Tulio Halperín Donghi
Parte 3
Melancolía
En uno de sus textos referidos a Sarmiento Halperín nos dice que el maestro de maestros tenía nostalgia de las siestas coloniales que describe en sus Recuerdos de Provincia. En contraposición a la enseñanza escolar que nos habla del orden represivo del virreynato, Halperín nos da otra imagen. El orden colonial era tranquilo, equilibrado, no demasiado lujoso pero satisfactorio, autosustentable.
El Virreynato tenía unos 200.000 habitantes a fines del siglo XVIII. Buenos Aires 37000, Corrientes 5000, Santa Fe 6000. Unos pocos números nos pueden ofrecer al menos el contorno de un paisaje de época. Para obtenerlo debemos comparar. Nos permite darnos una idea del tipo de vida urbana que puede llegar a tener una ciudad de unos miles de habitantes.
En términos comparativos es útil poner lado a lado la población del virreynato con la de los EE.UU de América, ese hermano mayor que en la misma época lleva su propio proceso emancipador y su particular creación nacional. A fines del mismo siglo tiene una población de 2.500.000 de habitantes. Por lo general la comparación demográfica con el norte repetirá respecto de nosotros la misma proporción de diez a uno.
Seguiremos de la mano de Halperín un recorrido por aspectos salientes que nos permitan hacer un bosquejo impresionista de la colonia. Los principales textos que hemos usado y que se refieren al tema son Revolución y guerra ( Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla ), Guerra y finanzas ( En los orígenes del Estado argentino), La Formación de la clase terrateniente bonaerense y De la revolución de independencia a la Confederación rosista. Estos libros también nos servirán para las próximas fases.
Lo primero que nos llama la atención es la mención de las misiones jesuíticas que constituyeron un modelo económico y social. La educación de los indios fue inseparable de su servidumbre. La ambición de los jesuitas de no descuidar este mundo, la herencia de la Contrarreforma que los induce a no renunciar al saber a riesgo de perder el poder en manos de las astucias protestantes, los forma como un contingente de cartesianos del cristianismo romano. Aprenden las lenguas originales, tienen idea de cómo organizar unidades productivas, instruyen en las enseñanzas de la Biblia, en el temor de Dios, y construyen un dispositivo disciplinario estricto.
Su expulsión deja una formación económica que será típica de la región, las estancias, con un número de esclavos disponibles, que una vez terminadas las misiones sufrirán una drástica disminución de producción, cabezas de ganado y población aborigen.
La economía del virreynato dependía de las minas de Potosí. Desde allí partían los cargamentos de oro y de plata hacia el puerto de Buenos Aires en donde embarcaban hacia España. Se importaban desde la península las manufacturas necesarias para el consumo interno.
Buenos Aires, dice Halperín, es comparable a una ciudad española de segundo orden. Sus autoridades en ciertas circunstancias toman una serie de medidas para ajustarse al escenario cambiante del comercio internacional. Ante una demanda internacional creciente de trigo que sube los precios del pan en el mercado interno, llegan a prohibir las exportaciones para contener la inflación.
Esta forma de regulación de los precios internos mediante la intervención estatal sobre los productos exportables se repite en momentos en que el aumento de la demanda internacional provoca el alza de los mismos y la inflación interna. Sucede desde la época de la Colonia hasta nuestro 2008.
Fenómenos como éste nos hace pensar en la frase de Belgrano que puede trasladarse a las leyes de la economía: a la naturaleza se la domina de una sola manera, obedeciéndola.
El orden mercantil disfruta de una relativa prosperidad. Los vinos en Mendoza, el ganado en los llanos de La Rioja, el algodón en Catamarca, distribuyen una actividad económica en ascenso.
La zona rural junto a esclavos y peones, es recorrida por personajes cuentapropistas que se hacen cargo de tareas especiales como la yerra y la doma. Cobran su trabajo y siguen viaje.
La palabra “gaucho” suele usarse en la Banda Oriental para designar al villano, al matrero o cuatrero, acepción que cambiará de valor con los tiempos igualitarios de la Ilustración. Por una contraefectuación moral, gaucho será una identidad jactanciosa de un ser encarador y libre.
Como lo ve el lector, procedo a una presentación impresionista, es decir desordenada y colorista, que remite a mi experiencia de lectura de los textos de Halperín. Son detalles que pintan con pincel grueso un atisbo de ciertas formas de vida de una época que nos es lejana, casi incalcanzable, si no fuera que algunos de sus rasgos perviven en zonas de nuestro país. Aún están presentes en el llamado NOA, el noroeste argentino, en ciudades como Salta, Santiago del Estero, y en la misma Córdoba, en donde el criollismo se opone con orgullo a la Buenos Aires europeizada poblada por lo que a veces insisten en llamar “los italianos”.
Cada cual puede elegir los modos de exposición históricos que más le atraen. En lo que a mí respecta, deben combinar juegos de lenguaje, formas de vida y dispositivos de poder. En un lenguaje coloquial, me refiero a discursos, costumbres y poderes.
Discursos son los enunciados organizados con pretensión teórica así como las manifestaciones de la opinión pública y las comunicaciones privadas, en los más variados modos de expresión: periodísticos, epistolares, legislativos, eruditos.
Las formas de vida se manifiestan en las costumbres, transgresiones o singularidades de conducta, modos de vestir, comidas, relaciones familiares, arquitectura y diseño urbano, la ruralidad, el erotismo, acciones de la censura, ideales comunitarios, concepciones del espacio y del tiempo.
Los dispositivos de poder abarcan el funcionamiento de las instituciones, las organizaciones que responden a intereses de sectores sociales, los aparatos de Estado, y las relaciones de correspondencia y determinación entre ellas, así como sus autonomías relativas.
Cada una de estas instancias se prolongan en una serie ininterrumpida de etcéteras. Además se cruzan entre sí. Los juegos de lenguaje son parte de las formas de vida y de los dispositivos de poder sin los cuales ninguno de ellos funcionaría.
Por ejemplo en una catedral el sentido trasmitido por los sermones, el funcionamiento de las autoridades eclesiásticas y la disposición de bancos, púlpito, rituales y jerarquización de los presentes, reunen todos los aspectos mencionados y marcan con sus efectos las otras instancias.
Este modo de presentación de la narración histórica despliega la lectura que hace Gilles Deleuze de la problemática filosófica de Foucault en la que la luz y el lenguaje, los juegos enunciativos y las visibilidades, diagraman los espacios de poder y de saber.
Para quienes se guían por la clásica tríada de clases, ideologías y Estado, esta propuesta sólo los confundirá ya que su concepción de la historia se hace con bloques abstractos cuyas determinaciones, sobredeterminaciones, acoples y forzadas separaciones, se agotan en la saturación teoricista.
El miedo a la carne – para hablar como Merleau Ponty – da lugar a un formalismo exhibido a la manera de una ciencia y una estructuración lógica sin objeto. No es más que in intento de construir un vocabulario respetable, una nomenclatura con protocolo de ciencia social y de marxismo universitario.
Por eso lo que nos interesa de Halperín es un cierto desorden, que en realidad son cadenas seriales que se cruzan y recortan un período. Son parte de la dilemática y de los cuadros seriados de la historia.
Por lo visto el modelo del mural y también el de la novela, el contar una historia y desplegarla en toda su multiplicidad de personajes protagonistas y accesorios, situaciones alambicadas, una sonoridad polifónica, es el que a este lector place.
Leer historia puede ser un viaje imaginativo, no es necesariamente un intento de probar un modelo epistemológico que jibariza los acontecimientos. Comprender, analizar, narrar, focalizar, todos los estilos de pensamiento son bienvenidos en la escritura de la historia.
Volvamos a la colonia.
La sociedad colonial es un entramado de castas. Entre el peninsular, lo más alto de la jerarquía, y el aborigen, el grado más bajo, hay treinta y dos grados intermedios de categorías raciales de las cuales recordamos zambos, mulatos, mestizos, blancos y negros, y nos faltan nombres para las restantes veintisiete.
La figura del hidalgo persiste en el virreynato y sirve por su desprecio al trabajo y al comercio para eximir de impuestos a los peninsulares. Los americanos eran contribuyentes obligados. Se llama pobre decente al que perteneciendo a las clases altas, no tiene fortuna. Sarmiento era un pobre decente, y, según Halperín, nunca dejó de sentir esta especie de desvalorización social.
Un siglo después, la acepción modifica su atributo, y la gente decente se llamará “ principal”.
Uno de los modos en que el pobre decente asciende socialmente es con los estudios universitarios. La aspiración a poseer una “borla doctoral” y el hecho de obtenerla divide a los decentes. Moreno que la tenía por sus estudios en Chuquisaca puede darse el lujo de despreciar a un hombre como Rivadavia, hijo de un riquísmo comerciante gallego, por no tener estudios doctorales.
En 1744 había en Buenos Aires 16,5% de negros y en 1807 30%. En Tucumán 40% en 1706, pero en esta región cuatro de cada cinco eran libres. En tiempos de la revolución de 1810 en Buenos Aires de cada diez negros nueve eran esclavos. Si tomo las cifras de Halperín, el cálculo nos da que en tiempos de las invasiones inglesas, una cuarta parte de la población porteña era esclava.
Las tensiones entre castas y entre grupos sociales, animaban la siesta colonial. Era una sociedad con un estilo de vida barroco. La describe como de una imaginación aparatosa aplicada a un laberinto de ceremonias rituales. Este barroquismo se extendía a las clases populares con su pléyade de vagos y vendedores ambulantes, en un ambiente aldeano de un pueblo despreocupado, andrajoso y alegre.
Para Halperín el acontecimiento que marcará una nueva época y el comienzo de la emancipación son las Invasiones Inglesas. Desde ese momento se forja una identidad americana en el Río de la Plata. Esto se debe a la militarización de la sociedad que se armó en defensa de los intereses de la corona española.
Para combatir al almirante Beresford se formaron las milicias compuestas por cinco mil criollos y tres mil peninsulares . Por haber probado sus fuerzas, los americanos comenzaron a hacerse escuchar y a reiterar sus reclamos frente a las políticas discriminatorias.
La caída de la dinastía borbónica y la prisión de Fernando VII, divide a los peninsulares y a los criollos entre partidarios del heredero del trono y los adeptos de su hermana Carlota. Se suceden las rebeliones como la de Chuquisaca que pone frente a frente a estas facciones.
El comienzo de la crisis del dominio español ya ha comenzado. Los reclamos por la libertad de comercio, la penetración de ideas ilustradas, la disconformidad de los criollos que ya no aceptan las imposiciones y los privilegios de quienes ni siquiera tienen la base de legitimidad que los sostenía, los rumores acerca de las guerras europeas, la agitación de la opinión pública que se siente aislada en una ciudad sin referente metropolitano, estos factores preparan las condiciones para la revuelta de mayo.