PRESENTACION
1- Una vida filosófica implica una disciplina, disciplina que también
exige una vida de artista o la vida de un santo. Una vida filosófica no es la
distinguida vida de los filósofos, porque los filósofos no tienen ni más ni
menos vida que cualquier ser mortal. La vida de un filósofo no es una vida
especial. La condición de filósofo no exime de ninguna de las vulgaridades de la
más común de las existencias terrestres.
La filosofía es una meditación sobre la vida. Meditación es mirada,
contemplación; modelo visual que compone la percepción con la inteligencia y la
memoria. La meditación filo sófica es una mirada a la condición humana.
Cuando se dice vida se dice condición humana, porque es desde esta única
condición que se medita sobre lo inmediato y lo más lejano. El universo del que
hablan los filósofos es el que aparece para la posición, el ángulo y la mirada
del hombre. El hombre es, entonces, un elemento de los sistemas vivientes del
que depende la filosofía.
Vale decirlo: la filosofía es una invención humana, y depende de los límites
de la posibilidad humana. Un filóso fo no tiene ninguna relación con un más
allá, ni con el núcleo central del mundo de los mundos. El conocimiento de la
totalidad no es una operatoria filosófica sino un sueño teosófico.
Filosofar es plantear la condición humana desde su radicalidad. La raiz
indica despojamiento, es raiz por su desnudez, pero no es raíz de origen, ni de
algún punto cero de una historia posible. La raíz no es la génesis de una
historia sacra o ejemplar sino la figura más común de la Verdad filosófica,
botín no atesorable.
Todo origen se pretende espiritual, supone la inmaterialidad.La dimensión de
esta inmaterialidad es expresada en el mito, la religión, y en los variados
dispositivos consoladores. Pero no digo opio del pueblo, porque decir consuelo,
no implica necesariamente una actitud despreciativa al que lo practica. Consolar
es amar; cuando se dice que el
consuelo - en el sentido filosófico del término- es el momento final de toda
visión comprensiva, de toda sabiduría, entonces no sólo se pretende compensar el
dolor. La filosofía no puede ser sólo un antídoto del dolor de existir, no lo es
porque falla por la fisura de su fe.
Creer, para un filósofo, es una coordenada de la acción, no un sistema
autoafirmativo y excluyente de adhesión.
Creer - desde la filosofía - se da por añadidura o por elección. La creencia
es un rezago o una voluntad, pero jamás establece ni impone la realidad de lo
creído.
Si la filosofía es consuelo, lo es porque inquiere sobre el dolor de vivir;
toda vida tiene un rostro doliente, y la filosofía medita sobre él. El filósofo
es un hombre dolido, dice Fernando Pessoa.
Pero la filosofía no es sólo consuelo ya que transforma un malestar en un
ejercicio, es decir un juego, entendido como tensión entre el propósito de
controlar y el deseo de perderse. Es, además, una práctica, meditación material,
porque debe ser dicha. De aquí que la filosofía no tenga origen sino historia.
La filosofía es una huella simbólica en la historia de las materialidades.
La filosofía difícilmente disuelve el dolor en el universal de la creación.
La filosofía no es una práctica mística, ni es entrega de lo propio al Todo.
Sólo hay filosofía desde el yo, desde la miseria y el vigor del yo.
La tradición le destinó al filósofo el ser hijo del asombro de que haya Ser.
Este asombro parece un efecto estético. Aristóteles ubica al filósofo
contemplando la bóveda celes te, su inmensidad y belleza. No había otro modo de
imagi narse el Cosmos. El hombre era un microcosmos privilegiado. Pero el Ser no
está en las alturas ni brilla; es el umbral de lo existente, el residuo de la
constatación de que hay algo más bien que nada.¿Por qué hay?, es la pregunta no
sustantiva.¿Por qué esta pregunta se construye con una gramática de puro verbo?
¿Qué forma darle a un absoluto intransitivo? La filosofía nace con la pregunta
metafísica del porqué algo más bien que la nada y contra la evidencia de que las
cosas son, fueron, y serán así. Para el filósofo las cosas no son así; son así y
de otra manera.
La filosofía también se yergue contra la obsesión de que no hay tiempo que
perder. El filósofo necesita de al menos algún tiempo que perder, el tiempo del
verbo, porque si nó no hay pregunta ni proposiciones. Esto es lo que comunmente
se llama inutilidad de la filosofía y convocó el desprecio de los cultores de la
acción heroica, por un lado, y de la mentalidad practicida por el otro.
Filósofos contra guerre ros y contadores.
El tiempo del preguntar hace que la filosofía no se defina exclusivamente por
su practicidad o eficacia. Preguntar es producir un espacio de problemas. El
momento de la teoría es un momento de paréntesis, pero no necesariamente de
justicia. El preguntar filosófico no lo convierte al filó sofo en un ciudadano
del mundo prohijado por la razón. La racionalidad democrática es una utopía
tardía. El filósofo no enuncia las preguntas por tener una actitud edificante,
abierta, plural, antidogmática y progresiva. Si de moderni dad se trata, tanto
vale la modernidad escéptica; la que reconoce la fragilidad y la humildad de la
pregunta, y la soberbia de esa misma humildad.
El filósofo tiene sus tentaciones. Una de ellas es la de querer comprender el
misterio de la muerte. Existe una imagen de la muerte sabia. Deseamos una muerte
importante. En el momento de morir, nos imaginamos que el hombre recibe una
última visión sintética de su vida, que se comprende a sí mismo, se abre su
memoria, todo tiene senti do, y se une al Logos mientras deposita su última
sonrisa. Tenemos la esperanza de dar nuestra aprobación a la vida antes de
morir. Pero la muerte es estúpida, es ésta una verdad que el filósofo puede
interrogar. La mayoría de los hombres tiene una muerte estúpida. Camus definía a
este sin sentido con la palabra absurdo, erigido en concepto de una filosofía
existencial. La gente muere en los subtes, en los hospitales, en sus casas, en
la calle, muere después de cenar, en accidentes de tránsito, en las guerras,
golpeada por síncopes, por prolongadas enfermedades que insumen toda su
capacidad económica y física. Se muere sin preaviso o con resignación.
Uno de nuestros compañeros de seminario, y amigo personal, Guillermo
Murgo, agonizaba de sida en una sala del hospital Muñiz. En una de mis últimas
visitas, quise llevarle un regalo significativo, tan significativo como su
agonía. Un obsequio que ahorrara las palabras, sobre todo para mi, que no tenía
ninguna, ante el horror de la escena. Un regalo que, como una sobreimpresión
cómica, fuera de esos obse quios que uno imagina recibir cuando le preguntan qué
se llevaría a una isla desierta, en este caso era el desierto final. Le llevé un
libro de poemas de la poeta por él amada: Olga Orozco. Era un regalo con
sentido, una compañía para abrazar y tener en esos momentos. Se lo entregué y lo
miró sin comentarios, lo dejó a su lado sobre la sábana.
Le dijo algo a
alguien que también lo visitaba, y después de un rato de penurias, en el que me
dediqué a hojear una revista de espectáculos, me pidió que me fuera, que no
podía más de cansancio. Y al levantarme, me pidió también que me llevara el
libro, no tenía lugar, me dijo señalando la mesa de luz. Remedios, antibióticos,
algodón. No tenía lugar en donde poner el libro. Me puso ojos de incrédulo por
no haberme dado cuenta de tan obvia evidencia.
Así se presenta la poesía
frente a la muerte; un objeto molesto e inadecuado, casi ridículo; algo que
ocupa lugar, y que está fuera de lugar. A Guillermo Murgo la poesía - aún la que
habla de la muerte - lo ayudó a vivir, pero no a morir.
Hablamos de la
salvación poética,¿pero qué pasa con la filosófica? Posiblemente nos ayude a
vivir, pero,¿nos ayudará a morir? ¿Y cómo lo hará? ¿Seremos los aficionados a la
filosofía los protagonistas de una escena más tragicó mica aún; un último acto
en el que intentamos acompañar nuestra desvalidez con los pesados tomos de
nuestros filó sofos favoritos? Con nuestros lápices subrayadores, las fichas
bibliográficas, nuestros anteojos de lectura, la lámpara de luz, y todos los
artefactos habituales con los que efectuamos nuestra labor para así acompañarnos
con un modesto cofre faraónico? La modestia de nuestro andamiaje laboral, ¿no se
convertirá en un lujo excesivo e incómodo para morir? Detalles prácticos que
indican que la filoso fía,la divina consoladora, necesita de variadas prótesis
para ser ejercida. Por eso es material, por eso es consola dora para el vivir,
por eso es inocua para el morir.
¿Qué es una vida filosófica?, nos
preguntamos ahora , luego de discurrir sobre la vida y la filosofía. Una vida
filosófica es una vida que necesita de la filosofía para vivir.
Por eso
la vida filosófica no es la vida de un filósofo, ni la relación entre su vida y
su obra, ni la de su vida y su obra con su época, sino la relación entre su vida
y la filosofía que necesita para vivir . Nietzsche ha sido uno de los pocos
filósofos - pero no el único - que ha hecho explícita esta relación.
Cuando hablamos de vida filosófica es porque entre vida y filosofía hay
una intersección, que, como toda intersección, también señala lo que deja
afuera. Interrogar una vida filosófica es alumbrar el espacio común entre estos
dos conjuntos llamados vida y filosofía.
Decíamos al comienzo que una
vida filosófica necesita una disciplina. ¿Qué tipo de disciplina es ésta?
Abramos surcos y despejemos la maleza. Por un lado los hombres son como las
abejas; segregan lenguaje. Ni todas las secreciones son iguales ni todos los
lenguajes lo son. Pero esto que cons tituye una verdad banal para cualquier
semiólogo de salón, es para el filósofo uno de los modos en que encara su
disciplina. La filosofía es un modo de separar los lengua jes, de distinguirlos,
de darles un nombre, y de darles un valor. El mito, la poesía, la religión, la
sofística, la política y la retórica, son nombres que discriminan a los
lenguajes e interrogan su pretensión. Para la primera filosofía, la de los
griegos, no hay lenguaje sin preten sión de poder, sin presunción de autoridad,
sin una cierta voluntad de dominación.
Por eso uno de los modos en que
la filosofía disciplina la vida de los hombres, consiste en la interrogación
sistemá tica de la pretensión, la función, los alcances y la iden tidad del
lenguaje humano. Otro modo en que se ha ejercitado esta disciplina es la
meditación sobre la muerte. Sócrates y Séneca, son filóso fos que no sólo han
meditado sobre las posibles muertes que puede tener el ser humano, sino que por
la vida que han tenido, se han visto signados por la decisión de cómo morir.
La filosofía es antigua; su antiguedad no es sólo cronoló gica sino
constitutiva. Esta es una de la razones por las que el aficionado a la filosofía
nunca dejará de leer a los griegos. La cultura helénica meditó sobre el
lenguaje, sobre la muerte, y sobre un tópico, que también ha sido medular para
la filosofía: la amistad. Filosofar con los otros, en diálogo con los otros, en
ceremonias, simposios, banquetes; hacer del uso de la palabra un pacto de
lealtad, un anillo discursivo que enlaza a los pares.
Decíamos que el
filósofo no es un místico, es un hombre común. Una sombra como cualquier sombra.
Platón nos dió la alegoría por la que el filósofo pretende alejarse del mundo de
las sombras, pero del sol nada ve, porque la luz nos ciega, y al dejarnos ciegos
nos deja sin palabras. El filósofo necesita tanto de las palabras como de las
sombras para ejercer su vida filosófica. De las sombras de los otros, y de la
propia sombra que lo abarca y se le escapa.
Cuenta la leyenda que Buda,
después de haber sido ilumina do, decide volver con los hombres. Es un amor de
consuelo, renuncia al Nirvana hasta tanto los hombres estén en condi ción de
recibir una misma luz. El filósofo de Platón tiene un viaje más breve. No es
místico, ni sabio ni poeta ni juez. Ni Pitágoras, ni Heráclito, ni Homero ni
Solón. Es aquel que se resistió al destierro; el que vive sus últimas horas con
sus amigos; el que se dedica a interrogar a los pretendientes a la verdad y a
calibrar las virtudes de sus lenguajes. Amistad, muerte, lenguaje, son tres
rostros de la filosofía en su acepción antigua.
2- Este libro es
el resultado impreso de un seminario anual que seguimos un grupo de profesores
de filosofía. Lo hace mos hace quince años. Desde 1984 nos reunimos todos los
jueves del año, de abril a diciembre, a estudiar. Cada año se propone un tema, y
cada jueves cada uno de nosotros da su exposición.
En 1988, hace diez
años, decidimos publicar el seminario de aquel año: Foucault y la ética ,
hoy entregamos un nuevo trabajo.
De aquella época alguno de nosotros ya
no está en la tie rra, y otros han aparecido. Pero hay un fuerte elenco estable.
Este seminario es abierto, cualquiera puede venir a escuchar las conferencias.
Verá cómo nos divertimos. Nunca hubo condiciones de ingreso: puede ser un amigo
o familiar de alguno, puede ser un curioso. Sólo retrospecti vamente me doy
cuenta que hay, no una regla, sino una preferencia. La primera vez se puede
venir sin compromiso, pero la segunda exige la presencia durante del resto del
año. No ofrecemos espectáculo. El oyente es invitado, des pués de algunos meses
de asistencia, a formar parte de los disertantes del próximo seminario. Casi
todos han aceptado esta invitación con placer porque creo que este seminario
muestra que existe el diálogo filosófico, una de las formas de la amistad, y que
éste es un vínculo simple, sólo nece sita amor por la lectura y desprecio por la
autoridad no elegida.
Nadie nos pagó este trabajo de estudio de quince
años, nadie nos felicitó, ni siquiera pudo ser enarbolado como pieza curricular,
creo que casi ninguna autoridad académica se dió por enterada. De nuestras
trescientas conferencias puede haber algunos papeles cajoneados en alguna
perdida secretaría académica. Siempre consideré que el aficionado a la filosofía
- como decía Alicia Páez - es un estudiante inconcluso. De las páginas para leer
o para escribir, siempre faltará alguna. El amor al objeto es una máquina de
guerra. Por eso la pasión filosófica destruye las burocra cias, que son la
muerte del objeto.
El tema
Vidas Filosóficas nos fue
sugerido por una idea que latía en Foucault. En La escritura de sí Foucault
destaca el papel que tenía la escritura - en cualesquiera de sus formas, ya
fuere epistolar o en los recuentos cotidianos materializados en diarios
personales - en la constitución de un arte de vivir en la cultura romana. Que la
escritura fuera un elemento casi plástico para modelar nuestra forma.
Se
desprendía entonces casi obligatoriamente la pregunta sobre si la filosofía
podía ser un ejercicio ético, en el sentido dado por Foucault, ética como
estética de la exis tencia. Si la filosofía tiene que ver con la vida del que la
ejerce; asombrosa pregunta por lo inútil, lo obvio y lo indecidible de su mera
formulación.
Sólo que las preguntas filosóficas no siempre se sellan con
respuestas, dan lugar a un recorrido. Es lo que hicimos. No se trataba de super
poner vida de filósofos con obras, ni épocas con vida y obra, ya que estas
superposiciones siempre dejan restos, sobra o falta por todas partes.
Además las vidas componen un conjunto infinito. Mucho menos se trataba
de acercar a un supuesto público común un vía más sencilla de acceso a la
filosofía mediante detalles tiernos, privados o curiosos de los filósofos.
Que Santo Tomás fuera gordo, Kierkegaard jorobado, Sócrates ñato y
Sartre estrábico, es bueno saberlo, pero no nos aproxima por eso al personaje,
que seguirá tan lejano como siempre, aún cuando le adjuntemos un resu men de su
obra a su resumida vida personal.
El género de la biografía no compone
justamente un género, incluye tantas variantes como estilos de pensamiento. Hay
un modo de muy difícil realización en el que la vida y la obra componen una
horizontalidad, o si se quiere, un plano en declive, algo así como los pasillos
de los edificios de Kafka. Deleuze nos hablaba de los dispositivos de la
justicia en las obras de Kafka, de sus corredores, puertas, oficinas abiertas
sobre otras oficinas. Así se construye el Wittgenstein de Ray Monk, y El Aguila
Angustiada de Werner Ross.
Podemos añadir La Viena de Wittgenstein de
Toulmin y Janik. Son pocos los que lograron la forma Moebius en las biografías,
generalmente se cae en la torpeza texto/contex to, o literatura y sociedad, y
otras bisagras oxidadas. Un recorrido así, en diagonal por vida y texto,
requiere un gran talento, un don para la ficción y un don para la erudición. Por
lo que la apuesta parecía quedarnos grande, era temible. Sugerí entrar por otro
lado, más pequeño, más indeterminado, inmaduro.
Algo así como sacar una
fotogra fía, detener el tiempo en un instante para dejar como secuela la
imaginación temporal. En una foto, nos detenemos largo tiempo, una buena
fotografía es la que nos inmoviliza en la contemplación de un instante, porque
en el congelamiento no deja de nacer un relato. Esa es la magia fotográfica.
Propuse intentar sacar una foto del filósofo por nosotros elegido, de
descubrirlo en algún instante de su vida y obra, un momento de intersección
puntual en el que vida y obra se crucen fugazmente, y que esta fugacidad fuera
evocativa de un estilo. Cada uno de nosotros buscó ese momento, y nadie sabe si
lo encontró. Son ustedes, los lectores, que tienen ahora la mirada.
La
otra idea sugerida por Foucault, es la importancia de la amistad filosófica,
tema que le gustaba comentar a sus amigos y alumnos, en sus últimos cursos.
Aquella figura de Sócrates despidiéndose de sus amigos que le piden seguir
viviendo. La amistad filosófica es otro indecidible, no se define, se recuerda o
conmemora, se festeja. Este libro es un homenaje que los miembros de este semina
rio nos hacemos a nosotros mismos, con las puertas abiertas a los lectores, y a
los futuros participantes.
Tomás Abraham |
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