LA CAJA DIGITAL
Nro. 1 - Año 3 - enero de 2008
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      JORNADAS MICHEL FOUCAULT
      NOVIEMBRE 2007. MAR DEL PLATA


    TA: Una de las cosas que a mí me llamaba la atención en esta relación de ya hace tiempo con Florencia en el trabajo común que estamos haciendo sobre Foucault en el tema de HS y la espiritualidad, era la insistencia que ella tenía – que  viene de un campo extraño a la filosofía aparentemente, digamos, que es lo jurídico – era la insistencia que ella tenía en dar importancia a la filosofía, y dar importancia a los filósofos, cosa que yo siempre tengo algún escepticismo, y alguna sospecha en estas afirmaciones de que los filósofos fueron grandes hombres y que hay algo ponderable o importante o extraordinario en los filósofos en general, más allá de la enumeración de la que podemos destacar algunos y otros no. Florencia siempre me decía: “No, no, un filósofo es alguien importante” y que los filósofos no eran gente común. Y yo le insistía que el filósofo siempre es un tipo absolutamente común. Por eso hicieron todas las cosas raras que hicieron, por eso eligieron cosas abominables que también eligieron, por eso eran misóginos, misántropos, tenían sus propios prejuicios.
     
     
     
    Un filósofo no es una persona buena, no es una persona noble, ni es una persona que tenga alguna genialidad. Es algo común, por eso se distingue de un sabio, un filósofo no es un sabio, la filosofía se distingue de la sabiduría por la misma definición de filosofía y porque en Grecia esto era así, en Grecia la filosofía nace como un género decadente, un género perdido, escritural, alejado de la comunicación de la verdad; no como la transmisión del saber, sino como la transmisión hasta de la impotencia y de la ignorancia. Entonces no podíamos adscribirle a la filosofía cuestiones que tienen que ver con el gran saber, o la gran episteme, o la gran sabiduría, que bien pueden adjudicarsela ellos mismos a los orientales o los confucianos o los hinduistas, etc., que hacen que muchos consideren a la filosofía como la forma de la sabiduría transmisible por gurúes, por sabios, etc. Incluso puede que sea una persona común que lucha en lo común y esto desde Sócrates. Sócrates era una persona absolutamente común, por más endiosado que fuera por su discípulo Platón. Era un hombre común que luchaba por las cosas de sus conciudadanos y de la comunidad, y éste es rol político de la filosofía que la distingue desde sus mismos inicios.
     
     
    Y esto era algo que yo le comunicaba al mismo tiempo que ella insistía, intransigentemente, que el filósofo era una persona especial y que la transmisión de la filosofía en la época antigua, por ejemplo, no era la de la enseñanza universitaria; ni la de la academia, ni la del liceo, ni el de que una persona que sabe le transmite a un discípulo ignorante una especie de canon de verdades que el otro tiene que aprender con métodos en forma objetiva, hasta recibirse de la academia o del liceo de filósofo, sino que había otra cosa en esa relación. Esto es algo que yo pongo en puntos suspensivos, porque es algo que me pregunto. Florencia me hizo preguntar si realmente había en el encuentro entre alguien dedicado a la filosofía como Sócrates (bueno es el gran padre, es el gran emblema que nosotros tenemos) y la gente que lo escuchaba, ¿por qué lo escuchaba?, ¿porque era muy inteligente?, porque atractivo no era, era feo, gordo, petiso y pelado. ¿Porque tenía un prestigio? Era hijo de artesanos picapedreros, ni siquiera artesanos, un hombre de la plebe. Es cierto además, ratificando su tesis, que Sócrates era absolutamente seductor y encantador por lo cuál los jóvenes lo admiraban y lo seguían y que tenía ciertas dotes personales que no manifestaban necesariamente un poder en el sentido clásico del término pero si un poder con respecto de sí mismo: un control de sí. Un control de sí que era al mismo tiempo una avanzada en el camino de la espiritualidad, del conocimiento y de la posibilidad de ofrecer algo que no fuera el engaño, ya fuera de los sofistas, de los políticos, de los pretores, o de los que gobernaban la ciudad. Un cierto control sobre sí mismo que al mismo tiempo era un hábito de libertad.
     
     
    Foucault muere en el momento que trata estas cosas y yo recuerdo en alguna reunión que los últimos temas que le interesaban era el tema de la hermandad filosófica, es decir, el tema de la amistad. La filosofía tiene que ver con la amistad, la filia tiene que ver con la amistad, no se puede hacer filosofía sin un prójimo, no hay filosofía posible sin un otro, y como ella (Florencia) lo dice también, no se si lo dijiste en este escrito o lo vimos en otro lado: no hay cuidado de sí sin el otro. No se puede hacer filosofía, ni con la meditación trascendental, no se puede hacer filosofía con la introspección: la filosofía es de proximidad. Y de alguna manera es cierto también que las ideas de universalidad, las ideas de humanidad se dan en espacios de convivencia sumamente pequeños, locales. No se puede tener una idea de humanidad si no se vive en un vecindario, porque esa es la idea que tenemos de que puede haber iguales, porque nos conocemos, más o menos conocemos nuestros nombres, como la pequeña Atenas. De esta proximidad, de esta interrelación de la gente, nos puede dar una idea de equidad, de igualdad. No se puede tejer una idea de la humanidad en la abstracción planetaria, sino en este pueblo agrandado. Entonces, la idea de proximidad y del otro, así como las inquietudes comunitarias, o sea, la política, está en la base de la filosofía.
     
     
    Entonces ¿cómo ligar espiritualidad y política?  No es una espiritualidad la que nosotros hacemos con nosotros mismos, una tecnología del yo frente a un espejo; la tecnología del yo implica al otro, implica al prójimo, pero no al prójimo desde el punto de vista caritativo, ni cristiano, ni siquiera en todos los tipos de otreidad en donde el prójimo es una especie de intersujeto con el que se practica una intersubjetividad de la tolerancia, del respeto. Es mucho más fuerte que eso, es el interés por la cosa pública, es el interés por la transformación de las cosas. Es el interés por hacer de lo necesario, como lo dice Foucault, algo contingente y transformarlo, como a nosotros mismos, que no somos hijos de la naturaleza, sino de la contingencia y de la situación. La transformación. Entonces, esta idea de espiritualidad, no es una idea del espíritu, es una idea absolutamente concreta y material, cosa que siempre le interesó a Foucault. Son las formas del hacer, por eso habla tanto de tecnología.
     
     
     ¿Por qué un filósofo habla de tecnología si no es un ingeniero, ni es alguien que tenga que ver con ningún tipo de esas disciplinas? Y sin embargo habla siempre de tecnología, porque son las formas racionales de la organización del hacer. ¿Y por qué habla siempre de estrategias? Foucault habla de estrategias no porque le guste la guerra, ni las artes marciales, ni nada por el estilo, sino porque las formas de la reacción entre unos y otros, la forma en que yo me modifico, en realidad, en relación a las situaciones; las formas que el hacer de los otros me modifican a mí, es el ámbito estratégico. El ámbito estratégico es el ámbito del juego. Por eso Foucault, invocando un poquito a Wittgenstein también, habla de “juegos de lenguaje”: esta es la estrategia. Nosotros tenemos tecnologías y tenemos estrategias; tenemos formas de racionalidad de la organización y tenemos el ámbito del juego de acciones y reacciones en la comunidad. Este es el ámbito que para Michel Foucault es el de la libertad. La espiritualidad en Foucault es la libertad.
     
     
    Por eso él, en este extraordinario curso, artículo que se llama “¿Qué son las luces?” o “¿Qué es la ilustración?”, también, del último año de su vida, creo que es del ’83, un año antes de morir, esta atracción por el tema de la Ilustración de un hombre que escribió libros enteros, no contra la Ilustración, sino contra una cierta versión de la Ilustración que hace que este ámbito del “progreso y administración”, como decía Roca, de paz y administración, la Ilustración tuviera una vertiente kantiana, con la que él va a contracorriente, por ejemplo en Vigilar y castigar, mostrando que el tema de la Ilustración en el siglo XIX finalmente se transforma en un siglo de la vigilancia, de la relación entre Estado y poder y que la famosa Ilustración teje su libertad en un ámbito de custodia. ¿Y por qué es un hombre que años después vuelve sobre el tema de la Ilustración como escuchamos hoy a la tarde varias versiones especialmente de Natalia (Ortiz Maldonado), en la que habla de la resignificación de la modernidad y la resignificación de la Ilustración? Pero ¿qué es la libertad para Foucault?: es transformar la situación existente que siempre nos dicen que es necesaria. Es contra el realismo, contra esta fatalidad moderna de que las cosas son así; y que las cosas son así, porque las cosas son necesarias. Y contra la necesidad lucha la contingencia: no son necesarias, son modificables. Esto parece un lugar común y una banalidad, creo que no lo es.
     
     
    Yo creo que esta pregunta, por lo que decía Florencia, y el tema de la hermenéutica del sujeto, el tema de la parrhesía, de la Ilustración, Foucault nos pone frente a frente con el tema de ¿qué es la filosofía?, ¿para qué sirve la filosofía?, ¿por qué hacemos filosofía? Una disciplina en parte bastante olvidada, antigua, de 2500 años, que da lugar a tantos malos entendidos, o sea, ¿qué relación tenemos con esta afición, esta vocación que tenemos por la filosofía? Y yo creo que allí no hay una respuesta dogmática, no hay una respuesta canónica. Como arrancaba todo el tiempo Foucault ante todas las preguntas sobre la identidad que le hacían, ¿usted qué es?, ¿usted quién es?, dígame cómo se llama lo que usted hace: ¿es historia, es sociología?, ¿qué es?, ¿una historia de la penalidad?, ¿cómo puede usted llamarse filósofo haciendo una historia de la penalidad?, ¿usted qué es?, ¿es un historiador?, los historiadores dicen que no es un historiador... Son las preguntas de la identidad. Dice Foucault: yo no se si existe la filosofía, lo que si se es que hay filósofos. Hay filósofos. Ahora, si hay filosofía, como género y demás, eso no lo sabemos. Que hay filósofos, hay filósofos, y él uno de los más grandes de la historia contemporánea.
     
     
    Yo creo que el ethos, como dice Foucault, es la espiritualidad, y su ethos es la actitud frente a la actualidad, frente a lo que está pasando, frente a este presente como hablaba hoy Mónica Cabrera también hablando de Sartre[1]. Cada filósofo le habla a su presente, pero le habla a su presente de tal modo, de una forma tan absoluta, que no es relativo a un futuro. Quiere decir, nosotros podemos leer a Platón, podemos leer a Wittgenstein, podemos leer a Spinoza, o podemos leer a Sartre, y ellos están en su tiempo y sin embargo, aprendemos de la relación que ellos tienen con su tiempo. No es que ellos nos hablan a nosotros, Platón no escribió para el tercer milenio, no escribió para la posteridad, ni siquiera Nietzsche lo hizo para la posteridad. Tiene una relación con su tiempo, de tal modo, de tal descompaginación, de tal creación de fisura y de ruptura, de tal dar vuelta la cultura de lo hegemónico, de tal enfrentarse a la conformidad general, de pensar en forma tan absoluta a su tiempo, que de eso nosotros podemos aprender: de la actitud, es decir del ethos, ésta es la espiritualidad. La palabra espiritualidad, o la palabra espíritu nos puede invocar cosas que tienen que ver con el alma, esto no tiene que ver con el alma sólo; tiene que ver con las dos cosas, que supongo que existen, al menos según Platón, que son el alma y el cuerpo.
     
     
    Yo creo que la filosofía moderna, que es la que nosotros habitamos, la filosofía moderna tiene su nacimiento en Kant. Este Kant que también Foucault empieza a pensar nuevamente, lo hizo en “Las palabras y las cosas” desde su famoso Capítulo IX: “El hombre y sus dobles”, lo hizo en su estudio-prólogo que hizo de la traducción del alemán de la “Antropología pragmática”. Este Kant, Foucault lo retoma en este tema de “¿Qué es la ilustración?”. Kant no es el filósofo de la universalidad, Kant no es el filósofo de la moralidad universal, Kant no es el filósofo en donde en este momento Europa está buscando su propia espiritualidad, porque Europa está buscando su propia espiritualidad frente a la avanzada religiosa. Y frente a esta fuerte avanzada religiosa, insospechada en el siglo XX, ¿quién hubiera pensado hoy en día que la espiritualidad se conjuga en términos religiosos, a través del Islam, a través de otras sectas evangélicas y demás? Que la religión sea un tema hoy en día jamás se hubiera pensado desde el siglo XIX para adelante, que vivíamos la cultura secular de la emancipación. Que hoy en día, el tema de la religión tenga una avanzada tal, una espiritualidad tal, Foucault lo dijo también, en sus artículos periodísticos sobre Khomeini y sobre Irán, de los que recibió tantas críticas en el año 80, porque fue a Irán como corresponsal de un diario italiano. Decía que en Irán él veía, más allá de Khomeini, espiritualidad, o sea, la política estaba dependiendo de una espiritualidad, o sea, de una conversión de los sujetos. No solamente de un Estado de Bienestar, de una transformación de la situación económica y política, sino que apelaba a los sujetos, a transformarse a si mismos, y eso claro, se lo daba una vertiente religiosa.
     
     
    Hoy Europa se enfrenta a esta intensidad religiosa de gente que muere por una fe, que se pone una bomba en el bolsillo por una fe, etcétera, en una sociedad hipermoderna, polarizada, escéptica, de la conveniencia, pragmática y demás, entonces va a buscar su espiritualidad, como la buscó Estados Unidos, y la está buscando a través también de sus pensadores, los padres fundadores, o incluso en cuestiones religiosas como el eje del bien y del mal, etc., Europa la está buscando y la busca en su base espiritual y está Kant. Está Kant, está la idea de solidaridad, la idea de moralidad, la idea de una posible secularidad sobre la base de una moral universal que tiene por objeto y protagonista la “humanidad”. Bueno, este no es el Kant de Foucault, no es además el Kant que a mí particularmente me parece absolutamente revolucionario.
     
     
    Kant es el que inicia la filosofía de la modernidad porque es el que signa, no la imposibilidad de la metafísica como ciencia, sino la metafísica como filosofía del no saber, porque la filosofía no es saber. No hay progreso en la filosofía, esto lo tenemos que saber todos: Wittgenstein no es mejor que Platón. ¿Y esto por qué pasa? Porque en todo el resto de las disciplinas científicas nosotros podemos decir que hay un progreso, que hay una especie de ensanchamiento de horizontes, que un Einstein incluye el paradigma newtoniano y que lo ubica en un horizonte distinto. En filosofía no, en filosofía estamos siempre en lo mismo y siempre de forma distinta. Eso por algo es, eso es porque no hay progreso del saber en la filosofía. No hay acumulación ni conocimiento en la filosofía. No es conocimiento. La filosofía no es saber. Y Kant lo dijo: es distinto el pensar y el saber. Se piensa, cuando no se sabe. Y esto es así. Porque si nosotros sabemos, no hay problema. Y cuando nosotros pensamos, es porque hay un problema. Hay un problema que con nuestro saber no lo podemos solucionar. Por eso tenemos que pensar. Pensamos porque hay dificultad, pensamos porque hay un problema, pensamos porque hay una imposibilidad, pensamos porque hay algo incognoscible, pensamos porque hay impoder. Si el saber tiene que ver con el poder, el pensar tiene que ver con el impoder. Y también tendrá que ver con el contrapoder, otra palabra que usa Foucault como “contraconductas”, el “contrapoder”, etcétera. Ahí se ubica el pensamiento. Y esto lo dijo Kant.
     
     
    Los principales temas de la filosofía, desde los griegos en adelante hasta Kant, son: el alma, la inmortalidad; el mundo, o sea, el sentido del gran relato; y Dios, la causa de las causas, la causa final y la causa originaria. Y cuando él dice que la filosofía no puede responder ni a la causa inicial y final, ni al sentido global de lo que es, ni a lo que pasa después de la muerte, ¿qué le queda a la filosofía?: preguntárselo todo el tiempo. Eso es lo que le queda a la filosofía. Sabiendo que no hay respuesta desde el saber, hay una permanente insistencia a la pregunta por el pensar. No podemos dejar de preguntarnos, desde la filosofía, por el sentido de todas las cosas, o sea, de la idea de totalidad. No podemos dejar de pensar en eso, sin saberlo nunca, sin poder configurar una idea de la totalidad, a la manera de Hegel, que quiso suturar la fisura abierta por Kant. Esta fisura está abierta: no hay relato global, no hay sentido general, no hay más allá de nuestra vida, no lo podemos saber, y tampoco hay origen. Y sin embargo, según Kant, la naturaleza de la razón, como facultad, nos impone esa pregunta. Ese preguntar permanente, sin respuesta y trabajar la pregunta y darle forma, eso es lo que inaugura Kant. E inaugura esa cosa extraordinaria de introducir en la filosofía el tema de la ficción, es decir, tenemos que hacer “como si”: tenemos que hacer “como si” Dios existiera, tendríamos que hacer “como si” el alma fuera una realidad más allá de la muerte, tenemos que hacer “como si” el mundo es una totalidad en la que el sentido se vuelve coherente. Pero este “como si” recalca aún más la fisura.
     
     
    Yo creo que Kant inaugura la filosofía moderna, porque la filosofía moderna no tiene que ver con el saber, no tiene que ver con la ciencia, es distinta a la ciencia. Es un arte de la pregunta y un arte de la interpelación. Es una palabra maravillosa que insistía mucho, recuerdo, Louis Althusser, con esto. Interpelar, ¿qué es interpelar? Es llamar la atención. Uno interpela porque llama la atención. Llamar la atención del presente. Llamar la atención. Es arte de la interpelación y arte de la pregunta.
     
     
    Y esta apertura kantiana, la sigue un filósofo que es Kierkegaard. Kierkegaard, lo mismo que hizo Kant con la razón, lo hace con la fe. La fe no es creer, la fe es crear. Nadie cree en algo que sabe. ¿Cómo va a creer en algo que uno sabe?, porque si Dios estuviera acá presente, nadie creería en él, hablaríamos con él, le pediríamos un poco de dinero o alguna ayudita, pero no es necesario creer en lo que se ve. Se cree en lo que no se ve. O se cree en lo que se promete, en el hecho ausente anticipado por una palabra presente. Esta es la revolución de Abraham, que es el monoteísmo, que toma Kierkegaard en ese libro maravilloso que es Temor y temblor. Abraham, para demostrar que es un hombre de fe, tiene que sacrificar lo más querido que él tiene que es su hijo, porque si no la fe no tiene consistencia, no se cree a medias. Pero esto lo tiene que sacrificar justamente porque es un hombre de fe. Es un hombre que juega con la paradoja, el absurdo y con el salto. Para Kierkegaard creer es una decisión. Es un acto de decir: para ser un hombre de fe, hay que crear. Entonces él crea la fe. Que no es lo mismo que creer. Desde el punto de vista moral Abraham es un criminal, porque desde el punto de vista ético es un criminal. Pero, desde el punto de vista de la fe, su acto es absoluto. No se puede creer a medias, no se puede creer el domingo. Entonces, contra esta lucha inventa Kierkegaard, lo mismo que Kant con la razón, la fisura de la creencia, la fisura de la fe. Con estos elementos nocionales se genera la filosofía de la existencia. Así como Kant va a dar lugar (el riguroso, racional y metódico Kant) a toda la corriente romántica; Kierkegaard, el pastor, va a dar lugar a la filosofía de la existencia, que la van a desarrollar los grandes ateos del siglo XX, como por ejemplo Sartre y Camus, que son los lectores de Kierkegaard. El ateísmo. A la vueltita de la esquina de la fe está el sin dios; a la vueltita de la esquina de la fe está el ateísmo sin garantía; filosofía del absurdo, filosofía del sin-sentido, del acto y de la libertad, a través de este Kierkegaard, el continuador de Kant en la filosofía moderna.
     
     
    El tercero es Nietzsche. Nietzsche es muy curioso, porque en esta fisura, él lo que hace... Si en Kant la fisura todavía tiene un horizonte regulador, tiene una ficción del “como si”, tiene una especie de ficción razonable, algo así como un consuelo de la razón, y en Kierkegaard todavía hay un llamado a la fe en estas idas y venidas permanentes de Kierkegaard entre la oración y la blasfemia, en Nietzsche ya no se vuelve, Dios ha muerto.  Nietzsche hace de la fisura, una fiesta. Es decir, hace de la tragedia, del espíritu trágico, un carnaval, o sea, un juego. No nos queda más que vivir hasta morir. Eso es lo que dice Nietzsche: no nos queda más que vivir. Aparentemente no es poco. No nos queda más que vivir. Y en el juego de vivir, los ídolos van y vienen, son de barro, tienen pies de barro, se caen, etc. Y la voluntad de poder es voluntad de crear. Y es una voluntad de crear en la fisura. Esta fisura no es suturable con discursos globales, ni con discursos imperiales y centrales. En esta fisura nosotros podemos crear, es el arte de la creación en este vacío. Lo que pasa es que Nietzsche hace de eso, un enorme intento de alegría, aunque a veces no parezca tal por su declamación pastoral, luteriana. Es un enorme intento de alegría y creatividad, que me permite a través de un Kierkegaard y de un Nietzsche, recibir la nueva escritura filosófica de la modernidad.
     
     
    Kierkegaard escribió diarios, aforismos, se subió al púlpito, hizo sermones, hizo todo, tratados, varió absolutamente el género filosófico. Nietzsche ni hablar. Es absurdo que ¿cuántos años después de Nietzsche?, 150 años o ciento y pico de años después de él todavía haya gente que crea que la filosofía es un género y que se escribe así, que la filosofía es esto, y que la filosofía no es esto, cuando la filosofía ya no tiene género, es absolutamente bastarda, no tiene género, se puede escribir de cualquier modo. Y además no tiene grandes temas, no tiene nobleza la filosofía: no habla de la Verdad, del Bien, de lo Bello. No hay temas de la filosofía, hay una actitud filosófica frente a los temas, que es otra cosa. Hay un ethos de la filosofía. Si la filosofía es algo este algo no tiene que ver con la búsqueda de la verdad. Es el coraje de la ignorancia, eso es la filosofía, es el coraje del no saber, es asumir ese no saber, ser creativo en el no saber, es ser enunciativo en el no saber, es problematizar desde el no saber. Pero el no saber es la ignorancia, es la ignorancia del pensar, es la ignorancia de la dificultad, del permanentemente problematizar e ir contra la verdad. Ignorar y buscar palabras contra la verdad que imponen las creencias que están en la sociedad, con sus autoridades, no hay verdad sin autoridad. Entonces, esta es la molestia del filósofo. El libro de Foucault Le souci de soi, se ha traducido de dos formas: “La inquietud de si” y “El cuidado de si”. Y son las dos cosas: no hay cuidado de sí si no hay inquietud. La filosofía es una permanente inquietud, no un malestar en la cultura, si quieren sí; es una permanente inquietud. Y esta inquietud exige un cuidado, exige un trabajo, exige una organización del pensar, una creación de la forma, a través de esta inquietud.
     
     
    El último filósofo que transformó a la filosofía es, yo creo, Marx. Porque Marx es un filósofo extraño, es un filósofo que se desarraiga. Sale de la cultura alemana, sale del espiritualismo alemán, de su idealismo, sale de la filosofía como crítica de la religión, y se va a Londres a estudiar monografías de epidemias, de salubridad, tratados de economía política. Algo que es, en principio sería, la muerte de la filosofía o de la transformación de la filosofía en realidad y escritura social. Y la subjetividad marxista, la espiritualidad marxista, es la praxis revolucionaria. Él también ahí indica una vía de la modernidad. El tema de la espiritualidad, de lo que les decía Florencia recién, de la conversión: no es una conversión paulina, no es San Pablo. Esta conversión no se llega a cumplir. Ningún filósofo llega a cumplir la conversión. Está en vías de la conversión, está permanentemente tratando de buscar un nuevo objetivo y una nueva finalidad para que su pensamiento quede vivo. El pensamiento tiene que estar vivo. Y para estar vivo tiene que encontrarse permanentemente con temas que desconoce y que le hacen sentir su ignorancia. Si el filósofo no siente su ignorancia, no siente su saber, se ha convertido en un burócrata de la filosofía.
     
     
    En el discurso universitario, y hoy en día tengo muchos ejemplos del discurso universitario: el principal es el de la biopolítica, para no hablar de su hermana pacata, la bioética. Foucault no es un pensador de culpa cristiana. Él es nietzscheano. Agamben es cristiano, es un pre-nietzscheano y los que lo rodean son pre-nietzscheanos. Es la culpa y la deuda y la cristiandad culposa que todo el tiempo habla de la catástrofe, del mundo carcelario, de los campos de concentración, de todo lo que ellos dicen sufrir en una Europa que los beneficia y vienen acá, a nuestra toldería, a decirnos que las cosas están absolutamente terminadas, cuando nosotros hace rato que sabemos que están terminadas. Y que lo que tratamos de hacer es de construir. Ellos están hartos de la construcción, están hartos y saturados de la fabricación, están hartos de la organización. Nosotros estamos hartos de la anarquía, estamos hartos de la desestructuración, estamos hartos de la miseria. Nosotros queremos construir un Estado, ellos quieren destruir un Estado, porque viven del Estado. No es que nosotros queramos vivir del Estado, pero queremos un Estado, porque nosotros queremos política, queremos inventar la política. Esto que pasa en nuestro país no es política. No tienen que venir a hablarnos ellos de globofobia, o la globalización y yo qué sé. Nosotros queremos extendernos, nosotros no queremos restringirnos. Así que necesitamos construir un Estado, inventar la política, inventar la comunidad, nosotros tenemos que agruparnos y organizarnos. Y esto bajo todas las formas. Y además con la actividad política y con el personal gubernamental. Nosotros tenemos que construir un Estado, nosotros no tenemos hartazgo de Estado, entonces todas las visiones catastróficas, todas las visiones de la decadencia, todas las visiones de que vamos a ser absolutamente clonados, chipeados y que este mundo es un mundo absolutamente suicidario, lejos está del espíritu de Foucault que era un curioso incesante y que buscaba todo el tiempo la novedad en el tiempo presente. No era un agorero de los tiempos finales, no era un espíritu apocalíptico del juicio final. No estamos viviendo el peor de los mundos posibles, de la gran crisis. Estamos viviendo grandes tiempos, son grandes tiempos. Como todos los tiempos históricos fueron grandes tiempos para su presente, como todos los tiempos históricos fueron absolutamente crueles bajo su presente. ¿O cómo creen que eran los tiempos de Séneca o los tiempos de Spinoza o los tiempos de Kant?. Eran tiempos de guerra, eran tiempos de víctimas, eran tiempos de servidumbre y de miseria; pero escribían sobre la Ilustración, Spinoza escribía su tratado de ética. Entonces, la lucha por el cambio, la lucha por la contingencia y por la transformación, que exige una actitud, un ethos de filósofo que le va a dar al hombre que está solo y escribe muchísimo trabajo y gran pasión, y muchísimo entusiasmo como decía Kant. Investigaciones históricas, análisis concretos de situaciones concretas. No hay un lenguaje escatológico ni pseudoreligioso para eso. Es lo concreto. Foucault hacía investigaciones históricas, como las hacía Marx, como las hacía Nietzsche en “La genealogía de la moral”, investigaciones históricas. No recurrir a la filosofía del espiritualismo suicidario, para finalmente crear un mundo en el que todos nos sentimos en peligro. El peligro hay que visualizarlo para poder transformarlo.
     
     
    El entusiasmo de Foucault, su auto-diagnóstico de hiperactivo-pesimista, gran verdad, o de entusiasta sin grandes esperanzas. Un hombre de transformación, de la espiritualidad, de este permanente desafío para la subjetividad que implica al filósofo hacer filosofía y no porque haya que llevar la vida igual a la obra, porque eso, finalmente, es difícil saber qué quiere decir y qué tipo de pureza requiere. Pero sí tener una actitud de desafío, de permanente inconformidad con lo que uno hace, de permanente insatisfacción con lo que uno hace. Y como él mismo Foucault decía: no escribí La historia de la sexualidad, los cinco tomos que me faltaban, porque ya tenía el método, y al tener el método, ya no pienso, y al no pensar se me mueren las neuronas y las sinapsis ya no están conectadas. Necesito ir a otro lado para volver a pensar. Se fue a la antigüedad, se fue al tema de la ética, dejó de escribir varios años libros eruditos, dejo de publicar para encontrar algo que desafíe su pensamiento en el que le pueda ofrecer nuevas productividades. Finalmente creo que... yo voy a terminar en cualquier momento (risas del auditorio) acá no hay conclusión ni nada (risas), en cualquier momento me callo, y termino cuando dejo de hablar (risas).
     
     
    El tema de la actualidad y del presente. Foucault dice en este texto “¿Qué es la ilustración?”: la actualidad y el presente es lo que desafía al pensamiento. Es lo que desafía al pensamiento, porque con la actualidad no podemos lograr una solución, a la actualidad no podemos detectarla con un saber, tenemos que tomar decisiones de pensamiento. Tenemos que decidir, tenemos que mostrar con actos de pensamiento, en dónde estamos y qué pensamos. No podemos elaborar durante cinco o seis meses algo que está pasando hoy. La actualidad es una exigencia que tenemos aquellos que nos dedicamos a la filosofía. Pueden llamarlo periodismo, pueden llamarlo opinología, pueden llamarlo como quieran con todos los calificativos degradantes que se les ocurra. Pero el desafío, es el presente. Y el presente que uno vive. Ese es el gran desafío, porque allí uno, no tiene  pausa en pensar lo que sucede, lo que adviene. ¿Para qué sirve la filosofía? La filosofía jamás se creó para pensar a Platón. Platón no hacía filosofía para entender a Anaxágoras. Platón hacía filosofía porque había problemas en Atenas. Y nosotros hacemos filosofía porque la Argentina nos enloquece. (Risas). El desafío del presente argentino es permanente. No quiere decir esto que uno tiene que dedicarse a hacer sociología argentina y dedicarse a la Argentina. No hay misión para el pensamiento. Pero qué es la historia del presente: ¿qué es lo que hace Foucault?. Foucault lo que hace es debatir el presente yendo para atrás. Trae de atrás para crear fisuras en el presente. Fisura es el antídoto par el maniqueísmo. No va para atrás para encontrar inocentes absolutos y demonios útiles. Él, por ejemplo, lo acusaban de cínico, lo acusaban de ser un nietzscheano cínico. ¿Por qué? Porque vivía en una Europa de Estado de Bienestar, hija de la Ilustración, lo que significa: libertad de prensa, libertad de asociación, tolerancia, pluralismo. Con todo eso él se beneficiaba, como buen profesor de filosofía de una universidad francesa. Y sin embargo, lo acusaban de petardear por debajo. Petardeaba con Nietzsche, decía que eran todos hipócritas, que vivíamos bajo un sistema carcelario, eso porclamaban las acusaciones a su filosofìa del poder. Y recordaban permanentemente decía que todo es poder, que hay manipulación, lo acusaban de eso, pero al mismo tiempo disfrutaba de la libertad de cátedra y de opinión. Entonces él, ¿qué hace? Empieza a estudiar el tema de los cínicos y habla de Diógenes. Y hace sus últimos cursos sobre la parrhesía y aparece ahí el cinismo como hablar directo. Hablar sin adornos, sin retórica y decir lo que uno piensa sin ningún tipo de tapujos. Tomar decisiones de ideas sin absolutamente ningún resguardo. Y hablarle al poder en situación de minoría y en situación de peligro. Y que eso es el cinismo. Es decir, subvierte (no es la primera vez que lo hizo), se ubica en las antípodas de la versión clásica del cinismo sobre la cuál a él se lo acusa. Y da otra versión del cinismo, una de combate. Los cínicos se vuelven un arma de resistencia contra el poder. ¿Y él que hizo entonces?: se fue a la antigüedad para discutir con sus contemporáneos. Interpela el presente, debate con el presente con recursos eruditos. Pero no va a la erudición para encajarla dentro de un corset y modificarla como hacen nuestros historiadores hoy, que van a Moreno y lo identifican con los desaparecidos, van a Rivadavia y lo encuentran como un viejo Videla, van a Menem, y lo disfrazan de Juarez Celman. Es al revés de lo que él hace, es al revés. Foucault retoma el tema de la Ilustración y les dice: “la Ilustración no es de ustedes”. La Ilustración no es de los kantianos universalistas. La Ilustración es la pregunta por la actualidad. La pregunta pertenece al debate de qué es  la Ilustración, recoge un artículo periodístico de Kant, porque va a buscar al archivo. En Kant la actualidad es una relación política con lo que está pasando. Es buscar la novedad de lo que está pasando ahora. Lo que pasa ahora no pasó nunca. Es la diferencia del presente, es la contingencia del presente. Y es la búsqueda del disenso, no del consenso (contra Habermas). No del consenso, del disenso. La filosofía como la política, dividen. Divide. Crea un espacio de polémica, un espacio de disputa. Esa es la filosofía. Entonces él va atrás para crear en el presente un espacio de pensamiento, o sea, de discusión.
     
     
    La espiritualidad filosófica es la filosofía. La filosofía no es crear artefactos de pensamiento, conceptuales, que nos den un saber. La filosofía es una actitud de interpelación al presente, a nuestra situación. No es un género. Todos los lenguajes sirven, mientras sean comunicables, comprensibles y parrhesiásticos. Es decir, no nos refugiamos en la jerga para que se crean que nosotros somos poseedores de un saber secreto, una capilla hermenéutica. Eso es la incapacidad de pensar. El pensar es comunicable, el pensar es para el prójimo, el pensar es para debatir ideas, el pensar es para compartir y diferenciarse y para singularizarse. No hay un lenguaje específico de la filosofía. Es el lenguaje ordinario dispuesto para el pensamiento. O sea para la problematización. Esa es la espiritualidad de la filosofía. Ese es nuestro quehacer. Por eso creo que este tema, más allá de ser una época de Foucault, más allá de ser el quehacer de un filósofo vivo y activo, interpela nuestro quehacer. Interpela el modo en que nosotros hacemos filosofía. ¿Para qué sirve la filosofía?, ¿por qué estamos aquí? y ¿qué queremos hacer?, estas son las preguntas de Kant en adelante. Ahora si, terminé. (Risas y aplausos).


    [1]    Mónica Cabrera, Anomalía y filiación. Ese ‘nosotros’ de Foucault
     
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