LA CAJA DIGITAL
Nro. 4 - Año 8 - Mayo de 2013
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LA CAJA (1992/1994)
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    PENSAMIENTO  Y PASIÓN

    (Disertación del 10/6/2013 en la Universidad de San Andrés por invitación del Centro de Estudiantes. Se trata de un texto matriz – leído en la Feria del Libro de Corrientes, en la Feria del Libro de la Ciudad de Buenos Aires por invitación de las Jornadas sobre Educación para Directores de escuelas organizada por la Fundación El Libro, en la Universidad di Tella para el posgrado de Educación para Directores de escuela media - que con el tiempo se amplía, se corrige y sigue su curso. Siempre parte del mismo tema: qué es estudiar.

    Fragmentos del texto y entrevistas sobre las actividades se han publicado en los diarios Perfil, Clarín y Nación.

    El mismo título cambia: “La importancia de ser lector”- “Elogio de la dificultad”- “Pensamiento y pasión” )

     

    La importancia de ser lector

    Pertenezco a una generación para la que la lectura era un símbolo de prestigio cultural y de respeto individual.

    Quien leía trasmitía sin duda un tipo autoridad basada en alguna leyenda indescifrable, parecía el guardían de un arcano secreto que imponía silencio a su alrededor y lograba el reconocimiento de haber ascendido a un sitio envidiable por lo codiciado.

    Se decía que una persona era leída - un modo pasivo de definir a quien se presentaba como depositario de un recurso importante - y cuando se elogiaba a un joven se comentaba que leía. Tener un libro en la mano más aún cuando esa mano era la de una persona joven no dejaba de ser una señal de un ser especial. Hasta tal punto que en épocas de dictadura como por ejemplo aquella tan preocupada por los efectos perniciosos que la cultura podía tener en la sociedad como fue la del General  Onganía, leer, tener barba y estudiar filosofía, eran certificados de peligrosidad y de sospecha permanente.

    Por supuesto que no todo el mundo pretendía entrar a una librería o a una biblioteca  cuando la vida o el ocio así se lo permitían, no era un horizonte de atracción masiva, pero sí una meta y un ambición elitista y selectiva que ponderaba algunas virtudes, se hacía eco de determinadas necesidades y soñaba con supuestas glorias.

    La virtud consistía en tener acceso al conocimiento, y el conocimiento era un valor destacable. Quien más sabía, más podía y más era. Saber, poder, y ser. Por otra parte, la necesidad se fundamentaba en la constatación de que las autoridades legítimas nos mentían y que trataban de domesticarnos. Los padres, los pastores religiosos, los profesores, los militares, los abogados, los médicos, la policía, los representantes de la investidura que componía el entramado reticular de los discursos del poder, engañaba, y la salida liberadora consistía en la apropiación del saber para demistificar esas palabras astutas, en apariencia terminantes, que nos dejaba, a nosotros, a aquellos jóvenes, sin palabras.

    Por último, la gloria soñada era inocente, ingenua, aunque pudo con el paso del tiempo convertirse en un elemento delicado por su grado de inflamabilidad, porque de ser un faro que guía a una humanidad de naúfragos de acuerdo a la idea de Genio que legó el romanticismo, el hombre de las letras se hace depositario de una verdad llamada “revolución” , llama a un cambio radical en la conciencia burguesa, una hendidura en la subjetividad, por la que exige entregar la vida, no sólo la suya sino la de todos, adeptos y disidentes.

    Pero no toda afición literaria tiene por destino el mundo de los otros. ¿Se acuerdan de la palabra `autodidacta´? Educarse a sí mismo. Este propósito no implica desprecio alguno hacia los maestros – todo lo contrario – sino el hecho de que el estudio es un trabajo personal ineludible bajo la conducción sutil de un maestro.

    Lo que el docente trasmite no es tanto un cúmulo de conocimientos clasificados y una nomenclatura de sostén para expresarse con propiedad, sino su modo de aprender que incluye sus equivocaciones. La enseñanza es el puente que se construye entre aprendices y estudiosos de generaciones sucesivas en el que se instruye a aceptar el error de quien ensaya y experimenta incansablemente.

    Un discípulo hace lo que su maestro no ha llevado a cabo, pero no podría haber recorrido su singular camino  sin haber tenido el maestro que tuvo. Como si un parricidio fuera un acto de generosidad del mismo padre.

    Hoy se dice que la era de la gramática ha fenecido. Que el libro se despide. Que no hay más “interlectores” como decía maravillosamente María Elena Walsh. Se sostiene que los modos de acceso al conocimiento ya no necesitan del lenguaje verbal ni de sus expresiones escritas. Nos anuncian un cambio civilizatorio. Bienvenido sea, si tal presagio tiene contenido. El temor al cambio y la conservación de lo adquirido no siempre resguardan valores imperecederos. Todas las culturas tienen fecha de vencimiento.

    Filósofos de hoy dicen que el humanismo de las letras ya no es el ideal comunicacional de nuestros días. Recordemos que una de las características del humanismo burgués – tal como nos lo recuerda el escritor húngaro Sandor Marai – es el culto de la palabra, responder por la palabra empeñada, la confianza en la promesa recibida, y la lealtad al pacto celebrado. Pero quienes están atentos a los avances de los nuevos procesos de escritura, nos pide que dejemos de lamentarnos por esa pérdida. Escribir, o leer, no son actos naturales. No por eso llama al analfabetismo sino a una nueva concepción del saber con sus novedosas herramientas.

    Lo que parecen evocar es una nueva revolución galileana como aquella que descabezó las artes liberales de su trono humanista mediante la sustitución de la retórica, la gramática y la lógica de su sitial escolástico por la nueva verdad de la ciencia físico-matemática inscrita en las leyes naturales. Sólo que en el siglo XXI, la novedad del día ya no reside en la conformación de un mundo estructurado según el paradigma clásico del siglo XVII, la mathesis universalis, es decir una clasificación del orden de los seres desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande de acuerdo a sus diferencias y semejanzas, esa idea de que el todo podía ser visible y calculable para la mente humana con el fin de la transformación de la naturaleza para la felicidad en esta tierra, sino en la revolución de las ciencias biológicas que ya no hablan de la transformación de la tierra,  sino de la creación de vida. La neurología, la neuroquímica, la ingeniería genética, son las disciplinas en las que se practican los nuevos tipos de escritura.

    De ahí, que la nueva escritura ha cambiado de caracteres, del alfabeto tradicional, a nuevas formas de inscripción digital, algebraica, y combinatorias genéticas.

    De todos modos no nos hagamos tantas ilusiones, o, mejor dicho, podemos hacérnoslas por algún tiempo más. Mientras la ética, la política, la economía, no sean calculables y los intentos por elevar su perfil epistemológico para hacerlas disciplinas “duras” padezcan un fracaso tras otro – sabemos lo que valen las predicciones y los predicadores en nuestro mundo en crisis – el discurso verbal o escrito de acuerdo a la arcaica sintaxis seguirán siendo vigentes, y los “relatos” necesarios, al menos sino para engañar a la gente, es por los placeres que depara el poder soñar y dormirnos mientras nos cuentan un cuento.

    Recordemos que para los fundadores de la filosofía, como Platón, la escritura, toda escritura, desnaturalizaba el conocimiento. En el orden del ascenso por el camino que nos conduce a la verdad, primero la luz, luego la voz, y finalmente, en el peldaño más bajo de la escalera, el grafito, el escalpelo o la pluma. En la era de los Sabios, se pensaba que poner a disposición de cualquiera un saber delicado, conocimientos que requieren de parte del receptor virtudes comprobadas, se vuelve una apuesta arriesgada si el texto circula en el espacio público en manos anónimas para fines desconocidos.

    Platón era muy cauto en cuestiones de democracia. Pero una vez que el mundo de la antigüedad se abre y deja de ser aquella polis griega en donde los asuntos políticos se dirimían de un modo directo en el ágora y en las asambleas, una vez que la figura del sabio pierde lo que Nietzsche llamaba su majestad sacerdotal que hacía de la Voz la emisión oracular de una verdad sólo mostrada de sesgo por el temor que producía, una vez que la ciudad griega se hace metrópolis y los espacios de confluencia se diagraman de acuerdo a dimensiones imperiales, puntos alejados, sin contacto directo, entonces el texto se hace epístola, carta para aproximar a los lejanos, preceptivas para acercar a maestros y discípulos. El escrito es un envío de amistad, una señal de aproximación, un llamado a la escucha que se hace lectura.

    Leer es, desde entonces,  recibir un  mensaje de un amigo. Esta concepción del texto es una remisión muy antigua sobre el escenario en el que nace la filosofía, palabra que en su composición reúne el saber con la amistad, el amor con el maestro.  

    Leer no es lo mismo que estudiar

    Pero no se trata sólo de una forma de la afección. Un texto no es un abrazo. Tampoco es una forma de estar conectado. Un texto se compone. Es lo primero que me enseñaron en la facultad cuando ingresé cuando todavía creía que un  libro era una caja que al abrirla contenía un mensaje como si fuera una mariposa que se libera con la lectura. Olvidaba que la mariposa es un gusano con alas. Antes de volar repta.

    Leer no es lo mismo que estudiar. Estudiar es leer de otro modo. Tiene etapas. Se estudia – me refiero al campo de las humanidades, aquel en el que el alfabeto aún tiene sus prerrogativas al menos hasta que la ingeniería genética, la farmacología y la biología avanzada no se apliquen al comportamiento y constituyan la primera ciencia social digna de ese nombre – con un lápiz, se escribe el texto que leemos, anotamos en los márgenes, subrayamos, destacamos las principales líneas de fuerza y las apartamos en hojas o fichas de lectura, organizamos los temas, prestamos atención a las fuentes bibliográficas del autor y a quienes señala como sus maestros, ponemos en una balanza sus preferencias como sus rechazos, sus remisiones a determinadas tradiciones, en qué y en quien se legitima, contra quién piensa y escribe.

    En una palabra: conversamos con el autor. La palabra conversación es parte de la historia que relata las vicisitudes del arte interpretativo, que se conoce como hermenéutica, lo que no significa deponer arma alguna ni una permisibilidad blanda, ni la tolerancia como aceptación de la alteridad o del diferente. Conversar no es necesariamente sólo comprender a la vez que aceptar.

    Este modo de interacción necesita de la libertad del lector que una vez respetada la distancia que todo texto impone para poder leerlo, distancia que mitiga el apuro por  volcar sobre él nuestras ansiedades, no usarlo de espejo de nuestros deseos, evitar reducirlo para conformar nuestras certezas por no decir nuestros prejuicios, una vez hecho el trabajo de lectura, discutimos el texto, nos involucramos en él, vemos despertar en nuestra mente imágenes de pensamiento que nos descubren mundos nuevos, hacemos de la lectura y de nuestro vínculo con el autor, un desafío, un hilo cinchado por tensores.

    Palabras conocidas de la tradición como debate, disputa, polémica, controversia, diálogo, son manifestaciones variadas del ejercicio de la lectura.

    Por eso la lectura requiere humildad, lo que no quiere decir modestia ni falta de atrevimiento, sino perseverancia, constancia, el día a día del trabajo que se mejora a sí mismo por su dedicación activa.

    Leer es una tecnología muy antigua, poco tiene que ver con lo que se dice y festeja con las nuevas tecnologías. Hay quienes tienen una concepción algo frívola de las  nuevas tecnologías. Creen que lo principal es estar conectados, como si fuéramos aparatos domésticos que funcionan a corriente continua. La lectura es una labor solitaria. Se practica en el silencio. Requiere concentración. Estamos solos pero en nada aislados. Nos habla otro. Muchas veces nos habla un grande, un hombre superior, pero no en el sentido de que es un santo, ni un héroe, ni un hombre de algún poder, sino un ser de extrema sensibilidad que nos permite despegar nuestras propias ideas, construirlas, percibir el mundo con otros ojos.

    Leer es una actividad antihipnótica sin conectividad. No se necesita del libro para llevarla a cabo, las pantallas también lo hacen, pero el libro nos ofrece la sensualidad del tacto, la rugosidad de la materia, el sabor terrestre de la manualidad, y la compañía mágica de un silencio sólido que no calla.

    El tiempo de la lectura es un tiempo lento. La lectura en diagonal es para constipados que sólo quieren descargar cuantos antes su necia voluntad de creer que hay un final, o para incontinentes que no logran disfrutar la pausa que impone el placer del texto. No se hojea ni se solapean las páginas, salvo que se usen los libros para tareas de promoción personal y prestigios de sobremesa. Por eso hay que desconfiar de la mediocridad oculta en todo tipo de facilismos que nos hablan de la importancia de la creatividad, de la belleza de la espontaneidad, de la autenticidad del sentimiento, de las intensidades emotivas, y de otras formas de la pereza. Pensar es un trabajo, y es tan necesario como respirar y  para no ser un muerto viviente, como parece desearlo nuestro ministro de educación nacional.

    Cuando un responsable de la educación quiere ser partícipe del jolgorio de ocupaciones de colegios y del reclamo de derechos que identifica con supuestos compromisos sociales, lo que en verdad programa es una juventud entregada  e ignorante.

    Estudiar es un trabajo, quizás uno de los más maravillosos que se hayan inventado. Tiene que ver con uno de los rasgos que hacen de la especie humana un fenómeno vital interesante: la curiosidad.

    Estudiar es difícil. No se potencia la mente, no se enriquecen los sentidos ni se despierta la inteligencia si no se presentan obstáculos. Es necesario generar dificultades en el proceso de aprendizaje. Superarlos nos da seguridad, autoestima y energía para seguir buscando nuevos desafíos. No hay que temerle a la frustración porque todo proceso de investigación es una prueba de ensayo y error. No está nada mal repetir una y mil veces un mismo ejercicio y una misma tarea. Los que estudian un instrumento musical o un arte marcial, saben que siempre parece hacerse lo mismo hasta que sin plena conciencia de la acción que se va llevando, se comienza a realizar la misma tarea mejor. Pulir la piedra con un cincel fino día a día, decía van Gogh, que de loco tenía tanto como de artesano.

    Estudiar es una responsabilidad, porque insume recursos de alto costo social que se pagan con el esfuerzo colectivo. El estudiante hace uso de los mismos de un modo gratuito en la escuela pública. Por lo tanto su deber es principal respecto de un derecho que ya ejerce.  

    Estudiar es un placer. Hoy en día la tecnología le abre a la adolescencia el universo del conocimiento de un modo tal que puede multiplicar sus energías en el aprendizaje de los misterios de la vida y de las complejidades del mundo como mi generación jamás pudo haberlo sospechado.

    Imaginemos clases de historia, geografía, biología o física con el arsenal digital y la enciclopedia audiovisual que ofrece la web. Sin embargo, mientras el ministro de educación hace demagogia impune, la deserción escolar en la escuela media llega en nuestro país al cuarenta por ciento. Es una garantía para la pobreza, el atraso, y el abandono de futuras generaciones.

    Debemos reinstalar la idea de que estudiar es un oficio. La antigua idea de “oficio” por la cual hacer las cosas bien nos hace bien, nos permite respetarnos a nosotros mismos tal como la ha analizado Richard sennett.. La idea de oficio bien hecho vinculada a la  de respeto por uno mismo, es la nueva y vieja pedagogía.

    Leer sin anteojeras

    Hoy la palabra militancia es la justificación de una actitud fanática, y de una combinación letal para la inteligencia: soberbia con estupidez.

    Pero esto no significa que la apoliticidad favorece la formación del estudiante. Por el contrario, el compromiso con lo colectivo que exige la actitud militante, hace que el estudio sea prioritario. Nada se puede transformar y menos la realidad de un país, si no se lo conoce.

    Lo mismo ocurre con la palabra “ideología”. La ideología - si se quiere conservar esa idea de ser depositario de un sistema de representaciones al que se adhiere -  se basa en convicciones mínimas que por lo general no se difunden por altavoz. Tiene que ver con los valores y se muestran en los actos.

    Se ha difundido la idea de que todo el mundo aplica su ideología a lo que fuere, que todo es política, que la información y el periodismo son formas de la propaganda, que es lícito mentir si sirve a la causa, que todo vale por el modelo, y una estética de saldo en la adopción de la lamentable pose autocomplaciente, triunfalista a la vez que victimizada, que siempre nos ha caracterizado, hoy nuevamente de moda, ante el aplauso de grupos cortesanos.

    Se nos educa en el fascismo, que no es un régimen político, sino una cultura política.

    Querer colaborar con la transformación del país para que no haya bolsones de miseria y un infradesarrollo humano en salud, educación y vivienda, lograr la plena expansión de las fuerzas productivas mediante la creación de tecnología que permita al país competir en el mercado mundial y ofrecer fuentes de trabajo bien remuneradas, hacerlo sin provocar conflictos internos paralizantes, guerras internas sangrantes, ciclos de avance y retroceso que desgastan a las generaciones y desaniman a las mayorías, construir un país en el que la distribución del poder por vías institucionales no permitan que aspirantes a la tiranía se eternicen en el ejecutivo con manejo de dineros e intimidación propios de sistemas policiales, hacer todo eso requiere de una población con ganas de estudiar, de trabajar, de formarse, de leer.

    La educación no debería ser un motivo de generalizaciones pedagógicas ni de análisis barrocos. El espacio educativo está en el aula, es decir en el sitio diseñado por el encuentro entre maestros y alumnos que colaboran en descubrir el mundo. Ambos, maestros y alumnos se juntan un tiempo para nacer nuevamente. Esto es un acontecimiento que debe ser interpretado literalmente. Conocer es nacer.

    El ser humano para sobrevivir debe adaptarse a un universo regulado antes de su venida. Adquiere las artes de la supervivencia. Aprende a controlar sus pulsiones, y también aprende a innovar, a crear.

    En nuestro país la pobreza y la marginación de cientos de miles de argentinos les ha servido de excusa a millones de argentinos que no viven en la pobreza a justificar su inacción y el deterioro de su educación. Con el nombre de inclusión se ha implementado políticas conservadoras, de defensa corporativa y de mantenimiento del statuo quo.

    Las poblaciones marginales no tienen un problema educativo sino vital. Un niño con padre ausente o violento y una madre todo el día fuera de casa, sin alimentación adecuada ni recursos mínimos para subsistir no tiene un problema educativo. Es un abandonado  o manipulado por el estado o un explotado por sectores de la sociedad.

    El otro día me decía una maestra que escuchaba los ruidos de la panza vacía de los nenes y nenas en el aula, y me preguntaba qué podía hacer. Indudablemente que debía correr a un supermercado y comprar leche con dinero de su bolsillo. O debía salir a la calle con un enorme cartel que diga mis alumnos no comen, y llamar a Crónica, TN, etc.

    ¿Qué me quiso decir la maestra con ese ejemplo? ¿Qué la educación no tiene sentido cuando hay hambre? ¿Qué la función principal de la escuela de hoy en la Argentina es la de proveer alimentos mímimos a cientos de miles de niños desnutridos? ¿Es ésta la prueba experimental de que tenemos una década ganada gracias al gobierno que nos rige? ¿O era un escudo, una coartada, para no hablar de una educación deteriorada por otras responsabilidades que no son de aquellas que dejan sin respuesta como la del hambre?

    El hambre es un problema de vida o muerte, no tiene cabida en un proyecto educativo que supone alimentación y vivienda como la que tienen 75% de argentinos. Esos que sí comen, los que devoran 60 kilos de carne por persona y por año, aquellos que se preparan para funciones dirigenciales y responsabilidades laborales en el futuro, ¿qué tipo de educación reciben, practican, o defienden, con la palabra “inclusión”?

    Recupero la famosa frase de Jean Paul Sartre cuando dijo que la literatura no tenía sentido mientras un niño moría de el hambre en el mundo, dijo África pero es lo mismo. Y la adjunto a otra del escritor ruso Vladimir Nabokov: un bombero que salva a un niño  de un incendio es un héroe, pero si se toma un segundo más de tiempo para salvar del fuego a su juguete, es un artista.

    Dejemos de lado un momento situaciones que nos dejan sin palabras para situarnos en las que las palabras aún cuentan.

    Los que tienen un problema educativo verdaderamente educativo son vastos sectores de las clases medias que viven en al autocomplacencia legitimante, que sostiene que hay otros asuntos más importantes que leer, que estudiar y que aprender. Para rematarlo han hecho uso de variadas formas de psicologismo analfabetizante.

    Se nivela para abajo. La palabra mérito ha sido degradada y se le agrega el sufijo de “cracia” para que meritocracia suene como un valor elitista e injusto. Hemos hecho de la “igualdad” un subterfugio para la pereza compartida entre docentes y alumnos. Pareciera que lo que se pregona es la indiferencia al alumno que estudia, como la indiferencia al profesor que entusiasmado con su disciplina trasmite su pasión a sus alumnos. Son huérfanos de la sociedad 

    Para contrarrestarlo no es cierto argüir que con la educación uno mejora su situación económica ni que favorece el ascenso social. No es cierto, puede hacerlo o no.

    Las últimas estadísticas publicadas por el diario El País de España señalan que el 44% de los jóvenes entre 16 y 30 años están sin trabajo. Aquellos que interrumpieron sus estudios a los dos años de la secundaria están desocupados en un 54%. Quienes tienen un diploma universitario o terciario están fuera de toda actividad en un 30%.

    Hoy los estudios no aseguran una profesión ni un lugar activo en la sociedad. Además, las mismas estadísticas muestran que la mitad de estos jóvenes con trabajo vive con sus padres, y que los desocupados lo hacen en un 70%.

    Las familias sin duda que ya no son las mismas que las existentes hasta la década del ochenta del siglo pasado.  

    Tampoco sirve para contrarrestar la decadencia educativa, modelarla de acuerdo al paradigma de la empresa. Someterla a las leyes del mercado, instalarlas en un régimen de competencia, exigirles resultados educativos como económicos. Todos estos tipos de evaluación son auxiliares si es que sirven, del núcleo vocacional de la enseñanza y del aprendizaje.

    Estudiar y descubrir el mundo, explorarlo es un valor de por sí. Por añadidura podrá hacernos más felices o más desdichados. Con más o mejores logros, y con dolorosas frustraciones.

    Qué hacer?

    Los que nos dedicamos a la docencia, quienes somos profesores, enseñamos, no educamos. Educan el pastor, los padres, los medios de comunicación, la experiencia de  todos los días, las situaciones límites modifican nuestra subjetividad, educa la vida, pero enseñan los maestros, y aprenden los estudiantes.

    Decíamos que la tecnología permite que las clases puedan ser mucho más interesantes que en la época en que el docente debía contar el saber, en que decía relatar una enciclopedia universal. Hoy es posible experimentar con el conocimiento. No creo que la web, Internet, Wikipedia, hayan convertido la figura del maestro en algo inútil como dice el admirable filósofo Michel Serres en un simpático libro  que se llama “Pulgarcita”. Nos anuncia que terminó la era de la boca cosida y el culo sentado para dar inicio a los tiempos de las yemas de los dedos. Pienso, por el contrario, que tanto la información digital como la que encontramos en los libros, permiten que el profesor finalmente pueda dedicarse a enseñar y no ser sólo el puente entre el saber acumulado y el vacío ignorante de sus alumnos. Podrá finalmente enseñar, guiar, seleccionar, interrogar, estimular e incitar a la investigación, abrir campos y conectar con disciplinas anexas, presentar el panorama de lo que aún no se sabe, proponer tareas y diagramar un proceso de aprendizaje con nuevos objetivos.

    Existen de todos modos inconvenientes que no se pueden soslayar. Hay quienes sostienen que el mundo en el que vivimos ha tenido cambios de tal envergadura que exige un cambio radical de paradigma en lo que concierne a la trasmisión del conocimiento. Siempre ha existido la dificultad de encontrar mediaciones eficaces para que distintas generaciones puedan comunicarse. Los lenguajes cambian, las fuentes de interés y los modos de vida sufren cambios. Se asegura que nada tiene que ver este mundo en el que vivimos con el conocido pocas décadas atrás. Se habla de dispersión y de ausencia de valores comunes. De una estampida axiológica. Una realidad así – que el filósofo Nietzsche llamaba hace más de un siglo “nihilismo”, que no quiere decir no creer en nada sino preguntarse por todo – ensancha aún más la fosa separadora de generaciones.

    En el Ciclo Básico Común de la UBA del que soy profesor desde sus comienzos, propuse una vez un método para colmar ese silencio generacional y encontrar temas comunes de interés con los jóvenes ingresantes a los estudios universitarios. Es muy difícil enseñar Platón a quienes no tienen bibliotecas en sus casas y que carecen del hábito de la lectura, sin hablar de las mínimas nociones de cultura general que la escuela secundaria ya no da. Por eso se me ocurrió que debíamos emplear en la primera hora de clase en estudiar los diarios de acuerdo a una división del aula en grupos pequeños de lectura e investigación que dividieran su tarea de acuerdo a secciones de los diarios excluyendo las páginas deportivas y las dedicadas a espectáculos.

    Desde el diario acontecer de la economía nacional, a las innovaciones científicas, las relaciones internacionales, las novedades culturales, la coyuntura política, permitirían adquirir nociones básicas de geografía, historia, del mundo común en el que vivimos. No solamente lectura, sino búsqueda de mayor información sobre acontecimientos puntuales, que nos permitirían dibujar este mundo, situarnos en él y discutirlo.

    Luego sí, aquellos mundos que nos precedieron podrían adquirir una consistencia más concreta, podríamos comparar situaciones históricas, darle mayor visibilidad a los pensamientos de Platón respecto de Atenas, de Séneca y san Agustín en el imperio romano, a Maquiavelo en Florencia o Kant frente a la Ilustración.

    La actualidad oficiaría como operador de conocimiento y entrada al mundo del pensamiento filósófico. Más allá de ciertas resistencias de alumnos que consideraban que leer diarios no era una tarea a la altura de la dignidad académica de una universidad a pesar de una ignorancia no desmentida respecto del presente como del pasado de la humanidad, el mayor rechazo era de parte de los docentes que leían los diarios con anteojeras e inoculadas por la ideología que les aseguraba que todo era ideología, se resistían a desplegar los tres diarios de mayor circulación en el país, por motivos, vuelvo a repetir, ideológicos. Los de Página 12 no congeniaban con los de la Nación, y manifestaban así a pesar de su supuesta lucidez, su total incompetencia para leer diarios de un modo problemático y no dogmático y confesional.

    Leer diarios en grupos de estudio es una de las tareas que se me ocurre para que los adolescentes participen activamente en el mundo del conocimiento, así como otras actividades como la de crear una materia sobre historia del cine – el arte más importante del siglo XX – cine nacional y de todos los tiempos y lugares, actividad que además puede ser un motivo para reunir a la familia. No hablo de extensión cultural sino de una materia de la secundaria. Así como dos actividades que tiene que ver con el lenguaje y la lectura. Me refiero a la lectura en voz alta en clase, fragmentos de novelas y cuentos, poemas, ensayos, que se leen y comentan. Leer en clase. La oralidad al servicio de la lectura

    Se le puede agregar el teatro. Poner el cuerpo para darle vida a un texto, hacer de las palabras una escena con cuerpos en movimiento. En lugar de amonestar a las actuales generaciones por sus faltas de ortografía y burlarse de su falta de cultura, sería mucho más provechoso proponer formas activas de expresión lingüística que puedan liberarse de los horribles cursos de apoyo dado por semiólogos y especialistas en análisis del discurso.

    Si a esta tipo de enseñanza que debería formar parte de la currícula de los liceos, le agregamos la posibilidad de mostrar el conocimiento científico a partir de páginas digitales en las que puedan visualizarse los avances de la genómica, la neurología, genes y cerebro así como astrofísica y los sistemas fluviales de cuencas de distintos continentes, el saber deja de ser un almacén de ramos generales que cada año un dependiente ministerial debe distribuir del mismo modo siempre los mismos productos a una clientela que mira su celular.

    Hace treinta años dirijo un seminario de filosofía que se llama Seminario de los Jueves que está por editar su séptimo libro de filosofía ofertado en un circuito comercial para un público lector amplio e indiferenciado. Jamás hemos tenido el público cautivo de las aulas en las que impartimos nuestras clases. Además porque el grupo de cuarenta personas está formado por individuos de todos los oficios terrestres que sienten la misma afición por la filosofía. Desde los dieciocho años a los ochenta y largos nos reunimos todos los jueves del año para darnos cuarenta conferencias sobre un mismo tema frente a un público que nos mira estudiar desde una platea en un teatro de Almagro con la posibilidad de participar  de la discusión final. Es gratuito.

    Esta es la actual disposición de un colectivo de estudios filosóficos único en el mundo en el que pilotos de aviación, profesores de filosofía, ingenieros, psicoanalistas, artistas plásticos, escritores, estudiantes, se comprometen a trabajar textos sin que se tenga una formación académica previa.

    Esta actividad nacida en 1984 a partir de un núcleo inicial de una cátedra de filosofía en la facultad de psicología, en la que una vez designado profesor titular de la materia Introducción a la filosofía, exigí a los docentes que nombraba que para ser profesores de la cátedra había que estudiar siempre de un modo constante, comprometido y productivo. Así comenzaron las reuniones de los jueves que se abrieron a la comunidad, ingresaron gente de otros oficios, y presentamos nuestra manera de estudiar en diferentes lugares del país.

    Partí de una experierncia personal. Al no tener contacto alguno para formar una cátedra ya que estuve alejado de los circuitos académicos en los años de la dictadura del Proceso – a pesar de haber vivido en el país todos ese tiempo – mis escasos contactos, mínimos, tenían que ver con mi forma de vida de aquellos años. Los interlocutores que tenía para poder hablar de libros y lecturas los encontraba especialmente en las librerías como Fausto, Norte, Blatón, conversaba con los libreros, los encargados y los asiduos lectores que visitaban el local. Era un modo de sociabilidad en tiempos de censura y persecución política e ideológica. Así que aprovechando la apertura democrática durante el gobierno de Alfonsín, y al ser llamado por el nuevo decano de la facultad de psicología que había sido alumno mío en los pequeños reductos de la enseñanza de las catacumbas como se llamó a los grupos de estudio durante las intervenciones a la universidad, espacio en el que participé como profesor y en el que impartí un par de cursos sobre Foucault y Deleuze durante aquellos años, formé mi cátedra yendo a la calle, volviendo a las librerías, llamando por teléfono, entrevistando lectores e intelectuales marginales a las instituciones, nombrando docentes con secundaria incompleta, promocionando alumnos con notas brillantes a docentes de cátedra luego del primer final, sin hacer ningún distingo ideológico, reincorporando docentes de la universidad de la dictadura junto a otros que volvían del exilio, y conformando en un mes una cátedra y  un colegio de estudios filosóficos que hoy sigue activos con los aún vivos, y que son la base del seminario del que les hablo.

    Por eso me gusta el libro de Jacques Rancière sobre Jacotot, “El maestro ignorante”, porque rechaza la división entre el sabio y el ignorante, y subraya el factor voluntad, el factor atención, el del ejercicio, el del compromiso. Descree de la importancia de la llamada inteligencia, de los dones, del talento, y considera que el elemento crucial para el aprendizaje es el esfuerzo y la dignidad que resulta del conocimiento de los propios límites.

    No se trata de éxito y fracaso, sino de las famosas ganas, sin ganas no hay nada, sólo pereza, el tiempo que no pasa, el aburrimiento y la ansiedad.

    Termino. De lo que he intentado hablar es de mi trabajo y de cómo me gusta encararlo. De la construcción de una vocación.

    El otro día en  la presentación de un libro de un filósofo español que se llama “Amo luego existo”, Manuel Cruz, el autor, decía que hay dos personajes que la sociedad actual repele por ser disfuncionales: uno es el depresivo que en España también le dice “tumbao”, que no quiere nada; y el otro es el enamorado que quiere siempre lo mismo. La sociedad de consumo impone la variedad, la transitoriedad, y las ansias de tener y cambiar.

    Le agrego que tampoco quiere al “estudioso”, porque quien estudiar es exigente, insatisfecho, crítico, preguntón, curioso. Una sociedad en la que las nuevas generaciones tienen poco espacio en el mercado laboral, en la que los costos tiran los ingresos para abajo, las estrategias educativas viran hacia la formación de mano de obra no calificada. Por eso Paul Brighetti, pedagogo francés, titula su libro sobre el actual sistema de enseñanza europeo: la fábrica de cretinos y a la pedagogía la nueva policía del pensamiento.

    Una masa de seres distraídos, conectados, perezosos, descreídos del conocimiento como valor vital, son funcionales al nuevo apartheid educativo con su minoría de calificados suficientes para una sociedad estancada, y una masa flotante encapsulada en instituciones que son salas de espera diseñadas por una arquitecto kafkiano.

    Por eso si el depresivo no quiere nada y el enamorado quiere de un modo distinto lo mismo, el estudioso es el que siempre quiere más. Juntaré las tres cosas en una reflexión final.  

    Mi disciplina es la filosofía. Se dice que la enseñanza de Sócrates podía resumirse en el aprender a morir. Morir reconciliado con la vida, sin odios ni resentimientos. En el caso del maestro de maestros y fundador de la filosofía, su prédica se fundamentaba en la creencia en la inmortalidad del alma. Pero ¿qué sucede con algunas muertes de filósofos contemporáneos? Con aquellos que no nos hablan de inmortalidad ni eternidad alguna, como Michel Foucault que en su lecho de muerte pide que le traigan las pruebas de su último libro para ver si son necesarias las últimas correcciones antes de su edición; de Gilles Deleuze que poco antes de arrojarse al vacío ya sin pulmones, escribe una pequeño texto: una inmanencia, una vida, en el que nos dice que toda vida se legitima por sí misma; François Chatelet que cansado de vivir por su cáncer  no quiere una traqueotomía y recibe de parte de su amigo Deleuze que lo visita el consejo de que la acepte porque mientras su mente esté clara y tenga una mano libre, podía escribir y pensar escribiendo. Y, finalmente, el filósofo Paul Feyerabend, que reune los tres estados mencionados, hombre mutilado en la segunda guerra, sufriente de un proceso depresivo agudo, filosófo productivo e innovador batallador que se levantó una y mil veces de las vicisitudes de la vida, nos dice en su autobiografía inconclusa “Killing time” ya que la última página la escribe su esposa, nos dice en el lecho del hospital en su carrera contra la muerte:

    “Estos días son quizás los últimos. Los vivimos con Grazia (su mujer) uno por uno. Mi última parálisis está causada por una hemorragia cerebral. Mi preocupación, es la dejar algo después de mi partida, no artículos, tampoco unas últimas declaraciones filosóficas, sino amor. Espero que sea eso lo que quede, sin que se vea afectado en demasía por las condiciones de mi partida final, que espero calma, como un coma, sin luchar contra la muerte, por lo que pudiera dejarme de malos recuerdos. Pase lo que pase, nuestra pequeña familia puede vivir para siempre – Grazina, yo, y nuestro amor. Eso es lo que quisiera que ocurra: más que una supervivencia intelectual, que sea nuestro amor el que sobreviva”.

    Eso es lo quiero decir: amar lo que se hace.  Amar enseñar, amar aprender, amar estudiar.


     

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