filosofía difícilmente disuelve el dolor en el universal de la creación. La filosofía no es una práctica mística, ni es entrega de lo propio al Todo. Sólo hay filosofía desde el yo, desde la miseria y el vigor del yo.

La tradición le destinó al filósofo el ser hijo del asombro de que haya Ser. Este asombro parece un efecto estético. Aristóteles ubica al filósofo contemplando la bóveda celes te, su inmensidad y belleza. No había otro modo de imagi narse el Cosmos. El hombre era un microcosmos privilegiado. Pero el Ser no está en las alturas ni brilla; es el umbral de lo existente, el residuo de la constatación de que hay algo más bien que nada.¿Por qué hay?, es la pregunta no sustantiva.¿Por qué esta pregunta se construye con una gramática de puro verbo? ¿Qué forma darle a un absoluto intransitivo? La filosofía nace con la pregunta metafísica del porqué algo más bien que la nada y contra la evidencia de que las cosas son, fueron, y serán así. Para el filósofo las cosas no son así; son así y de otra manera.

La filosofía también se yergue contra la obsesión de que no hay tiempo que perder. El filósofo necesita de al menos algún tiempo que perder, el tiempo del verbo, porque si nó no hay pregunta ni proposiciones. Esto es lo que comunmente se llama inutilidad de la filosofía y convocó el desprecio de los cultores de la acción heroica, por un lado, y de la mentalidad practicida por el otro. Filósofos contra guerre ros y contadores.

El tiempo del preguntar hace que la filosofía no se defina exclusivamente por su practicidad o eficacia. Preguntar es producir un espacio de problemas. El momento de la teoría es un momento de paréntesis, pero no necesariamente de justicia. El preguntar filosófico no lo convierte al filó sofo en un ciudadano del mundo prohijado por la razón. La racionalidad democrática es una utopía tardía. El filósofo no enuncia las preguntas por tener una actitud edificante, abierta, plural, antidogmática y progresiva. Si de moderni dad se trata, tanto vale la modernidad escéptica; la que reconoce la fragilidad y la humildad de la pregunta, y la soberbia de esa misma humildad.

El filósofo tiene sus tentaciones. Una de ellas es la de querer comprender el misterio de la muerte. Existe una imagen de la muerte sabia. Deseamos una muerte importante. En el momento de morir, nos imaginamos que el hombre recibe una última visión sintética de su vida, que se comprende a sí mismo, se abre su memoria, todo tiene senti do, y se une al Logos mientras deposita su última sonrisa. Tenemos la esperanza de dar nuestra aprobación a la vida antes de morir. Pero la muerte es estúpida, es ésta una verdad que el filósofo puede interrogar. La mayoría de los hombres tiene una muerte estúpida. Camus definía a este sin sentido con la palabra absurdo, erigido en concepto de una filosofía existencial. La gente muere en los subtes, en los hospitales, en sus casas, en la calle, muere después de cenar, en accidentes de tránsito, en las guerras, golpeada por síncopes, por prolongadas enfermedades que insumen toda su capacidad económica y física. Se muere sin preaviso o con resignación.

Uno de nuestros compañeros de seminario, y amigo personal, Guillermo Murgo, agonizaba de sida en una sala del hospital Muñiz. En una de mis últimas visitas, quise llevarle un regalo significativo, tan significativo como su agonía. Un obsequio que ahorrara las palabras, sobre todo para mi, que no tenía ninguna, ante el horror de la escena. Un regalo que, como una sobreimpresión cómica, fuera de esos obse quios que uno imagina recibir cuando le preguntan qué se llevaría a una isla desierta, en este caso era el desierto final. Le llevé un libro de poemas de la poeta por él amada: Olga Orozco. Era un regalo con sentido, una compañía para abrazar y tener en esos momentos. Se lo entregué y lo miró sin comentarios, lo dejó a su lado sobre la sábana.

Le dijo algo a alguien que también lo visitaba, y después de un rato de penurias, en el que me dediqué a hojear una revista de espectáculos, me pidió que me fuera, que no podía más de cansancio. Y al levantarme, me pidió también que me llevara el libro, no tenía lugar, me dijo señalando la mesa de luz. Remedios, antibióticos, algodón. No tenía lugar en donde poner el libro. Me puso ojos de incrédulo por no haberme dado cuenta de tan obvia evidencia.

Así se presenta la poesía frente a la muerte; un objeto molesto e inadecuado, casi ridículo; algo que ocupa lugar, y que está fuera de lugar. A Guillermo Murgo la poesía - aún la que habla de la muerte - lo ayudó a vivir, pero no a morir.

Hablamos de la salvación poética,¿pero qué pasa con la filosófica? Posiblemente nos ayude a vivir, pero,¿nos ayudará a morir? ¿Y cómo lo hará? ¿Seremos los aficionados a la filosofía los protagonistas de una escena más tragicó mica aún; un último acto en el que intentamos acompañar nuestra desvalidez con los pesados tomos de nuestros filó sofos favoritos? Con nuestros lápices subrayadores, las fichas bibliográficas, nuestros anteojos de lectura, la lámpara de luz, y todos los artefactos habituales con los que efectuamos nuestra labor para así acompañarnos con un modesto cofre faraónico? La modestia de nuestro andamiaje laboral, ¿no se convertirá en un lujo excesivo e incómodo para morir? Detalles prácticos que indican que la filoso fía,la divina consoladora, necesita de variadas prótesis para ser ejercida. Por eso es material, por eso es consola dora para el vivir, por eso es inocua para el morir.

¿Qué es una vida filosófica?, nos preguntamos ahora , luego de discurrir sobre la vida y la filosofía. Una vida filosófica es una vida que necesita de la filosofía para vivir.

Por eso la vida filosófica no es la vida de un filósofo, ni la relación entre su vida y su obra, ni la de su vida y su obra con su época, sino la relación entre su vida y la filosofía que necesita para vivir . Nietzsche ha sido uno de los pocos filósofos - pero no el único - que ha hecho explícita esta relación.

Cuando hablamos de vida filosófica es porque entre vida y filosofía hay una intersección, que, como toda intersección, también señala lo que deja afuera. Interrogar una vida filosófica es alumbrar el espacio común entre estos dos conjuntos llamados vida y filosofía.

Decíamos al comienzo que una vida filosófica necesita una disciplina. ¿Qué tipo de disciplina es ésta? Abramos surcos y despejemos la maleza. Por un lado los hombres son como las abejas; segregan lenguaje. Ni todas las secreciones son iguales ni todos los lenguajes lo son. Pero esto que cons tituye una verdad banal para cualquier semiólogo de salón, es para el filósofo uno de los modos en que encara su disciplina. La filosofía es un modo de separar los lengua jes, de distinguirlos, de darles un nombre, y de darles un valor. El mito, la poesía, la religión, la sofística, la política y la retórica, son nombres que discriminan a los lenguajes e interrogan su pretensión. Para la primera filosofía, la de los griegos, no hay lenguaje sin preten sión de poder, sin presunción de autoridad, sin una cierta voluntad de dominación.

Por eso uno de los modos en que la filosofía disciplina la vida de los hombres, consiste en la interrogación sistemá tica de la pretensión, la función, los alcances y la iden tidad del lenguaje humano. Otro modo en que se ha ejercitado esta disciplina es la meditación sobre la muerte. Sócrates y Séneca, son filóso fos que no sólo han meditado sobre las posibles muertes que puede tener el ser humano, sino que por la vida que han tenido, se han visto signados por la decisión de cómo morir.

La filosofía es antigua; su antiguedad no es sólo cronoló gica sino constitutiva. Esta es una de la razones por las que el aficionado a la filosofía nunca dejará de leer a los griegos. La cultura helénica meditó sobre el lenguaje, sobre la muerte, y sobre un tópico, que también ha sido medular para la filosofía: la amistad. Filosofar con los otros, en diálogo con los otros, en ceremonias, simposios, banquetes; hacer del uso de la palabra un pacto de lealtad, un anillo discursivo que enlaza a los pares.

Decíamos que el filósofo no es un místico, es un hombre común. Una sombra como cualquier sombra. Platón nos dió la alegoría por la que el filósofo pretende alejarse del mundo de las sombras, pero del sol nada ve, porque la luz nos ciega, y al dejarnos ciegos nos deja sin palabras. El filósofo necesita tanto de las palabras como de las sombras para ejercer su vida filosófica. De las sombras de los otros, y de la propia sombra que lo abarca y se le escapa.

Cuenta la leyenda que Buda, después de haber sido ilumina do, decide volver con los hombres. Es un amor de consuelo, renuncia al Nirvana hasta tanto los hombres estén en condi ción de recibir una misma luz. El filósofo de Platón tiene un viaje más breve. No es místico, ni sabio ni poeta ni juez. Ni Pitágoras, ni Heráclito, ni Homero ni Solón. Es aquel que se resistió al destierro; el que vive sus últimas horas con sus amigos; el que se dedica a interrogar a los pretendientes a la verdad y a calibrar las virtudes de sus lenguajes. Amistad, muerte, lenguaje, son tres rostros de la filosofía en su acepción antigua.

2- Este libro es el resultado impreso de un seminario anual que seguimos un grupo de profesores de filosofía. Lo hace mos hace quince años. Desde 1984 nos reunimos todos los jueves del año, de abril a diciembre, a estudiar. Cada año se propone un tema, y cada jueves cada uno de nosotros da su exposición.

En 1988, hace diez años, decidimos publicar el seminario de aquel año:
Foucault y la ética , hoy entregamos un nuevo trabajo.

De aquella época alguno de nosotros ya no está en la tie rra, y otros han aparecido. Pero hay un fuerte elenco estable. Este seminario es abierto, cualquiera puede venir a escuchar las conferencias. Verá cómo nos divertimos. Nunca hubo condiciones de ingreso: puede ser un amigo o familiar de alguno, puede ser un curioso. Sólo retrospecti vamente me doy cuenta que hay, no una regla, sino una preferencia. La primera vez se puede venir sin compromiso, pero la segunda exige la presencia durante del resto del año. No ofrecemos espectáculo. El oyente es invitado, des pués de algunos meses de asistencia, a formar parte de los disertantes del próximo seminario. Casi todos han aceptado esta invitación con placer porque creo que este seminario muestra que existe el diálogo filosófico, una de las formas de la amistad, y que éste es un vínculo simple, sólo nece sita amor por la lectura y desprecio por la autoridad no elegida.

Nadie nos pagó este trabajo de estudio de quince años, nadie nos felicitó, ni siquiera pudo ser enarbolado como pieza curricular, creo que casi ninguna autoridad académica se dió por enterada. De nuestras trescientas conferencias puede haber algunos papeles cajoneados en alguna perdida secretaría académica. Siempre consideré que el aficionado a la filosofía - como decía Alicia Páez - es un estudiante inconcluso. De las páginas para leer o para escribir, siempre faltará alguna. El amor al objeto es una máquina de guerra. Por eso la pasión filosófica destruye las burocra cias, que son la muerte del objeto.

El tema

Vidas Filosóficas nos fue sugerido por una idea que latía en Foucault. En La escritura de sí Foucault destaca el papel que tenía la escritura - en cualesquiera de sus formas, ya fuere epistolar o en los recuentos cotidianos materializados en diarios personales - en la constitución de un arte de vivir en la cultura romana. Que la escritura fuera un elemento casi plástico para modelar nuestra forma.

Se desprendía entonces casi obligatoriamente la pregunta sobre si la filosofía podía ser un ejercicio ético, en el sentido dado por Foucault, ética como estética de la exis tencia. Si la filosofía tiene que ver con la vida del que la ejerce; asombrosa pregunta por lo inútil, lo obvio y lo indecidible de su mera formulación.

Sólo que las preguntas filosóficas no siempre se sellan con respuestas, dan lugar a un recorrido. Es lo que hicimos. No se trataba de super poner vida de filósofos con obras, ni épocas con vida y obra, ya que estas superposiciones siempre dejan restos, sobra o falta por todas partes.

Además las vidas componen un conjunto infinito. Mucho menos se trataba de acercar a un supuesto público común un vía más sencilla de acceso a la filosofía mediante detalles tiernos, privados o curiosos de los filósofos.

Que Santo Tomás fuera gordo, Kierkegaard jorobado, Sócrates ñato y Sartre estrábico, es bueno saberlo, pero no nos aproxima por eso al personaje, que seguirá tan lejano como siempre, aún cuando le adjuntemos un resu men de su obra a su resumida vida personal.

El género de la biografía no compone justamente un género, incluye tantas variantes como estilos de pensamiento. Hay un modo de muy difícil realización en el que la vida y la obra componen una horizontalidad, o si se quiere, un plano en declive, algo así como los pasillos de los edificios de Kafka. Deleuze nos hablaba de los dispositivos de la justicia en las obras de Kafka, de sus corredores, puertas, oficinas abiertas sobre otras oficinas. Así se construye el Wittgenstein de Ray Monk, y El Aguila Angustiada de Werner Ross.

Podemos añadir La Viena de Wittgenstein de Toulmin y Janik. Son pocos los que lograron la forma Moebius en las biografías, generalmente se cae en la torpeza texto/contex to, o literatura y sociedad, y otras bisagras oxidadas. Un recorrido así, en diagonal por vida y texto, requiere un gran talento, un don para la ficción y un don para la erudición. Por lo que la apuesta parecía quedarnos grande, era temible. Sugerí entrar por otro lado, más pequeño, más indeterminado, inmaduro.

Algo así como sacar una fotogra fía, detener el tiempo en un instante para dejar como secuela la imaginación temporal. En una foto, nos detenemos largo tiempo, una buena fotografía es la que nos inmoviliza en la contemplación de un instante, porque en el congelamiento no deja de nacer un relato. Esa es la magia fotográfica. Propuse intentar sacar una foto del filósofo por nosotros elegido, de descubrirlo en algún instante de su vida y obra, un momento de intersección puntual en el que vida y obra se crucen fugazmente, y que esta fugacidad fuera evocativa de un estilo. Cada uno de nosotros buscó ese momento, y nadie sabe si lo encontró. Son ustedes, los lectores, que tienen ahora la mirada.

La otra idea sugerida por Foucault, es la importancia de la amistad filosófica, tema que le gustaba comentar a sus amigos y alumnos, en sus últimos cursos. Aquella figura de Sócrates despidiéndose de sus amigos que le piden seguir viviendo. La amistad filosófica es otro indecidible, no se define, se recuerda o conmemora, se festeja. Este libro es un homenaje que los miembros de este semina rio nos hacemos a nosotros mismos, con las puertas abiertas a los lectores, y a los futuros participantes.



Tomás Abraham


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