Crítica y brujería. Apuntes para
desestabilizar el presente.
Natalia Ortiz Maldonado.
nortizmaldonado@yahoo.com.ar
“La filosofía destruye su propia utilidad cuando
se complace en la brillante hazaña de explicar negando”.
Whitehead, Proceso y realidad,
p. 20.
Es posible que cuando una época
se piensa a sí misma como Apocalipsis esté indicando no sólo ciertas
transformaciones en su régimen de verdad (de lo que sabe pero también de lo que
puede) sino también la presencia de ciertas políticas sobre esas transformaciones.
Es así que el pensamiento contemporáneo podría ser concebido como una polifonía
de diversos tonos y acentos que indica el agotamiento de aquello que llamamos
modernidad. Pero es en esos acentos que sería necesario detenerse para preguntarse
por cierto apesadumbramiento, por cierto gesto (a veces resignado a veces
triste) de nuestros saberes.
Las trascendencias seculares de la modernidad (el estado, la razón, el
hombre) obligaron al pensamiento crítico a volverse sobre los móviles suelos de
esos dioses; pero en un mundo con cada vez menos trascendencias como el
nuestro, la tarea del pensamiento bien podría ser otra. Es así que Gilles
Deleuze y Félix Guattari lo planteaban diciendo: “… podría ser que el problema concerniese ahora a la existencia de aquel
que cree en el mundo, ni siquiera en la existencia del mundo, sino en sus
posibilidades de movimiento e intensidades para hacer nacer otros modos de
existencia todavía nuevos, más próximos a los animales y las piedras. Podría
ser que creer en este mundo, en esta vida se haya vuelto nuestra tarea más
difícil, o la tarea de un modo de existencia por descubrir en nuestro plano de
inmanencia actual. Es la conversión empirista…” Desde allí podría pensarse que las
tecnologías de poder ya no se concentran en construir trascendentales sino en
impedir cierta creencia en el mundo. Nuestro régimen de verdad captura lo
viviente capturando las maneras de sentir y de pensar, invisibilizando las
experiencias de resistencia, las líneas de fuga. Es así que la razón deviene
cínica, indolente, frígida…
La filosofía, el arte y la ciencia se encuentran pisando cada uno a su
manera los lindes del problema de “creer en el mundo”, de crear modos de vida “más próximos a los animales y las piedras”.
La ciencia clásica, por ejemplo, partía de una idea de naturaleza autómata,
sujeta a leyes matemáticas que determinaban su pasado y su futuro, las ciencias
actuales se encuentran en una situación totalmente diferente: en una
descripción que sitúa al hombre en el mismo mundo que él describe e implica la
receptividad de ese mundo, donde la inestabilidad es la regla y la estabilidad,
una excepción. No es que la
muerte de los universales modernos sea entonces un “avance” de la filosofía, de
la política o de las ciencias, sino que formamos parte de una cultura donde
esos universales ya no son posibles. La historia de la ciencia muestra que el
mundo y su tiempo hoy se presentan como multiplicidades, que ningún campo del
saber humano puede dar cuenta de ellas por sí solo, y que la experiencia del
mundo se entrelaza con la formulación de nuevas palabras para nombrarla.
Siguiendo una intuición foucaulteana es posible rastrear en nuestra
actualidad diferentes experiencias que impugnan las tristezas de nuestro
régimen de verdad. Esta tentativa puede hacernos sentir como un herrero ante
una mariposa, como quien va a destruir algo con la sola ejecución de su oficio.
En primer lugar porque se trata de explorar líneas de fuga muy sensibles (como
todas ellas) a las operaciones de agenciamiento discursivo. Estas líneas envían
hacia experiencias que se resisten a la categorización, no porque sean
“indecibles” sino porque para aprehenderlas es necesario un movimiento que este
texto no podrá concederles. No se trata de experiencias de collage arbitrario ni de edificios conceptuales bellos (pero
inoperantes) sino de conexiones ajenas a las (in)sensibilidades de la máquina
de institucionalización. Pero en segundo lugar, porque se trata de saberes
menores. Un saber menor es un saber falso, un saber que no sortea los umbrales
de epistemologización en un cierto sistema de verdad. No se trata de sostener
cierta verdad de los saberes menores que los “mayores” les impedirían alcanzar,
sino que se trata más bien de pensar (visibilizando algunos rasgos de algunos
saberes menores) qué tipo de poderes y saberes se efectúan en los criterios de
verdad. Se trata de buscar claves de inteligibilidad de un saber que vuelve una
y otra vez sobre su impotencia y a la vez, de percibir prácticas de impugnación
a ese saber (más para comprender dinámicas de nuestro régimen de verdad que
para “pronosticar” sus transformaciones). En estos párrafos abordaremos
“saberes de la brujería” a partir de dos aproximaciones distintas que sin
embargo comparten la insistencia sobre la continuidad práctica de lo viviente.
Si bien los límites teóricos de la noción de brujería son extremadamente
discutidos, estas aproximaciones llaman brujería a cierta articulación entre la
creencia y el mundo, entre el hombre y la naturaleza.
I. La brujería como práctica que
protege de los venenos y rompe los hechizos. Isabelle Stengers y Philippe
Pignarre.
La Brujería Capitalista de Isabelle Stengers y Philippe Pignarre
propone una cartografía del presente desde una pregunta, cómo desarrollar un
pensamiento de la actualidad que no bloquee sus líneas de fuga (“cómo proteger
el acontecimiento”). El capitalismo es una máquina de brujería, dicen, que
permanentemente crea venenos y hechizos sobre la acción y el pensamiento, pero
es un “sistema brujo sin brujos” pues su poder consiste precisamente en impedir
que las singularidades perciban su potencia.
Los brujos son quienes logran “prestar atención” al funcionamiento de las
capturas así como también a las experiencias que no son capturadas por ellos.
El lugar del “jeteur de sonde” que los autores eligen para su relato, es el
lugar de quien navega las aguas en las tormentas, de quien no puede mirar
demasiado lejos pero puede advertir sobre los peligros inminentes que acechan a
la embarcación. Su propósito es promover un tipo de atención sobre las líneas
de fuga, sobre lo posible, que no enjuicie lo existente sino que lo mantenga y
defienda “contra el voyeurismo de los que
esperan que fracase”.
Para ello es indispensable poner en crisis nuestros propios hábitos de
pensamiento.
1. El capitalismo y las alternativas infernales.
Stengers y Pignarre comienzan definiendo al capitalismo a la manera de
Deleuze-Guattari. El capitalismo es entonces una axiomática inmanente que
captura los flujos descodificados, las líneas de fuga de lo viviente en
agenciamientos diversos. Se trata tanto de una micropolítica de las “pequeñas
manos” como de una macropolítica binaria y binarizante que se presenta a sí
misma como ineludible y verdadera. En Stengers y Pignarre la estrategia macropolítica
es posible gracias a que el capitalismo consolida sus verdades a partir de las
“alternativas infernales” que moldean lo pensable (es decir, la acción y lo
posible). Las alternativas excluyen del campo de lo real la posibilidad de
modos de vida no capitalistas: o se captura lo que resiste o se lo expulsa al
lugar de lo impensable. Por este motivo, sería más preciso hablar de modos de
subjetivación que intentan producir-captar las maneras de pensar y de sentir,
al tiempo que expulsa al terreno de la “ilusión” y la “creencia” todo aquello
que no pueden capturar. Se trata de una dinámica y no de un modelo abstracto
que despliega estrategias muy diferentes según cada caso, externalizando sus
consecuencias (“otros pagan”) o tratándolas como materias potenciales para
nuevas operaciones.
Las alternativas matan a la
política confinándola a las esferas administrativas de la economía o el
derecho. Cada alternativa delimita el campo de lo pensable según un esquema
binario: reformar el sistema de la seguridad social o restringir la
competitividad en el mercado global, flexibilizar el empleo o disminuir la
exportación, priorizar las grandes estructuras o los deseos de los actores
locales, patentar los medicamentos o desfinanciar la investigación
farmacéutica, aceptar o rechazar la seguridad social, producir alimentos
transgénicos o detener la agroexportación, etc. Las alternativas infernales
inoculan venenos al pensamiento crítico y consolidan el hechizo de la dinámica
capitalista. Stengers y Pignarre señalan que los venenos que enferman al
pensamiento son tanto la generalización como la resignación y la tristeza.
Los venenos de la generalización pueden inocularse a través de las
retóricas de la denuncia o de las teorías generales (los modelos del “hay
que”). En el primer caso, el pensamiento crítico (más allá de la sofisticación
del diagnóstico) señala al capitalismo (o a ciertos actores políticos
definidos) como “culpable” generalizado de las inequidades contemporáneas. La
denuncia es letal tanto por exceso (se le atribuye a una configuración
sociopolítica específica un lugar omnipotente) como por defecto (se subestiman
las redes microfísicas por las que el capitalismo circula y se expande). La
denuncia inocula la imagen de un leviatán ubícuo, de un monstruo todopoderoso…
En el otro extremo, los “programas”, las grandes teorías de la acción, suelen
reenviar hacia las categorías y fórmulas de la modernidad que anulan la
singularidad y el acontecimiento. La denuncia y los programas generales de
acción envenenan y prolongan el hechizo porque fortalecen la idea de un dios
omnipotente e invisibilizan las líneas de fuga que escapan una y otra vez de la
axiomática.
La producción de las alternativas infernales no obedece a un gran plan
sino a los flujos móviles reorganizados (flux
reorganisateurs mouvants) que van desde lo más pequeño hasta lo más grande,
desde una fábrica deslocalizada en Francia hasta la China, y esa
deslocalización produce un retorno de los efectos sin fin sobre la misma
organización del trabajo en Francia. Es por esto y no por un Plan que es tan
difícil de ver y preveer las diferentes conjugaciones posibles.
Allí es donde el pensamiento necesita devenir pragmático, porque sólo así puede
visibilizar la manera en que se construyen las alternativas y las posibilidades
de resistir a ellas. Este pragmatismo poco tiene que ver con el empirismo
anti-intelectual pues requiere de un esfuerzo intelectual enorme, se trata de
advertir las capturas y desarrollar saberes, de hacer nuevas conexiones en el
plano del pensamiento. “Devenir-niño” de un acontecimiento se encuentra en las
antípodas del infantilismo pues se trata de desarrollar un pensamiento del
presente lo suficientemente sutil y poderoso como para atravesar los aparatos
de captura.
2. Experimentación y verdad.
Stengers y Pignarre proponen al capitalismo como un “sistema brujo sin
brujos” que atrapa pensamientos y afectividades en un hechizo poderoso: el
saber. Distinguiendo entre razón y creencia, arrogándose la primera y
desterrando la segunda, logra instaurar un sistema de verdad que oculta su
poder, un sistema donde se cree que la brujería es superstición y que no es
necesario protegerse de ella.
Pero la brujería, el arte donde se combina la creencia con la pragmática, no es
ajeno a la axiomática capitalista, a la manera en que se cree en las
estrategias infernales… Mientras la ideología hace écran, la captura bruja produce una acción, una acción inventiva
que transforma al mundo en algún sentido, que hace mundo (pero el hechizo
expropia a las subjetividades esa percepción). De la misma manera que Foucault,
Deleuze y Guattari, sostienen, “somos
herederos de Marx porque pensamos que el capitalismo existe, tiene un modo de
existencia práctico”.
Esa perspectiva pone inmediatamente su centro en el problema de la acción, en
las intervenciones de las prácticas discursivas y no discursivas en la
producción del mundo.
En La Nueva Alianza, Stengers
y Prigogine proponían que la nueva ciencia comienza a desplazarse hacia el diálogo experimental donde se formula una
nueva relación entre el hombre y la naturaleza.
Este diálogo experimental posee dos dimensiones inextrincablemente vinculadas: comprensión y transformación. La
experimentación no entraña entonces la minuciosa observación de los hechos “tal
como ocurren”, ni una simple búsqueda de conexiones empíricas entre fenómenos,
sino que exige una interacción entre los conceptos teóricos y la observación, y
ello remite a una estrategia donde se pone en crisis la propia idea de lo
observado. En La brujería capitalista estas
aproximaciones sobre lo experimental se ponen en juego al señalar que la verdad
de una idea, de una definición o de una hipótesis no es otra que su
verificación, la manera en que ellas pueden producir consecuencias que orienten
la acción. Una “definición
pragmática de la verdad”, donde lo que hace la diferencia entre adoptar o
rechazar una proposición es su capacidad de transformar un fenómeno. Esa es la
verificación del pensamiento experimental. En un guiño explícito a Mil Mesetas señalan que el pensamiento
no define al animal estudiado sino que describe lo que un animal puede en
situaciones concretas, habituales o inéditas. De la misma manera, los etólogos
del capitalismo se interesan mucho más en reconocer a la bestia y sus obras que
en definirla.
3. La creación política.
Junto a las retóricas de la denuncia, las teorías generales y la
resignación existe un cuarto veneno para el pensamiento crítico: el desprecio a
la política. Los autores trazan las distancias entre la crítica a la política
estatal-partidaria (servil a las alternativas infernales) y el desprecio por la
política entendida en clave de potencia y singularidad. Es necesario entonces
“poner en política” ciertas nociones que han sido naturalizadas (por ejemplo
las ideas de progreso y de humanidad) y que fundamentan la administración de lo
viviente en virtud de esa percepción acrítica. El capitalismo mata a la
política en tanto es una racionalidad de lo homogéneo, una anti-política que
intenta anular a la política misma en los escenarios de la administración.
El desprecio por la política lejos de ser una línea de fuga del capitalismo es
uno de sus más poderosos aparatos de captura.
Si el capitalismo conecta flujos heterogéneos en el nivel de la
micropolítica (personas, afectos, información, etc.) para supeditarlo a la
macropolítica (que delimita binariamente lo pensable), la tarea política del
pensamiento reside en visibilizar-producir otro tipo de conexiones. No se trata
de oponer el intersticio a los bloques de poder sino de hacer intersticio. Pero
además se trata de conjurar los venenos del sistema brujo en el mismo terreno
en que los venenos se propagan. Es así que Stengers y Pignarre construyen su
texto a partir de experiencias de resistencia que han desarrollado saberes
específicos para atravesar las alternativas infernales. Las conexiones, dicen,
nunca existen de antemano sino que deben ser creadas.
En La Brujería Capitalista se
recorren los caminos donde se sortearon “alternativas infernales” y se
generaron saberes, pero además se intenta mostrar cómo la alternativa infernal
que opone las grandes estructuras a los actores locales se desbarata cuando
ambos extremos se ponen en un mismo plano. La condición es que ese plano sea
creado. Es así que las feministas radicales
desarrollaron un saber a partir del cual es posible rechazar todo tipo de
naturalización, inclusive el “orden de prioridades” establecido por las
retóricas de la lucha de clases. Los ecologistas
radicales, por otro lado, desplegaron un saber donde la naturaleza no es un
ensamble de recursos a valorizar sino una red de ecos infinitos que excede el
binomio naturaleza-cultura. Los pueblos originarios
enseñan que no es posible establecer un único juicio de verdad que relegue sus
prácticas a meras supersticiones. Los
hackers que liberan los códigos han visibilizado la importancia de la
creatividad de las intervenciones que rápidamente son reapropiadas por los
aparatos de captura (pero también han mostrado la manera en que funcionan los
discursos sobre la seguridad y el terrorismo). En el caso de la industria farmacéutica y a propósito de
la comercialización de medicamentos, Stengers y Pignarre se detienen sobre la
manera en que la financiación de la investigación futura (en nombre del
progreso y la salud) se articula con la problemática de las patentes. Grupos
tan diferentes como Ciudadano Público o Médicos sin fronteras han demostrado
cómo es posible financiar la investigación sin apelar a la industria
farmacéutica. En este
contexto de saberes-poderes aparece el caso de los brujos Wicca a partir del
cual Stengers y Pignarre utilizan la noción de brujería para referirse a las
prácticas que hacen visibles los procedimientos capitalistas, y que por otro
lado nunca abandonan lo que la axiomática ha capturado (pues la captura no es
un juicio definitivo de verdad).
La Wicca es una práctica neopagana surgida en el siglo XX a partir de
los textos de del inglés Gerald Gardner en la década del cincuenta. El término
wicca proviene del inglés antiguo y designa a los practicantes (brujos y brujas)
mientras que el culto recibe el nombre de sabiduría (otros nombres muy
extendido son “arte” u “oficio”).
Stengers y Pignarre se concentran en el análisis de la wicca feminista
estadounidense fundada a fines de la década del sesenta que aún hoy es practicada
por hombres y mujeres (por lo general ingleses y norteamericanos). Los
principios de esa rama del neopaganismo pueden esbozarse indicando la dualidad
de los dioses, el respeto y veneración de la naturaleza, la observancia de la
ética wiccana y la práctica del ritual. Los brujos son politeístas y panteístas
pues sostienen que los principios masculino y femenino (el dios sol y la diosa
luna) son una complementariedad dinámica presente en todas las cosas,
materiales e inmateriales. Las personas, los animales, las plantas y todos los
elementos de la naturaleza poseen un “alma” irreductible a lo psíquico en tanto
es la vibración que enlaza a lo viviente. El respeto a la naturaleza deriva de
este animismo absoluto de los brujos, ella es la manifestación de lo divino y
de su potencia, es un lugar de veneración, admiración y enseñanza (lugar de
poder). El principio ético individual y colectivo wiccano es “haz lo que desees
sin causar ningún daño”, allí se encuentra su principal fuente de
responsabilidad que adquiere una particular intensidad si se considera que
ellos no creen en el diablo ni en fuerzas similares que encarnen un principio
negativo. En general, se suele interpretar este principio como la búsqueda del
equilibrio entre los dos extremos del precepto y según la “ley de tres” (el
daño intencional retorna por triplicado a quien lo realiza). Todas las
corrientes de la Wicca comparten la creencia de que lo sacro se encuentra en
cada cosa, sus dioses son entonces inmanentes al mundo y la naturaleza se percibe
como permanente transformación sin principio ni fin.
Cuando Stengers y Pignarre se detienen en la Wicca feminista subrayan dos
aspectos que consideran centrales, la creación de un sujeto colectivo y la
pragmática. Los brujos neopaganos hacen visible la posibilidad de la construcción de un sujeto colectivo que
no anula la singularidad y, simultáneamente, no reniegan de la artificialidad
de su construcción e incitan a acontinuarla. En sus
rituales los brujos trazan un círculo (o aquellarre) para construir un
territorio común, quienes se incluyen en él comparten la necesidad de una
potencia que no pueden producir solos.
No se trata de aprender otro modo de relacionarse con los aparatos de captura
sino de desarrollar una estrategia colectiva de expansión de la potencia.
Hacer política no implica proyectar el propio deseo como un programa
total, sino que se puedan proyectar diferentes deseos en un mismo plano. La
relación con los dioses es personal pero no puede establecerse individualmente
sino a través de un círculo. En este sentido, la wicca feminista no se propone
como la continuación de una tradición antigua sino como una fabricación, un
experimento. Mientras
dicen que toda creencia es ficcional, afirman su creencia en la diosa. La
brujería hace evidente que somos parte de un saber extremadamente racionalista
que no puede dar cuenta del sistema de creencias sobre el que se asienta. La
wicca reconoce que muchas de sus creencias se remontan a las tradiciones
antiguas de la “religión natural” reconocible en todos los viejos cultos
chamánicos, en la edad media y en la modernidad, pero mantienen una relación
ambigua con esa religión. Es así que sostienen que no es posible delimitar una
religión (ni un dios), sino que es necesario construir la creencia en el
presente.
Por otro lado los brujos son extremadamente pragmáticos sostienen
Stengers y Pignarre, pues montan técnicas experimentales donde no se trata de
encontrar un sentido oculto sino de desarrollar maneras colectivas de evitar la
captura (partiendo de la base de la propia vulnerabilidad a ella). El ritual es
un modo de provocar sincronicidades armoniosas, de facilitar los cambios
necesarios para conectarse con las fuerzas.
Según los brujos, la magia es la manera de movilizar las energías naturales hacia
un estado de armonización y de desarrollo espiritual. Pero lo que más interesa
a los autores es la permanente apelación al movimiento por parte de los brujos,
su renuencia a tomar (una práctica cualquiera, un símbolo y sobre todo, sus
consultas oraculares) de manera definitiva. Un “oportunismo” que señala un
sentido, es decir una fuerza, de lo que es oportuno, de lo que conviene en cada
situación.
De todas las experiencias que se reponen a lo largo del texto, es posible
extraer cierta “espiritualidad política”, un sentido de inmanencia
que no busca superar las alternativas de una vez y para siempre, sino que se
concentra en los efectos concretos del pensamiento y de la acción en cada
situación específica. La creación política apela a una cultura de las “recetas”
antes que a las teorías generales, a tecnologías de empoderamiento y de
exploración antes que a juicios sobre las acciones deseables. Stengers y
Pignarre sostienen que los brujos enseñan que el pensamiento debe proteger algo
que es fácil de destruir, puesto que no existe si no es creado, fabulado,
celebrado. La brujería designa precisamente un conjunto de fuerzas y recursos
que visibilizan las capturas y logran atravesarlas, pero también señala la
presencia de algo que no será comprendido (ni dominado) totalmente.
II. La brujería como pragmática de
la potencia creadora. La Estación Alógena.
Brujería, pragmática y política del pensamiento son tres arcanos que
atraviesan a una experiencia argentina contemporánea, la Estación Alógena.
En la confluencia de prácticas individuales y colectivas allí se ha ido
gestando un saber menor, manifiestamente no académico (aunque no sólo en ello
reside su minoridad), que articula experimentación y política. Desde una deriva
deleuziana exploran los caminos de una filosofía afirmativa que no se concentra
en denunciar la presencia de dispositivos de captura sino en efectuar
experiencias que dejan atrás la pregunta por lo posible retomándola una y otra
vez.
1. Adivinación, pragmática y naturaleza.
La brujería alógena entiende que la naturaleza es inmanencia en el
sentido Deleuze-Guatari, un territorio donde no es posible distinguir entre
naturaleza y pensamiento, una afluencia incesante de puntualidades de todo
tipo, afectos, pensamientos, vibraciones. La naturaleza no remite al mundo
binario que la opone al hombre o a la técnica, tampoco a la imagen de
fragmentos heterogéneos combinados por alguna mecánica, ni a la uniformidad
propia de la homogeneidad de la materia. La naturaleza “está formada por intensidades (cada intensidad es un diferencial, una
singularidad, una diferencia de naturaleza). De ahí que múltiples combinaciones
son posibles y que la naturaleza es siempre contra natura, está entre los
reinos”.
El primer principio de la brujería, señalaban Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, es el devenir, y el segundo
es establecer un pacto con lo anomal, con el máximo de desterritorialización:”Los brujos siempre han ocupado una posición
anomal, en la frontera de los campos o de los bosques, habitan los lindes”.
Devenir minoritario es un asunto de brujería, sostienen, porque implica una
alianza con un demonio como una fuerza “otra” ubicada en el borde de una manada
animal hacia la cual se deviene por contagio. Ese devenir implica ya una
segunda alianza con otro grupo humano, y ese nuevo borde implica otras manadas
y otros devenires. Hay toda una política de devenir animal como hay toda una
política de la brujería, ellas no se efectúan en los agenciamientos del Estado,
la familia ni la religión: “Más bien
expresarían grupos minoritarios u oprimidos, u prohibidos, o rebeldes, que
siempre están en el borde de las instituciones reconocidas”.
El pensamiento filosófico instaura un plano de inmanencia como plano de
naturaleza (aunque no exista diferencia alguna entre naturaleza y
artificialidad) que se constituye en la medida en que se lo percibe.
Los brujos proponen esa pragmática como artesanato
y adivinación. Un brujo no se encuentra frente al mundo, intentando descifrar
sus legalidades para predecirlo, sino que está en el mundo, atravesado de
mundo, es mundo y se mueve en el mundo.
La adivinación se encuentra en las antípodas de la predicción, mientras la
primera persigue una naturaleza compuesta de cuerpos y acontecimientos
imprevisibles, la segunda busca las leyes inmutables de un mundo ya dado. Pero
además, adivinación y predicción tienen diferentes objetivos, pues la
adivinación se concentra en las líneas de fuga, deviene junto a ellas y ansía
maximizar su potencia mientras que la predicción inmoviliza la potencia y la fija
para controlarla.
Es aquí donde aparece la mántica adivinatoria de Bergson: “captar o adivinar en la cualidad misma algo que sobrepasa nuestra
sensación, como si esta sensación estuviera preñada de detalles sospechados e
inadvertidos”.
Es porque considera de antemano la imprevisibilidad del mundo que el brujo
conjura activamente cualquier tipo de clausura sobre él. Esta idea de una
naturaleza poblada de máquinas, técnicas, afectos que puede ser
pensada-producida más allá del disciplinamiento de los saberes invita, nos
dicen, a una nueva experiencia de la brujería: “entablar nuevas relaciones con lo viviente”. En la presentación a
un curso dedicado a la problemática de la creación decían: “El curso apunta a trazar un mapa de
conceptos que sirva para activar ciertos modos de experimentación y
pensamiento, modos que estarán en directa relación con poéticas y filosofías
dedicadas a pensar las potencias del cuerpo y sus microfísicas incorporales”.
Buscando los caminos de esa experiencia los brujos se vuelven sobre las
filosofías de la naturaleza, especialmente sobre la filosofía estoica (retomada
luego por la alquimia y la astrología) donde se proponía al mundo como un ser
vivo constituido por lo animado y lo inanimado articulado por un hálito, un pneuma. Es así que la medicina estoica
se concentró en perseguir los síntomas y señales de ese hálito desarrollando un
saber donde se articulan los astros, los cuerpos, las plantas, los elementos…
Esta cosmología vitalista –resistencia práctica al platonismo- pensó la
continuidad entre cuerpo y mundo. Nada en esta naturaleza remite a un inmutable
fondo u origen (mera superstición), sino a movimientos, continuidades,
mutaciones de naturaleza que sigue siendo naturaleza. Los estoicos son a
Platón, lo que Spinoza a Descartes. Los estoicos imaginan entonces un dios como
fuerza interna de las cosas, como fuego artista que procede metódicamente a la
producción del mundo, el dios de la mezcla
total.
Sobre esa intuición de la naturaleza y del pensamiento, los brujos
exploran constelaciones en la filosofía estoica, el gnosticismo, Merleau Ponty,
Bataille, Serres, Bergson, pero también en Libertella, Perlongher, Lezama Lima,
Austin Osman Spare, Xul Solar, Ballard, Cronenberg, Artaud, Burroughs, Dick…
Particularmente, si Deleuze-Guattari son afines a la brujería, dicen, no fue
porque ella proveyese metáforas al pensamiento sino porque su propia idea de
naturaleza los entronca con la tradición que rechaza los mecanicismos,
causalismos, formalismos organicistas, etc. En definitiva, porque a la manera
de Heráclito, los estoicos, Nietzsche, Bergson, Serres, Simondon, Tarde,
Spinoza y Whitehead, son procesualistas.
2. Política del pensamiento, las bodas.
Una política no sólo se define por sus objetivos (si es que en alguna
medida se define por ellos) sino por las prácticas que lleva adelante. Una
política minoritaria no se define tanto por aquello a lo que dice oponerse como
por la afirmatividad de las conexiones (alianzas, bodas) que efectivamente
realiza. No se trata de respetar los
tabicamientos de los saberes tradicionales (y su tristezas, dirían los
brujos) sino de celebrar bodas por
afinidad, por intensidad y por contigüidad entre la filosofía, la poesía
y la ciencia (sin que los campos se indistingan).
Muchos de los saberes que los brujos desarrollan dejan sus marcas en
performances, videos, cursos, textos individuales y colectivos. La
investigación experimental transgrede los límites del arte, la ciencia y la
filosofía sin que esto signifique la formulación de simples collages. Por el
contrario, muchos de los problemas que los brujos adivinan en sus textos
aparecen como formulaciones proteicas de temáticas comunes a la reflexión
contemporánea. La lectura de sus textos filosóficos rápidamente señala una
distancia con la manera en que el saber contemporáneo aborda ciertas cuestiones
como con sus acentos: ni se respetan los tabicamientos del saber ni se detienen
en la descripción de los aparatos de captura de lo viviente.
Es así que la carne y la vida, lo animado e inanimado, el poder y la potencia,
la alegría, la ética minoritaria, las subjetividades sin género, etc. se
exploran en un registro heterogéneo pero no arbitrario.
La nueva carne. Mientras el cuerpo fue la contratara impura del
espíritu “la nueva carne” es el término a partir del cual los brujos exploran
la vida como “radiancia”, como intensidad capaz de convocar fuerzas: “Sacar la carne de sus viejas coordenadas de
padecimiento, caída-redención, estridencia dramática, identidad agro ganadera,
para devolverle su quantum de energía libre y quitar, de paso, la bio-energía
del humanismo new-age…”. Partiendo
de las mitologías orientales (el mito sobre el fuego secreto, la Kundalini, los
orígenes de la metalurgia, el espermognosticismo, etc.) y de ciertas filosofías
de la naturaleza (Bergson, Whitehead, Nietzsche), los brujos analizan las
transformaciones que se pueden operar sobre la materia viviente, las maneras de
aumentar la intensidad y producir un contacto: el calor, los estados
intermediales (sueños, trance, éxtasis), y a través de qué tecnologías se han
producido esas relaciones.
Una línea de fuga se extiende por las derivas de la pneumática estoica desestabilizando en cada relevo la polaridad
entre alma y cuerpo. Allí aparece el astrólogo y filósofo árabe del siglo XII,
al-Kindi, desarrollando la idea según la cual las estrellas emiten radiaciones
que comparten con los otros elementos (es decir, con todo); un “continuismo
diferencial” por el que la cosmología del universo aparece como puro dinamismo.
El pneuma estoico y las radiaciones
de al-Kindi pueden pensarse junto al espíritu de Guattari en tanto siempre se
trata de materia: “la materia sin
formalizar, el contacto sensible y vibracional entre las cosas (…) Contra las
tristezas culturales del panóptico las alegrías espirituales del panháptico”.
Devenires minoritarios. Es posible detectar líneas de
inquietud alrededor de la ética minoritaria, sobre las maneras en que ciertas
prácticas han planteado problemas al pensamiento que el pensamiento no pudo
absorber ni eliminar nunca del todo. Allí emergen escritos sobre el dandysmo,
sobre la subjetividad sin género del Cyborg y sobre diversos chamanismos
contemporáneos. En las indagaciones éticas sobre estos modos de subjetivación
se percibe la centralidad de una “política de las pasiones” muy diferente a la
ética del empresario de sí capitalista (signado por la competitividad). En este
camino se encuentra también la mirada acontecimental sobre el vínculo entre el
regocijo, la filosofía y la danza, donde el movimiento del cuerpo (su
materialidad y su alegría) se piensa muy alejado de la razón (pero mucho más
alejado de la irracionalidad). Una exploración sutil indica que existe un
terreno compartido entre el gesto de quien baila y de quien formula conceptos:
“quizá el regocijo filosofal no resida
más allá de ciertos gestos muy simples, sin embargo complejos”.
Cuando esa mirada toca la tensión entre poder y potencia, y la voz utiliza el
registro mitológico (pero se aleja de la mitología), las ambivalencias entre la
producción y la destrucción de un mundo dejan de situarse en las antípodas y se
reinscriben en el móvil mundo de los hombres. Las antinomias que el registro de
las ciencias modernas no pueden evitar desaparecen en un plano sólo sensible a
las fuerzas, cuyo tiempo no es Cronos
sino Aión.
Flujos y espirología. En estrecha relación con
su perspectiva sobre la naturaleza y retomando algunas líneas planteadas por
Michel Serres, los brujos se interesan por los s pliegues que van desde la
mecánica de los sólidos hasta la dinámica de los fluidos (lo anexacto). Allí
investigan fluxiones,
caudales y turbulencias, curvas, ángulos y tangentes en una boda entre la
filosofía y las ciencias (aunque también se podría percibir la voz de la
economía como sistema de regulación de flujos móviles).
3. Crear el pueblo que falta. La expansión de lo viviente.
Toda esta constelación puesta a decirse persigue una experiencia del
pensamiento que desestabilice los hábitos que lo afincan a la impotencia, es
decir, que impiden su posibilidad de realizar conexiones novedosas. Según los
brujos, el exceso de racionalismo contemporáneo es en cierta manera una muerte,
una especie de tanatopolítica intelectual: “La
magia negra se reconoce en que al modelo de la muerte le sobreagrega una moral
que la hace pasar por verdadera vida (…) Sabemos por experiencia que el modelo
del paciente tratado es el zombi (centros psiquiátricos y oncológicos, terapias
intensivas), de modo que nada tendríamos que temerle al más enconado de los
hechiceros congoleses”.
Mientras el modelo tradicional de la medicina occidental (biopolítica,
podríamos decir) ausculta al cuerpo para detectar su enfermedad y desplegar
sobre él una vigilancia, los filósofos de la naturaleza operan una medicina
diferente, una medicina que no separa ni despoja al cuerpo de su potencia sino
que busca maximizarla. Persiguiendo a Deleuze y Guattari, la salud es aquello
que consiste en inventar un pueblo que falta, en crear un mundo.
Esa dinamización de la vida no está del lado de la medicina tradicional sino en
el territorio de los músicos, filósofos, de los artesanos del
cuerpo.
Cuando Deleuze y Guattari pensaron la expansión de la vida en 1991 lo
hicieron a partir de cierta tensión entre capitalismo y filosofía. Ambos se
encuentran en un plano de inmanencia donde la filosofía, apelando al pueblo que
falta, al viviente que aún no ha sido, despliega su crítica y deviene política.
La creación de conceptos desterritorializa al capitalismo “lo vuelve contra sí, para apelar a una tierra nueva, a un pueblo nuevo
(…) la utopía es la que realiza la conexión de la filosofía con su época (...)
Cada vez, es con la utopía que la filosofía se vuelve política y lleva al
extremo la crítica de su época”.
El arte y la filosofía se unen en el pueblo que falta, en la utopía, en tanto
se trata de la creación, pero el artista y el filósofo no pueden hacer un
pueblo, sólo pueden llamarlo con todas sus fuerzas. Los libros de filosofía y
de arte tienen en común una política minoritaria en tanto comparten “la resistencia a la muerte, a la
servidumbre, a lo intolerable, a la vergüenza, al presente”.
En ese mismo texto Deleuze y Guattari sostenían que los devenires
moleculares del pensamiento enseñan que hablar de muerte de la filosofía es una
futilidad. Se dice que los sistemas han fracasado cuando en realidad lo que
está cambiando es el propio concepto de sistema. Cuando hay trascendencia hay
religión pero cuando hay inmanencia, tiempo y lugar para crear conceptos
singulares, hay filosofía. Pensar es experimentar, pero la experimentación es
lo que se está haciendo y no lo que se ha acabado de hacer: lo nuevo, lo
destacable, lo interesante, un poco lo que Foucault indica cuando habla de
Actualidad o lo que Nietzsche llamaba Inactual. Es así que los brujos señalan
que el mejor de los mundos no es el mundo de lo eterno, ni siquiera el del
presente, sino aquel que produce lo nuevo, aquel que tiene capacidad de
novedad.
III. A manera de conclusión.
El texto de Prigogine y Stengers anunciaba la posibilidad de una nueva
alianza entre la filosofía y la ciencia así como también entre esta y la
naturaleza. El mundo se ha transformado decían: “Nos encontramos en un mundo indiscutiblemente aleatorio, en un mundo en
el que la reversibilidad y el determinismo son casos particulares y en el que
la irreversibilidad y la indeterminación microscópicas son la regla”.
La ciencia clásica (moderna) se construía contra la naturaleza, negando la
complejidad y el devenir, alegando un mundo eterno y conocible regido por un
pequeño número de leyes sencillas e inmutables. La naturaleza se pensaba como
una entidad “autómata” cuyos comportamientos eran accesibles al hombre a través
de los limitados recursos de la mecánica racional. Pero desde las nuevas
creaciones de la ciencia, ya no es la estabilidad lo que concentra la atención
de esos saberes sino las transformaciones, las crisis y las inestabilidades. El
hombre y la naturaleza aparecen ahora inextrincablemente vinculados, hasta el
punto en que en muchos casos es casi imposible delimitar quién es quién.
Esa metamorfosis de la ciencia es un intersticio desde el cual pensar un nuevo
naturalismo que reformule al hombre y a la naturaleza. El pensamiento, aunque
no puede salir nunca del todo de sí mismo: “puede
sin embargo abrirse y crear; crear un nuevo concepto de lo que se llamó leyes
de la naturaleza que llevaría a reconocerse a sí mismo como afirmación
exacerbada de lo que dichas leyes admiten como posible”.
La brujería aparece como un territorio para pensar la actualidad porque
permite pensar el movimiento y la transformación sin apelar a puntos de partida
o de llegada delimitados de antemano. Cuando el poder deviene inmanente, el
problema del pensamiento crítico ya no es tanto desandar los caminos de los
trascendentales (cada vez menos trascendentales en las arenas de la axiomática
capitalista). Su tarea parece ser más bien instaurar un plano de inmanencia en
la inmanencia misma, un plano que no reenvíe a la máquina de captura del deseo,
a los venenos de las retóricas de la denuncia, o del “deber ser” pero mucho
menos a los venenos de la resignación o la tristeza.
La brujería visibiliza las políticas del pensamiento presentes pero
también sus rupturas (en tanto es posible pensar ese quiebre), interpela al
pensamiento indicando la inmanencia del mundo para experimentarlo y no para
proclamar el caos o el sinsentido. Para los brujos la potencia no es un enigma,
un resto ni una latencia, sino una fuerza presente y activa. Pero además, la
brujería hace evidente que la manera en que nos relacionamos con el mundo (el
pensamiento, el cuerpo, lo viviente) siempre reenvía a una técnica. Cuando se
trata de modificar la manera en que se hace y se percibe al mundo, es
imprescindible volver la mirada sobre las técnicas, sobre la producción de
subjetividad. Pensar en saberes menores no es denunciar la falsedad de los
mayores, sino mostrar el estatuto de lo que no pasa los umbrales de
epistemologización de nuestros sistemas de verdad. En este sentido la brujería
posee una situación paradójica, ella muestra algo actual en nuestro presente,
algo que está siendo en la filosofía y en la ciencia pero que aún no podemos
pensar.
En definitiva, la brujería permite reflexionar sobre el vínculo entre
creencia y política, indicando que su nudo problemático no reside en la existencia
de una creencia sino de qué creencia se trata. Nuestro sistema de verdad no
puede volverse sobre las creencias que soportan sus saberes, se cree que no se
cree (un Apocalipsis de sinsentido). La ausencia de mito, decía Bataille, no es
la liberación de lo viviente sino el mito más gélido y opresivo. La utopía
deleuziana o la Actualidad de Foucault no nos dicen que “otro mundo es posible”
sino que este mundo está poblado de intensidades y de posibilidades de
movimiento aún impensadas. Los brujos creen (y crean) en la dimensión colectiva
como lugar de la potencia, en la continuidad entre lo material y lo inmaterial,
en la posibilidad humana de formar parte de ese continuum… En definitiva, en la profunda articulación entre comprensión y transformación, un poco a la manera en que Foucault señalaba que la
libertad del pensamiento consiste en la transformación de aquello que lo
condiciona (no más allá ni a pesar de, sino en). A partir del vínculo entre creencia y política es posible
plantear las distancias entre la potencia y la impotencia, un poco a la manera
en que puede pensarse la distinción entre la risa triste de la sátira que
enjuicia a la vida y la encuentra miserable, y la risa ética que celebra las
posibilidades de lo viviente.
No se trata entonces de oponer la “creatividad” a la axiomática
inmanente, sino de reflexionar de qué manera nuestro régimen de verdad
circunscribe la creatividad a ciertas tareas y, sobre todo, de qué manera se
consolida la imagen de un pensamiento detenido frente a la “verdad apocalíptica”.
Todos estos párrafos se montan sobre cierto supuesto que las filosofías de la
naturaleza comparten y que las ciencias contemporáneas comienzan a explorar,
que la vida es indeterminación permanente. La vida, señalaba Foucault en un
texto sobre Canguilheim es aquello “que es capaz de error”, aquello que puede
escapar (porque de hecho escapa) de los criterios de verdad que intentan
aprehenderla. Si se acepta que la manera en que se piensa al mundo hace mundo,
quienes subrayan la imposibilidad imposibilitan, mientras que quienes persiguen
intersticios, los abren. Los brujos muestran cómo creer y crear en este mundo
no es una cuestión de secreto sino de pragmática.