LA FILOSOFÍA DE RICHARD RORTY ( Partes 1, 2 y 3 de 50 )
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Rortiserías
Se me ocurrió esta palabra. Es una palabra nueva. Rorty
dice que de lo que se trata hoy en día es de crear desde un género que se llamó
filosofía un lenguaje nuevo, un nuevo vocabulario. Tantas veces dice la palabra
“nuevo”... Podemos preguntarnos por el contenido de esta palabra constante. Si
decimos “novedad” suena algo degradado. Tiene sonoridad comercial. Un producto
nuevo o algo relacionado con la moda. Es posible que lo nuevo nos remita a lo
biológico. Como si festejáramos un nacimiento. Por lo general los nacimientos
se festejan.
Rorty asocia lo nuevo al arte. Le
parece que es en el arte en donde este festejo es posible. De las artes elige
la literatura. Le da una desmedida importancia a la literatura. Fue su recreo
clandestino de la opresión filosófica y su ventana abierta del claustro
académico. Es un hombre formado en la primera mitad del siglo XX. Heredó el
amor a la novela. Le da gran valor a lo que llama “los maestros de la
juventud”. Dice que la filosofía ya no ofrece a estos maestros. Los últimos
fueron aquellos filósofos alemanes conocidos por neohegelianos. En la primera
década del siglo XIX nace la universidad de Berlín, la de Iena, y aquellos
filósofos seducen a la nueva juventud universitaria.
Schelling, Fichte, Hegel, hasta
Schopenhauer y Nietzsche, Feuerbach y Marx, hacen de la crítica de la religión
y de la formación de un hombre nuevo las
metas últimas de la filosofía.
El idealismo alemán dicta
cátedra. Al menos de la filosofía como formadora de juventudes. Por algún
motivo, quizás geográfico, o de provincialismo académico, Rorty no destaca a
Sartre como un exponente más reciente de aquellos maestros. También Deleuze y
Foucault lo han sido. Las gestas juveniles de los sesenta también tuvieron a la
autoridad contestataria de Marcuse. Sin embargo, o porque le parezcan fenómenos
aislados, o porque no los considere destacables, los ignora como maestros.
No hay, entonces, maestros de la
juventud desde la filosofía, pero hay remisión a la juventud. Podemos
preguntarnos por qué se le da tanta importancia a la juventud cuando nos
preocupamos de la actualidad de la filosofía. Rorty no lo aclara. Una de las
cosas más interesantes del pensamiento de Richard Rorty es que nos dice que no
hace falta aclarar todo lo que se dice. Que la argumentación es por definición
infinita. Que hay preguntas y dilemas inútiles, ociosos y fundamentalmente
depresivos. Ser preciso, ser claro, riguroso, justificar lo que se dice, para
Rorty lejos está de ser parte de una ética pública o de una ética del
conocimiento.
Es un engaño catedrático sostener
que argumentar es hacer públicos los pensamientos, ofrecerlos al ágora y
someterse al veridicto democrático. Argumentar para Rorty no es una ineludible
exigencia de la normativa científica sino la justificación de creencias.
Podemos así abrumar a quienes nos leen o escuchan con justificaciones
detalladas que sólo ganan una audiencia por cansancio o por embarullamiento.
Este agotamiento nos lo trasmite
él mismo filósofo aquí invocado cuando nos invita a sus diatribas con sus
compañeros de escuela, los Sellars, Quine, Kripke, Davidson, Brandom, Searle,
Putnam, algunos elogiados otros criticados, en un interminable cotejo sobre
referentes y valores de verdad que nos ahogan en el pantano de la epistemología
y la semántica.
Rorty se educó en esa escuela. Se
sentó una buena parte de su vida en aquellos bancos. No sé decir pupitres.
Compartió las lecciones y construyó su carrera académica con la obligación de
caerle en gracia a sus popes analíticos.
Por eso es importante la
conversión de Rorty el día en que resolvió apartarse de ese mundo. Pero no le
dijo adiós, no cree en esos adioses. Para él no tiene sentido despedirse para
siempre de lo conocido y navegar a la
deriva por una libertad ilusoria.
Un lenguaje nuevo se construye en
relación a los viejos, nada es nuevo sin la tradición. Rorty divide a la
filosofía en una vertiente edificante y otra sistemática. Para él asistimos a
la caducidad de la variante sistemática y a la aurora del pensamiento
edificante.
Volvamos a las rortiserías.
Richard Rorty nos pide nuevas palabras y nuevos vocabularios, al mismo tiempo
dicta que sólo valen en relación a la autoridad del pasado. Es un modo de decir
que no se funda algo nuevo desde la nada. Y también es un modo de resignarse a
que lo viejo jamás nos abandonará ni nosotros a él.
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El cansancio de la filosofía
La palabra cansancio es irritante. Si alguien se cansa de
la filosofía no está obligado a “descansar” en ella. Hay muchos que insisten en
decir que están cansados de descansar en ella sin poder cambiar de tema, o de
vocabulario como dice Rorty.
Rorty menciona este cansancio y da una fecha de defunción
de la filosofía. Sin embargo, para él los tres grandes filósofos del siglo XX
son Heidegger, Wittgenstein y Dewey. Por un lado nos dice que los últimos
filósofos en el sentido fuerte del término fueron los idealistas alemanes.
Refuerza su argumento con el agregado de que la última línea divisoria de aguas
ha sido la que separa a Kant de Hegel, y que todos estamos conminados a
situarnos en uno de los dos lados de esa separación. Por el otro aparecen los
tres filósofos mencionados con el fin de mostrar a las tres cabezas de serie de
la filosofía contemporánea.
No es una contradicción lógica sino una tensión constante
de su pensamiento. Es un hombre que habla de la literatura como el modelo de
escritura (writing) de nuestros días, y no lo practica. Nos dice que las
pretensiones tradicionales de la filosofía son anacrónicas en la actualidad y
no realiza otro ejercicio literario que el de la filosofía misma.
No es el único que se preocupa por estos menesteres.
Michel Foucault dice que existe un pensamiento del afuera que el filósofo
bordea. En sus discusiones con Jacques Derrida sostiene que el problema de su
colega es dar vueltas al interior de la historia de la filosofía y no poder
desprenderse ni de sus referentes, ni de su vocabulario ni de sus temas. Gilles
Deleuze repite una y otra vez que la historia de la filosofía es la preceptora
disciplinaria de la práctica filosófica que tiene la misión de esterlizar cualquier intento de creación de nuevos
conceptos filosóficos.
La figura del fin de la filosofía tiene dos siglos. Por
algo será. Los modos de su aniquilación varían. No es lo mismo Marx que Carnap
ni Comte que Wittgenstein. Pero todos se sienten incómodos con el legado de Platón.
Debemos reconocer que al interior de la corporación – para
dar un nombre desagradable – o del gremio – para rebajarlo de categoría
institucional – en el mundo filosófico hay gente decidida a proseguir la tarea
heredada. No todos huyen de la madre de las ciencias ni del regulador del
conocimiento. Tanto los devotos de la epistemología como los pregoneros de las
morales al servicio de la vida feliz y productiva, no se sienten desajustados
(misfits). La ciencia, la empresa, el servicio público, la política
revolucionaria o conservadora, legitiman sus esfuerzos por ajustar la filosofía
tradicional a las exigencias de la actualidad.
Rorty no dice que la filosofía no sirve más, sino que
aquello para lo que servía la filosofía es realizado en otros canales y por
otros personajes. Los llama los críticos literarios. En el estante tan
despreciado por muchos de los estudios culturales, y en su vencidad la crítica
literaria, es en donde se encuentra aquello que vanamente Rorty esperaba de los
departamentos de filosofía.
Nos dice que la filosofía se ha profesionalizado, y esta
novedad lejos de haberle dado seriedad a su ejercicio, la ha petrificado en un
sistema de jergas complicadas totalmente alejadas de la preocupación de los
hombres comunes, es decir de todos salvo de los que trabajan en los
departamentos de filosofía y sus pocos alumnos.
La idea de que la filosofía debe incidir sobre la vida
puede ser considerada excesiva o pretenciosa. Hay tantos que quieren cambiar la
vida de los otros que tenemos derecho a desconfiar de todo este altruísmo. Es
ingenuo pensar que una filosofía del tamaño de la de Kant, una genialidad como
la Crítica de la Razón Pura, ha
cambiado la vida de alguien. No encontraremos a nadie que camine por las calles
o que lleve a cabo sus labores cotidianas que tenga idea de que el tiempo y el
espacio son “su” intuición a priori y
condición de toda experiencia posible. Por supuesta que esta intuición no es de
nadie sino de todos ya que constituye al Sujeto Trascedental, pero no deja de
ser condición de la experiencia humana. Nadie cree ni entiende esta cuestión
salvo los estudiantes y profesores de filosofía que además la entienden con
dificultad.
Lo que sucede es que Kant es un extraordinario inventor de
mundos - como todos los grandes filosófos – y deberíamos sopesar en qué
modificó la cultura de occidente. Cabe el beneficio de la duda ya que la
Modernidad es un hito histórico referido por muchos que se ocupan de
disciplinas varias, la Ilustración es un movimiento filosófico que ha cambiado
el diagrama de la civilización occidental, y no podemos desconocer el peso de
Kant en la dinámica de este cambio de paradigma.
Pero lo que dice Rorty es que aquel peso que un lenguaje
erudito tenía más allá de los límites de los expertos, ya no existe. La
filosofía actual bajo la tutela de la semántica y de la epistemología ya no
trasciende los límites de los aparatos escolares y no incide en nada más que en
cargar las mochilas de sus portadores satisfechos de sí mismos y ajenos a todos
y a todo lo que no se acomode a sus preocupaciones.
Rorty 3 / 50
La vida
Cuando en la filosofía se dice
vida se acude al vitalismo. No hay palabra filosófica que no sea incorporada a
una teoría. Por este modo de apropiación conceptual el vitalismo es lo que se
opone al mecanicismo y la palabra vida es asociada a la idea de continuidad,
flujo, intensidad, creatividad frente a la automaticidad del artefacto. El
último escrito de Deleuze, un filósofo nombrado pero desconocido para Rorty, se
llama La inmanencia, una vida.
La vida según Rorty nace de los
juegos de lenguaje. La vida en cuanto novedad, nacimiento y creación, le llega
por intermedio del pensamiento wittgenstaniano y su filosofía del lenguaje
ordinario. Hay una pulsión de vida en Rorty. Por eso invoca al romanticismo
como una de sus fuentes de inspiración. No tiene pudor en proclamarse heredero
del legado romántico y del idealismo alemán. Su afición a la literatura le
permite hacer con el novelista la misma efigie que Heidegger labraba para el
poeta.
Busca la intensidad pero su
formación y su particular estilo se expanden mejor en la ironía. Creo que fue
Heinrich Heine quien decía que la filosofía francesa se hacía con el corazón y
que la filosofía alemana se originaba en el cerebro. Digamos entonces que Rorty
pretende que la filosofía haga lo que mostró la literatura norteamericana de
Henry Miller a Jack Kerouac: usar los piés.
Hay una suavidad en Rorty,
también una ingenuidad. Tiene la cortesía de quien no teme volver sobre ciertas
afirmaciones, reconocer logros de adversarios, y mostrar sin temor sus flaquezas.
Esta postura de quien no quiere
ganar a toda costa una diatriba argumentativa, puede ser tramposa. Detras de
esta supuesta cesión de iniciativas, adopta una estrategia que consiste en
invadir todos los terrenos posibles. Ya que hablamos de la vida, su filosofía
se muestra como una conquista del espacio vital. Necesita cada vez más espacio.
Rorty dice lo mismo de cien
maneras y respecto de múltiples tópicos. Cree en la repetición y en el talento
que consiste en decir lo mismo introduciendo novedades por etapas mínimas.
Muchos de sus trabajos se parecen entre sí. No deja de mencionar sus obligados
elogios a Dewey, sus congratulaciones a las transgresiones de Derrida, su
admiración por Davidson, su respeto por Sellars, y sus críticas a Searle.
Aprendemos de las mil y una
lecturas de sus textos que la filosofía con Descartes y Kant se erigió en el
trono legislativo que divide el yo del mundo y la mente del cerebro, y lo
interior de lo exterior, la intuición del entendimiento, la razón del
sentimiento y lo empírico de lo trascendental, y por la rígida herencia
parminídea separamos el conocimiento de la opinión y lo real de lo aparente.
Rorty es un topo que se mete por
todos los agujeros para horadar los cimientos de una filosofía seria, taxativa,
binaria, legislativa y monacal, que sobrevive por la alarma que propaga del
peligro del caos y la mentira. La función de la filosofía como la barredora de
insensateces y guardiana de la racionalidad le asegura un lugar en el orden de
los discursos. Se podrá llamar disciplina terapéutica o racionalidad
argumentativa, este modo de practicar
filosofía es anacrónica, esterilizante y parroquial. Es un residuo académico.
Rorty apela a la imaginación, al sentimiento, a la ironía y a la contingencia
para instalar un nuevo vocabulario. Nos dice que para que esto ocurra es
invitable volverse repetitivo. Los nuevos vocabularios actúan por cuentagotas.
Hasta que logran determinar nuevas conductas pasa un tiempo. La resistencia de
lo viejo es firme aún en retirada. Probamos la eficacia de un nuevo juego de
lenguaje cuando cambian las formas de vida.
Rorty no sitúa en un origen el
momento en que la filosofía perdió su esencia primordial. No retraza el sendero heideggeriano. Como
buen norteamericano es hombre de futuro. Sostiene que la filosofía abandona su
lugar cuando mima el modelo científico. La filosofía no es la ciencia y su
objeto ni su finalidad es el conocimiento. Rorty dirá que la filosofía nos debe
ayudar a ser más felices. Y para ser más felices debemos ser cada vez más
libres.
Para una cultura de la sospecha, y una historia filosófica que desde hace
dos siglos se orienta de acuerdo al escepticismo crítico, al ateismo
filosófico, a la filosofía de la existencia con sus naúseas y angustias, al
nihilismo de los valores, al positivismo antimetafísico, a la ontología del Ser
y de la pregunta, a la ciencia de la lógica y a la filosofía del lenguaje, al
marxismo y sus variantes, a la filosofía del poder y del deseo, que un filósofo
se haga famoso con estas propuestas de felicidad y libertad, no puede ser
tomado de otro modo que como una expresión de la banalidad de lo banal.
Este hombre que ha demorado largos años para abrir el cerrojo que lo
inmovilizaba en los departamentos de la filosofía analítica pero que lo ha
logrado al fin, una vez en la intemperie no parece más que ser un nuevo
profesor que convierte la isla de Thoreau y y el continente de Whitman en un
campus con el cesped cortado.