LA CAJA DIGITAL
Nro. 10 - Año 5 - Marzo de 2010
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    Rorty 36

    Los pesimistas culturales

     

    El filósofo francés Vincent Descombes publicó en el año 2007 un libro sustancioso: Le raisonenment de l´ours ( El razonamiento del oso) título de una fábula de La Fontaine inspirada en la recopilación del antiguo compendio Panchatantra ( ver Google) que hizo el sabio hindú Pilpay, que  describe diversas situaciones cuyo protagonista es la amistad, se divide en secciones:

              Mitra bhedha (pérdida de amigos)

              Mitra lāabha (cómo ganar amigos)

                Suhrudbheda (cómo causar disensión entre amigos)

              Vigraha (separación)

              Sandhi (unión)

    La Fontaine cuenta la historia de un oso solitario que sale un día de su guarida y se encuentra con otro personaje que vivía en soledad, un jardinero que se dedicaba al cuidado de sus flores y sus plantas lejos de todo contacto humano. El encuentro entre estos dos solitarios es finalmente amable después de ciertas precauciones del temeroso hombre que accede a compartir un almuerzo con el oso. Terminada la comida el jardinero se recuesta a dormir la siesta bajo un árbol mientras el oso espanta las moscas que pueden perturbar el sueño de su nuevo amigo. Ante un moscardón  empecinado que no se despega de su nariz, el oso resuelve solucionar de modo definitivo la situación y busca una adoquín que lanza con precisión a la cara del jardinero y lo mata.

    Los dos últimos versos de La Fontaine dicen:

    “ nada es más peligroso que un amigo ignorante;

    mejor valdría un enemigo sapiente”

    La fábula no explica el grueso volumen de Descombes aunque sitúa la problemática en un tema moral sin restringirse al mismo. Le sirve para hacer un recorrido lo más completo posible por los principales temas de la filosofía contemporánea.

    En uno de sus capítulos le toca a nuestro filósofo, se llama “ Rorty contra la izquierda cultural”. Considera al pragmatismo como una variante del humanismo que pretende amoldar a la escala humana los problemas que se presenten. No cree que Rorty sea un filósofo inspirado en el romanticismo sino alguien que llama a un retorno a la finitud, una denuncia contra cierta hybris, y otra típica víctima de lo que denomina “tendencia notable de la filosofía contemporánea” que es la dar un alcance trascendental a la noción de consenso.

    Por eso reúne en una misma etiqueta a Rorty con Habermas que según su apreciación pretenden elaborar una teoría unitaria de la discusión con su lógica y su ética que sirvan tanto para un coloquio científico como para una asamblea deliberativa. Señala que en ambos la crítica al platonismo no cuestiona la confusión entre una lógica de la investigación y otra de la razón práctica.

    Descombes integra además al filósofo norteamericano entre los pesimistas culturales como lo son los lacanianos que afirman que el deseo humano concierne a lo imposible. Agrega al derridianismo que sostiene de acuerdo a Descombes que el sentido es indecidible. Finalmente, los discípulos de Lyotard que creen que los conflictos mayores son inconmensurables.

    Entonces, por un lado Rorty estaría del lado del kantismo universalista de un Habermas que elabora éticas comunicacionales y procedimientos de acuerdos entre emisores y receptores en situación de poder simétrico, y por el otro de este grupo descreído que entre lo imposible, lo indecidible y lo incomensurable, produce el nihilismo  posmoderno.

    El llamado a la reconsideración de la finitud de parte de Rorty, su insistencia en colaborar en la conversación multicultural, oficia como una nueva forma de razonabilidad que encuadra los conflictos en un supuesto acuerdo entre participantes de buena voluntad y evita todo tipo de trascendencia que vaya más allá del sentido moral de las responsabilidades colectivas.

    Descombes afirma que la crítica de Rorty a la izquierda cultural llamada radical es la de un nuevo joven hegeliano que sueña con una humanidad construída sobre el deseo de progreso y de una moral inmanente que inquietaba a la crítica religiosa de principios del siglo XIX.

    Rorty 37

    Una religión insuficiente

    Descombes se apoya en un libro de Rorty, Achieving our country, sobre el cual descarga todas las dudas no sólo cartesianas sobre este supuesto emancipador de la humanidad que en nombre del pragmatismo no sólo cree haber liberado a su querida Francia de los nazis sino que imparte lecciones de puericultura democrática más a diestra que a siniestra.

    Es hora, decide, de darle un par de puestas a punto argumentativas. Para comenzar es de poco alcance práctico suponer que la política se basa en las virtudes del entendimiento, facultad quizás apta por sus categorías para comprender los procesos de conocimiento pero inerme cuando a intereses se refiere. No alcanza en la política real con tomar en cuenta una supuesta razonabilidad de los intereses en litigio y llevarlos hacia un acuerdo amigable y conveniente para todos porque en principio no existe necesariamente una razonabilidad común ni un sentido de los límites que los actores pueden adoptar por sí mismos para una mayor concordia.

    Tiene razón Descombes, se trata de un idealismo de tipo aristotélico con ingredientes kantianos alejados de la vida real y también del pensamiento de Rorty, del Rorty real y no de este fantasmal que nos presenta.

    El idealismo de Rorty es bastante más astuto que este candor de yanki grandote y proteico. Lo curioso es que Descombes solicita que para que una política sea posible e inspiradora para los agentes sociales se necesitan sentimientos y no sólo el funcionamiento de la facultad del entendimiento. Es lo mismo que dice Rorty cuando apela a una educación sentimental para acercar culturas diversas pero Descombes hace oídos sordos a este sentimentalismo porque sencillamente lo detesta. Nos dice que este sentimiento sólo se logra mediante una invocación a algo más grande que nosotros mismos, una fuente de autoridad que podemos llegar a reverenciar, que nos imponga un respeto que nos dignifique.

    Este “elemento reverencial del respeto admirativo” es religioso. Pero esta idea también es sostenida por Rorty dice Descombes, aunque para el norteamericano no necesariamente sea un afecto extraído de las grandes religiones sacramentales, sino de lo que puede ser una religión cívica nacida del culto a los grandes hombres, las fiestas nacionales y todo el ceremonial de una religión cívica.

    Descombes reconoce que Rorty hace ciertos esfuerzos por no ser un laico puritano que sólo cree en la fuerza de la ley pero la religión democrática que se apoya en los derechos humanos y de la que habla Rorty no es la del cosmopolitismo en general como pretende sino la de su país considerado como elegido, una excepción de la que se siente orgulloso.

    Norteamérica es excepcional, objeto de profetismos a lo Whitman, pueblo elegido y tierra prometida, hogar de todos los hombres del mundo que ansían la libertad, religión rortyana. Dice que el problema de Rorty es cómo hacer para que sobre la base de esta religión civil se congreguen bajo una misma bandera la nueva izquierda cultural con la izquierda liberal.

    Descombes cita a Wiliam James que dijo: “la democracia es una especie de religión que no podemos admitir que perezca”. Con la ayuda de Dewey, el otro padre fundador del pragmatismo norteamericano, esta religión cívica democrática y liberal, debería aunar la solidaridad nacional y la justicia social.

    Pero está religión cívica se genera en un malentendido. El adversario de la misma no es el “biós teoréticos” de la metafísica de la presencia. Ni se trata de luchar con nuevas  utopías, entusiasmo cívico y audacia experimental contra los pesimistas que también quieren subvertir las instituciones. La voluntad democrática no se define como pretenden los rortyanos por la lucha contra trascendencias o autoridades externas celestiales o terrenales.

    Este humanismo ya es viejo y debería aceptar su derrota. El democratismo, agrega el filósofo francés, no es la nueva religión inmanente porque no hay entusiasmo posible que no apele a alguna trascendencia. Si no hay algo superior a ella misma, la sociedad se vuelve inmune a cualquier tipo de control y a cualquier desmentido de la experiencia.

    Descombes dice que se necesita un Ideal exterior no humano, que debemos descubrir y no decretar. Por supuesto que tiene la sagacidad de no decirnos cuál es, sabemos por qué. Porque no tiene la menor idea, sólo le basta insistir en el lugar común que afirma que los hombres no pueden guiarse por sus propias leyes y que es imposible la sustentabilidad de una sociedad que en sí misma se vuelve infinita.

    Una vez el profesor François Chatelêt  me digo que la democracia no es un sustantivo sino un verbo: democratizar, en efecto, no tiene fin.

    Hasta que llegue una nueva Ley mosaica que nos haga mirar nuevamente para arriba o un nuevo gran relato que de la mano de la filosofía francesa, racional y moderna le dé otra vez sentido a la historia, seguiremos por ahora con el pensamiento del provinciano Rorty.

    Rorty 38

    El fetichismo de la mercancía

    En su libro La filosofia actual ( Pensar sin certezas) el filósofo argentino Dardo Scavino nos da un versión poco económica de Rorty. Su dispendio es generoso. Lo trata de mercachifle, sofista menor, agente publicitario, seductor de pensadores débiles, en fin, la encarnación de la lacra capitalista maquillada con liberalismo de escritorio.

    Se entiende su ensañamiento. A nadie le gusta que no haya más grandes relatos. No nos debe gustar el pensamiento pequeño. Los ontólogos frágiles son señoras gordas. Scavino en su didáctico libro en el que describe con claridad tanto el giro lingüístico como lo que llama el giro democrático, presenta a este pensar sin certezas que subtitula su texto.

    ¿Qué resulta de una propuesta que pone entre comillas la certidumbre? Arremeter contra la verdad objetiva, universal y necesaria no es una empresa ingenua. Barre con un ídolo para levantar uno nuevo. Este nuevo Baal es la hermenéutica nihilista, la filosofía de una civilización decadente que en nombre de una supuesta lucha contra el positivismo lógico, no es más que la doctrina de la sociedad de consumo.

    Escepticismo de ricos, frivolidad consumista, disfrazada con aires de libertad y de creatividad artística. A esta banda de deconstruccionistas se le suma los supuestos acuerdistas de la comunicación y del consenso, los neocontractualistas como Habermas, Apel y Rawls, aparentemente muy preocupados por la igualdad ante la ley y la limpieza de los procedimientos, cuando en verdad son agentes del totalitarismo jurídico, amable calificación de Scavino que hace eco al de los althusserianos cuando hablaban del cretinismo jurídico de sus adversarios.

    Dice Scavino que Rorty ataca al platonismo y a la distinción entre doxa y episteme por ser culpable de haber “ fundado una tradición de inquisidores o comisarios políticos encargados de…”

    No recuerdo haber leído muchas frases de este estilo en Rorty, alguien que tiene la pluma de más talento literario en la filosofía anglosajona desde Bertrand Russell, virtud que sus mismos adversarios le reconocen, y quien presenta con frecuencia sus críticas con el irónico “ I´am not sure that…”, pero quien sabe, una noche de brandy la tiene cualquiera.

    Scavino se entusiasma. Nos dice que la famosa “edad de los poetas” a la cual Rorty se refiere, debería llamarse más bien la “edad de los especialistas en marketing o la edad de los agentes publicitarios”, en la que: “la verdad no sería sino el éxito de un discurso en un mercado de ideas, éxito que dependería de la capacidad del filósofo y del científico para vender su producto o para conquistar un público con un léxico atractivo”.

    El cardenal Scavino ha dicho su homilía. Dicta los fundamentos de la sentencia declarando que a la edad de las ideas policías le sigue la de las ideas mercancías. Por eso concluye que Rorty es un producto típico del mercado globalizado y del relativismo étnico.

    ¿Sigo? Una nueva frase antes de colocar la lápida: “esteticismo, relativismo, consensualismo, arte de la persuasión: “la ética de Rorty conjuga todos los elementos que caracterizan a esa combinación de massmediatización y mercado en que se sustentan los sentimientos establecidos de nuestro siglo”.

    Pero una vez expulsados los fariseos del templo y los poetas de la ciudad, ¿quién queda? Badiou y Ranciére, estos emblemas parisinos, que recuperan la política en nombre del bien y de la verdad. Badiou seguramente, Ranciére, por su lado, siempre tuvo el talento de pensar antes de adoctrinar, cualidad ausente en la misión de la que se siente depositario el primero.

    Toda la rabia que siente Scavino por Rorty y su idiosincrasia no desaparece del todo a pesar del entusiasmo por las tesis de estos filósofos que sostienen que hay política cuando hay desacuerdo o que la hay cuando se sigue la irrupción en la escena política de un acontecimiento al que la palabra filosófica debe ser “fiel”.
    Para ambos, según Scavino, la negación de la política es justamente el consenso, el Estado, la comunicación, el acuerdo, la norma jurídica. Dice que Badiou no ha renunciado a su maoísmo ya que es fiel a las masas, a lo que define como multiplicidad inconsistente e informe.

    No tiene entusiasmo Scavino a pesar de su cariño ideológico por ambos pensadores, lo demuestra cuando dice que “ quizás la política a la que se refieren Badiou y Ranciére no sea una práctica realmente existente”.

    Menudo detalle. Entonces ¿qué es? No importa, no se trata de que nada exista sino que se hable. La famosa retórica maldecida por Scavino que se pone en el lugar de la verdad racional vuelve en el último renglón. Descombes quiere una nueva trascendencia, no la tiene ni la conoce, quiere que se la consigan, Scavino detesta a los remedos de la política reformista, gradualista y acordista, no ve otra, se dedica a esperarla mientras carga contra los nihilistas del pensamiento débil.

    Savater, considerado otro enemigo público por el stalinismo reciclado, mercachifle posmoderno y agente publicitario para el neocalvinismo, con pedido de captura por miembros vitalicios de la escuela del resentimiento, mientras milita con voz, pluma y cuerpo para enfrentar a los terroristas de la ETA, cita a su amado Voltaire de quien dice: "tuvo el buen gusto de preferir el éxito a la gloria"

     

     

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