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Los intelectuales cuando escriben dependen de sus editores y distribuidores. Para que los libros se vendan se debe fabricar algún malentendido. Los malentendidos son la especialidad de los medios de comunicación. Los hay de carácter estético como la juventud y la simetría facial, los hay éticos, como el ser progresista y estar en contra de los valores mercantiles. Otro malentendido que ayuda es ganar un premio y perder un juicio, ganarse el aprecio de un director de suplemento literario o la estima de especialistas gráficos en cultura.
Ayuda el tener una etiqueta que se repite en cualquier circunstancia como la de rebelde, provocador, indomable, trisexual, amigo de Paul Auster, ser traducido al francés y estar siempre de viaje a la feria del libro de Cuernavaca. Es muy importante hablar pestes de la globalización, de la sociedad del espectáculo, echarle la culpa a Menem y Cavallo, decir que todo el infierno comenzó en el 76 y escribir folletos de historia mundial. No está mal tener voz de barítono, comer bombones mientras se dice Pessoa, y estar a favor de la biodiversidad. Es con frecuencia necesario hablar mal de Sofovich y de Gelblung e inclinarse ante Gelman y Toni Negri. Sobre todo no hay que olvidarse del bajo perfil, es necesario que todo el mundo se dé cuenta de nuestro bajo perfil y de nuestra pública fobia. Ser solemne, pastoral y sumamente creativo es algo que se honra tanto como casarse con una ex modelo o ser gay con hijos. Según afirman los principales referentes del gremio: “si no aparecés cada dos años con un libro, ya no sos nadie”. A los intelectuales lo que menos mes interesa es la fama, les basta con la gloria, pero por si llega tarde, o mientras tanto, siempre es bueno que nos pidan una notita.. |