LA CAJA DIGITAL
Nro. 24 - Año 3 - diciembre de 2008
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    Tulio Halperín Donghi
    Parte 2

    Fases


    Dividiremos la obra de Halperín en fases. La enumeración remite a la cronología de la historia argentina, a sus doscientos años de historia recorridos por los textos de nuestro historiador. Esta escansión es un molde arbitrario impuesto por nuestra lectura, que ha sido bautizada con nombres de géneros literarios y clínicos para resaltar que lo que se ve por la ventana de Halperín también trasmite un tono y un color.

    El realismo de los murales y la escritura de la historia no son sólo documentos, sino presentaciones en las que los condicionamientos que limitan y determinan la voluntad de los hombres, se hacen tangibles con la intensidad de sus actos.

    Para que haya historia debe haber una reflexión. Una nominación. Decir “estamos haciendo historia”  es un deseo de perdurabilidad. Pero la praxis si no se recupera se pierde. La historia es memoria. La memoria no es una colección de recuerdos. Lo que ya fue no está esperando la barca del pescador.

    En toda memorización hay un querer, un desear, un necesitar. Hay un factor pulsional en ella. Volvemos atrás para encontrar una continuidad. No importa si la línea que une está  discontinuada por intermitencias, vacíos, mutaciones, la continuidad no tiene por qué ser lisa, puede ser estriada, con cabos sueltos, con momentos de amnesia.

    Desde los griegos el logos es discurso, es decir hilo de Ariadna que une para poder ir y volver del Laberinto, emparentado con la Musa de la Memoria, Mnemosyne.

    La voluntad de historizar no llega a comprenderlo todo. El historiador también debe decidir, el dilema es parte de su pensamiento. No puede saturar el deseo de saber, ni suturar los inevitables enigmas.

    Entender el por qué de nuestro presente provoca el movimiento al pasado. Por eso no hay ciencia de la historia, el objeto del conocimiento es un híbrido temporal. No se trata de una derivación antropólica ni de una elucubración de la fenomenología filosófica basada en idealismos.

    De esta tradición sólo podemos recuperar la idea husserliana de una disciplina anexacta y rigurosa en la que el investigador no es un ser doble sujeto-objeto implicado en la tarea.

    La identidad de su labor tampoco está determinada por la consecuencia pseudopolítica de un compromiso.

    En una entrevista a Halperín que hizo Felipe Pigna ( 20/6/2008 ), luego de presentarlo con ambigüedad como “el más destacado historiador argentino”, cita al historiador catalán Josep Fontana que dice: “ todo trabajo de historiador es político. Nadie puede estudiar, por ejemplo, la Inquisición como si estuviera investigando la vida de los insectos, en la que se involucra. Porque, o el trabajo del historiador tiene utilidad para la gente afuera de las aulas, o no sirve para nada”.

    Más allá de las razones catalanas, no hacía falta citar una supuesta fuente autorizada para justificar una labor personal, también es posible defenderse solo si es necesario hacerlo. Un dilema no es una falsa opción. Historia con o sin política es una falsa opción. Un historiador que no tense hasta los extremos sus creencias y su pensamiento, que no ponga en tela de juicio la educación recibida, sus opciones ideológicas, no está preparado para la tarea filosófica del historiador: para pensar en los otros también hay que poder contra sí mismo.

    La ética del intelectual consiste en estar preparado para encontrar aquello que no se quería buscar. Halperín es más simple, dice que un intelectual es alguien que busca la verdad. Esta solemnidad se debe a cierto desprecio que tiene frente a quienes se yerguen en pastores de su comunidad y profetas de la opinión. Pero no deja de ser cierto esta especie de misión,  siempre que la verdad no se resuma a las tablas de la ley, sino a la disposición a cambiar, a incluir lo no previsto, a no temer la complejidad, y a darle lugar a la incertidumbre que no impide decidir y tomar posición.  

    La verdad no está allá a la espera de su descubridor moral sino una actitud de no conformismo con lo ya sabido y una necesidad irrefrenable de interrogar. No se trata de la supuesta neutralidad que hace que la Inquisición se analice con la distancia del insectólogo, ni que el especialista estudie la vida de los insectos pensando en las máquinas de tortura, son proyecciones de una psicología demasiado elemental.

    Dice el historiador Fernand Braudel ( Civilization matérielle, Économie et Capitalisme XV-XVIII: Le temps du monde): “ el historiador aún cuando se espanta ante tantas brutalidades, no puede sino divertirse ( amuser) con las imbricaciones calculadas y sorprendentes, hasta graciosas ( cocasses) de las compras, los cargamentos, ventas e intercambio”.

    El espectáculo del mundo tiene de todo, y los estados de ánimo que provoca no son uniformes. No se escribe historia con severidad, culpa y fanatismo, cuando se lo hace así, lo que se fabrica es un mito, no el antiguo, que oficiaba de imaginería fundacional, sino el moderno, que cumple la función moralizadora de la venganza y del resentimiento.

    Halperín en un reportaje ( Perfil 7/5/2006) ante la pregunta:

    -          ¿ Qué opina de que el Gobierno distribuya los videos del programa “Algo habrán hecho” de Felipe Pigna?

    Responde:

         -    La verdad es que yo no los vi. De todos modos, creo que la Argentina se las ha arreglado para tener una visión incoherente de su pasado. Eso me impresionó en mi visita anterior durante la campaña, con unos actos absurdos en los que la señora Kirchner arengaba a militantes del sindicato de la construcción. Ella hablaba con entusiasmo y decía: “ Somos la Argentina de Moreno, Belgrano, San Martín, y...Eva Perón.” Y entre Eva Perón y el resto no había nadie, el desierto, porque no dejó títere con cabeza. Me parece que ese sentido común histórico refleja como está el país”.

    Ahora las fases.

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