s La página de Tomás Abraham

Conferencias


La Argentina como problema filosófico.

 

(Conferencia dictada en la Fundación Italia de Rosario el 15 de mayo último)

Nací en Rumania. Soy judío-rumano por nacimiento y argentino por adopción. Llegué con mis padres en 1948. Ingresé a la filosofía a los quince años. Aprendí el castellano entremezclado con el húngaro. Hice mis estudios universitarios en Francia. Comencé a trabajar en la Universidad de Buenos Aires en 1984, y mis libros empiezan a editarse a fines del 80.

Mis primeras investigaciones filosóficas tienen que ver con ciertos hitos de la filosofía francesa. Estudió minuciosamente la obra de Michel Foucault y la de Gilles Deleuze. Rendí tributo también al pensamiento de Sartre y de Louis Althusser. 

Estas investigaciones si bien pretendían dar cuenta de su objeto teórico, siempre se actualizaban por la inserción de la reflexión en el espacio político-cultural argentino.

Así fue que un ensayo sobre una polémica entre Sartre y Bataille en 1943, me hizo reflexionar acerca de las relaciones entre la pensamiento filosófico y las situaciones de terror, como lo fue la ocupación nazi y como también lo fue la dictadura del Proceso.

Me hizo debatir el tema de lo que se llama compromiso intelectual y lo que se define como colaboración con el ocupante o con el Terrorismo de Estado. La actitud de Sartre y Bataille mostraba una zona intermedia en la que dos pensadores elaboraban sus obras, uno La experiencia interior, el otro El ser y la nada. Ambos fueron publicados en 1943, por editoriales custodiadas y censuradas, con posibilidades limitadas de editar dada la existencia de explícítas listas negras confeccionadas de acuerdo a criterios raciales.

La obra de ambos es importante, lo que se discute en las dos es estimulante y seductor, los frentes que embisten tienen importancia filosófica, el lenguaje que emplean es original, no hay complicidad de ninguno con la ideología que importaban los ocupantes, sin embargo en ninguna de las obras hay el menor atisbo de denuncia de lo que sucede en el país, no hay resistencia declarada a la matanza llevada a cabo.

Una vez liberada Francia el mundo de la cultura estaba muy agitado por separar la paja del trigo, y al espacio político pretendía dividírselo entre resistentes y traidores. Sartre pedía el fusilamiento para estos últimos. Las denuncias y contradenuncias abundaban y había heroísmos que se inventaban y ovejas negras que permitían la catársis general.

Lo que se ocultaba era que una gran parte del pueblo francés, sinó la mayoría, había colaborado desde hacía años con el fortalecimiento del fascismo francés, y que la ocupación alemana a muchos les parecia la aurora de una nueva era.

También se ocultaba que la vida cotidiana en épocas de terror o de sojuzgamiento, no divide necesariamente a los humanos en mártires, héroes y sometidos o colaboradores. El ejemplo de la labor de Sartre y Bataille, mostraba una zona de calificación ambigüa, en la que ambos a pesar de no ser resistentes políticos, habían sí resistido al convite de una cultura que se creía triunfante y a un ocupante que parecía instalarse una eternidad. Habían seguido pensando, elaborando caminos filosóficos, y mantuvieron viva una voz disidente aunque no opositora.

Estas reflexiones me parecían adecuadas para la Argentina de mediados de 1983 - cuando fue publicada por primera vez - , ya que entre exilados y aquellos que vivieron el Proceso en el país nacían las primeras suspicacias.

Esta relación con la actualidad se repite cuando ingreso como profesor a la Universidad de Buenos Aires, mi programa trataba del nacimiento de la filosofía, acontecimiento que sucedió en Grecia hace 2500 años, y que no se debió a la inspiración de un genio, ni de un sabio, ni de un milagro que iluminó a los griegos y les hizo despejar las tinieblas del mito para darles la claridad de la razón.

El nacimiento de la filosofía tiene que ver con un proceso económico, político, social y cultural complejo, que se inscribe en la formación de la Polis ateniense. Es la Polis, la ciudad en el sentido antiguo, la que constituye el espacio en el que nacen las artes del lenguaje como la sofística, la retórica, la dialéctica, la filosofía. Es la democracia griega quien exige la formación de ciudadanos aptos para la discusión en las asambleas. La democracia griega es una sociedad dividida en castas en la que la casta superior se organiza según una idea de paridad, en la que los ciudadanos constituyen un cuerpo de iguales en derechos y deberes, una idea circular en la que los puntos son equidistantes de un centro sin dueño. Es una geometría politica revolucionaria en un mundo en el que dominaban las monarquías o los sistemas palatinos, en los que el dibujo político era la de una pirámide en cuya cúspide había uno solo, y un descenso que se ensanchaba hacia la base.

Esta geometría circular que conforma el espacio público griego, era la transformación y extensión de ritos de las cofradías guerreras que distribuían el botín ubicado en el centro de un espacio circular ocupado por los guerreros. El botín a la vista de todos, equidistancia. Este centro podía ser ocupado por los combatientes para narrar hechos de la batalla. Un centro vació sin ocupante por derecho exclusivo, equidistancia, igualdad, son coordenadas de un primer espacio público.

La referencia histórica de una democracia antigua me servía en los principios de 1984, para hacer pensar a mis estudiantes de la UBA que la democracia no era un angelismo que una opinión pública supuestamente cándida quería hacer creer. La democracia argentina nacía por un aparente milagro gracias al cual el país se inundó de demócratas que brotaban por todas partes, especialmente en los medios culturales políticos y mediáticos, que instalaban la idea de que los argentinos siempre habíamos sido democráticos pero que no nos habían dejado ejercer tal virtud republicana. Esto suponía una victimización generalizada por la que el mal podía circunscribirse a un sector bien definido y reducido de la sociedad, ocultando la red complacencias y complicidades que habían permitido el terrorismo de Estado.

La reflexión acerca del nacimiento de la filosofía me había llevado a interrogar las relaciones entre democracia y guerra en la Grecia antigua, y por extensión a cuestionar la autocomplacencia de una democracia que pretendía ignorar que su advenimieno tenía que ver con una derrota militar, la de Malvinas. Así también ciertos textos de Sartre y de Merleau Ponty servían para reactualizar los debates de la entreguerra europea en los que la debilidad de una democracia oscilante y medrosa permitió el auge de los fascismos.

Mi programa también trataba del pensamiento de Foucault, y de él me interesaban no sólo los aspectos que tenían que ver con una nueva reflexión sobre el poder - que a la izquierda teórica e ideológica les parecía un petardismo peligroso para la salvación marxista de la humanidad - sino la última parte de su obra dedicada a la ética, es decir, después de haber acotado el campo, a las relaciones entre la erótica y la pedagogía para la formación del ciudadano ateniense.

Este punto que problematizaba la pederastía en una sociedad viril como la griega, provocó un escándalo académico por el cual el consejo superior de la universidad me presionó para sacar ese punto de mi programa, además de la supresión de los puntos referidos a Nietzsche.

Esta intento de censura frustrada por las movilizaciones estudiantiles, fue una prueba más de que la democracia en la Argentina podía ser un juego superficial e hipócrita, más aún en una sociedad en la que el autoritarismo puritano era una ley constitutiva de nuestras costumbres.

Siguiendo con mis investigaciones filosóficas apoyadas en mi formación en la filosofía francesa, escribí un ensayo llamado La guerra del amor, publicado en 1992. El tema se refiere a la problemática del amor cortés, y al nacimiento de la Dama como símbolo cultural en occidente. Me basaba en investigaciones de Foucault y Lacan. Es un estudio filosófico-histórico, que me hizo ver que la poesía romance medieval, y el emblema del amor a la mujer, el enaltecimiento y el homenaje a la mujer por primera vez en la historia de un occidente que había conocido la amistad entre varones como matriz de la sociablidad, se debía entre otras razones, a la presencia de la cultura árabe en la península ibérica, y de su traslado al otro lado de los Pirineos, a la Provenza francesa. Este hecho era ignorado por los eruditos franceses, también por Lacan, y me sirvió para criticar el provincialismo de una cultura eurpeocentrista, y la interrogacion sobre la civilización árabe en momentos en que se desencadenaba la guerra del golfo, en el que las imágenes que circulaban por el mundo nos hablaban de una arabisno totalmente confundido con el fundamentalismo terrorista.

La civilización árabe que se instaló en el Al Andaluz, fue lo que removió nuevamente los cimientos de la antigüedad en una Europa que vivía entre los escombros del imperio romano y del aislamiento boscoso. Pero lo que me estimulaba era también algo que se exponía en la sociedad porteña en aquellos tiempos del menemismo, era el desprecio hacia un presidente inculto, poco distinguido, a leguas de la preferencias culturales de una clase media porteña que le festejaba los furcios y se burlaba de la grasada de toda una familia del interior de raíces árabes.

Con esto recorrido les quiero decir que antes de investigar sobre temas específicamente argentinos, mis libros y mis cursos basados en mi formación filosófica francesa, siempre tuvieron una punta lanzada hacia la problemática nacional, y hacia el cuestionamiento de nuestro sistema de creencias. No hace falta hablar de historia argentina para penetrar los sedimentos de nuestra actualidad, esta inserción depende de cómo se lleva a cabo el ejercicio filosófico.

Después de la Guerra del amor decido investigar sobre problemas argentinos. No creo en las causas centrales para explicar las conductas. Pero uno de los desafíos que me había propuesto era escribir y pensar sobre temas nacionales, encontrar las puerta por la que entrar en nuestra problemática.

La escritura filosófica nacional tradicional usaba los conceptos europeos para criticar el europeísmo en una actitud estéril, chata y resentida. Justificaba el peronismo con Nietzsche, o a las culturas aborígenes con Heidegger, en una reinvindicación del pensamiento nacional en el que buscaba un origen, una identidad, en realidad, una seguridad.

No era mi camino, ya había criticado de distintas maneras al nacionalismo metafísico.

Mi libro Historias de la Argentina deseada, es el resultado de una precupación singular. Me refiero a la relación entre moral y política en nuestro país. El autoritarismo puritano, o lo que llamé, siguiendo a Gilles Deleuze, los microfascismos argentinos.

Traté de analizar no los fenómenos políticos en sus grandes fechas, sino la medianera entre lo grande y lo chico, entre los grandes advenimientos políticos y sus efectos en la subjetividad y la vida cotidiana.

La opinión pública del país siempre pregonaba un actitud autocomplaciente de victimización, es decir de irresponsabilidad, como si los habitantes del país nunca hubiera tenido que ver con los gobiernos que se sucedieron. Esto va más allá de la afirmación de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, prefería hablar del deseo de la comunidad argentina, y del modo en que poderosos sectores y grupos prestaron su apoyo a los poderes que rigieron la vida nacional.

No iba a bucear en las grandes luminarias del pensamiento argentino, aquellas que transitan por los textos excolares desde la primaria a la universidad. Me interesaban más los ideólogos y doctrinarios cercanos al poder y a las capas dirigentes, los constructores de un sistema de creencias colectivas. Por eso Bruno Genta, el cura Melville, el cura Ousset, el coronel Guevara, el psiquiatra Mariano Castex, el abogado y periodista Mariano Grondona, hombres que fueron llamados por las altas capas de la dirigencia civil y militar para confeccionar y armar los cimientos de las ideologías dominantes.

La idea del libro reside en la hipótesis de que el terrorismo de Estado de la década del setenta no hubiera sido posible sin la preparación ideológica de la Revolución Argentina de los años sesenta. Por supuesto que los escasos años de este último período no son suficientes para crear las condiciones ideológicas y las bases de una idiosincracia del odio a lo que se designó como subversión. El nacionalismo católico y su particular modo de defender costumbres y estilos de vida, el antisemitismo arraigado en vastos sectores de la población, la ausencia de una sólida tradición republicana de defensa y protección de las minorías y del individuo, son una constante de la historia de la Argentina moderna.

Pero las nuevas modalidades y el modo de encarar la discriminación y la intolerancia en el país, sentaron las nuevas bases para la lo que fue el clima colectivo posterior.

Propongo el término de cruzada moral para denominar un modo en que el poder busca su legitimidad. Una cruzada se hace con el fin de salvar algo y de aniquiliar lo que lo amenaza. El enemigo es el hereje, término con el que en el medioevo se designaba al culpable de pensamiento. El hereje es condenado no por lo que hace sino por las imágenes que invaden su alma. Más aún su culpa es ontológica, su desvío no es corregible, encarna todas las imágenes de una ideología exterminadora que tiene una larga historia en el siglo XX; este dispositivo cultural fue el que se aplicó a la figura del subversivo que abarcaba como decía el general Saint Jean desde el indiferente y el escéptico, al comunista ateo.

Por eso hablo de supresión ética, para nombrar la variante axiológica de un modo de persecución que exige la desaparición del portador de la plaga de la disolución.

En los tiempos que se llamaron del Escorial Rosado del neofranquismo de Onganía, los tipos culturales que encarnaron al hereje fueron el judío, el hippie y el ateo. Operativos y campañas de difamación de variada calidad se programaron y difundieron en la época.

Es importante recalcar el aspecto doctrinario de esta cruzada moral inspirada en las elaboraciones de lo que se llamó el catolicismo cerebral de la acción católica francesa y de todas las ramificaciones del pensamiento fascista durante la entreguerra. Cursillos, cursos, ateneos, retiros espirituales, muchas fueron las formas de la aplicación de una pedagogía que aportaba legitimidad y justificación doctrinarias para la necesaria eliminación de los venenos de una modernidad profanadora que desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, la doctrina del libre examen de Erasmo, la duda cartesiana, hasta la noción de voluntad general de Rousseau, habían sentado los principios generales de la subversión marxista.

Sobre la base de esta idea de supresión ética y de cruzada moral me pareció ejemplar el discurso del almirante Massera en ocasión en que en la Universidad del Salvador le dieron el título de doctor Honoris Causa. Massera traza la genealogía del hombre sensorial en el occidente secular para mostrar como el gradual desmadre de los sentidos que pasaron por las experimentaciones con las drogas, la lujuria y los placeres carnales, una sexualidad promiscua, el bombardeo anárquico de las imágenes mediáticas, moldearon y nutrieron a la violencia subversiva.

Pero las cruzadas morales no sólo son las de la derecha, también las hay de la izquierda. El gobierno de Frondizi me sirvió para entender un modo en que la izquierda intelectual arma en nombre de la lucidez histórica y de la emancipación humana una red de prejuicios que siembra culpas y levanta tribunales de censores. Es lo que llamo la izquierda moral que todo lo mide en términos de utopías, elabora políticas en términos de justicia, y percibe a las situaciones sociales según la pasión de la compasión.

Frondizi fue acusado de traición por prácticamente todos los sectores de la vida política: por los peronistas, los sectores católicos, las fuerzas armadas, los radicales, y la izquierda. Su proyecto de acumulación, inversión y desarrollo económico capitalista con un Estado fuerte y un sistema dinámico de industrias básicas, fue denostado en nombre del nacionalismo, de la soberanía, de la seguridad nacional, y de una moral que denunció el filisteísmo, el mercantilismo y la materialidad alienante de un sistema de vida impuesto por los imperios del dinero.

Este tipo de condena moral del filisteísmo capitalista es uno de los antecedentes del desprecio hacia lo económico y las falencias del análisis político en la última década. Por eso paso al siguiente ensayo directo sobre la actualidad histórica argentina. 

El segundo intento de análisis filosófico de la realidad argentina lo realicé en el libro La empresa de vivir. Después de la debacle del gobierno de Alfonsín, y de la reestructuración de lo que quedó de los aparatos de Estado a comienzos de la década del noventa, escuché un gran silencio analítico sobre la realidad argentina.

Algo nuevo estaba pasando en el país, una situación cuya actualidad se desconocía debido a la aplicación de esquemas ideológicos ya amortizados. Esto estaba en consonancia con un acontecimiento mundial. La década comenzaba con una mutación geopolítica a partir de la caída del muro de Berlín, y la disolución de los sistemas soviéticos no sólo removió fronteras, sino que descolocó un modo de pensar la organización de las sociedades que se basaba en un esquema emancipatorio y de justicia que tenía más de un siglo de historia.

La Argentina había pasado en dos décadas de la patria socialista, a la dictadura sanguinaria, luego a una democracia impotente, y se había constituído en el único país en el mundo que se había comido su propias riquezas desde 1972 hasta 1990.

La caída del gobierno de Alfonsín se llamó golpe de estado financiero, y estimé que no se habían sacado todas las consecuencias de este evento. Es el sistema de poder el que se había reorganizado, y por lo tanto el modo de concebir el análisis y la tarea política también debían cambiar.

El fenómeno de la globalización es una experiencia singular en la Argentina. Tiene rasgos distintivos respecto al modo en que incide en otros países, incluso en otros países de la región. A partir de la caída financiera de los mercados emergentes desde el tequila, la Argentina no ha encontrado nunguna veta para hacer despegar su economía. Únicamente una renovación crediticia a partir de la convertibilidad, estimuló una demanda que hasta 1994 permitió una mejora en la producción industrial, sumado a una entrada de capitales debida a las privatizaciones.

Desde ese momento se vive una recesión que ya se ha constituído en una depresión con una enorme masa de desocupados y subocupados. Desde 1995 no se ve ninguna salida.

Esto produjo un desinfle en la euforia de los primeros años del menemismo, una euforia cuya inteligibilidad fue elaborada por grupos de analistas económicos que se encargaron de fundamentar lo que habían llamado una de las revoluciones económicas más importantes en la historia del país. Miguel Angel Broda llegó a decir en Ámbito Financiero que Menem podía ser considerado como uno de los estadistas más importantes del milenio en la historia mundial. Lo digo para ilustrar los alcances de la ética científica de ciertos expertos.

Jorge Castro saludaba desde las páginas de El Cronista Comercial la era del empresario pujante, inventor, arriesgado, frente a la burocracia de sociólogos que había instalado la socialdemocracia alfonsinista.

Lo cierto es que el análisis de coyuntura lo hacían los economistas, los políticos de la oposición también defendían los logros de la estabilidad, y el único nicho de resistencia al gobierno que se encontró fue la denuncia de los actos de corrupción de la administración de Menem.

 Inventé el concepto de realismo trágico para dar una idea del modo en que los nuevos tiempos incidían en la conducta de la gente. La estructura y la imagen del poder habían sufrido un cambio. Los poderes a pesar de la concentración de capitales, y de la centralización de la hegemonía internacional en los EE.UU, parecían descentralizados, dispersos, anónimos.

El poder se presentaba en un espacio de contigüidad, un orden metonímico, en el que el diagrama de responsabilidades se hacía adyacente como en las novelas de Kafka. Parecía que los nuevos sujetos del poder son los capitales, y que las metáforas que mejor le correspoden son las acuáticas: olas, surf, corrientes, flujos…también se habla de climas. Es una idea de imprevisibilidad que trasmite la metereología al destino humano.

Una recesión en la Argentina se debía a algo que había pasado en Méjico; una lenta recuperación del país era interrumpida por el default de los rusos; un cierre de empresas era la consecuencia de dificultades financieras de Brasil. Esto creaba una situación con incidencias culturales que me hacían evocar a la cultura antigua y su pensamiento trágico, por el cual el destino de los hombres estaba en manos de una distribución de suertes decidida por los dioses. Nadie podía escapar de la rueda de la fortuna so pena de desencadenar un cataclismo.

Pero el realismo moderno no depende de dioses sino que es un realismo del cálculo de las cosas pero con un perito mercantil alado.

En la tragedia hay una relación contradictoria entre la voluntad y el mandato.

Este espíritu psicotrágico motivado por un mecanismo metonímico de las responsabilidades se vió compensado por una reactualización espiritual guiado por la ética. Nuestro país ya especializado por los discursos pastorales, por las invectivas contra el materialismo y el hedonismo, ya acostumbrado a que desde jerarcas militares, el episcopado, políticos, psiquiatras y otros especialistas en el cuidado de la familia y de Dios, siempre nos advirtieran sobre los peligros de la civilización atea que se instauró hace unos siglos, se vió esta vez fortalecido por nuevos embates morales durante la década que terminó. Pasamos de la plaga atea al satanismo de discotecas y shoppings centers.

Es lo que llamó Lipovetzki la markética, que en nuestro país no sólo se concentró en las acusaciones de corrupción a la casta gobernante sino que se difundió por todas las capas de una sociedad victimizada que en su inmensa mayoría manifestó su indignación por traiciones, deslealtades, mentiras e hipocresías de todos los restantes; una sociedad así en la que las empresas mediáticas conformaron un extraño sistema también compensatorio de las fisuras de otros poderes institucionales y armaron una red selectiva de denuncias sobre la base de informes deslizados por grupos enfrentados que se atacaron mediante operaciones balanceadas de mutua extorsión, en una comunidad así el único no sospechado es el que habla, mientras habla.

Entre economía con efectos trágicos y la markética, aquello que marcó su ausencia es la política. Hoy en día la situación adquiere un matiz algo diferente en la medida en que los grupos que atacaron desde la ética la cultura de la corrupción menemista llegaron al poder, y que ante los primeras señales de ilegalismo tuvieron que negociar silencios y nuevos compromisos, cuando se vió lo que era evidente, que la corrupción no es un problema moral ni de educación ni de conciencia sino de grupos organizados con poder de dinero y armas que controlan vastos sectores de decisión, cuando esto sale a la luz, el problema político se hace insoslayable.

Además, el aspecto metonímico del deslizamiento global de los poderes se ve relativizado ante la evidencia de la especificidad de la crisis y del estancamiento de nuestro país que está lejos de ser un calco de otros países.

Cruzadas morales, supresión ética, microfascismo, realismo trágico, markética, son varios los conceptos los que se pueden probar para ordenar una realidad dura y sufriente o decadente.

La filosofìa no es una labor terapéutica ni del lenguaje ni del poder, es menos y más que eso. Nunca fui aficionado a emplear metáforas médicas para trasmitir mi versión de lo que es el ejercicio de la filosofía. Tampoco los diálogos socráticos de Platón me parecen un ejercicio de higiene conceptual, los veo como parte de una tarea de cuestionamiento de un uso del pensar que se plantea los problemas cotidianos de una comunidad regidos por las complejas y cambiantes relaciones entre la verdad y el poder.

Pero lo que me parece es que - y no como remedio sino como camino insoslayable - cualquiera sea el ángulo desde el que vemos y analizamos los problemas de nuestra comunidad, su solución no puede ser violenta, ni revolucionaria, ni resultado de un levantamiento popular, ni de una pueblada guiada por pastores o demagogos que lucran con la emoción. Siempre será un camino esforzado, lento, que requiere una coherencia de ideas, una estrategia de implementación, un sistema fluido y maleable de tácticas y alianzas, un camino a la manera de los impresionistas, con pinceladas acumuladas, medidas de coyuntura al interior de una visión de mediano plazo, todo lo contrario de lo que hemos visto hasta ahora: una serie marchas y contramarchas que se efectúan siguiendo el pulso de la primera reprobación popular. Creo que la política debe tener algo de lo que necesita el trabajo del pensar de la filosofía, algo así como el coraje por la verdad, el atreverse a estar en minoría frente a la opinión pública.

Los problemas del país son estructurales, es decir de una fijeza difícil de mover, porque no sólo tiene raíces económicas y políticas sino psicológicas, la de una comunidad que se alivia aplaudiendo a los que quieren volver a una Argentina que ya no puede ser lo que fue. Es quizás a las nuevas generaciones que no comparan el presente con leyendas, es a ellas a las que les queda una tarea desde nuevos comienzos, con nuevos límites, pero también con proyectos, es decir con futuros realizables.

 

 

 

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