LA CAJA DIGITAL
Nro. 10 - Año 9 - junio de 2014
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    CORIOLANO. UN DIOS ELEMENTAL.

    por Marcelo Pompei

     

    Volumnia: “…la muerte, ese espíritu negro, habita en su brazo nervudo, y cuando lo levanta, ella desciende y mueren los hombres.”

     

    Mi trabajo consiste más en una lectura personal de la obra más que de una recopilación de críticas y comentarios de la misma. El repaso histórico acerca de Roma, Coriolano y Plucarco, lo paso por alto. Osswald que ya se ocupo de esta obra ya lo hizo. Ocupémonos de la obra propiamente dicha.

    La obra es 1607. Después de las cinco tragedias:  Hamlet, 1601; Otelo, 1604; El Rey Lear, 1605; Macbeth, 1606 y Marco Antonio y Cleopatra, 1606.

    William Faulkner escribió: “Vayan despacio, paren un momento”, con lo cual quería decir “Sean flexibles”. Esto se lo dijo a los líderes negros en 1956. Les sugería ser inteligentes frente a los blancos del sur en un momento de inminente desborde de violencia. Una inteligencia práctica que contiene algo de paciencia política, reflexión, estrategia. La paciencia no del que aguanta, sino del que entiende el curso de la cosas y de los hombres. De que sabe manjar fuerzas y soportar debilidades. Entender cuando es tiempo de empujar un cambio y cuando es tiempo de esperar que sea asimilado. No se pueden forzar cambios, no se puede forzar la aceptación. Prudencia. Me pregunto si no hay algo de ingenuo en el consejo, sobre todo si va dirigido a quienes estuvieron por años sometidos. No lo sé. Me lo preguntaba cuando leía el artículo de Faulkner. En todo caso cálculo para saber cuándo avanzar, cuándo detenerse. Cálculo. Control de la voluntad para que no se desborde o para que no se contenga. El producto de ese cálculo es la adaptación a las circunstancias para que las circunstancias se adapten a los objetivos políticos. Uso del poder. Esta flexibilidad de la que hablaba Faulkner era solo aplicable a la acción, no a la convicción; con ésa ser inflexibles y constantes, también apuntaba. 

    Pero qué  puede saber de flexibilidad un guerrero, una máquina de matar, como se lo llama a Coriolano en la obra. Un niño educado en la armas. Qué capacidad de comprensión puede tener para lo cambiante, para aquello que debe ser gobernado, conducido, alimentado, no aniquilado. Qué perspicacia para las complejidades del capricho mundano. Qué puede saber de las urgencias del hambre, no de la sangre. Coriolano fue un dios guerrero unidimensional, chato y brutal; sin espesor temperamental para lo complejo, lo ambiguo o la incierto. Para lo humano. Coriolano era un miembro rígido en un cuerpo laxo.

    Plutarco explica la estrechez emocional y política de Coriolano no por su orfandad de padre, sino por falta de educación.

    “… al haber sido criado por su madre, huérfano de padre, demostró que la orfandad, aunque encierra otros males, no es obstáculo para convertirse en un hombre importante y superior a la mayoría y que, sin razón, sirve de pretexto a la gente vulgar para echarle la culpa y criticarla como responsable de su corrupción por falta de cuidados. Este mismo varón sirvió de prueba a quienes creen que la naturaleza, cuando es noble y buena, si está falta de educación, produce muchas cosas malas mezcladas con las buenas, igual que, en la agricultura, un buen campo cuando no se cultiva. En efecto, la solidez y fortaleza de su decisión en cualquier caso produce grande impulsos cuyo resultado eran nobles acciones; pero, a su vez, como se movía por violentas pasiones y enconadas rivalidades, hacía su trato con las personas nada fácil e inadecuado; sin embargo, la gente admiraba su impasibilidad en el placer y en el sufrimiento y antes las riquezas, a la que daban los nombres de templanza, justicia y fortaleza; en cambio, en las relaciones públicas les molestaba, como desagradable ruda y propia de un oligarca. Y es que ningún otro fruto mayor sacan los hombres del favor de las musas que el atemperamiento por la razón y la enseñanza de la naturaleza, que se somete así a la moderación y pierde el exceso.

    En este corto párrafo de sus Vidas Paralelas, Plutarco traza una semblanza del tipo temperamental de Coriolano, no hace falta más. Se trata de un carácter intenso, no complejo. Lo demás son el relato de sus acciones y reacciones. Pero que Coriolano no se trate de un carácter complejo no quiere decir que esté vacio, como sostiene Harold Bloom. No es una cascara

    Pero lo que a Coriolano le falto por parte de padre, le sobró por parte de madre, Volumnia, su artífice e instigadora, más que su educadora o guía. La que lo empujó a buscar peligros en la guerra, más por fama personal con la que exhibir su honor… “Vol.: …pues el honor no es más que una pintura para colgar de la pared si la fama no lo anima.” No era movilizado por una vacación patriótica. Una fama forjada a fuerza matar, de elevar –según su propia distinción- al varón a hombre. Una madre de aspiraciones despiadadas y sin concesiones al amor materno sólo puede formar un hijo severo y asustado. La codicia de Volumnia supera el amor por su hijo, a quien no duda en sacrificar, ya sea su cuerpo en la guerra o su espíritu en la lucha civil.

    “… si tuviese doce hijos todos iguales en mi amor y ninguno de ellos menos querido que tú y mi valiente Marcio, preferiría que once de ellos muriesen por su patria que no que uno solo se fuese cebando voluptuosamente en la inacción.”

    Su madre es el origen de su condena. La que le otorga un destino, cuyo incumplimiento acarrearía su rabioso despecho. Mejor un Marcio muerto que un Marcio ignorado, disuelto en el anonimato de los comunes. Marcio nació para forjar una reputación de la cual su madre pueda ella misma gozar… la mujer más desagradable en todo Shakespeare, sin excluir a Goneril y Regan¸ piensa Harold Bloom.

    El drama político que vive Coriolano en la obra de Shakespeare es la imposibilidad de cálculo y la inflexibilidad en la acción. No puede especular, apreciar y decidir, como no lo podría  hacer un dios. Su ser es un destino consumado Un dios está condenado a serlo. Su drama es el de un espíritu elemental frente a la complejidad de los humanos y de las relaciones humanas en la paz o la guerra. El ser humano o tiene hambre o es cobarde, o lo contrario. Coriolano es un guerrero que sólo conoce el furioso propósito del guerrero: sobrevivir triunfando y rendir al enemigo. Una lógica sencilla y binaria. Sin torsiones ni dobleces ni primeros ni segundos intereses. Ni psicologías complejas enfrentadas. Coriolano es un inútil en la paz. Un torpe en el descanso. Un hombre de acción, un matador temerario, cuyo punto de inflexión es cuando se ve introducido en los vericuetos de la vida política civil.

    Luego de su mayor hazaña su amigo y consejero Menenio le dice “Ahora sólo falta que habléis al pueblo”

    Falta; como si a la conquista de una ciudad y a la derrota del enemigo le faltara algo más. Cómo si no fuera suficiente para hacer suyos a los suyos; ganarse el respeto reverencial. Falta ser aprobado; condescender el capricho plebeyo de mostrar sus heridas. La probación del senado no era suficiente en este momento de la hitoria de roma para obtener el puesto de Cónsul; la adjudicación debía ser refrendada por el pueblo.

    “Cor: como si las hubiese recibido (las heridas) solamente por precio de sus alientos.”

     Así Coriolano se ve rebajado al mundo de los hombres y en éste, a modo de recompensa y reconocimiento, devenir cónsul de Roma. Pero el reconocimiento de los otros no viene a cambio de nada. No es gratuito. El costo esconde una mínima cuota de humillación; los plebeyos necesitan saber que pueden con él, que no serán devorados por la vanidad de ese dios bravo. Coriolano no puede permanecer indiferente a los usos y costumbres de su cultura; no pude arrogarse el derecho a la excepción ni pretender él mismo ser una excepción. El mejor, quizá, el primero, pero entre pares.  

    “Cor: Bien, pues, os ruego, ¿qué precio le ponéis al consulado?

    P. ciud: El precio es pedirlo amablemente.”

    Quid pro quo, una fórmula que no es válida en el mundo de Coriolano. Debe dar algo a cambio, es decir, debe ceder, doblegarse. Lo obligan a pedir algo que les propio sin mediación, salvo la de su espada, lo obtuvo luchando. Debe rendir sus armas, dejar de ser quien es y adoptar otras armas, la de la política mundana, pero Coriolano reniega de su empleo. Ser un recolector de voluntades. Las armas de la política, y no es una novedad que nos vaya a asustar, son la palabra, la oratoria que convence, que persuade, seduce, adula y que se expone con premeditada intencionalidad; la acción y exhibición demagógica de besos y apretones de manos, aunque como todos sabemos con el alcohol en gel en el bolsillo. Coriolano no sabe nada de esto; él sólo sabe ser Marcio, llamado Coriolano, sabe arrasar al enemigo y repudiar a la clase popular y a sus representantes.

    “Men: Su naturaleza es demasiado noble para el mundo. No adularía a Neptuno por su tridente ni a Jove por su poder sobre el trueno. Lleva el corazón en la boca.”

    Shakespeare tensa su drama oponiendo a un dios rígido y monolítico que quiere ser adorado a la distancia de la devoción contra los mortales volubles y sugestionables; propone un contraste bien marcado entre estas dos fuerzas oponentes, que no sólo se oponen sino que habita mundos distintos, irreductibles.

    La actitud inflexible de Coriolano se expresa como desprecio elocuente, nunca con indiferencia distante y astuta. Se enfrenta, ataca con las armas o con la lengua, y es por ésta, la lengua con la que les sacude “perros” al pueblo hambriento que reclama por trigo al inicio de la obra o los trata de sarnosos; allí recibe el primer sarcasmo por parte de un ciudadano “Siempre tenemos alguna buena palabra de vos. Los trata de interesados e ignorantes, vagos y cobardes. “El que confía en vosotros halla liebres cuando quisiera hallar leones, y gansos cuando quisiera zorros”. A diferencia de él mismo, el pueblo es una cosa sin forma definida, variable, cuyo humor depende del hecho de estar más o menos favorecidos o complacidos por algún poder externo, no por algún mérito conquistado de manera autónoma. Coriolano parece en el fondo despreciar su cómoda dependencia de quien, a riesgo de su vida, les provea pan y paz. Su pasividad demandante… “go, get you home, you fragments.” (¡Vosotros idos a casa, detritus!) Demanda de alimento o del ritual probatorio que legitima la gratificación que otorgan a Marcio, nombrándolo Cónsul de Roma, luego de conquistar Coriolos y vencer a Tulo. El hecho preciso es que Coriolano debe mostrar sus heridas, sus cicatrices, las huellas de la batalla, debe desnudarse para complacer la mirada de sus futuros súbditos. Con esto se sellaría el pacto y el pueblo se rendiría y resignaría también a su poder. No le piden más. Pero Marcio no puede, no está en su ser, acceder a este pedido, a ejecutar el ritual de la demagogia exhibicionista, verse en la obligación de tener que ganarse la aclamación de seres despreciables, lo que implicaría rebajar su temple al de un mendigo. Pero, piensa el sentido común, con tan poco conseguiría tanto. Mostrar sus heridas con la que cautivar una mirada poco exigente y sugestionar a un pueblo romano deseoso de dejarse fascinar por el poder. Sus hazañas, su fama en el campo de batalla, su leyenda, cuyo relato en el senado está a cargo de Menenio, ante el pueblo valen menos que la presencia desnuda e inerme. El senado escucha, el pueblo ve. Durante la exposición en el senado Coriolano se ausenta y ante el pueblo trata de hacer lo mismo. Ser pescado expuesto y pesado en la balanza lo ofende, y ser considerado el mejor pescado halaga aquello que pretende ocultar. Ante el pueblo Coriolano pide que se lo excuse de mostrarse. Su oligarca inflexibilidad le impide ni siquiera fingir, y cuando lo intenta hacer lo hace a medias. Marcio es aceite espeso en agua salada. Es como si alguien a pesar de sus ambiciones no pudiera asumir un prestigioso cargo porque su arrogancia le impidiera ejecutar el anodino acto de prestar juramento ante un auditorio. El rechazo sería visto por ese auditorio como desprecio. Un acto de engreimiento. 

    Bruto y Sicinio, representantes de los ciudadanos, sus portavoces ven a Marcio enfermo de orgullo, el cual lo nubla, al mismo tiempo que lo vuelve un obtuso a los ojos de sus pares.

    “Bru:¡Qué estas guerras le devoren! Se ha vuelto demasiado orgulloso para ser tan valiente”

    Sic: Una naturaleza así, excitada por el buen éxito, es capaz de desdeñar la sombra que pisa al mediodía.”

    Su incompetencia política, en el plano civil, plano en cual nunca debería haber jugado, se pone de manifiesto cuando no puede cumplir con los requisitos o reglas, pueriles pero imprescindibles, que le exigen para hacerse visible en un humilde cuerpo mortal, pero si puede cumplir con las exigencias de la guerra hasta lo sobrehumano. El trasplante de lo militar a lo civil es imposible en Coriolano. Acorralado y exigido siempre, a lo largo de la obra, por propios y extraños, Coriolano es un hombre aislado en su elementalidad. Rodeado por su madre, su débil esposa y su hijo, por su amigo Menenio, por los tribunos y por el pueblo, y por los enemigos y su antagonista: Tulo Aufidio. 

    Y es Aufidio quien sin duda da en la tecla cuando describe a su enemigo. Dice:

    “Auf: (de Cor)… incapaz de representar más que un solo papel, incapaz de cambiar el casco por el cojín y dando órdenes en la paz con la misma severidad y rigidez con que regía las cosas de la guerra. … Nuestras virtudes descansan en la interpretación de nuestros contemporáneos.”

    Saber que nuestras virtudes descansan en lo que creen nuestros contemporáneos, es saber que nuestra reputación no es asunto que dependa del individuo aislado y singular, sino de quienes ocupándose de nuestros actos los convierten a través del juicio colectivo en noticia, en fama; le dan un rostro humano ajustado a las expectativas de la comunidad.  El ser es una cosa, el lustre otra. A esta conversión humana se resiste Coriolano, a ser hervido hasta ablandarlo; a dejar que la política le invente un rostro. Rehúye de los halagos de los propios como si fueran lengüetazos de adulones, no obstante acepta ser bautizado Coriolano.

    Le ofende el reconocimiento, rechaza el agradecimiento, y el derroche celebratorio, las trompetas y los gorros lanzados al aire; adulación hipócrita señal de debilidad y amaneramiento que Coriolano objetará motivado quizá por un sentimiento de inseguridad o inquietud en cuanto podría quedar a expensas y al servicio de quienes lo aclaman; Coriolano se debe a Roma y a su sangre, no a su pueblo; no es un servidor público, o un protector, Coriolano es un Dios agresivo, orgulloso y distante.

    “Sabed, buena madre, que preferiría servirlos a mi manera que gobernarlos a la suya.”

    Pero el hecho de haber aceptado su bautismo lo obliga a ponerse frente a su pueblo y ser quien lo gobierne, mezclarse en el mundo de los mortales y entregarse a sus mandamientos. Un bautismo es una apropiación. Y en este caso también una especie de devaluación ontológica.  Se verá envuelto en ese mundo en donde se da para recibir, de intercambios simbólicos, de ceremonias plebeyas.

    Ante el relato público de sus hazañas, su publicidad ante los patricios en el senado, Coriolano se retira: “… a menudo, mientras los golpes me han obligado siempre a quedarme, acostumbro huir de las palabras. Vos no me adulasteis, y por lo tanto no me heristeis; pero a vuestro pueblo le aprecio en lo que vale”.

    El puntapié para el estallido del conflicto está planteado. Coriolano cede de mala gana, y luego de mucha insistencia, a los pedidos de mostrar su heridas al pueblo y de vestir al toga cándida, “la vestidura raída de la humildad”, para solicitar los votos que lo harán cónsul.

    “Cor: Bien, debo hacerlo. ¡Fuera inclinación mía, y que se apodere de mi el espíritu de alguna prostituta!”

     

    Pero no solo cede de mala sino que cede mal. No puede dejar de hacer notar su descontento y desagrado; su tono es forzado e irónico, a pesar de lo cual el pueblo lo nombra cónsul para, inmediatamente, retirarle el nombramiento al ser convencido de esto por parte de sus turbios representantes.  Con esto Shakespeare deja sentada su crítica al también a las clases populares de convicciones frágiles y humores cambiantes; presas fáciles de lenguas rápidas.

    Bruto: Habláis del pueblo como si fuerais un dios creado para castigar y no un hombre capaz de tener sus debilidades”.

    Shakespeare en este drama político no toma partido por ninguno de sus contendientes;

    Coriolano contra los ciudadanos comunes, una masa chillona y flotante que hablan a través de otros, cuyas voces están conferidas a manipuladores de instintos ladinos. Shakespeare presenta al ciudadano común voluble hasta lo paródico, como de igual de paródico resultan las resistencias de Coriolano. Shakespeare sobrevuela a todos estos personajes. Podría interpretarse que esta obra es su excusa para  poner en escena cierto desencanto por los actores de la real política.

    Coriolano es finalmente condenado al destierro, el cual cumple con creces: se va para sumarse a las filas de su enemigo Aufidio, quien lo recibe con afecto, subordinándose, también paródicamente, a su poder. Queda también así probado otro acto de flaqueza, ante los propios, quienes se lo harán notar. Traición despechada hacia los de su bando. Desde allí planea su venganza, el regreso violento a Roma para arrasarla junto a sus ciudadanos. Fracasan dos misiones enviadas para persuadirlo de que cumpla con su promesa de destrucción.  Lo encuentran monolítico, rígido, endurecido por el despecho y sordo a cualquier argumento. El momento de mayor tensión de la obra, donde desfilan ante Coriolano quienes aspiran a ablandarlo y se encontrarán como una roca, como es llamado por un centinela. Un general, su amigo y su familia se le enfrentan. “Os digo que está sentado en silla de oro; tiene los ojos encendidos como si quisiera con ellos abrazar a Roma…”, cuenta Cominio, su antiguo camarada de armas, quien incluso se arrodilla ante él para suplicarle. No es menos severo con Menenio, quien se encuentra con una pared, con una máquina de guerra ante cuyas pisadas el suelo se hunde, con una mirada perforante, con una voz fúnebre y un gruñido como un cañonazo, sentando en su sitial como un Alejandro, autoritario y casi divino. “Para ser un dios no le falta más que la eternidad con el cielo para servirle de trono.”

    Coriolano está evidentemente enojado y Shakespeare no ahorra imágenes para dejar claro esto y terminar de dibujar el trazo material de su personaje. Como si también quisiera afirmarlo en el papel para que no se nos distorsione y podamos ver algo equívoco en él. Su amigo Menenio parece más fascinado con lo que se encontró que asustado, y no se encuentra a otro más que al Coriolano de siempre. En esa descripción hay algo de antigua admiración. En realidad Coriolano no cambia su modo de pensar, su modo de ser o su modo de comportarse, los que cambian son los otros; van y vienen en sus decisiones y convicciones. Podría reducirse la obra a una tensión entre lo dinámico y lo estático. Lo inflexible y lo voluble. Los dos extremos que hacen imposible la política o la realidad misma. Un mundo de inflexibles y volubles es un mundo de ficción.

    Pero incluso hasta un dios así presentado puede perder el equilibrio, y Coriolano lo pierde pese a sus previsiones con las que intenta afirmase en su interior. El único momento en toda la obra en donde Coriolano deja entrever su alma enredada, su interioridad moral y emocional torturada, como han demostrado tener y en la que sean ha debatido otros personajes shakespearianos, es cuando ve acercarse a su Madre, su esposa y su hijo. “Pero apártate, afecto”, se dice… “¡Qué sea virtud la obstinación”, se dice para convencerse de no perder su contextura. Coriolano se habla para no desmoronarse, se agita para darse ánimos y no flaquear. Un momento extraño en la obra en que Coriolano se ve amenazado como cualquier otro hombre. El único momento en donde Coriolano se enfrenta a sus debilidades humanas, llamada instinto; donde se descubre vulnerable. “No seré nunca lo bastante frágil para obedecer al instinto, sino que permaneceré en pie, como si fuese un hombre que se engendró a sí mismo y no conociese otra dependencia.” Un hombre que se engendró a sí mismo es un dios. En este caso un dios inquietado por oscilaciones humanas. De dios ensangrentado, furioso, y compacto a dios caído. Y Coriolano cae finalmente ante los argumentos, o los lamentos, los disparos emocionales de su madre. Cede y traiciona a Aufidio y a los volscos, a los que se entrega para morir acuchillado. Rompe la promesa de hacerse con Roma; cambia su vida por la vida de los romanos que lo habían despreciado por sus altanerías. Sin embargo esto no constituye un ningún sacrificio, y nadie parece entenderlo así. Coriolano no se entrega. 

    Pero este hombre no se engendró a sí mismo y conoce otra dependencia: su madre. Su maldición y su lazo con el mundo de los mortales. (Anécdota de mi mama bíblica, shakesperiana). Su madre es la piedra de toque donde el dios Coriolano flaquea y se hace humano. “¡Oh madre, madre! ¿Qué habéis hecho? ¡Mirad! Los cielos se abren, los dioses miran hacia abajo y se ríen ante esta escena contra natura. ¡Oh madre mía! ¡Madre! ¡Oh! Habéis ganado una feliz victoria para Roma; pero en cuanto a vuestro hijo, oh, creedlo, creedlo, lo habéis derrotado de la manera más peligrosa, si no mortal para él…”

    Hay quienes consideran superficial a esta obra. Que describe el obrar de sus personajes sin profundizar demasiado en ellos y en sus elevadas motivaciones. No se presentan ni se indagan vicios o virtudes universales. Meros actos que se responden entre sí como en un juego de intereses; una tragedia de idas y venidas. Es una obra sobre el poder y sus manifestaciones diversas, en uno o en muchos; pero es una obra sin espíritu y sin las complejidades que podían esconder el atribulado Hamlet o el simplón e influenciable Otelo o el ambicioso y traidor Macbeth o el errado Rey Lear. Coriolano es un dios insondable como una piedra. Como una montaña. Condenado a la impotencia, a la imposibilidad de trascender sus circunstancias; a permanecer el mismo en medio de sus conflictos. Se comporta como una eminencia estática y a la defensiva sin poder torcer la historia. Coriolano es un héroe derrotado.

    No quisiera abusar de la generosidad que Harold Bloom tuvo con todos nosotros, pero no coincido con su punto de vista respecto de esta obra, respecto de Coriolano. “Hay poca interioridad en Marcio” o “Coriolano está vacío”, por este lado va el análisis de Bloom. Aquí vacío debe ser interpretado como pobre espiritualmente y en este sentido Coriolano no es pobre, es distante e inaccesible. Un agujero negro. Boom insiste en la vacuidad de Coriolano, su falta de ingenio e imaginación. Cree que esta obra no se trata de un drama primordialmente político, más bien la política sería la excusa argumental y apuntaría a la psicología –pobre- de Coriolano… es cualquier cosa antes que un gran espíritu. Para Bloom, Shakespeare a esta altura de sus composiciones va abandonando su preocupación por la interioridad y sus personajes se van haciendo más pueriles. Y este sería el caso de Coriolano, con cuya obra ya no contribuirá mucho a la invención de lo humano. Aunque habría que agregar que la obstinación en el carácter (Coriolano), la volubilidad (los ciudadanos), la obsecuencia o el amor, para ser justos, (Menenio), la falta de juicio autónomo y las vacilaciones (los ciudadanos), la manipulación maliciosa de la voluntad (los tribunos), el egoísmo y la ambición (la madre), la mansedumbre (su esposa). Todos estos temas hallables en la obra y que no hacen de ésta para nada una obra con poca interioridad o de psicología ligera; además de la altura de su elocuencia. Coriolano no es rico en enredos, misterios y confusiones. En los pechos de sus personajes se agitan muchos fantasmas que desencadenaran la fatalidad.  Probablemente esta interioridad monologue menos o casi nada su drama, que en sus otras tragedias, y eso en virtud del tipo de personaje del que se trata aquí, materias asperas; probablemente más austeros en exposición de sus emociones e incertidumbres. Sin embargo Bloom reconoce que Shakespeare logra aquí una perfección formal a expensas de lo que abandona.   

    Se trata sin duda de una obra política desde el punto de vista de las bajezas espirituales de los poderosos y de los poderes que se enfrentan, el de uno contra todos, el de todos contra uno. Estos poderes nunca pueden presentarse vacios, mecánicos o desmotivados, como si fueran fuerzas naturales ciegas y obedientes a leyes que no les pertenecen, siempre está ese principio humano que los anima. Aquí las fuerzas puestas dramáticamente en tensión componen y descomponen una realidad, separan y unen, la colman de sentido y constituyen la historia de los hombres. El poder no es una cosa inerte, es un ejercicio infame, algunas veces y humano siempre. Estos modos de ser y del ser retratados por Shakespeare, quizá poco advertidos en imaginación estratégica, decantan modos de actuar que los ponen al borde del desastre a algunos y lleva a la muerte segura a uno.  

    “Cor. Mientras permanezca en la tierra siempre oiréis hablar de mí y no oiréis jamás nada distinto de lo que fui y he sido siempre.”

     



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