EL ÚLTIMO FOUCAULT.

Prólogo.

Hay que saber distinguir a un lector sudamericano de otro francés. Es necesario tomar en cuenta ciertas coordenadas geográficas. Vivir en la Argentina entre 1975 y 1984 determinaba un espacio de lectura. Este espacio era el resultado de una fractura en el tiempo. De una postergación y de una ausencia de información impuesta por la distancia y la censura.

La voluntad de saber y Vigilar y Castigar publicados en Francia entre 1975 y 76, constituyeron un milagro filosófico. Las ideas que Foucault presentaba en los dos libros eran tantas y de tal calidad que se convirtieron durante años en la proteína de nuestro organismo teórico. En especial el primero que nos hacía viajar por el cristianismo, Bataille, el psicoanálisis, el nazismo, las formaciones clínicas del siglo XIX, y una serie de sugerencias maravillosas que hacian de su próxima revelación una ansiosa espera.

Foucault cumplía su promesa hecha en la Universidad de Vincennes en la primera clase de sus curso “ Historia de la penalidad” e “ Historia de la sexualidad”, dos caminos que para los estudiantes – entre los que me contaba - no dejaban de ser un completo enigma. Los avatares del posmayo 68 no permitieron el normal desarrollo de las conferencias, y su nombramiento en el `College de France´lo alejó de las aulas universitarias.

El orden del discurso, la conferencia inaugural en el College, fue nitroglicerina envasada. El anuncio del plan de trabajo para los futuros años era un mar de promesas. No se detallaban los puntos históricos y temáticos de lo que iba a plantear, pero la dirección estaba establecida: los problemas del poder y la verdad. Los ejemplos de Semmelweiss y Mendel mostraban que en la ciencia los parámetros de la verdad no sólo estaban supeditados a normas de objetividad. Existía una corporación científica que mediante una serie de protocolos y murallas de contención delimitaba lo posible de decir. Verdades futuras eran los sinsentidos de hoy. No era una cuestión del progreso del conocimiento ni de la optimista dinámica de las falsaciones, sino de tragedias epistemólogicas como la mencionada de Semmelweiss, la figura central de la tesis de Louis Ferdinand Céline. Lo que interesaba era mostrar qué era estar `en lo verdadero´, expresión usada por Georges Canguilhem para señalar lo que había antes de la partición entre verdad y falsedad. Esta matriz definía el campo del sentido previo a su calificación en términos de veracidad. Primero había que eliminar los virus del absurdo y neutralizar la peligrosidad del discurso.

Los libros publicados sobre el poder y la sexualidad constituían la primera muestra de aquella promesa original. Foucault cumplía con lo dicho. Iniciaba su análisis de la microfísica del poder y de los dispositivos de saber-poder. Sin duda que las descripciones que hacía Foucault de los suplicios, las torturas, los descuartizamientos en Vigilar y Castigar, tenían un eco especial en nuestro país que vivía bajo el terror de un Estado criminal. El libro no circulaba en librerías, y la lectura, en grupos, que de él podía hacerse obligaba a los recaudos propios de la época. En alguna librería todavía era posible conseguir la traducción de Las palabras y las cosas, un libro que bien podía descansar en las estanterías comerciales, sus lectores eran prácticamente inexistentes. Como la lingüística estaba de moda y a nadie molestaba, los dedicados al estructuralismo eran los únicos que podían llegar a interesarse por un libro cuyo mayor prestigio parecía que era el de ser de difícil lectura.

Recuerdo que un ser tan curioso como Jorge Romero Brest estaba encantado con el libro de Foucault, que asociaba a las elucubraciones de Heidegger, pero la comunidad filósófica y académica nada, ningún interés por aquel texto ni otro de Foucault, ni en los setenta, ni los ochenta, ni nunca, ni hoy.

La abundancia de temas de la microfísica del poder no nos hacía interrogar la ausencia de nuevos libros. Los problemas vinculados con la relación entre castigo y poder, ley y cuerpos, los aspectos nietzscheanos de su interpretación de la historia de esta nueva genealogía de la moral, sumados a su crítica histórico-política del psicoanálisis – disciplina hegemónica en su vertiente lacaniana en los años de la dictadura del Proceso – articulándo todo esto a la confesión cristiana, resaltando la figura de Freud como resistencia a la avanzada nazi, y por el otro encadenando el incesto y la Ley a la `simbólica de la sangre´que hacía bisagra con Bataille, Artaud, hasta Lévi Strauss y Lacan, todos estas riquezas teóricas nos daban suficientes estímulos para tener en qué pensar. Pero el hecho cierto era que durante siete largos años ignoramos el desarrollo de los trabajos de Foucault y nada sabíamos de sus investigaciones y de los nuevos senderos de su pensamiento. Y nada sabiamos de lo que creaba, anunciaba, araba y compartía con los oyentes de sus conferencias del College de France.

Por eso, cuando en junio de 1984 los argentinos recibimos dos libros editados simultáneamente, L´usage des plaisirs y Le souci de soi, nos tiramos sobre ellos como sedientos a una fuente de agua fresca. Demás está decir que la sorpresa fue grande, aunque – si se tomaban en cuenta mutaciones previas - no tanta. ¿ Quién podía esperar una vuelta así en los temas y en el estilo del modo en que lo hacía Foucault? Apenas nombrado profesor titular de filosofía en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en 1984, me remití a la difusión y explicación del texto La verdad y las formas jurídicas, la serie de conferencias que Foucault había hecho hacía diez años en Brasil, y del que no había más que catorce ejemplares en el país, para tres mil alumnos, matrícula completa, que lo tenían de lectura obligatoria. Presentar a Foucault en primera instancia a los docentes marxistas que no entendian nada de este sospechoso petardista, anarco-burgués; a los alumnos que escuchaban las clases como alemanes en `resort´ de Guatemala; a los editores de suplementos culturales que con su buena conciencia de izquierda nacional nada querían saber de una postura elitista que para ellos singnificaba hablar de un francés; así me encontraba en los inicios de la democracia postmilitar, con el agregado de que estas nuevas obras de Foucault iniciaban un deslumbrante e inédito universo.

Pero no tan desconocido para los oyentes del College de France ni para los alumnos de Berkeley, ellos seguían las curvas de un itinerario que no viró ciento ochenta grados de un dia para otro. Fue gradual, hecho a la medida de ciertos descubrimientos, y con la determinación de una firme actitud.

Qué hermoso era el tema de la pederastía metida en la enseñanza filosófica! Sócrates seductor y amante, en el rol que años antes le había adjudicado en su seminario sobre El Banquete, el insaciable Jacques Lacan, el rol de `erastés´, amante, el activo amador. Qué revulsivo era incursionar en la ética de un modo terrenal, alejados de los espiritualismos edificantes y los universalismos de cátedra, un materialismo en el que se hablaba de tecnologías del yo, arte de vivir, cuidado de sí, estética de la existencia. Cuántas sugerencias nos daba Foucault para hendir el concepto en la relación entre ética e historia, e interrogar figuras tan dispares como la Dama del medioevo homenajeada por los trovadores, el cortesano de Castigilione, la noción de `famiglia´en el arquitecto renacentista Alberti, los actores de las intrigas isabelinas en su meta del self-fashioning tal como lo interpretaba Stephen Greenblatt, los dandys contraculturales de las universidades inglesas, la figura del revolucionario desde el siglo XIX, o la del neoempresario del XXI.

Una estética de la existencia que habia que comenzar a entender, pero que en la sociedad argentina tan habituada a la higiene de costumbres que nos había legado la Iglesia Católica y la hipocresía social, podía ser muy sabrosa para el paladar porque al intento de comprender podía agregársele su descripción, análisis y discusión. El programa de filosofía de 1985 que encaré junto a mis compañeros en la Universidad, vibraba con el punto temático dedicado a la filosofía y a la pederastía. .

La laica universidad compuesta en su consejo superior por especialistas de la corriente analítica, comentaristas locales de Searle, Strawson, Quine, Kripke, Follesdal, Ayer, Davidson, Ferguson, Howard Johnson, Atkinson,...y otros lores, y los popperianos de la sociedad abierta sin enemigos, pidieron la expulsión académica de mi humilde persona. Lo que fracasó por una memorable movilización estudiantil, que de Foucault poco y nada sabían, pero de rebeldía, por suerte, bastante.

Así comenzo la estética de la existencia en la República Argentina.

Sorprendió también que Foucault, el de Bentham y las cárceles, se dedicara a temas cristianos. Era una sorpresa por entregas, un artículo, El combate por la castidad, otro sobre San Agustín, Sexualidad y soledad, junto a Richard Sennet, por supuesto todo en francés, eran traducidos por nuestra cátedra que lo difundía en el Colegio Argentino de Filosofía y en las respectivas facultades en donde nos tocaba enseñar.

Foucault nos habría las puertas de la historia para el dominio de la ética, entendida como una problematización de las conductas, con sus prácticas e ideales. Del modo en que años antes, desde El orden del discurso, había sacado la venda y mordaza de la censura marxista mostrando que una nueva función del trabajo intelectual era posible, que existía un peligro del discurso que no se subsumía a las particiones ideológicas ni a apropiaciones de aparatos culturales, ahora también la ética materialista despegaba la venda de éticas comunicativas y liberalismos de la buenaventura con su reservorio de intenciones entre beatas e edificantes, y se materializaba en una historia de los cuerpos .

Su artículo sobre San Agustín no excluía el humor. Hablar de dos modelos epistémicos de la sexualidad en el mundo antiguo, el de la penetración del mundo griego y el de la erección en los comienzos del cristianismo, era muy divertido. Ver a un San Agustín en su libro XIV de la Ciudad de Dios desesperarse por mostrar los límites de la voluntad e ilustrarlo con las imprevisibilidades de la flatulencia, nos deparó agradables horas de clase.

Fue Foucault, además, quien gracias a estos trabajos parciales que rescatábamos como botellas en el mar, nos presentó a Sennet, al enorme Peter Brown, a Greenblatt, y, por supuesto, a Paul Veyne.

El Seminario de los Jueves es el grupo de estudios filosóficos que fundé en 1984. Su bautismo fue posterior, se difundió en la medida en que publicamos los primeros libros. Antes era un grupo de profesores y aficionados a la filosofia que se reunía en el Colegio Argentino de Filosofía. Los primeros años los dedicamos a leer a Foucault. Tradujimos capítulos de El uso de los placeres y El cuidado de sí, y así comenzamos nuestra investigación.

Foucault y la ética fue nuestro primer libro, con cuatro ediciones ampliadas. Alicia Paéz y Gustavo Mallea, miembros del grupo, ya fallecieron. Los extrañamos, eran brillantes. De aquel trabajo colectivo, sólo Christian Ferrer y yo escribimos aquí. El libro incluía trabajos sobre dandysmo, de Edgardo Chibán, sobre Lee Iacocca, de Hebe Uhart, sobre Richard Sennet, cristianismo, Aristóteles, etc.

En este nuevo libro hemos retomado el tema y un nuevo grupo se ha dedicado a la tarea de pensar a Foucault. Mónica Cabrera sigue las clases de la Parresía, su último curso, y sostiene que hay en el último Foucault una alegría socrática, distante de la perspectiva nietzscheana. Felisa Santos recorre meticulosamente el contexto bibliográfico de los estudios sobre los cínicos, y hace una crítica los intérpretes que a partir de la estética de la existencia restringen el ejercicio de la filosofía a un arte de vivir. Reafirma la necesidad de leer la historia de la filosofía como una disciplina del pensar.

Marcelo Pompei rastrea a Maquiavelo para pensar en una estética de la existencia que incluya al mal. Christian Ferrer nos habla de las tecnologías del yo de los anarquistas, la ascésis a implementar para ser un verdadero anarquista. Por mi parte he hablado de Foucault a través de un amigo muy especial: Paul Veyne.

Presentamos, además, por primera vez en castellano, la traducción del curso completo de 1983 que hizo Foucault en la Universidad de Berkeley, en una traducción y notas de Felisa Santos.

Recién años más tarde, en la medida en que fueron apareciendo sus cursos, por el rastreo de papeles que una vez hice en la biblioteca Du Seaulchoir en la que Foucault trabajó los últimos años, pudimos hacer una retrospectiva de su camino. Foucault no es un especialista, no trilla más fino lo ya trillado. Su abandono del plan primigenio anunciado en el primer volumen de la historia de la sexualidad, se debió – confesión pública mediante - a que el programa estaba diagramado y aquello que buscaba ya lo había encontrado. Sólo le quedaba completar con datos históricos sus ideas sobre los dispositivos de saber-poder.

Foucault es un filósofo ensayista. Ésta es una tradición que reinvindica más de una vez como la forma de pensamiento y literatura que más le conviene. Sin duda que su bagaje erudito y su ambientación académica delimitan una exigencia teórica que dista de intentos de experimentación dispersa. Foucault es un clásico, claridad expositiva, orden argumental y exhaustividad de la información, no pueden ser ignorados. Pero el recorrido tiene ver con cuestiones personales, recorren un diagrama de puntos subjetivos.

Para saltar de la locura a las epistemes – trayecto que he tratado de entender en mi libro Los senderos de Foucault - , de Pinel a Roussel, de éste a Bentham y Magritte, y luego Jenofonte y Juan Casiano, en esto hay algo más que una imposición de los tiempos, de las presiones de opinión, o de modas científicas. Por supuesto que de esto también hay, el filósofo nada en la doxa, aún el que quiere elevarse. Pero se trata del modo en que uno se ubica respecto del afuera. Habla de los cínicos en tiempos en que la palabra posmodernidad hartaba las crónicas asociándola a cinismo y frivolidad. Nos presenta un cinismo austero y temerario para quien pensar el mundo y arriesgar la vida se declinan juntos. Otro afuera fue mayo 68 cuando sus análisis retoman el rumbo del estudio de los sistemas de pensamiento enmarcados por normas y jerarquías institucionales. Pero lo hace a distancia crítica de las utopías de la época.

Cada afuera confeccionado por la opinión pública ilustrada recibía de parte de Foucault una sorpresa genealógica. Los calificativos de los bienpensantes que lo señalaban como cínico, escéptico, nominalista, nihilista, relativista, tenían como respuesta un trazado de líneas de demarcación histórico-teóricas que transvaloraban los atributos.

Para pasar de la temática del poder en la que parecía estar instalado para siempre a la de la ética, Foucault traza un camino regresivo. El estado policía que se ocupa de la vida de los habitantes, el pasaje de una problematización del poder del Príncipe respecto de lo que sucede en su territorio a una preocupación por las poblaciones, lo remiten al estudio de la noción y las prácticas de gobierno, entendido como tecnologías aplicadas a la conducción de las conductas. El magistrado debe conducir.

Por eso llega Foucault a las almas inquietas y se encuentra con que la necesidad que tiene el poder absoluto de ordenar los comportamientos sociales de los niños, los locos o los pobres, habían necesitado que las artes de gobierno remozaran las tecnologías que se habían implementado en la conducción de almas. Foucault estudia el poder pastoral que se despliega en el paradigma monástico. Y de ahí retrocede aún más hasta la polis ateniense y la metrópolis imperial, en las que la conducta es objeto de un nuevo tipo de reflexión.

Camino regresivo y actual: diética, erótica, economía, símbolos de nuestra contemporaneidad. La historia del presente.

¿Cuál sería el afuera de hoy para Foucault? Si ya en su curso de hace veinticinco años sobre Seguridad, Territorio y Población decía que los dispositivos disciplinarios debían pensarse bajo las nuevas urgencias de la conquista y posesión de la energía moderna llamada petróleo, y que el panóptico no es la entidad arquitectural apta para un mundo en que lo que importa es el diseño de nuevos dispositivos, puntuales y veloces, de seguridad, que encaren el desafío que impone el terrorismo, bien vale repetirse la pregunta sobre este afuera que Foucault hoy ya no presencia, cuando en 1978 hablaba de la confluencia entre petróleo y terrorismo como los nuevos invitados del pensamiento.

Pero creer que lo que pasa hoy es lo que pasa siempre es no entender a Foucault. Para él nunca pasa lo mismo, el orden del acontecimiento es el de la multiplicidad contingente, siempre renovada e inconclusa. El `afuera´del que hablamos no es sólo el que se impone por la fuerza de las cosas y de la historia, sino aquel que se quiere inventar.

Tomás Abraham


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