LA CAJA DIGITAL
Nro.6 - Año 1 - Septiembre de 2006

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Medio Oriente y periodismo
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LA CAJA (1992/1994)
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    Algo para Recordar

    Heleodoro Heras - Mil Besos





    Teodoro Klint - El beso





    La picazón del séptimo año

     

    Bésame poco ( I )
    por Tomás Abraham


       He lanzado una campaña en Buenos Aires para terminar con el sistema obligatorio de besos entre varones. Se ha llegado a un límite insostenible. No quisiera morirme a los besucones con extraños, socios, admiradores, colegas, tíos, periodistas, conocidos, amigos. Tengo primos pero no los veo, con eso puedo ahorrarme algunos besos. He comenzado la acción con los amigos a quienes les pedí que no lo tomaran como algo personal, pero que desde este día nos daremos la mano.

      Es franco, viril, leal, distante pero respetuoso, el dar la mano. Darle la mano a una mujer bella es una golosina para los que se ratonean fino, pero ése es otro tema. Lo han recibido con beneplácito, algunos con sorpresa, otros con ironía, nadie pensando que es un disparate. Son muchos los que están cansados de los besos. Un buen apretón de manos y de vez en cuando, por qué nó, el clásico abrazo porteño acompañado por el grotesco italianismo “qué hacés papá ”.

      Un amigo me la quiso complicar y dijo que a él le molestaba el tuteo, que se bancaba un beso - con usted - mejor que un – vos - sin beso. Le dije “ déjeme de romper las pelotas” y le estampé un último beso.

      Me preguntaron de dónde creía que venía la costumbre. De acuerdo a los datos que se pueden obtener de la tradición ciudadana, es un resto del hippismo de plaza Francia. Nació entre artesanos y guitarreros que iban al cine Mignon a ver Woodstock. Fueron ellos los que no han podido desprenderse del chupón hipposo y lo han hecho ceremonia masculina. Importa poco que los rusos se besen en la boca o que los hindués se toquen el culo, aquí nos estrecharemos la mano. Una amiga me dijo que la boca es la continuidad del ano, la verdad es que no me habia dado cuenta de lo que todo el mundo sabe. El pintor Francis Bacon se dio cuenta del asunto. Cuando me recuerdan la continuidad de nuestro aparato digestivo con sus dos orificios de in put y out put, por lo visto pienso en el arte. No sé para qué sirve esta información fisiológica por más que se me diga que es una muestra de la intimidad y la privacidad de la boca. Mi propuesta y campaña no tiene un significado psicológico, no sé si mi boca está más cerca de mis fueros personales que mi mano derecha. Todo mi cuerpo tiene derecho a vivir tranquilo. Es una cuestión de cercanía. Si fuera un oso hormiguero me bancaría el chupón de un conocido, total lo veo a dos metros. De ser un manicorto, un muñonero, el dar la mano exigiría que nos rocemos los pantalones con el prójimo y preferiría los mails. Pero siendo un homo erectus, no hay como los brazos para conservar los lugares. Respecto de las mujeres, no hay campaña por el momento porque no se puede batallar en dos frentes. De todos modos la consigna ya está establecida: beso con las amigas y mano con todas las otras. No hablo de esposas.

      Hablando de esposas quisiera terminar con otro tema, para desarrollar, quizás, en otra entrega. Se ha estudiado muy poco lo que sucede cuando un matrimonio viaja en su coche. Supongamos que a la manera habitual el varón conduce y la mujer.....le grita. Frená, mirá para atrás, cuidado a la izquierda, ¿ por qué giraste a la derecha?, otra vez estacionaste mal. Estaba en rojo.

       He visto que cuando se invierte la situación, el marido hace lo mismo. Es un rito clásico de la conyugalidad en el que se exteriorizan desavenencias, desprecios, impaciencias y el pequeño botiquín de odios tiernos. Se ha extendido el modismo a la propiedad y gestión del control remoto.

      Digo esto, porque presenciando una escena como la descripta, recordé a Sócrates cuando hablaba con Jantipa, su esposa, y le decía en su reducto doméstico: sólo sé que...vos sabés.

      Cuando se reunía con los muchachos, con Fedón, Glaucón, Lisis, Hipías, luego de imprimirles un beso les decía antes de sentarse: sólo sé que nada sé, y se armaba el truco. La historia ha conservado la escena en la que el sabio despliega su conocimiento, y olvidó el saber reconocido de la copiloto. Un apretón, amigos.    

    Bésame poco ( II )


      A Roberto Galán

      Cierto interés ha despertado la nota anterior. Lo verifico por el reciente llamado de la radio de la universidad de Córdoba para preguntarme sobre el por qué de mi escrito, y para transmitirme algunos llamados de los oyentes quienes piden que no se corte la racha de cariño que marcan los altos índices del besómetro argentino. Lo primero que quiero decir es que el beso con barba tiene origen porteño. A ningún catarmarqueño se le hubiera ocurrido entrar al café de la plaza frente a la intendencia y besar cinco veces la mesa de cinco. A ningún peón tucumano llegar a la madrugada fría al camión de la empresa que los deposita en el cañaveral y antes de subir al acoplado besarse con los compañeros de trabajo. El beso obligatorio nace en Buenos Aires, la ciudad puerto en la que desembarcó el beso hippie a mediados de la década del sesenta. Incubó unos años y ya en los comienzos de la década siguiente prendió en toda la masculinidad adulta.

      Pero el que aquí escribe no daba besos ni apretaba la mano del prójimo en su adolescencia, por la sencilla razón que nadie lo hacía. Ni mano ni beso. Cuando nos presentaban a una chica o chico y me presentaban a mi en 1962 o 1964, lo que hacíamos todos es mover la cabeza de atrás para adelante y de adelante para atrás y decir hola. Del mismo modo en que bamboleamos el marote cuando decimos “ajá” para asentir sin esfuerzo un comentario cualquiera, así repetíamos el gesto al ser presentados a gente nueva.

      Cuando nos juntábamos para ir a jugar a la pelota los sábados, ni un beso emergía entre la parcialidad. Todo era “hola”. Al irme a estudiar a Francia me encontré con una sociedad en la que todos se dan la mano desde que caminan. Lo primero que aprende el pibe galo al caminar es buscar el paté de campo a la heladera, porque dar la mano no se lo enseño nadie. Los bebés franceses salen de la vulva con el brazo extendido para felicitar al obstetra.

      Los chicos no se besan, ni aún hoy. Son los padres que les enseñan a besarse. Quienes pregonan difundir la educación sexual en las escuelas desde la más temprana niñez, ya verán que el beso perderá importancia. Los aprietes de manguerita y la búsqueda de la gatita los distraerán de la ceremonia oral.

      Estaba terminando la nota cuando recibí otro llamado del dial en la que un defensor del beso y fundamentalmente del beso argentino me decía qué pasaba si alguien no me quería dar la mano como yo que no quiero seguir besando. Le dije que escribiera un nota en TP anunciando su decisión de no dar más la mano. Otro me quiso apretar diciendo que mi preferencia por el buen abrazo implicaba un gesto más promiscuo que el beso. Aclaré que no es un tema de promiscuidad, no estoy en contra de la franela de braguetas ni de las apoyadas consensuadas sino del beso obligatorio masculino (BOM). No faltó quien me decía que seguramente en mi adolescencia dar un beso a un varón era visto como un gesto maricón. Bueno, no, tampoco. Claro que si nos juntábamos quince a patear y nos decíamos hola, y venía Carlitos y besaba al Yayo Gómez, qué quieren que se piense.

      Concluyo: es mejor dar la mano con fuerza que poner la jeta en los labios del otro. Nada de esto implica una cruzada machista, sino un recuerdo de la antigua caballerosidad.

       

    Bésame poco ( III )


      Agradezco las muestras de apoyo que desde distintos puntos del país me han llegado solidarizándose con mi campaña por un saludo seco entre varones. Desde Córdoba a Tucumán, de Córdoba a San Clemente del Tuyú ( sic!), pasando por medios de la capital, saqué a la luz un tema que inquieta a los argentinos. Por eso lo que a continuación voy a decir posiblemente moleste e irrite a muchos, y no me sorprenderá que me retiren no sólo aquel apoyo sino la confianza tan duramente conseguida. Me pasó algo parecido hace poco con un pronóstico equívoco y malinterpretado que hice para el Mundial de futbol, y, quizás ahora, se repita la decepción. Pero sólo quisiera pedir al menos un momento de paciencia para que puedan comprender un eventual retorno a los besos.

      El jueves a las 19 hs, como todos los jueves nos reunimos en el café chuchi y velezano, El Limbo, un grupo que participa del Seminario filosófico de los Jueves hace ya décadas. Como queda frente a mi estudio siempre llego primero y me pido un whiski. Lo habitual es que el primero en aparecer sea Leonardo, y así fue. Se acerca y se rié, me saluda y se sienta. Ni me da el beso ni la mano, se sigue riendo. Hablamos de futbol, le cuento que el otro día escuché una entrevista de Mario Mactas a Cavenaghi en Moscú, y que recordaba que era para mi el mejor nueve de las últimas épocas. Le comentaba que esperaba que Basile lo tome en cuenta, aunque, la verdad, es que yo ya renuncié por cansancio acumulado a ser hincha de la selección nacional. Figura en actas.

      Al rato cae Gustavo, sonriendo, le da un beso a Leonardo y se sienta a mi lado. Me da una palmada en la espalda, me pareció un simil extraño de pésame. Llega Marcelo y le da un beso a Gustavo y Leonardo y a mi me dice hola. Dante le da besos a Leonardo, Gustavo, Marcelo, y me dice al pasar “ qué hashé campeón”. Cuando llega Alfredo Tzveibel, un hombre absolutamente perdido en el Olimpo y que para llegar al Limbo tiene que bajar de donde viene, se dobla y me estampa un beso, Lo miro extrañado, me mira extrañado, y se sienta. Todos se rién. La entrada de Álvaro es de alguien sumamente serio, es psicoanalista, que besa a todos y me dice gravemente, como preocupado: hola.

      Hay algo que marcha mal. Indudablemente no era esto lo que estaba en mis planes. Sugerí una reflexión sobre nuestras costumbres, me dieron su beneplácito, les pareció atinado, y ahora se ha convertido en un problema aparentemente personal que me ha tocado en desgracia, y la gente que me rodea lo ha asumido y actúa en consecuencia.

      Yo he sido tartamudo hasta mi avanzada juventud y ya viví la bella indiferencia de mis semejantes que jamás se daban por enterados de mi dolencia. No quisiera ahora, además sin que nadie me lo pidiera, haberme inventado un estigma por el cual me hago conocido por “ el maniático que tiene problemas con los besos con barba”. La verdad es que todos pueden hacer lo que más les venga al alma, y si la automaticidad del beso les place, si la rutina húmeda les resbala, si están demasiado grandes para alterar hábitos, no será por eso ni por nada parecido que nuestro país sobrelleve los (k)armas que tiene.

      Así que el que quiera besarme que lo haga, si es muy alto, me pondré de puntas de pié, si es bajo me agacho, si es par, enchufamos directo. Lo importante es el cariño.
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