LA CAJA DIGITAL
Nro. 24 - Año 3 - diciembre de 2008
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    Tulio Halperín Donghi
    Parte 1

    Apuntes para una dilemática


     

    Los dilemas exigen una decisión, los problemas una solución. Halperín hace una historia política de la Argentina entendida como una serie de acontecimientos en los que las decisiones tienen un costo. Es una historia de pérdidas. Se podrá decir que también de beneficios, pero para eso habría que hacer un balance, y el historiador lo hará, en especial en los últimos libros y en reportajes recientes.

    Es difícil hablar de método para caracterizar la perspectiva que encara Halperín en sus investigaciones. Sus libros no son todos iguales, los hay de neto corte académico con predominancia del archivo, y otros ensayísticos y polémicos.

    Raúl Fradkin afirma que en su obra hay una influencia de Fernand Braudel, el tutor de tesis del  doctorado de Halperín en la Escuela de Altos Estudios de París. Ella se muestra en una concepción de la historia como un entralazado de conjuntos y su derivación en series. 

    Sin embargo, más allá de la búsqueda de una epistemología en realidad ausente y difusa aún en estado práctico, prefiero visualizar a los textos del historiador como uno de los frescos del mejicano Rivera.

    Es un gran relato sin sentido unificador. Los sucesos se muestran en su despliegue y se juntan y sueltan, se enlazan y se separan, marcan rupturas o presentan retornos, en un muestrario de conflictos de variada naturaleza.

    No hay determinaciones causales económicas ni de naturaleza mecánica o dialéctica. Nada se sintetiza, ni el movimiento de la historia asciende paso a paso a un escalón superador ni a una síntesis final. Tampoco hay repetición de figuras o motivos.

    El encanto de la historia reside en que nada se repite salvo las pasiones. La racionalidad es histórica. Los modos en que los hombres diagraman su acción, las condiciones en que lo hacen, las estrategias que programan, muestran una inventiva inacabable. Tiene la riqueza del lenguaje y de su modelo generativo.

    Pero las pasiones se condensan y se repiten. La voluntad de poder, la defensa de lo adquirido, el miedo a perderlo todo, a morir, las envidias y los celos, la defensa del honor y de la dignidad, la lucha por el reconocimiento, el motor de la supervivencia, atraviesan el campo de la historia y no la dejan descansar en la paz lógica.

    Fradkin ( Discutir Halperín ) separa dos escrituras de la historia. Una de corte analítico y otra narrativo. Es una separación discutible ya que la seduccción del relato histórico reside en el talento de hacer del análisis una narración atractiva. Es el componente de “intriga” de la exposición literaria de la historia de la que habla Paul Veyne, y que él lleva a cabo con singular talento.

    Afirma también que la escritura analítica es más arriesgada ya que los conceptos deben ser explicitados por lo que no pueden eludir su puesta al desnudo en la arena pública. Por el contrario, subraya, la fascinación narrativa puede ser engañosa y distraernos de las obligaciones de la objetividad.

    Nuevamente un binarismo de autodefensa. El temor ante los encantos de la sofística puede ser una excusa ante una mala escritura y la pésima presentación literaria a la que nos quiere acostumbrar el estilo documentalista.

    La escritura es la materia del historiador. Su invitable desafío. El mismo Fradkin se siente atraído por este aspecto en su libro Fusilaron a Dorrego, en el que mima  un relato de erudición invisible que se pretende ajustado a los hechos históricos con muy pocas  referencias a colegas y documentos.

     

    En Halperín hay una prosa extraña. Sus lectores se quejan de la longitud de sus frases pletóricas de subordinadas. Puede llevar un cierto esfuerzo hacerse al ritmo escritural de su lengua. A veces parecen frases escritas en un latín  que nos obliga al terminar la oración,  volver a su inicio por haber olvidado de qué se estaba hablando.

    En su último libro autobiográfico Son memorias, su estilo adquiere una singular belleza y resalta su juego literario. Desprendido de la confrontación con el orden de los documentos y de la constricción de la historia colectiva,  se permite la intromisión del capricho de la memoria personal y de la arbitrariedad de los detalles personales que acortan sus frases y las hacen más vivaces.

    Halperín ha recorrido toda la historia argentina. Lo ha hecho desde 1806, las Invasiones Inglesas, hasta hoy. Sus textos son heterogéneos. Hay materiales eruditos y otros son ensayos de actualidad, intervenciones en el campo de la política por medio de entrevistas, presentaciones de libros, etc.

    Si nosotros fuéramos visitantes al país que nos entrega, pasajeros de un tren llamado Argentina, ¿ qué veríamos? ¿Contemplariamos algo más que la aparición y súbita desaparición de imágenes veloces sin recuperación ninguna?

    Lo enunciamos de otro modo: ¿ la historia argentina tiene sentido? ¿ Podemos catalogarla como un gran relato?

    En la palabra sentido confluyen dos coordenadas. Por un lado designa una profundidad estable que subyace al acontecer fortuito de los hechos. Por el otro define una dirección, una inclinación o tendencia. Esta última remite a una corriente horizontal, inmanente a los acontecimientos, sin que se señale  una permanencia que sobrecodica a la superficie.

    Por la ventana llamada Halperín emmarcada en el tren argentino, no se percibe un paisaje necesario. No hay necesidad, tampoco destino. De haberlo, la tarea de desciframiento estaría a cargo de un oráculo, un vidente, un auscultador de misterios.

    Tarea que fue habitual en nuestros pensadores de la década infame. Mallea, Martinez Estrada, los revisionistas, pensaban que algo había fallado en la Argentina. En un momento la Argentina se “había jodido”, como decía Vargas Llosa refiriéndose en una novela al Perú.

    Una fisura estructural, una grieta básica, una traición esencial, la historia argentina en términos de necesidad, remite a un origen, un pasado oculto que la razón histórica debe develar. Hay una verdad en danza.

    Halperín que no es brujo, simplemente dice constatar que nuestro país ha perdido el rumbo desde 1929, hace ochenta años.

    Estamos por cumplir el octogésimo aniversario desde  que derivamos en el mar de los tiempos sin timonel ni puerto seguro.

    Pero si no hay necesidad, ¿qué queda entonces de una contingencia que se asoma como una colección alocada de hechos atomísticos o de un rebote de sucesos sin sentido? Los períodos de largo plazo que recorta Halperín, fragmentos temporales de unos treinta o más

    años,  ordenan a lo sumo períodos históricos separados por cataclismos o sacudidas,  temblores propios de una república sísmica, “ a fitful republic”, como cita nuestro  historiador.

    Hay necesidad de orden. Comprender es ordenar. Pensar es elaborar una sintaxis que haga comprensible y comunicable el arsenal alfabético. Es cierto que hay lógicas locas. El filósofo Gilles Deleuze incluyó en la historia de la filosofía a la lógica de Lewis Caroll, y creó un nicho para que desplegara sus sin sentidos. La paradoja, los absurdos, las elisiones, los retruécanos, son varias las figuras retóricas que inquietan a la lógica identitaria.

    El dilema es una de ellas.

    ¿Cómo escapar al dilema sin pagar el costo al que nos obliga? ¿ Cómo sortear el precio de la incertidumbre, el riesgo del error, el de la apuesta pascaliana?

    Uno de los modos habituales de configurar un orden deriva de los tiempos escolásticos. Se trata de asimilar la búsqueda de una causa al señalamiento de un culpable. Causa y culpa se declinan juntas. Para este tipo de procedimiento el pensamiento binario es de gran utilidad. Si hay un culpable también hay una víctima, no solo alguien inocente sino además damnificado. En este espacio juridico el dictamen de justicia debe hacerse según criterios explícitos.

    Las principales víctimas de la historia argentina han sido el pueblo y la patria. Son dos entidades vejadas por la oligarquía y el imperialismo. Por otro lado, en la trinchera de en frente, las principales víctimas de la historia argentina son la razón y la civilización, y sus violadores son la barbarie y la ignorancia.

    Las víctimas son fundamentalmente valores. La misma noción de pueblo es un valor, no hay pueblo si no es depositario de principios éticos. Sometido, pobre, despojado, valiente, explotado, humilde, generoso. La patria es padre y madre, una voz de las alturas y una cuna con aroma a lavanda, linaje, raíz, totem, identidad fraternal, mandato divino y posibilidad de odio.

    Civilización y razón son valores de progreso, méritos bien ganados, distancia social justificada, higiene urbana, respeto al superior, moderación en la protesta, aceptación de las mediaciones y sometimiento a los tiempos diferidos al que obligan las instituciones republicanas, correción e insipidez.

    Como dice Halperín, la respetabilidad y la miseria se imponen de arriba.

    La dilemática es una vía filosófica para la determinación del campo de la historia. Proviene de algunas corrientes de la tradición filosófica en la que se combinan las sombras de la  caverna de Platón, el azar y la necesidad en la interpretación estoica, el nominalismo medieval, la practicidad de Maquiavelo, la mirada cansada de Montaigne, el mundo de composibles leibnizianos, la inmanencia de Spinoza, y una larga lista de creadores filosóficos que se coronan con la finitud kantiana, el ateísmo teológico de Kierkegaard, el tragicismo nietzscheano y la épica marxista.

    Cien años después, esta enorme mochila filosófica que se nos ocurre enumerar se completa con los clásicos del siglo XX, Heidegger, Wittgenstein, Deleuze y Foucault, que enriquecerán teóricamente el escepticismo activo de nuestra modernidad occidental, actitud filosófica de la que deriva la racionalidad histórica, con la que emparentamos a Halperín, posiblemente, sin su acuerdo y a pesar suyo.

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