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¿Cómo construir una identidad hoy?
 

No es tema que propuse. El tema de la identidad es altamente sospechoso.

Hay un tema recurrente en la filosofía moral, uno es la identidad, que tiene una cierta tradición en el nacionalismo metafísico. El otro es la diferencia, renovado en su monotonía por una tradición socialdemócrata.

El primero, el de la identidad, nos incita a una actitud de resistencia; el segundo nos educa para una conducta de tolerancia.

Podemos preguntarnos por la necesidad de construir una identidad. No es obvio que se deba construir una identidad. A veces hay que disolver identidades. Pero otras, la más de las veces, ni hay que construirlas ni disolverlas, se las lleva como se lleva un documento.

Por supuesto que en el terreno de las psicopatías psíquicas, en el de la psicopatología, el tema de la identidad puede tener su permanente actualidad. Ya sea en las psicosis o en el mundo de la neurosis y sus maravillosas identificaciones, el problema del centro a veces se convierte en un blanco móvil cuyo trayecto se maneja por hilos invisibles.

En lo que respecta a las sociedades hay quienes ven el mundo como un complejo humano en el que unas sociedades le imponen su identidad a otras más débiles. Aquí se desarrolla una lucha cultural. Una de las definiciones de la cultura es que constituye el reservorio de formas de vida de una comunidad, la matriz en la que se tejen y se destejen. Y cuando los habitos de una comunidad son postergados por la invasión de nuevas formas que le son ajenas, la misma palabra invasión ya sugiere lo que puede provocar en ciertos ánimos.

Lo que sucede es que este tipo de invasión como cualquier tipo de invasión, aún las militares, en las conquistas, para permanecer y ejercer un dominio, debe tomar en cuenta las características del terreno y la conformación del invadido. El invasor jamás se instala sobre tierra arrasada, y deberá amoldarse para ejercer su dominio a las carácterísticas del nuevo lugar.

Esto que hace que el sistema de identidades se renueve permanentemente. Y que no siempre la interpretación adecuada sea la binaria o la maniquea.

Uno de los modos más usuales de tratar el tema de la identidad es el que deriva de una problemática del origen. Es un modo teológico de pensarlo. Teológico y genealógico. Además de aspirar a un supuesto aristocratismo.

El origen se supone puntual y puro, sin mezcla. Hace derivar el presente del pasado, y el pasado de un cierto tipo de arquetipo. Por algún motivo siempre este origen ha sido velado, oculto o reprimido. Por lo que su fuente inspiradora debe ser liberada. 

Cuando la identidad se legitima con un origen, cuando su pureza está siempre en peligro cuando no ha sido de hecho mancillada, aparece el otro.

El nacionalismo metafísico, al que ahora vuelvo, ha elaborado extensamente este vínculo del ser nacional en peligro por violadores culturales. Las figuras del alien, del extranjero, han sido varias, y han formado parte de los micro y macro fascismos que han regido nuestra cultura. Estos aliens sin los cuales es difícil definir una identidad, han sido el italiano en las primeras décadas de nuestro siglo, el cabecita, el judío, el ateo, el hippie, el subversivo. Estos fueron distintos personajes que portavoces culturales enquistados en el nacionalismo político, en la literatura xenófoba y la jerarquía religiosa, han señalado como amenaza a nuestro ser nacional.

Su prototipo es el hereje, aquel quien según el medioevo era perseguido por el pecado de pensar y no por el de hacer. El hereje es el blanco de las cruzadas morales y de todo tipo de procedimientos inquisitoriales.

Por eso dije en un principio que la problemática de la identidad en general me resultaba sospechosa porque es parte de doctrinas del odio y de la mentira. Odio porque sólo sirve para que determinados psicópatas exterioricen sus resentimientos, y porque difunden una concepción de la higiene patriótica que ignora el carácter cosmopolita y mestizo de nuestra nacionalidad, y del mundo.

Por eso no sé si la actualidad que vivimos, si lo que pasa en nuestro país y en el mundo es interpretable en términos de identidad, y si esto es así, qué vuelta de tuerca habrá que darle para que nos despeje algo la confusión contemporánea.

Indudablemente la caída del Muro de Berlín ha creado una situación inédita que trastocó el modo en que se reconocía el mundo y nuestra ubicación en él. También trastocó las materialidades y el los funcionamientos. Y las identidades tienen que ver con el reconocimiento y con las materialidades.

Tomemos los siguientes items: la religión, la especie, la nación, el sexo, la familia, el Estado, el trabajo. Pensemos en cada uno de estos apartados y veremos rápidamente la mutación que cada una de estas instancias ha tenido en poquísimo tiempo.

La caída del Muro apenas tiene diez años. No se trata de una fecha cósmica, el inicio de un milagro. Las fechas son indicadores de orientación y no verdades históricas. El proceso de sectarización de las religiones ya es largo. En latinoamérica se destaca la presencia de sectas evangelizadoras de poderoso sostén financiero y algunas con una ya profunda raigambre popular. Esto debilita a las iglesias tradicionales salvo en comunidades en las que obtienen fuerte apoyo de la clase dirigente que la necesita para legitimar espiritualmente sus lugares de poder. Como en nuestro país.

Por el otro el islam ha trasvasado sus áreas geográficas tradicionales y se ha convertido en una ideología nacional y cultural con ambiciones proselitistas. La base político-religiosa, es el modo de llamarla, que han dispuesto en el lugar más visible de Buenos Aires es una prueba.

La identidad entre religión y etnia ha conmovido los cimientos de las identidades nacionales, y lo ha hecho del modo tradicional, con sangrientas guerras. Es lo acontecido en Bosnia y Kosovo, en donde viejas comunidades cosmopolitas de lenguas sino iguales semejantes, de hábitos compartidos y cruces matrimoniales, además de haber vivido décadas bajo un régimen de tipo universalista como el de Tito, se han masacrado mutuamente.

El sistema omnicomprensivo de las grandes religiones, como el sistema omnicomprensivo de las ideologías del sentido de la historia están en crisis de decadencia, es lo que Lyotard llamó la crisis de los Grandes Relatos y Nietzsche nombró como la muerte de Dios.

Nuestra civilización se mueve al ritmo de los avances científicos y de sus aplicaciones tecnológicas. Se mueve y conmueve. Tomemos dos ejemplos y los efectos culturales que produjo. Uno es la bomba atómica, la fisión nuclear. Un nuevo poder que se relacionó con imágenes apocalítipticas, no sólo imágenes. Desde la crisis del físico Oppenheimer, las meditaciones sobre la era de la técnica de Heidegger, las imágenes de monstruos reptando en el seminario de la Ética de Lacan, ciertos puntos de partida para su reflexión sobre la condición humana en Hannah Arendt, nos hablaron del nuevo poder del hombre para terminar con la vida. Era la primera vez desde que el hombre comió la manzana del árbol del bien y del mal, que adquiere el poder sobre la vida en el planeta. Las advertencias de los filósofos giran alrededor de la muerte, de la tentación fáustica, de la irrefrenable voluntad de saber, de la irreversibilidad de los mecanismos de las instituciones científicas en la actualidad, del rol del nuevo intelectual que Foucault llama intelectual específico, de la discusión de la idea de Bien y las relaciones entre ética y tragedia en Lacan.

Ahora voy a otra innovación científica, esta vez tiene que ver con la vida y ya no con la muerte. Es el resultado de la ingeniería genética y de la posibilidad de crear vida y la de mutar genes. Esto abre un panorama que más allá de las imágenes que provocan, unas alentadoras, otras terroríficas, nos hablan de un nuevo dispositivo tecnocientífico que no sólo puede producir vida fuera del ciclo natural sino también modificar el formato de la especie humana. La `species´.

Las discusiones entre Habermas y Sloterdjik, la virulencia de ciertas posiciones muestran la actualidad de esta nueva aurora.

Cambiar la identidad de nuestro cuerpo en tanto especie, no es sólo un problema fisiológico, tiene alcances mayores dadas las posibles manipulaciones del genoma humano, y de los desarrollos de la neurología, de los estudios del cerebro, de los desarrollos de la farmacología y de la producción de un muestrario cada vez más inusitado de drogas que regulan la conducta. Esto sin dudas también tiene que ver con las identidades.

La nación. Es por todos conocido el pregón del fin del Estado Nación en este nuevo mundo de la globalización. La conformación de regiones, confederaciones, nuevos trazados territoriales que mueven fronteras según los intereses de los inversores, corporaciones, estrategias militares. La conformación de mercados comunes de circulación de mercancías, barreras aduaneras comunes, o signos monetarios comunes, todavía está lejos de romper las barreras tradicionales que separaban naciones y Estados. Lo que sí hemos percibido desde hace una década es por un lado la fragmentación de grandes imperios como el soviético y la conformación de superEstados como el de EE.UU que tiene un uso casi monpólico de la decisión de grandes guerras en cualquier territorio del planeta.

Este fortalecimiento de superEstados es correspondido por el extremo debilitamiento de los Estados de los mercados emergentes que tienen totalmente limitado su autonomía por la deuda externa que deja sin recursos a las políticas sociales y con una permanente crisis financiera saldable con mayor deuda.

Hablar de nuevas identidades en la familia y en el sexo es casi una obviedad. La de los sexos incide de maneras que inciden sobre la percepción que tenemos de las identidades. El deseo no está compartido en la binariedad que le da lo semejante y lo diferente en los casilleros de lo hétero y lo homo. Extendámonos al panorama a las familias y a su ampliación, sus mixturas, su dispersión o las variadas formas de su disolución, y ya tenemos un panorama apenas esbozado de la producción de las identidades en nuestra cultura.

Da la sensación que en lugar de preguntarnos acerca de la construcción de las identidades en la actualidad, de insinuar acerca de su pérdida, lo que ocurre es una sobreabundancia de identidades, de una fragmentación o de una multiplicidad de ellas, y de una cierta angustia que provoca este hecho. Porque la identidad también tiene que ver con la seguridad, y cuando el hombre ve amenazada su seguridad puede actuar de varios modos, sin duda, uno de los cuales, es buscar al virus culpable de semejante desastre y pensar que su eliminación puede restaurar el mundo verdadero y auténtico con verdaderas identidades. Esta es la política del fascismo moral, que no es el político, aquel que constituía un diseño para una sociedad en la que el estado y las corporaciones se fundían en una organización sostenida por una jerarquía y un orden meritocrático en el que los mejores son los más leales y los leales son los mejores. El fascismo político gira alrededor de la ideología del Jefe y se diagrama hacia abajo con una serie de estamentos en los que se agrupan y dispersan diversas órdenes de capataces. Fue la matriz institucional del sistema nazi, de otros fascismos y del sistema soviético.

El microfascismo moral sólo piensa la identidad nombrando al otro peligroso, lleva al extremo el puritanismo que se sostiene en perversiones de pureza, con ingredientes de fobias y paranoias encarnadas en fantasmas de la disolución. Inventa un arquetipo maternal violado, y otro paternal desobedecido, y apela a mitos de origen para legitimar espiritualmente la defensa de santos sepulcros y la necesidad de la cruzada moral.

La homosexualidad, la televisión, el consumo desenfrenado, la frivolidad, el stock de fantasmas es renovable y consigue muchos más adeptos de los que se cree.

En esta relación entre seguridad e identidad, se refuerza en uno de los fenómenos sociales y culturales, de mayor trascendencia y más impacto en la vida de hoy. Es el sistema de identidades referidos al mundo del trabajo.

La realidad laboral en nuestro país es particularmente dolorosa. Ha sumido a la sociedad en una de las mayores crisis de su historia. Es una comunidad que ve destruirse el aparato productivo y además de las fuentes de trabajo, también se ha desmantelado el sistema de protecciones a los sectores desprotegidos.

Los millones de personas que no trabajan se llaman desocupados. Y es ésta una palabra que indica una circunstancia que muchos ya no juzgan coyuntural sino estructural, y que adquiere según el desarrollo económico de las sociedades distintas variantes. Autores como André Gorz dicen que ya no se trata de pensar en términos negativos como lo indica la palabra desocupación, o el sin trabajo. Sino que hay que pensar en términos de una mutación civilizatoria, en la que vastas poblaciones y camadas que vendrán, no entrarán al mercado de trabajo tal como lo conocemos hoy.

Esta mutación es la que hará pasar de una sociedad salarial a otra en la que el salario que se paga por un trabajo no es la característica medular que define la actividad pública de un individuo. Habrá individuos que no trabajarán nunca, otros que lo harán esporádicamente y otros que podrán hacerlo siempre.

Esta discontinuidad varía todo un sistema de reconocimientos y de integración que ha definido a las sociedades modernas. La sociedad industrial ha universalizado el trabajo asalariado dándole jerarquía social a la actividad productiva que en otras épocas al ser considerado como servil, hacían que la categoría trabajo aún mantuviera resabios culturales de las sociedades esclavistas.

Los artesanos del medioevo obraban, no trabajan. El hecho de poseer de una fuerza de trabajo es lo que distingue a la mayoría de los hombres en el mercado en el que otros invierten sus capitales. La fuerza de trabajo adquiere dignidad social en el capitalismo por el hecho de que poseer una energía aplicable un determinado tiempo es una actividad socialmente necesario. Y más allá de la explotación, de la extracción de plusvalía, la clase obrera nace y se organiza en una sociedad en la que la capacidad de trabajar es reconocida como válida para formar parte de una sociedad.

Categoría eje alrededor de la cual gira además un sistema de exclusiones, que Foucault analizó cuando en su historia de la locura nos muestra que el sistema de encierro de los locos se define por el vagabundeo, la mendicidad, la improductividad. Y cuando en la utopía de Bentham, la fuerza de trabajo para constituirse en un cuerpo productivo debe ser sometido a una vigilancia para que mejore su hacer.

Le agregamos toda la preocupación que las disciplinas e ingenierías sociales manifestaron por el obrero, su cuerpo, su movimiento, su fatiga, la monotonía, desde Taylor a Elton Mayo, hizo que el trabajo fuera el modo en que el individuo marcaba su pertenencia a la esfera pública.

Esto es lo que se ha desmoronado por los cambios tecnológicos y por el desigual desarrollo social y económico de las sociedades.

André Gorz dice que ya no hay que hablar en el mundo desarrollado de sin trabajo porque la que desaparece es la sociedad salarial. Lo que ocurre es que irrumpen en el espacio social cantidades cada vez mayores de tiempo liberado. Es tiempo que tiene aplicación productiva en términos económicos. Sostiene además que este tiempo liberado no ha de ser absorvido por lo que se llama sector de servicios, salvo que la sociedad llegue a una fragmentación tal que una parte de la población se dedique a hacerle la vida más agradable al sector plenamente integrado y enriquecido cuyo labor es la única que aporta el principal valor agregado a los productos.

Tiempo liberado que nada tiene que ver con el tiempo libre ni con ninguna de las formas del ocio. Sino de un tiempo sin aplicación en una civilización que siempre ha concebido el tiempo como un útil a ser aprovechado, y que tiene una moral basada en su aprovechamiento.

Por lo que más allá de las consecuencias sociales del tiempo liberado, existe esta conmocióin cultural en los individuos que no tienen la tradición de percibir un tiempo quieto o contemplativo, y que no tienen otra identidad disponible que la que ofrecía el trabajo socialmente reconocido por la vía salarial.

Las ideas del tercer sector como nuevo factor de integración, el uso público de fondos privados, que tiene importancia en los EE.UU, en sociedades como la nuestra es un exotismo irreconocible.

Autores como Richard Sennett han estudiado las incidencias en la identidad de grupos sociales el permanente cambio de oficio y el cambio de domicilio. Los temas de la precarización y hasta el de la flexibilización tienen sus efectos en la subjetividad, en el reconocimiento de sí, y en la identidad que exponemos hacia afuera en lo social.

De todas las mutaciones identitarias que nombré, la religiosa, la biológica, la del Estado-nación, la familiar y sexual, es ésta última la que más golpea las realidades actuales.
 
( 1999)

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