LA CAJA DIGITAL
Nro. 15 - Año 8 - septiembre de 2013
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      La isla de Shakespeare
    2013
    por Leonardo Kuntscher
    CONFERENCIA DEL CICLO SOBRE SHAKESPEARE DEL SEMINARIO DE LOS JUEVES.

     

    Sobre alguien tan grande como Shakespeare, es probable que nunca podamos  tener razón, y si nunca podemos tener razón, es mejor que debamos cambiar de vez en cuando nuestra manera de equivocarnos” 
    T. S. Eliot, Elizabetham

     

    0: Introducción

               

                La primera pregunta que se nos presenta es ¿qué nos hace seguir pensando en La Tempestad?

                Para comenzar, vamos a tener que aferrarnos, nos guste o no, a las imágenes  de los personajes plasmadas en nuestra cultura durante mucho tiempo, tanto es así, que han llegando a formar, junto a otros personajes del mismo autor, parte de la nomenclatura cada vez más ecléctica de nuestro sistema solar: las lunas de Urano, Miranda y Ariel, y los satélites Próspero, Francisco, Stefano, Trínculo, Ferdinando, hasta personajes secundarios como Sicorax y Setebos tienen su lugar  entre ellos (siendo éste último la primera figura de una mitología americana en el cielo)[1], y desde luego Cáliban, que con una “K” inicial  nombra al primer robot de la literatura argentina.[2]

    Como no había mucho margen para separarme de todo lo que ya se ha dicho de ellos, decidí que, en vez de hablar de los personajes directamente, debía hacerlo en tanto su funcionamiento en la obra reuniéndolos en grupos y bandos, para así entender mejor las relaciones entre ellos, sus motivaciones y oposiciones, y por consiguiente la estructura de la trama. Esta decisión práctica se apoya en ésta última, en la trama, ya que, como se percatan algunos comentadores, está casi ausente si la entendemos como un entrelazado de eventos y situaciones que llevan a una conclusión. En La Tempestad queda no un tejido entrelazado sino tres, y sólo tres hilos distinguidos, relacionados claro, pero completamente aislados entre sí en el desarrollo de la obra, que se anudan al final, lo que nos da una trama sencilla de eventos pero con dificultades de otro tipo.

                El tiempo y el espacio de la acción se desarrolla exclusivamente en la isla y esta unidad con una organización donde cada hilo se corresponderá a un grupo, nos dará el esquema, el resumen que podemos hacer de sus características generales, una estructura más abarcadora de la totalidad de la obra, y que en este caso, para mí, vale la pena destacar.

                En general, las obras de Shakespeare se inician con un “desequilibrio” de un orden o uno a punto de suceder. El esquema general de La Tempestad,  que comparte con muchas otras historias independientemente de su desarrollo o ejecución, es infalible, y aún más, es psicológicamente infalible a la hora de despertar interés en cualquier lector, tenga los gustos que tenga: el de una isla desierta que recibe a un hombre civilizado. Como en la filosofía en general, es imposible no verse interpelado ante esta situación que plantea un desafío que nos conmueve desde lo más profundo, una sensación atávica que nos atañe como individuos pertenecientes a una sociedad, a una civilización.

                Creo que esto se da así porque, más allá del desarrollo de la historia, pareciera que desde el comienzo la premisa nos enfrenta con una idea de lo indeterminado, un ¿Qué va a pasar?, ¿Qué voy a hacer?, ¿Qué puedo llegar a encontrar? más abarcativo que en otras historias, atándonos a un aislamiento forzoso unido a la sobrevivencia y una soledad casi infranqueable custodiada por el mar, y que hasta nos puede llevar a plantear un ¿Quién o qué soy realmente? como sujeto de una sociedad. Es un esquema que se presenta y que sólo se puede seguir presentado de esta forma, y que nunca se agotará en sus diferentes variantes, siendo las obras de lo autores que conocemos sólo un recorrido posible de los múltiples caminos en lo desconocido.

                Luego, en el otro extremo, en la mayor determinación de esta obra en particular, se encuentran otros elementos que nos hacen seguir pensando en ella pero de otra forma, que son igualmente atrayentes para lectores pasajeros o eruditos del canon, también indeterminados pero a la inversa, es decir, son respuestas o sucesos sin causa que sólo agregan más notas a la composición: los enigmas. Con éstos se puede hacer una enumeración, como una lista de tareas, que uno va marcando con un tilde cuando cree haber dado con una teoría satisfactoria luego de haber leído la obra. Se pueden encontrar causas a estos acontecimientos con justificaciones externas a ella, en la biografía del autor, en la coyuntura histórica, pero que tal vez sean (un poco decepcionante si es así) simples misterios como “cosas no dichas” que uno tiene la libertad de reponerlas con la licencia que da la literatura, manteniendo el rigor de su lógica interna.

                Siguiendo con la estructura tripartita, los enigmas clásicos de la obra que elegí son tres, correspondientes a cada uno de los grupos y a cada uno de los hilos conductores, que llevan a una resolución que no coincide exactamente con una conclusión y disolución de ellos, pero que sí ayudan a provocar ideas alternativas a las lecturas evidentes o conocidas.

                Tenemos entonces, un esquema, una isla, una trama de tres de hilos, dos bandos, tres grupos, tres enigmas, un conflicto previo (como ya sabemos), y, como suele pasar cuando se alude a la genialidad de Shakespeare, uno puede darse el lujo de resumir en un sólo tópico rector el auténtico motivador de cada uno de sus mecanismos, que (como se ha dicho usualmente) en La Tempestad es el poder, y en particular, la búsqueda del poder, la recuperación del poder frente a un desequilibrio previo, la restauración del título nobiliario... con la última salvedad de que “poder” tiene muchas maneras de decirse.

    Sólo me enfocaré en tres de las múltiples acepciones de la palabra poder y utilizaré los significados más frecuentes aunque importantes de distinguir para nuestro trabajo. Primero, en un sentido objetivo, que algo pueda suceder: el poder como posibilidad; luego, como dominio o imperio, como potestad y atribución, un poder para mandar o dar el permiso para hacer, que llamaré nominal; por último, como capacidad, potencia o facultad de hacer algo, que puede ser entendido simplemente como habilidad.

                Ahora sí, luego de la introducción, prepárense para ir a la isla propiamente dicha.

    1: El escenario (tiempo y espacio)

                El primer elemento que tenemos que analizar es la isla en sí misma, porque toda historia comienza con un tiempo y un espacio, y aquí sólo tenemos como referencia este pedazo de tierra por ahí perdido, quién sabe dónde, lugar en el que trascurre la totalidad de la acción. Entonces nos preguntamos, ¿qué tipo de isla es la isla de La Tempestad?

                Primero, revisemos sus influencias, históricas y de otras obras, y luego sus características.

                Hay muchas imágenes que se construyeron a partir del nuevo mundo, sobre todo la descripción de animales a partir de partes de otros ya conocidos para zanjar las limitaciones del lenguaje de la época y muchas leyendas duraderas partieron de estos mal entendidos muy productivos, como el de San Agustín y los “blemias”[3], la Isla pez de San Brandán marcada en el Erdapfel[4] o el error cartográfico de Marco Polo y la isla de Madagascar.

                El costado histórico del descubrimiento de América y su colonización europea es muy difícil de reconstruir y resumir, e incluso ni se sabe si el propio Américo Vespucio viajó alguna vez a “su” continente o no. Sin embargo, es seguro que Shakespeare no fue inmune al imaginario que se constituyó a partir de las nuevas tierras descubiertas. Se sabe que estuvo en contacto con nativos del estado de Virginia[5], primera colonia inglesa en América, y también que es muy probable que el autor leyera tres textos que se relacionan con La Tempestad: la fuente del naufragio del Sea Venture para colonizar desde Virgina las islas de las Bermudas, el viaje de Magallanes alrededor del globo retratado por el veneciano Antonio Pigafetta, y desde luego, las especulaciones teóricas sobre los salvajes caníbales de Montaigne. Ninguno de los tres fue tomado por el dramaturgo con mucha profundidad en su veracidad histórica o argumentaciones, solamente reaparecen algunas palabras y premisas muy acotadas en la obra, pero como entendemos (no hace falta explicarlo), los textos de Shakespeare tienen otra finalidad y creo que hacemos mal ahora en invertir el tiempo en hacer “ingeniería inversa”.

                Mucho se han nombrado y estudiado las posibles analogías de esta obra sobre los floreciente derechos civiles de su país, y al respecto vale mencionar la nueva visión de Jacobo I unificando su isla en un sólo reino, autoproclamándose primer “Rey de Gran Bretaña”, proyecto infructuoso[6] por sus disputas contra un parlamento fuerte[7]. Particularmente no me inclino en analizar la literatura en relación con la historia, por más que sea parte indiscutida de su génesis, y en este caso más teniendo en cuenta que el recurso llevado al extremo ya tiene un campeón por K.O. en su país: el tercer viaje de Gulliver en la parodia de isla flotante de Laputa (Inglaterra) con la atribución de aplastar la isla de abajo (obviamente Irlanda) en caso de rebelión, sin ningún remordimiento, dejando en duda si su nombre es o no una pista de su significado en castellano.

                En la literatura existen otras obras similares con islas con magos abandonados a su suerte, comenzando con Circe de la Odisea. Resulta también tentador  establecer la relación de La Tempestad con la innovación literaria de su compatriota Tomás Moro de 1516. Pero por desgracia, para los que leyeron atentamente, Utopía es muchas cosas (y más que nada una aburrida especulación sobre economía) pero no una isla en sentido estricto, o al menos no natural: la tierra de Utopía era una península y sus habitantes la aislaron del continente con trabajo e ingenio para consolidar hasta en lo terrenal su proteccionismo a ultranza[8]. Aunque este dominio de la naturaleza por el hombre lo comparte con La Tempestad, no nos servirá a la hora de identificar la especificidad del esquema de ésta última.

                Si bien por definición etimológica se mantiene el aislamiento en estas islas, estos esquemas, sobre todo las aventuras populares desde las más tempranas leyendas, son pocos los que muestran el encuentro con una isla desierta (y a veces no tan desierta) con la idea de empezar desde cero por parte del extraño que ha llegado a ella. Hay muchas variantes que parten de esta situación, premisa o idea, pero ninguna de estas islas cumple la misma función que la de la obra de Shakespeare con un, creo yo, esquema completamente diferente.

                Para empezar, a nuestra isla la llamaré salvaje (no es ya virgen) aunque suele tildarse casi erróneamente de “encantada”.

                Tal vez producto del teatro de la época (y para no olvidarnos del costado de su representación), el libreto está pensado para ser realizado con lo mínimo indispensable evitando una escenografía detallada con lugares apenas señalados por un monótono “otro lugar de la isla”. Pero más allá de esto, en definitiva, la isla en sí misma no tiene mucho para decirnos. Todo lo que muestra, todo su despliegue fortuito y maravilloso es orquestado por ánimas industriosas de ilusiones, incluso motivadas por hilos aún más largos que las convocan, pero en ella, en la isla, valiéndonos del oxímoron, no hay nada naturalmente sobrenatural.

                Su sistema es casi nulo. Yo diría que no hay nada o casi nada. En tanto su topología, algunas elevaciones, la vegetación chata y quizás bicolor, sin ninguna flor o animal exótico; tal vez podría plantarse algo en el futuro, pero en general es mejor pensar en la pesca y la recolección. Sí hay algo de leña, pero el nativo para esclavizar es algo osco. A diferencia de la isla de Morel, no hay edificios abandonados, tampoco hay mucho para construir como un Robinson Crusoe, sólo una cueva o gruta, opción más razonable por parte del exiliado que quiera reemplazar su antigua casa o palacio. Tampoco tiene ningún otro atractivo excepto quizás un pino que fue la prisión de un espíritu... pero que ya es un pino normal. El clima tampoco ayuda... Dudo de que alguien la incluiría en alguna guía turística europea.

                Por otro lado, su gran virtud no está en lo que en sí contiene (producto del azar en gran parte), sino en sus posibilidades de contener, en lo que contuvo durante doce años, y sobre todo en su estar apartada y desconocida. Pocos viajeros la han perturbado; ningún reino reclamado; escasa historia tiene contada y pocas horas le resta por escribir.

                Es también, desde lo extensivo del tiempo y espacio de la obra (única de su corpus con esta unidad de ambos) que ninguna escenas se representa fuera de ella (ni siquiera su epílogo), ni hace algún salto hacia atrás o adelante más que con la anécdota, y como requerimiento de credibilidad, tal vez evita mostrar lo que más nos gustaría conocer en detalle fuera de su dominio (error de muchas adaptaciones cinematográficas). En cambio, no muestra otra realidad más que la de de sus dimensiones, el punto cero y la posibilidad de todos los demás, como las tablas del escenario, para  comenzar la obra, y en ella darse los verdaderos hechizos humanos, la conspiración, el cortejo, la conquista, el castigo, la traición y el perdón.

                Es entonces el origen del conflicto que se sitúa en un pasado lejano (la usurpación y el destierro) y su relación con éste, el que se resuelve en el esquema propio de La Tempestad, y no en el de la intromisión de un extraño, un explorador de un mundo nuevo y misterioso. Y si bien esta isla salvaje no contiene nada, no dice nada, no vale mucho, engendra, por así decirlo, la posibilidad de todas las acciones de este mundo en miniatura, un lugar propicio para ser convocados los actores, y más allá de lo que cualquiera podría decir, tiene su propio poder y fuerza: dejar hacer a los hombres y espíritus, y responder con el silencio de la naturaleza, como el primer poder, el poder de que todo lo que sucederá pueda suceder.

     

    2: La entrada (actos I y II)

                Ahora sí, ya en el texto de la obra, no vamos a preguntar “¿qué tipo de personajes hay?”, sino ¿qué tipo de grupos se establecen?, lo que involucra también las relaciones internas y externas de cada grupo y sus porqués.

                Para explicar esto hay que observar que la isla no sólo circunscribe el lugar de la acción, el tiempo y el espacio, sino también divide entre el adentro y el afuera según una pertenencia. Sencillamente, la totalidad de los personajes se dividen en dos bandos: “los de la isla”: Próspero, su hija Miranda, su siervo Ariel y su esclavo Calibán; y el de “los náufragos”, el rey Alonso a la cabeza, su hermano Sebastián, su hijo Ferdinan, su consejero Gonzalo, su aliado Antonio y hermano de Próspero, los nobles Adrián y Francisco, su bufón Trínculo y su mayordomo Estéfano.

                Ya desde la primer escena, principalmente por las eventualidades de la tempestad suscitada por Ariel y programada por su jefe Próspero, se fragmentan los dos bandos y luego se unen en tres grupos, dándoles a cada uno su hilo en la trama, con su motivación y el lugar que van a ocupar el resto de la obra hasta su conclusión. Pero aquí, lo más interesante y singular, es que cada grupo se integra de personajes de ambos bandos, resultando, lo que podríamos llamar, grupos mixtos.

                El primero en formarse mantiene perfectamente la proporción entre náufragos y habitantes de la isla, incluso del mismo rango aunque no lo tengan muy en claro: Ferdinand y Miranda, que forman la pareja, y que lo que buscan es lo que algunos pueden llamar una unión, en este caso con la característica de ser aún más inexplicable, por un fulminante amor a primera vista.

                El segundo es el más difícil de explicar: los nobles. Si bien pareciera que a simple vista son todos náufragos (Alonso, Gonzalo, Sebastián y Antonio y compañía), el integrante del grupo del bando de la isla es el propio Próspero, pero el Próspero como antiguo duque exiliado por estos mismos nobles, relación que reaparece de manera virtual varias veces, en el recuerdo y el remordimiento; incluso Gonzalo actuó hace tiempo para este bando al seleccionar con apuro una pequeña biblioteca para el exilio forzoso del duque, y que difícilmente hubiera sospechado su influencia futura sobre la isla. Su motivación primera es simple y primordial, idéntica a la de cualquier náufrago en cualquier tiempo: sobrevivir a la isla; escapar de la isla.

                El tercer grupo es, tal vez, el que le puede dar con más derecho para nuestro uso actual la catalogación de comedia a la obra: los súbditos. De entre los náufragos, un mayordomo borracho, Stéfano, y su compinche, Trínculo, un bufón representado siempre como muy flaco pero que lo más seguro es que haya sido pensado como enano (incluso inglés para sumar las burlas del autor) por distintos juegos de palabras “políticamente incorrectos” de su tiempo. Por el lado de la isla, Calibán, de sangre híbrida entre humano y dios-bestia marina (o eso se dice), que no es representado en forma univoca por no especificarse si la deformidad apuntada es asimétrica, como en una mala formación, o axial, con diferencias anatómicas dignas de un ejemplar único de una raza emergente. La motivación de este grupos es la de habitar la isla, lo más placenteramente posible podríamos agregar.

                Quedan por afuera de los grupos, Próspero en su oficio de mago y Ariel, siendo tramoyista y director que promueven o inhiben el curso, como inspectores e interventores, de cada uno de los grupos, sin mostrar nunca la totalidad de sus intenciones.[9]

                En esta estructura, con sus propias motivaciones y desempeños, los grupos no se comunican entre ellos hasta el final, siendo éste el verdadero aspecto experimental de la obra. Seremos entonces, durante tres horas, espectadores de un proyecto mayor, funcionando como curiosos científicos haciendo observaciones de campo sobre las distintas actitudes tomadas por los seres humanos en sus relaciones, en una situación extrema como un naufragio, despojados del peso de antiguas convenciones, tal vez para analizar y comprender mejor las nuestras, aunque no tan extrema como la desnudez humana del Señor de las moscas de William Golding.

                En su intervención ante el primer grupo (la pareja), el mago plantea un desafío para que ambos lleguen a su objetivo por medio de un trabajo casi en conjunto, uno con el esfuerzo y la otra en el aliento. Luego, la intervención narcoléptica de Ariel entre los nobles propicia y luego evita que se realice la traición interna en este segundo grupo. En el tercero, los súbditos, se consolidan como grupo desde una relación de sumisión, actitud que al comienzo parece sincera, muestra de a poco algo de interés por ambas partes, que más adelante dará una alianza que pone sus propias reglas y fines. Esto también alude a tres tipos distintos de conformación de una sociedad (aceptación, separación, conjunción), sociedad como contrato y sociedad como sistema de organización de individuos, en la situación de la isla salvaje, ausente o distante de todas las reglamentaciones precedentes pero que al mismo tiempo parecen poder propiciar su consolidación.

                Existen también otras dos analogías con respecto a estos grupos: la temporal y la gubernamental.

                Ya se ha dicho que el primer grupo corresponde al futuro en la descendencia y el legado en la pareja, y que el segundo representa al pasado en la vuelta y repetición del conflicto original. Yo agrego el tercero, el presente, ya que si bien el tercer grupo planifican a su manera cierto proyecto en el acto III (al cual aún no llegamos), digamos que saben vivir el momento sin tener muy en cuenta la lejanía de los otros dos tiempos. Los tres, futuro, pasado y presente, no son ideas abstractas del tiempo, sino, como la historia de la obra lo exige, en relación a los momentos del ducado de Próspero: su futuro asegurado, su pasado afectado y su presente amenazado.

                Pero supongo que, yendo más allá de la simpleza de este cuadro, destacar la percepción del tiempo en los distintos grupos es importante para ver las dimensiones y alcance que tienen o manejan para tratar de caracterizarlos de una manera más precisa en sus decisiones y actitudes, ya que estas últimas se mezclan con la otra analogía más relevante: la organización y la gobernabilidad. Pareciera que luego de la tempestad sólo quedaran las ropas, las espadas, el vino, y sobre todo, en su inmaterialidad, los nombres y los títulos que enseguida la naturaleza de la isla erosiona, quedando en la voluntad y acciones de los grupos olvidarlos, volver a escribirlos, o aprovechar la hoja borroneada para intentar imprimir algo mejor.

                Aquí vemos el poder para el dominio, el nominal, que a su vez, como sabemos, se dividen en dos: poder para dar órdenes y obligaciones por un lado, y otorgar facultades o permisos por el otro. En el primer grupo, la pareja acepta la orden que se les impone para llegar por derecho a lo que desea, si bien en un principio existe una resistencia, serán libres de aceptar los requisitos para alcanzar esto, por lo que se le otorgará la facultad de la unión. El segundo, en la traición fallida de los hermanos y la teoría de Gonzalo trazada en el ensayo de Montaigne como la edad de Oro o el camino hacia la tierra de Jauja medieval, se plantea la emancipación de tener que servir a la autoridad, y, en la situación de la isla, ser regidos por ellos mismos, por su propia razón. El tercero, si bien aún no plantea los medios para conseguir habitar y dominar por completo la isla, funda una nueva soberanía como una religión libertina del instante, un nuevo orden para un nuevo mundo sin muchos más preceptos que el ritual de “besar” la biblia de “licor celestial”.

                Para no adentrarnos demasiado en los mares de la teoría y perdernos en él (o ahogarnos), deberíamos también respaldar esto en algún que otro aparato textual y no desatender la ejecución de la obra. Se puede notar un cambio al llegar a la isla en la otra variante del teatro, que además de la escenografía, es la vestimenta. Este es un elemento importante para destacar, además del rango y la personalidad, la situación particular en que se ven envueltos los personaje en el trascurso de la obra[10]. Si bien no se habla mucho de la indumentaria del primer grupo, suponemos que estará gastada, sucia y transpirada por el esfuerzo o por andar a la intemperie. Incluso el príncipe deja en claro que rompería sus fibras y quebraría su espada antes de ver a Miranda “deshonrada” por no haber cumplido la tarea, por lo cual parece que sus vestimentas reales en la isla les son totalmente dispensables. En el caso de los nobles, pareciera que por algún designio similar al que produjo la tempestad antinatural del comienzo, se ven con las ropas como nuevas, renovadas, un reestreno para comenzar a gastar. Por otro lado, Stefano entona una canción agradeciendo haberse desecho del olor a brea en la ropa producida por el oficio de los marineros, habiéndose desecho también de su trabajo de sirviente. (Les dejo a ustedes para que piensen los otros cambios de vestimenta hacia el final de la obra que muestran el cambio de actitud de los grupos). Respectivamente: desestimar, renovar, desechar; todos nuevos comienzo en la isla, lo que conlleva la presencia de una oportunidad.

                Si bien los tres grupos tienen razones válidas para adoptar en la isla un nuevo orden, lo que se produce, el excedente que propicia la isla en cada uno de los grupos, se pone en relación con la autoridad pasada que cada vez se muestra más como un dominio puramente nominal sin respaldo efectivo: los príncipes que deben trabajar y recibir órdenes, incluso en tareas para el sustento; los nobles, un poco torpes para desempeñarse en el terreno de la isla según su cuna, añoran un título inútil en la isla, e incluso surge un plan imposible en su realización poco digno de un consejero; y los súbditos sirvientes pretenden gobernar, como un pie que se pone en el lugar de la cabeza. Tres oportunidades que se plantean en los grupos consolidados por el diálogo, el plateo racional, la persuasión, y que encausados por el mago, presentarán cada uno su conflicto y, como así lo quiso el bardo, su destino.

     

    3: El conflictos (Actos III y IV)

                Para que tengamos una historia que se sostenga luego de la presentación de los grupos y sus hilos conductores, desde luego debemos preguntar ¿cuál es el conflicto de cada grupo? para que tengan un nudo en la historia… Pero mucho más interesante es preguntar ¿si sus motivos están tan claros, sin la interacción de Próspero, podrían llegar a su cometido?, es decir, ¿que tan buenos son estos hilos para sostener la trama tripartita por sí mismos?

                Evidentemente, además de la intervención de Próspero o Ariel, existen otras razones para pensar que los proyectos de cada grupo propician el fracaso, si bien nunca lo sabremos por fuentes de la propia obra sino por nuestra capacidad de especular con lo que se nos muestra. Esta “mala praxis” puede verse más de cerca en la dimensión temporal ya presentada pero ampliada a las actitudes y decisiones de cada uno, es decir, no lo que cada grupo representa en su relación con la historia del ducado, sino a lo que cada uno atiende y les preocupa, y sobre todo, mucho más importante, aquello que desatienden y dejan pasar, dando aún un espectro más amplio de las distintas situaciones en la isla.

                Los tres grupos se preocupan por el presente, por su situación actual, y por la oportunidad que se les presenta, por lo que adoptan, de alguna manera, un proyecto: la tarea en curso; la traición postergada; y ahora sí en la escena II del acto III, el ataque contra el mago de la isla para dominarla por completo, más genéricamente, como una alianza contra un tercero. Pero ni bien atienden su asunto, olvidan algún otro aspecto en su planificación. El primero es un presente que tiene en cuenta el porvenir como anhelo pero no tiene en cuenta el pasado, y por lo tanto sus títulos nobiliarios. El segundo (lo que más llama la atención), una traición latente para obtener un título anclado en el pasado sin preocuparse realmente por cómo salir primero de la isla, lo mismo que los cuentos de Gonzalo, con ideas para el futuro sin procurarse por la situación vigente. El tercer grupo es un presente que no se preocupa por el futuro, por como van a subsistir luego de ejecutado su plan apenas meditado y agotados los víveres, que si bien Calibán puede conocer los recursos de la isla como buen salvaje, como sociedad parece con poco porvenir; de hecho, es muy desconcertante que la única propuesta concreta de su líder sea no tener que pagar nunca más por la música...

                Esta observación puede llevarnos a pensar en los límites reales del poder de la figura de Prospero-mago, la pieza central de la obra, y al mismo tiempo, sin lugar a duda, la real dependencia argumental de los grupos en su subsistencia respecto de las intervenciones de éste. Incluso podemos pensar, doblando la apuesta, una secuencia causal sin éste: la necesidad de adaptación de los príncipes a la isla, pero sin un matrimonio correctamente ejecutado, se disolvería su título; sería también definitivamente la muerte para los nobles, primero entre ellos y luego por su incapacidad de sustentarse; los tres amigos del tercer grupo, al no encontrar un enemigo en común y agotándose sus provisiones, podrían pelear entre ellos, destruyendo por completo su nueva alianza y sistema gubernamental de reyes y virreyes. Todas situaciones que indefectiblemente se agotan, lo que nos lleva a pensar en la necesidad de un orden mayor, un orden innegable, que no sólo gobierne sino que también se mantenga incólume en el tiempo.

                Pero además, más allá del ejercicio mental, lo importante es entender que también Próspero-mago, si bien es ese orden propuesto, quien da lugar a los conflictos y luego al desenlace de la obra, no es aún una autoridad completa en la isla. Las tres sociedades que se establecen por convicción, que tienen buenas razones para hacerlo, se ven interrumpidas por tres intervenciones mágicas: en el primer caso por la invocación de una potestad de un registro civil divino y pagano; en el segundo, la tentación perversa con un banquete y luego el temor de las arpías con cierta densidad discursiva para las almas; el último, el uso directo de la cohesión física en forma de perros de caza espirituales[11]. En los tres, los ministros etéreos administran el ritual, la amenaza y la violencia como un estado soberano en la isla, pero esto no representa un triunfo total sobre los grupos por parte del mago, y mucho menos (matando el anacronismo de inmediato) un estado soberano como tal. Curiosamente, los actos grandiosos de despliegue artificial de los espíritus guiados por la motivación de Próspero, no logran realizar su objetivo, siendo que éste último también falla.

                Antes de seguir (para que puedan pesan porqué falla Prospero) es necesario hacer el excursus para cumplir lo prometido: el primer enigma relevante. Aquí aparece la primer rareza importante, el ritual que no deja muy claro su función en la obra. Si bien se explica quizás para celebrar y certificar la unión de la pareja formalmente y establecer su obligación frente a la abstinencia sexual, en sus líneas se dice ser un ritual verdadero, aunque anulado como un simulacro, incluso no se sabe si los invitados de la boda son los dioses romanos mismos o espíritus disfrazados de éstos, lo que produciría una representación tanto para los espectadores como para la pareja dentro de la obra, una convención doblemente artificial. Interrumpido por su anfitrión frente a la atención que demanda su agenda de complots, Próspero deja pendiente la entrega de la mano de su hija y sin efectividad a todo el evento de por sí descolocado.

                Frente al enigma, si bien no podemos dar una respuesta certera, sí podemos ver su relación con la figura de Próspero (único momento de apuro del mago), que muestra realmente su capacidad y necesidad de administrar correctamente sus recursos, en el momento justo, para conseguir una estrategia vencedora. Esto son los límites de su poder que (como marcan algunos comentadores) nunca se ve muy claramente, que tal vez solamente consista en  la eventualidad de haber liberado, no se sabe cómo (quizá con un simple hachazo), al espíritu Ariel del pino, pero nunca se muestra su poder desde su propia fuente (incluso queda sin verificarse si en realidad tiene el poder de volver a dejarlo ahí). Pero más allá de eso, está claro que con o sin espíritus, podría habérselas arreglado con ingenio para simular ceremonias, dormir de inmediato, llenar de ruidos y voces la isla, criar bestias guardianas que persigan invasores (como en la versiones laicas de la obra con datos científicos), hasta podría haber esclavizado algunas blemias para esas tareas, no sin sacarle mucho de encanto a la obra. Pero más allá de eso, aquí la relación del poder de Próspero, realmente propio o transferido, da lo mismo a los efectos de entender el poder como habilidad, cosa que frente a las capacidades de Ariel, se funde con el de su gobierno efectivo como dueño de un arte superior.

                Próspero entonces manda a hacer a sus espíritus y esclavo porque puede hacerlo, no por una autoridad meramente nominal, sino, gracias a los conocimientos teóricos que desarrolla con su biblioteca, incluso si fueran o no sólo engañosos. Sin embargo, como dijimos, esto no alcanza para mantener su autoridad en la isla, algo que se ve en la espera y está claro en el apuro. Su poder manifestado en los espíritus no pude sobrevivir para siempre, no es una mera esclavitud perpetua y absoluta, no es supremacía, sino que, lo mismo que las situaciones en la que se ven los tres grupos, bajo el rito, el miedo y la violencia, tiene fecha de caducidad y se acerca a su fin según el transcurso de la obra. Es por esa falta de autoridad suprema y por la acción del tiempo que debe interrumpir sus logros, incluso una vez dominados todos sus enemigos, por lo que Próspero se ve obligado a tener que decidir.

     

    4: La resolución (acto V)

                Luego de haber expuesto los caminos dentro de una isla tan singular, las decisiones tomadas por cada sociedad y los límite de cada uno de sus proyectos, podemos pensar el punto en el que Próspero-mago se retira a meditar sobre qué hacer con su victoria, lo que nos lleva a preguntar entonces, ¿qué tipo de poder tiene realmente Próspero?

                Es evidente que, cómo el mismo lo dice, sus objetivos inmediatos se han realizado con éxito (sus descendencia asegurada, los usurpadores atormentados, sus enemigos encerrados), y su última jugada se suele entender como vacilante entre cometer una acción vengativa u otorgar virtuosamente el perdón, desde luego, con la influencia moral de su más elevado lacayo. Sin embargo, contrario a lo que se ve a simple vista, la decisión real (aunque con el mismo resultado que la aparente), no es tanto entre estos dos puntos, sino entre caer en la tentación de continuar con la ejecución de su poder mágico, o fiel a la exigencia de su motivación como antiguo duque, perdonar como un crédito a favor para exigir la devolución de lo que más desea, eso que lo define como tal. Siguiendo esto, Ariel no le aconsejaría exactamente que haga lo correcto en un sentido práctico, ya que no siente “enternecimiento” sino por conjetura (cosa contraria a sentir), y tal vez, sí lo haga en un sentido pragmático, ya que parece provechoso hacerle recordar a su empleador su humanidad y que debería poseer este sentimiento, conjeturando también que, alcanzando todos sus objetivos, a éste le restaría sólo cumplir el pacto de su libertad.

                Próspero como mago (como ya adelantamos) falla, o más precisamente, cumple su función hasta donde le es conveniente al duque que ejecute su papel, porque lisa y llanamente, el Próspero-mago no posee aún la autoridad propiamente dicha para lograr el objetivo que el otro Próspero demanda. El poder máximo del hacer se ve limitado por una voluntad ajena con el poder simbólico del otorgar. La estrategia entonces tendrá que ser otra, y por lo tanto, también el tipo de poder o el ejercicio del poder que se emplee para esto.

                Haciendo honores a la fama de su estado de Milán, Próspero se viste correctamente para la ocasión del evento con sus ropas de rango jerárquico, ahora sí, integrando el grupo que le pertenece, para hablar ante los nobles como pares. Éste, con la rectitud de la justicia como un "dar a cada uno lo que le correponda"[12], atribución respaldada por sus actos anteriores como mago, exige la restitución del ducado, y del equilibrio, como necesariamente unida y respaldada por la acción del perdón, no sin suscitar el segundo, el más grande e indeleble enigma de la obra: la renuncia de Próspero al poder sobrenatural, su vara mágica rota que representa su estatus actual, y su libro hundido, el conocimiento acumulado.

                Dejando de lado el interés del Rey Jacobo contra la brujería, Próspero, como si tuviera que elegir entre una de sus profesiones frente a una disyunción excluyente implícita, decide por la que ya le ha ido mal, frente a los que propiciaron aquel fracaso, sin posibilidad de volver a su otro oficio con el que, con habilidades especiales, podría evitar que el exilio se repitiera. Por otro lado, más abstractamente, no hay razón alguna para dejar el poder total cuando nada lo afecta, más cuando se ve completamente vencedor. Cabría pensar que si alguien tiene realmente el poder total, no tiene razones para decidir limitarlo, a menos solamente que se limitara ante un poder mayor, o un deseo mayor, por lo que en este caso, estaríamos autorizados a pensar, por el deseo de la restitución. Aunque el rango del poder de su habilidad es indudablemente superior al de los nobles, pasa a ser sometido a la voluntad que decide por su identidad de duque, por la sencilla razón de que, como valor, solamente puede ser adquirido por el reconocimiento.

                Más de lo que nos gustaría aceptar, el personaje más poderoso de las obras de Shakespeare, se ve forzosamente en el mismo lugar que los caníbales vencedores esperando el reconocimiento de su enemigo, idea sintetizada en la cita de Claudio en el mismo ensayo de Montaigne, “No hay victoria sino cuando el enemigo, vencido, la reconoce”[13]. Próspero, o su parte humana al menos, necesita este reconocimiento perdido y no limita sus poderes según el dictado de su conciencia, o sea, un reconocimiento meramente psicológico (aunque puede existir algo de eso), sino que, es más bien la necesidad del reconocimiento en nombre, rango y figura, otorgada por los otros voluntariamente, en este caso por el usurpador y sus aliados, en los que es depositado ahora sólo el poder nominal sin efectividad alguna.

                Ahora sí, Próspero, con la autoridad propiamente dicha, como un exceso que se eleva por los demás sin ensuciarse con el diálogo racional o el fatigoso ejercicio de la amenaza o la violencia, sabe y logra que los demás sepan que posee el poder de hacer, mandar, ¿y por qué no?, incluso dejar hacer. Pasará entonces solamente a mostrar los resultado de su guión perfectamente ejecutado en una seguidilla que deshace los últimos nudos que todavía nos atan a la isla.

                Primero revela tras un cortinado a la pareja, que en una representación de la complejidad de la futura vida matrimonial (que no sabemos cómo supera el principio de no contradicción) logra jugar una dudosa y no muy placentera partida de ajedrez, debiendo completar este proyecto de matrimonio según los usos y costumbres del procedimientos del “rito solemne” civilizado (algo así como jugar bien la partida).

                El siguiente evento pero casi olvidado por casi todos los espectadores y la mayoría de los comentadores, pero no por eso menos importante, es el despertar de lo marineros. Este acontecimiento que parece menor es sin embargo indispensable para que los dos anteriores (el ducado restituido y el matrimonio a concretar) se puedan lleven a cabo (casi literalmente). Es también quizás, para nuestro análisis, fuera de los grupos, un equivalente y contracarta a la dupla mago y espíritu que movieron los cables de la isla con igual habilidad que estos hombres de mar, moviendo sogas y velas de la nave (uno frente a al tempestad, el otro frente al destierro), y también ambos con cierta autoridad que desafía el poder nominal de lo nobles, desde el primer momento de la tormenta con el poder de la experiencia. Ambos, navegantes y generadores de la tempestad, son indispensables para introducir y realizar con sentido la historia en la isla.

                El último evento es también el germen del último enigma que le corresponde al tercer grupo, ya aleccionado y reubicado en el lugar que les corresponde según la ejecución de su deberes. Pudiendo volver todos a la civilización gracias a los marineros, se plantea la cuestión del destino y el lugar que deberá ocupar ahora Calibán, lugar que el texto deja vacante, dando en las diferentes representaciones, diferentes resoluciones (quedarse o irse), no sin aparecernos un dilema: si éste se quedara, recibiría su premio, la isla, mal merecidamente; al mismo tiempo, si bien parecería que no tendría sentido llevarlo a la civilización, así lo sugiere su lugar como esclavo. Aunque es hasta este punto donde nos deja ver la obra, existe el sustento para la segunda opción citando la idiosincrasia europea que ha propiciado visitas de salvajes a su continente como los que retrata Montaigne en su ensayo, incluso justificando esto como cierta adopción y preocupación del noble por la educación y civilización del salvaje. En tanto la primera opción, también aceptable para muchos, si bien interesante y acorde a los criterios del derecho de tierra[14] de los estados nación del siglo XIX, desmorona la interpretación que se suele hacer de la obra como la pelea del “poder por el poder mismo” al lograr uno de los personajes obtener dentro de la isla su objetivo.[15]

                Sin embargo, este tercer enigma (como lo hizo el primero y el segundo) nos invita y abre el camino a pensar otra conclusión posible con respecto a la isla, o mejor dicho, al sentido de la isla, qué, como dije, plantea un esquema completamente diferente al de otros relatos similares de otras islas de diferentes épocas. Ya en la resolución, en el último y tan esperado acto final, sin ningún nudo, se desintegran todas las intenciones de los grupos como los grupos mismos, devolviendo, por así decirlo, la integridad, equilibrio y calma original a cada uno de los bandos (los náufragos y los de la isla), no por eso sin dejarnos la posibilidad de llegar a una desconcertante observación, una conclusión sobre éstos. Exactamente opuesto a las otras islas mencionadas, aquí, la isla (aunque parezca desconcertante) es conservadora.

                Conservador es el que mantiene cierta rectitud o vigencia del derecho por la justificación del origen. Actitudes opuestas a esto son las de Ferdinand que apoya su deseo de juntarse por amor, no por apellido, mientras que Miranda, sumisa, alude a la autoridad de su padre. Si bien los nobles conservan la potestad de sus títulos, ideas novedosas sobre la sociedad salen a relucir de la boca Gonzalo, como un anarquismo pacífico, e incluso la traición de los respectivos hermanos como un acto revolucionario como anarquistas violentos, frente a un duque Próspero que insiste en volver todo a su antiguo lugar. El bufón y mayordomo, si bien repiten un esquema de soberanía justificado por su origen lunar, éste es propuesto por el propio futuro candidato a ser esclavizado (estando ya esclavizado), que al mismo tiempo respeta y reconoce el poder de la educación de los libros de su antiguo amo. Incluso los marineros discuten el poder fáctico frente al meramente nominal vacío, y por otro lado, Próspero mago logra por una alianza por matrimonio, volver a restablecer el título y someter a quienes sea necesario, sin nunca plantear un nuevo orden para el sistema ya instituido en la civilización. Sin lugar a dudas, la división en bandos es provechosa para marcar esta singularidad, que otra vez deja a la isla como un simple requisito formal, casi como un postulado hipotético que concedemos para comenzar toda especulación como tal, para observar los resultados de una tempestad aún más singular.

                Tranquilizadas las aguas y su espíritu, Próspero deja al azar de la naturaleza, que sabe que lo favorecerá casi como un amigo, y a la experiencia de los marineros, el encargo de su regreso a sus tierras, donde, según dice, 66,6(periódico)% de la actividad de su materia gris se dedicará a planificar como remover la tierra del suelo, poner una lápida con su nombre y plantar algunas flores.

     

    5: El sentido (epílogo)

                El epílogo de esta obra es tanto una pieza fundamental para el final de La Tempestad como para cerrar el corpus de toda la obra shekspiriana.

    Su sentido está claro: pedir la “indulgencia” al público con un aplauso entrelíneas[16], mostrando algo de la magia en los vericuetos del lenguaje. Pero de todas formas, deteniendo el tiempo y el espacio por unos minutos para darle la voz a Próspero en su monólogo final, tal vez nosotros podamos tener un acto de arrogancia y frialdad al intentar (como dicen los lógicos) “desmalezar” esa despedida sentimental para ver qué nos puede quedar, y así poder preguntar, según lo visto, ¿qué Próspero es el que habla ahora?

                Sin duda el mago ha desaparecido junto con todo su poder y habilidad para manipular cualquier ilusión. El duque propiamente dicho parece solicitar permiso para terminar su plan y gobernar ya que solo no puede hacerlo; y hasta la isla, calificada como “improductiva” ya no sirve y debe ser abandonada.

    Teniendo la obra su resolución en el acto V, el epílogo avanza un paso más dando un nuevo final, donde el Próspero-duque introduce con sus palabras, al pedir la aprobación de los espectadores, un nuevo poder dentro de la obra: el poder del público, sea éste el rey Jacobo o el más plebeyo de los asistentes. Todos sus poderes, en los tres aspectos (y este cuarto desorientador), parecen haberse congelado en esta rara petición, haciéndonos pensar, más allá de la respuesta que el público haya podido dar, en los extremos de un antes y un después que trascienden el tiempo y el espacio de la obra, y por lo tanto, de la isla de Shakespeare.

                En el antes de la obra encontramos la importancia de los libros que han acompañado todo el recorrido de Próspero desde un tiempo previo a su huída como fuente de su poder, y que nos invitan a conjeturar sobre el posible catálogo de esta biblioteca prosperiana.

                Parecería que en ningún volumen de esta biblioteca ni en ninguno de sus ensayos o estudios, Próspero se hubiera dedicado a leer o a escribir una sólo línea o esbozar idea alguna sobre cómo volver a la civilización, para luego, recuperar su legitimidad con ayuda de su pueblo que, aunque lo estimara, poca relevancia parece tener en esta obra en épocas de monarquías. Queda por concluir para algunos, conjeturar para otros, que ambos, mago y duque, se han tomado su tiempo, tiempo que tal vez el mago solicitara para cumplir e interpretar (incluso a costa del destino de su hija y sus sirvientes) un guión mayor en ningún lugar escrito más que en su cabeza. Pareciera que el blanco de su estrategia siempre fue la obtención del reconocimiento de los portadores de la autoridad, sin nunca preguntarse realmente de dónde provenía ésta.

                En el después, en el regreso, nadie que no se haya involucrado en el trascurso de las tres horas de la obra puede dejar de advertir el peligro que representa compartir el viaje con antiguos enemigos. Éste es quizás, lejos de tener garantías infalibles, el mensaje que nos da sobre la necesidad de la observación constante del poder (nombre, habilidad y posibilidad), aprendido, desplegado y unificado en la isla.

                Sin embargo, nada está en el vacío, ninguna idea en una isla salvaje, sin historia y sin vida como un libreto nunca representado, así que, aunque todo esto que dijimos pudieran ser simples palabras mal domesticadas, nombres y verbos mal empleados, componiendo quizás un texto digno de un caníbal, también les pido indulgencia, porque, como sabemos, ninguna interpretación es definitiva, ningún poder es absoluto sobre la Tierra, y en nuestro caso como en el de Próspero, el reconocimiento y la palabra final la tendrán los lectores, a pesar de las inclemencias de esta tempestad.

     

     

     

    CUADROS:

     

    Poder:

    Posibilidad

    Isla

    Nominal

    Grupos

    Habilidad

    Próspero-mago y marineros

     

     

    Personajes:

     

    Bandos

    Isla (locales)

    Náufragos (vistantes)

    Fuera de grupos

    Próspero-mago y espíritus

    Marineros

    Grupo 1: la pareja

    Miranda

    Ferdinando

    Grupo 2: los nobles

    Próspero-duque

    Corte de Alonso y Antonio

    Grupo 3: los súbditos

    Calibán

    Stefano y Trínculo

     

     

    Analogías de los grupos:

     

    Sociedad

    Tiempo del ducado

    Desestimado

    Grupo 1

    Aceptación

    Futuro (descendencias)

    Pasado

    Grupo 2

    Separación

    Pasado (reiteración)

    Presente

    Grupo 3

    Conjunción

    Presente (amenaza)

    Futuro

     

     

    [1]    Sestebos es el demonio principal de los tehuelches que fue tomado erróneamente por la expedición de Magallanes (1480-1521) como su dios principal, quien además los bautizó  "patagones" por su pies de gran tamaño.

    [2]    "Horacio Kaliban o los Autómatas" de Eduardo L. Holmberg (1852-1937) de 1879. En este cuento, Holmberg usa el nombre del personaje de Shakespeare como apellido. Esto mismo habría hecho el dramaturgo, pero a la inversa, al tomar de Ruis Díaz de Gusmán (1558-1629), conquistador y cronista criollo ( primero en utilizar el topónimo Argentina), el apellido de su personaje Lucía de Miranda para el nombre de pila del personaje de La Tempestad.

    [3]    Hombres sin cabeza y con la cara en el pecho que Agustín (354-430) ubica en África y su origen proviene de los blemios, pueblo nómade de la Baja Nubia, que vistos desde lejos, debido a su yelmo, parecían no tener cabeza. Plinio el Viejo (23-79) los ubicó junto a los animales fantásticos, y luego del descubrimiento de América se los consideró nativos de estas tierras. Shakespeare los describe claramente en su obra Otelo.

    [4]    El Erdapfel es el globo terráqueo más antiguo que se conserva (existieron algunos en la antigüedad), de 1492, siendo anterior al regreso de Colón de América, por lo que no incluye las tierras de este continente.

    [5]    Bautizado así en honor de la Reina Isabel I “la virgen”, se fundó en 1607 con Jamestown. Los estadounidenses lo llaman hasta hoy “el estado madre”.

    [6]    Se concretaría en 1707 en una “Acta de Unión”.

    [7]    Incluso terminaría por sentenciar a muerte a su sucesor Carlos I.

    [8]                 Mucho más decepcionante es saber que la ubicación está más cerca de lo que nos gustaría aceptar: el archipiélago de Fernando de Noronha, Brasil, supuestamente visto por Américo Vespucio, que fue por 200 años una cárcel de negros rebeldes y gitanos, es la clara referencia que usó Moro, aunque no por eso se invalida su concepto y su legado al diccionario.

    [9]                 Cabe destacar, que si bien Próspero y Ariel no poseen una motivación en común, no por eso se obstaculiza su labor en conjunto.

    [10]  La otra sería la música en el “leitmotiv” de cada grupo.

    [11]           Ninguna gota de sangre se derrama durante la obra. Las arpías no hacen más que mostrarse y asustar, y los mordiscones de los perros de caza podrían haber sucedido fuera de escena aunque nunca son nombrados. Esto plantea que tal vez estos actos de magia sean pura ilusión inofensiva para el cuerpo, no así para el alma.

    [12]              En el círculo, los nobles menores quedan por afuera del veredicto ya que ni son saludados ni reciben un abrazo (al menos no se menciona). El duque entiende y perdona a Gonzalo por hacer lo correcto; perdona al rey Alonso por hacer lo incorrecto pero estar arrepentido; pareciera perdona al hermano de éste nombrádolo indirectamente en el “par de nobles” traidores; perdona, no sin demandar lo necesario para restarurar el equilibrio, a su propio hermano injustificado.

    [13]            “Victoria nulla est, Quam quae confessos animo quoque subjugat hostes” Claudio, De sexte consulatu Honorii, V. 218, en Montaigne, Ensayos, pag.101., Editorial Jackson, Buenos Aires,1953.

    [14]            Cáliban tendría así el derecho a reclamar la isla por derecho de haber nacido en ella (de tierra), no por sangre (ya que sus padres son extranjeros o no-humanos), ni por residencia prologada al no haber legislación al respecto.

    [15]            El lugar de Cáliban es tan ambíguo que algunas representaciones directmente han elididio su línea histórica, relegándola nada más que a una escena de borrachera del personaje.

    [16]  "With the help of your good hands." [Con la ayuda de sus buenas manos.]

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